Los pecados del Duque (Duques Salvajes 3) Capítulo 7
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Capítulo 7

Wolf descubrió, durante el cuarto día en Briarcombe, que su esposa tenía una risa distinta cuando no estaba defendiéndose.

No una risa grande. No una de esas carcajadas fáciles que Tiger podía arrancar a una habitación entera si decidía convertir el mundo en un escenario para su insolencia.

Era una risa breve, baja, casi sorprendida de sí misma, como si escapara antes de que Helena pudiera decidir si le convenía permitirla.

La oyó desde el pasillo, al bajar hacia la cocina.

La casa aún olía a sueño, madera húmeda y pan tostado.

El día se anunciaba claro tras una noche de lluvia ligera, y la luz entraba por las ventanas con ese tono pálido de Somerset que no tenía la arrogancia del sol en otros lugares.

Briarcombe parecía menos triste por las mañanas.

O quizás la casa empezaba a recordar, poco a poco, que seguía habitada.

Wolf se detuvo antes de cruzar el umbral.

No por cortesía.

Por sorpresa.

Helena estaba en la cocina con la señora Pottle y Barrow, de pie junto a la mesa larga, con una taza de té en una mano y una lista en la otra.

Llevaba un vestido de muselina color crema, sencillo, con un delantal atado a la cintura.

El cabello negro estaba recogido sin demasiada disciplina en la nuca, aunque varios mechones se le habían escapado alrededor de las sienes y del cuello.

La luz de la ventana los tocaba de forma que algunos parecían castaños, otros casi dorados, como si hasta su cabello se negara a ser una sola cosa cuando nadie lo obligaba a comportarse.

Tenía la piel clara, pero el sol de aquellos días le había dejado una calidez nueva en los pómulos. La boca estaba suavizada por una sonrisa. No llevaba joyas. No llevaba guantes. Había harina en uno de sus dedos. No parecía una duquesa.

Esa observación se le había presentado varias veces desde su llegada, y cada vez resultaba menos útil.

Porque la conclusión que seguía no era que pareciera menos.

Era que parecía más.

Más Helena.

Más viva.

Más difícil de colocar en ninguna categoría que él pudiera comprender.

—No pienso comprar tres libras de pasas —decía ella a la señora Pottle—. No sé qué pretende hacer con ellas, pero sospecho que implica una falta de moderación.

—La moderación es para quienes cocinan mal —replicó la cocinera, untando mantequilla sobre una rebanada de pan con gesto ofensivo—. Y para médicos. Nunca he confiado en ninguno de los dos grupos.

—Mi padre habría defendido a los médicos.

—Su padre defendía a cualquiera que pareciera necesitado de defensa. Era una manía cristiana.

Helena rio entonces.

Aquella risa.

Wolf permaneció inmóvil.

Barrow revisaba otra lista con expresión de mártir administrativo. Tenía una pluma detrás de la oreja y los anteojos resbalándole por la nariz.

—Si vamos al pueblo, señora, convendría añadir clavos, aceite para lámparas y quizás otro cubo. El que está en la galería lleva tantos años recogiendo agua que ya debe de considerarse parte de la arquitectura.

—Añádalo —dijo Helena.

—Y semillas de zanahoria.

—Ya tenemos semillas de zanahoria.

—Las que tenemos fueron compradas, si no me equivoco, cuando Su Majestad aún podía inclinarse sin ayuda.

—Añádalas también.

—Y té.

—¿Té? —La señora Pottle se volvió hacia Barrow con indignación—. Tenemos té.

—Tenemos hojas secas que en algún momento aspiraron a convertirse en té —dijo Barrow—. No es lo mismo.

Helena volvió a reír.

Wolf cruzó el umbral.

La risa se detuvo.

No de golpe.

No por miedo.

Pero sí como si molestara de algún modo.

Aquello lo enfadó de forma absurda.

—Buenos días —dijo Helena.

—Buenos días.

La señora Pottle le puso un plato sobre la mesa sin preguntarle si deseaba desayunar. Wolf había aprendido, en apenas cuatro días, que aquella mujer consideraba las preferencias ajenas una forma leve de herejía.

—Siéntese, excelencia. Vamos al pueblo esta mañana y no pienso permitir que nadie se desmaye de hambre en mi cocina para luego culpar a mis desayunos.

Wolf se sentó.

La silla volvió a quejarse bajo su peso.

Helena bajó la mirada hacia su lista con una atención excesiva.

—¿Van al pueblo? —preguntó Wolf.

—Sí —respondió ella.

—¿A qué pueblo?

—A Ashcombe.

—¿A qué distancia?

Helena levantó la vista.

—A la distancia suficiente para tener una tienda, una iglesia y personas que no necesitan ser interrogadas por existir.

Barrow encontró algo fascinante en sus papeles.

La señora Pottle sonrió hacia la sartén.

Wolf tomó la taza de té.

—La acompañaré.

—No.

—El camino cruza dos tramos de bosque y un puente estrecho.

—He cruzado ese camino desde niña.

—Ya no es una niña.

Helena apoyó la lista sobre la mesa.

Sus ojos, avellana oscuros bajo la luz de la cocina, adquirieron ese destello verdoso que él había aprendido a asociar con peligro inmediato.

—¿Pretende convertir cada decisión ordinaria en un asunto de seguridad?

—Solo las que lo son.

—Necesito comprar semillas y clavos, no declarar una guerra.

—Entonces mi presencia no debería molestarla.

Wolf observó sus manos sobre la mesa. Dedos largos, no delicados en exceso, con la pequeña venda aún en la base del pulgar. Manos capaces. Manos que no temían la tierra, ni la harina, ni las llaves oxidadas de habitaciones cerradas.

Pensó que jamás las había mirado de verdad durante su matrimonio.

Las había visto enguantadas, sosteniendo una taza, descansando sobre el brazo de un sillón, aceptando su ayuda para subir a un carruaje. No había pensado en todo lo que podían hacer cuando no estaba él cerca para ordenar el mundo alrededor de ella.

—No daré órdenes en el pueblo —añadió Wolf.

La señora Pottle dejó caer una cuchara.

Barrow levantó la cabeza.

Helena lo miró con franca incredulidad.

—¿Eso es una promesa?

—Es una intención.

—Entonces procuraré moderar mis expectativas.

—Sabio.

La boca de Helena tembló un poco.

No llegó a sonreír.

Pero Wolf vio el movimiento.

Vio también la forma de esa boca, más expresiva de lo que ella permitía en los salones, con el labio inferior un poco más lleno que el superior y una curva que parecía hecha para la ironía antes que para la dulzura.

No era una belleza obvia en el sentido en que lo era Cassandra, cuya entrada en una habitación parecía exigir lámparas más brillantes.

O una belleza clásica como lo era Eleanor, la esposa de Bear.

Helena era distinta. Uno podía no entenderla la primera vez.

Incluso la segunda. Luego descubría que cada expresión contenía otra debajo.

Que los ojos cambiaban con la luz. Que su belleza no pedía atención, pero castigaba a quien la prestaba demasiado tarde.

Wolf bebió té.

Estaba demasiado caliente.

No hizo gesto alguno.

Una hora después salieron hacia Ashcombe.

El carruaje de Briarcombe era pequeño, viejo y de una honestidad incómoda. Barrow lo llamó «suficiente» con un optimismo que, en opinión de Wolf, rozaba la mentira.

Wolf había propuesto usar el suyo.

Helena lo había mirado como si acabara de sugerir entrar en Ashcombe precedidos por trompetas, lacayos y un pregonero anunciando que la duquesa de Coldhaven había salido a comprar semillas.

—Voy al pueblo, excelencia —había dicho—, no a conquistar un condado.

Y como discutir aquello habría supuesto admitir que entendía perfectamente por qué ella no quería llegar en un carruaje con mejores ruedas que algunas casas de Ashcombe, Wolf había cedido.

Temporalmente.

Ned conducía con la solemnidad de un muchacho al que se le había explicado dos veces que no debía volcar a la duquesa de Coldhaven ni al duque que la acompañaba.

Helena se sentó frente a Wolf con una cesta en el regazo y el sombrero atado bajo la barbilla.

El sombrero era sencillo, de paja, con una cinta azul desteñida.

No debería haber llamado la atención.

La llamaba.

O quizás era el modo en que algunos mechones se habían soltado ya bajo el ala, rozándole la mejilla. O la forma en que el viaje le daba color al rostro. O el hecho de que no parecía una mujer que salía de compras, sino una que regresaba a un lugar donde todavía era recordada.

El camino hacia Ashcombe discurría entre setos altos, campos húmedos y pequeños bosques donde el sol se fragmentaba entre las ramas.

Durante varios minutos no hablaron. El silencio entre ellos ya no era tan hostil como el primer día, aunque tampoco podía llamarse cómodo.

Se había vuelto una cosa habitada. Llena de frases posibles que ninguno pronunciaba.

Helena fue la primera en romperlo.

—No tiene que mirar cada curva como si esperara una emboscada.

—No espero una.

—Qué tranquilizador.

—Pero sería imprudente no mirar.

—Por supuesto.

Wolf giró la cabeza hacia ella.

Aquel "por supuesto" seguía irritándolo.

Helena se dio cuenta.

Sus ojos se iluminaron un instante.

—¿Le molesta?

—Sí.

—No sabía que una frase pudiera molestarlo.

—Solo algunas.

—Haré una lista.

—Ya lleva demasiadas listas esta mañana.

Aquello consiguió arrancarle una sonrisa.

Breve.

Pero real.

Y Wolf, que había sobrevivido a disparos, fiebres, incendios y cenas familiares Colligan, descubrió que una sonrisa pequeña de su esposa podía desordenar más de lo razonable el interior de un carruaje.

Ashcombe era un pueblo pequeño, ordenado alrededor de una plaza irregular con una iglesia de piedra, una posada de letrero descolorido, una tienda general, un herrero y varias casas bajas con jardines delanteros.

No tenía la vivacidad de Bristol ni la elegancia de Londres.

Olía a pan, paja, caballos, jabón barato y leña.

El carruaje apenas se había detenido cuando una mujer mayor salió de la tienda con una mano sobre los ojos para protegerse del sol.

—¿Señorita Helena?

Wolf vio cómo Helena se quedaba inmóvil.

No por disgusto.

Por emoción.

La mujer bajó los escalones con más rapidez de la que sus rodillas parecían recomendar y cruzó la plaza con una cesta colgada del brazo.

—¡Señorita Helena, por todos Dios bendito!