Capítulo 7 #2
Helena descendió del carruaje antes de que Wolf pudiera ofrecerle la mano.
La mujer la abrazó.
La abrazó de verdad.
Sin reverencia.
Sin título.
Sin cuidado por el sombrero, el vestido o la dignidad ducal.
—Pensé que no volveríamos a verla —dijo la anciana, apartándose lo justo para tomarle el rostro entre las manos—. Mírela. Más delgada, sí. Pero con los mismos ojos de su padre cuando intentaba convencernos de que los sermones largos eran buenos para el alma.
Helena rio, y esa risa tampoco era para Wolf.
—Señora Bell.
—No señora Bell. Martha. La conozco desde que se subía a mi muro para robar grosellas.
—Nunca robé grosellas.
—Señorita Helena, no obligue a una anciana a mentir en plena plaza.
Wolf bajó del carruaje.
La señora Bell reparó en él entonces.
Su mirada viajó desde sus botas hasta su rostro con una audacia que habría hecho palidecer a un ayuda de cámara.
—Ah —dijo—. Usted debe de ser el duque.
Wolf inclinó la cabeza.
—Señora Bell.
—Martha —corrigió Helena, demasiado deprisa.
La anciana miró de Helena a Wolf. Luego sonrió como si acabara de recibir una información que pensaba guardar para usarla más tarde.
—Martha, entonces. Si Su Excelencia puede soportar tanta familiaridad en terreno ajeno.
—He soportado cosas peores —respondió Wolf.
La señora Bell soltó una carcajada.
—Bien. Quizás no sea tan inútil como parece.
Helena abrió la boca.
Wolf alzó una ceja.
—¿Parezco inútil?
—Los hombres demasiado bien vestidos suelen serlo —dijo Martha—. Pero he aprendido a reservar el juicio hasta ver si saben cargar un saco.
—Tendré cuidado con los sacos.
La anciana pareció aprobarlo.
Helena lo miró de reojo, como si no estuviera del todo segura de qué hacer con aquel intercambio.
Wolf tampoco.
Entraron en la tienda.
O intentaron hacerlo.
Antes de alcanzar la puerta, un niño salió corriendo desde la calle lateral y se detuvo en seco al ver a Helena.
Tendría doce o trece años. Pelo rubio en todas direcciones, pantalones remendados y una mancha de barro en la mejilla.
—¡Señorita Helena!
Ella se agachó.
—Peter Bell. Has crecido.
—Tengo casi catorce.
—Eso es una edad muy seria.
—Sí. Ya puedo llevar sacos, como pide la abuela.
—Una habilidad notable.
El niño miró a Wolf con ojos enormes.
—¿Es él?
Helena siguió sonriendo, aunque algo en su boca se tensó.
—Es Su Excelencia el duque de Coldhaven.
Peter lo miró como se mira a una torre.
—¿Es verdad que mata hombres con las manos?
Helena cerró los ojos.
La señora Bell gritó desde la puerta: —¡Peter!
Wolf miró al niño. —No en las tiendas.
Peter tardó un segundo.
Luego soltó una risa encantada.
Helena volvió la cabeza hacia Wolf con una mezcla de horror y algo que quizás habría podido ser diversión si no hubiera estado tan ocupada en parecer severa.
—No debería decir esas cosas a los niños.
—Ha hecho una pregunta concreta.
—No todas las preguntas concretas requieren una respuesta memorable.
—Lo recordaré para la próxima.
Dentro de la tienda, todo el pueblo pareció descubrir a Helena en el lapso de diez minutos.
El señor Bell, que resultó ser el tendero y esposo de Martha, dejó caer una cuerda al verla.
Una mujer con un bebé en brazos la saludó con lágrimas en los ojos y le recordó que Nathaniel Vane había bautizado a su hijo mayor.
Un anciano le preguntó si seguía tocando el piano y luego recordó que, en realidad, ella nunca había tocado bien y que lo suyo era leer a las ancianas con paciencia.
Una muchacha joven, quizás de dieciséis años, le llevó un pequeño ramo de flores del mercado porque "la señorita Helena siempre decía que las flores torcidas tenían más empeño".
Wolf observaba.
No porque quisiera.
Porque no podía evitarlo.
La llamaban señorita Helena.
No duquesa.
No señora Colligan.
No milady.
Helena.
Y ella respondía a cada nombre con una suavidad que él apenas conocía.
Recordaba edades, enfermedades, matrimonios, muertos, árboles caídos, niños que ya no eran niños.
Preguntaba por una pierna mala, por una madre enferma, por un tejado reparado.
Aceptaba una bolsita de semillas que Martha insistió en regalarle y discutía el precio de otras con una seriedad que habría hecho sonreír a cualquier persona menos a Wolf.
La conocían.
No como un rumor.
No como una deuda.
No como una esposa ausente.
La conocían.
Y Wolf empezó a sentir algo que no tenía lugar en ninguna categoría útil.
No era alarma.
No era irritación.
No exactamente.
Era una incomodidad seca, persistente, localizada en algún lugar bajo las costillas, cada vez que alguien decía Helena con la facilidad de quien tenía derecho a pronunciarlo.
—¿Y el reverendo? —preguntó una anciana antes de recordar demasiado tarde.
La tienda se quedó un poco más quieta.
Helena no perdió la compostura.
—Murió hace años, señora Pratt.
—Sí, sí, claro. Pobre niña. Pobre reverendo. Siempre decía que usted tenía más carácter que prudencia.
—Tenía razón.
—Los padres suelen tenerla cuando ya es tarde para aprovecharlo.
Helena tomó las manos de la anciana entre las suyas.
—¿Cómo están sus ojos?
—Peor. Y mi humor, mejor.
—Entonces mantiene usted el equilibrio.
La anciana rio.
Wolf vio cómo Helena sonreía.
Otra vez.
Se preguntó, con una irritación creciente, cuántas sonrisas suyas había visto aquel pueblo que él jamás había sabido obtener.
Al salir de la tienda, con la cesta llena de semillas, jabón, clavos, aceite y otras cosas necesarias para una vida que Helena parecía decidida a construir, se encontraron con un caballero que cruzaba la plaza desde la iglesia.
No llevaba sotana. Vestía como un médico rural, con levita marrón, sombrero en la mano y un maletín de cuero gastado.
Tendría unos treinta y pocos años, cabello castaño claro, una expresión abierta y ojos amables.
No era un hombre llamativo. No de la manera en que Tiger podía serlo sin intentarlo, ni de la forma sombría en que Wolf sabía que otros lo miraban a él.
Pero tenía una presencia agradable, confiada, de hombre acostumbrado a ser bien recibido en casas donde alguien estaba enfermo o preocupado.
Se detuvo al ver a Helena.
Su rostro cambió.
—Helena.
Wolf notó que no dijo señorita.
Tampoco señora Colligan.
«Helena».
Ella también se detuvo.
Y sonrió.
No con sorpresa cortés.
Con auténtica alegría.
—Matthew.
El hombre se acercó.
—Dios santo. Alguien dijo que había vuelto, pero pensé que me habría avisado de ser cierto.
—He estado un poco ocupada, pero me ha alegado mucho visitar el pueblo, sobre todo a la señora Bell.
Matthew Finch rio.
El sonido fue cálido.
Fácil.
Demasiado fácil.
Wolf se movió medio paso.
No supo por qué.
Helena pareció recordar entonces su presencia.
—Doctor Finch, permítame presentarle a Su Excelencia, el duque de Coldhaven. Mi marido.
La palabra marido salió correctamente.
Sin temblor.
Sin calor.
Matthew Finch miró a Wolf.
La sorpresa pasó por su rostro con rapidez, seguida de una cortesía impecable. Hizo una reverencia.
—Excelencia.
—Doctor Finch.
—No sabía que acompañaba a la señora Colligan.
—Esa apreciación suele ser recurrente, pero siempre errónea —dijo Wolf.
Helena lo miró.
Matthew sonrió con prudencia.
—Me alegra verla de regreso, Helena —dijo, volviendo a ella—. Briarcombe llevaba demasiado tiempo triste.
—Eso me han dicho.
—Su padre siempre decía que la casa obedecía mejor cuando usted estaba allí para reñirle.
Helena bajó la mirada, pero la sonrisa permaneció.
—Mi padre decía demasiadas cosas.
—Sí. Y casi todas en medio de sermones interminables. ¿Recuerda aquel domingo en que se quedó dormido el señor Bell y usted soltó el libro de himnos para despertarlo?
Helena abrió los ojos.
—Yo no hice eso.
—Lo hizo.
—El himnario se resbaló.
—Con una puntería admirable.
Helena rio.
No la risa pequeña de la cocina.
Una risa más abierta.
Más joven.
Wolf la oyó y tuvo la absurda sensación de haber llegado tarde a algo.
No a una conversación.
A años.
—No debería contar esas historias —dijo ella.
—Por el contrario. Creo que Su Excelencia debería saber que su esposa defendió siempre la atención religiosa con métodos contundentes.
—Helena nunca ha sido especialmente dócil cuando cree tener razón.
Las palabras salieron antes de que pudiera medirlas.
Helena lo miró.
Matthew también.
No era una frase incorrecta. No del todo. Pero había en ella algo que no pertenecía a la cortesía social.
Mi esposa.
Wolf lo oyó después de decirlo.
Y detestó la sensación inmediata de haber revelado demasiado.
El doctor Finch no perdió la cordialidad, aunque su mirada se volvió un poco más atenta.
—Entonces no ha cambiado tanto.
—Todos cambiamos —dijo Helena.
—No todo lo importante.
Hubo un silencio pequeño.
No escandaloso.
No indecente.
Sencillo.
Compartido.
Y Wolf, que había estado en habitaciones donde hombres armados decidían destinos, descubrió que un médico rural diciendo una frase amable a su esposa podía resultarle más molesto que una amenaza.
Helena desvió la mirada hacia la cesta.
—Necesitamos volver a Briarcombe antes de que la señora Pottle decida que he sido secuestrada por la tienda de semillas.
—No se atrevería —dijo Matthew.
—Yo la considero bastante capaz.
—Iré a Briarcombe uno de estos días, si me permite. Me gustaría ver cómo está la casa. Y saber cómo está usted.
Wolf respondió antes de que Helena lo hiciera.
—La señora Colligan está bien.
Helena se giró hacia él.
Matthew Finch alzó las cejas. No de forma insolente.
Lo suficiente.
—Me alegra oírlo, excelencia —dijo—. Aunque, como viejo amigo, me gustaría saberlo por mí mismo.
Helena apretó los labios.
Wolf sostuvo la mirada del doctor.
Matthew Finch miró de nuevo a Helena. Había en su rostro algo que a Wolf no le gustó. No deseo abierto. No impertinencia. Nada que pudiera justificar un golpe, una amenaza o incluso una frase fría.
Solo preocupación.
Y familiaridad.
—Perdón —dijo el médico—. No quería entrometerme.