Los pecados del Duque (Duques Salvajes 3) Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

No porque lo hiciera culpable de crueldad. La crueldad habría sido más clara. Habría tenido forma, intención, bordes definidos. Aquello era otra cosa. Un daño nacido de la corrección. Una herida hecha con manos limpias.

Wolf miró hacia la casa.

La ventana de la cocina estaba abierta. Oyó la voz de la señora Pottle canturreando algo desafinado. En la galería, Barrow hablaba con Ned sobre el pestillo del establo. Helena no se veía.

Protegerla no era conocerla.

Aquella idea se presentó con una claridad tan simple que Wolf la despreció al instante.

Por evidente.

Por tardía.

Por inútil, quizás.

Había protegido a Helena de periodistas, amenazas, hombres demasiado poderosos y una soledad que la habría devorado si no hubiera tenido un apellido que interponer entre ella y el mundo. Había protegido su dinero, su nombre, su casa, incluso sus silencios.

Y, sin embargo, aquella mañana la había visto arrodillada en el huerto con las manos hundidas en la tierra y había comprendido que ignoraba cosas esenciales.

Qué la hacía respirar mejor.

Qué lugares recordaban a su padre.

Cómo sonaba su risa cuando salía por sorpresa.

Qué necesitaba cuando decía que no necesitaba nada.

Qué había sentido durante años al otro lado de una puerta que él había creído respetuosa.

Wolf soltó el martillo.

Recogió la chaqueta.

Tenía que hacer algo.

Ese era su defecto más persistente.

Cuando una idea le dolía, buscaba una acción.

Una acción era concreta. Se medía. Se completaba. Se podía hacer bien o mal. Lo demás era un terreno pantanoso.

Entró en la casa por la puerta trasera. En el pasillo, una ventana vibró con el viento. La misma que había oído durante la noche. No cerraba bien. El pestillo estaba gastado y el marco hinchado por la humedad.

Wolf se detuvo.

No llamó a Barrow.

No llamó a Ned.

No preguntó a Helena.

Fue al cobertizo, buscó una cuña de madera, un clavo corto, aceite y una lima pequeña.

Trabajó durante veinte minutos. Tal vez más.

Ajustó el marco desde dentro, reparó el pestillo, colocó una tira fina de cuero para que la madera no volviera a golpear con cada ráfaga.

Cuando terminó, abrió y cerró la ventana tres veces.

Silencio.

Bien.

Se limpió las manos con un paño.

No dijo nada a nadie.

Por la tarde llovió.

No una tormenta. Una lluvia breve, oblicua, más insistente que fuerte. Cayó sobre el tejado, los manzanos y el huerto recién trabajado, oscureciendo la tierra.

Helena pasó la tarde entre la cocina, la despensa y el cuarto de su padre, ocupada en ordenar papeles viejos que no tenían importancia para nadie salvo para ella.

Sermones incompletos. Recibos. Una lista de semillas.

Un libro de cuentas donde Nathaniel había escrito, junto al precio de unas manzanas, la frase: "Helena dice que los gastos parecen menos ofensivos si se escriben con buena letra".

Eso sí la hizo llorar.

Poco.

Lo justo para que pudiera secarse los ojos antes de que nadie entrara.

No vio a Wolf durante varias horas.

Aquello debería haberla tranquilizado.

No lo hizo.

Al atardecer, bajó a la galería para cerrar las ventanas antes de la cena. La lluvia había cesado, pero el aire olía a hojas mojadas y el viento empezaba a moverse por la casa con esa autoridad de quien conoce cada rendija.

Helena llegó a la ventana del pasillo y se detuvo.

No golpeaba.

La noche anterior había vibrado sin descanso, una queja insistente que se colaba bajo la puerta de su habitación.

Aquella tarde permanecía cerrada, firme, casi discreta.

El pestillo, que llevaba años colgando en un ángulo absurdo, estaba recto.

Una tira de cuero nueva protegía el marco.

La madera había sido lijada donde se hinchaba.

Helena tocó el cierre con los dedos.

No era una reparación grande.

Ni costosa.

Ni particularmente elegante.

Nadie la había anunciado.

Nadie le había pedido gratitud.

No había nota. No había explicación. No había una frase razonable sobre seguridad, ni una sugerencia de que Briarcombe necesitaba más atención, ni un comentario sobre lo que ella debía permitir o no permitir.

Solo una ventana que ya no golpearía durante la noche.

—Fue Su Excelencia —dijo la señora Pottle desde el extremo del pasillo, llevando una pila de paños doblados—. Lo vi con herramientas. No me pidió permiso. Los duques nunca lo hacen. Pero tampoco hizo discurso, y eso le honra un poco.

Helena retiró la mano.

—Ya veo.

—No le diga que se lo he dicho. Los hombres callados se ponen muy raros cuando una nota sus buenas acciones.

—No pensaba decir nada.

—Mejor. A veces los hombres hacen menos daño cuando no se les anima a explicarse.

La señora Pottle siguió su camino.

Helena permaneció junto a la ventana.

La casa estaba tranquila. Desde la cocina llegaba olor a cebolla y mantequilla. En algún lugar de arriba, Barrow arrastraba algo con demasiada energía. Afuera, una gota cayó desde el alero y golpeó una piedra.

La ventana no sonó.

Helena cerró los dedos sobre el alféizar.

Wolf no sabía hablar.

No de lo que importaba.

No de la manera en que otras personas hablaban. No sabía pedir perdón sin convertirlo en una acción, ni deseo sin esconderlo detrás de cuidado, ni preocupación sin vestirla de seguridad. Quizás ni siquiera sabía distinguir entre todas esas cosas.

Pero sabía permanecer.

Sabía mirar una ventana que golpeaba por la noche y repararla antes de que ella tuviera que pedirlo.

Sabía recordar que no tomaba azúcar.

Sabía retirar lavanda de un tocador.

Sabía encender fuegos antes de que ella llegara.

Sabía estar al otro lado de una puerta durante una fiebre, aunque no supiera entrar.

Aquella posibilidad la conmovió.

Y la asustó casi en la misma medida.

Porque era mucho más fácil huir de un hombre frío que de uno incapaz de decir lo que, quizás, llevaba años intentando demostrar de las formas equivocadas.

Helena soltó el alféizar.

Desde la habitación azul, al fondo del pasillo, oyó un movimiento leve.

Wolf apareció un instante después.

Se había cambiado de ropa, aunque seguía vestido de oscuro.

Llevaba el cabello ligeramente húmedo por la lluvia y las mangas bajadas de nuevo, los puños limpios, la compostura recompuesta.

Solo las manos lo traicionaban un poco. Tenía un rasguño en un nudillo y una mancha de aceite cerca del pulgar.

Vio a Helena junto a la ventana.

Durante unos segundos se miraron en el pasillo estrecho de Briarcombe, con la luz gris del atardecer entre ambos y una ventana al lado.

—La lluvia ha cesado —dijo Wolf al fin.

Una frase absurda.

Sencilla.

Segura.

Helena lo miró.

—Sí.

Él inclinó la cabeza y comenzó a pasar junto a ella.

No se detuvo para reclamar reconocimiento. No señaló la ventana. No explicó lo que había hecho. Simplemente siguió adelante, como si reparar un pestillo fuera algo tan natural como respirar.

Al cruzarse con ella, Helena percibió su presencia con una intensidad irritante.

El olor de Wolf siempre había sido el mismo. Cuero limpio, jabón discreto y aquel aroma indefinible que asociaba al aire frío, a la lluvia y a los largos viajes. Durante años había aprendido a reconocerlo antes incluso de verlo entrar en una habitación.

Lo sintió pasar a su lado y tuvo que contener el impulso absurdo de cerrar los ojos.

Aquello era lo injusto.

Nunca le había resultado indiferente.

Ni al principio.

Ni durante el matrimonio.

Ni ahora.

Siempre había sido demasiado consciente de él. De su altura. De la amplitud de sus hombros. De aquella voz grave que rara vez se alzaba y que, precisamente por eso, obligaba a escucharla. De sus manos, capaces de mover un mueble pesado o de vendar una herida con la misma precisión.

Y, sin embargo, jamás había sabido qué lugar ocupaba ella en todo aquello.

Porque Wolf podía cruzar una habitación y alterar el ritmo de su respiración sin proponérselo siquiera. Podía quedarse a pocos centímetros de ella y hacerle recordar que era una mujer de carne y hueso, no una duquesa ni una obligación adquirida por honor.

Pero él nunca parecía verse afectado del mismo modo.

O, si lo estaba, llevaba seis años ocultándolo con una perfección que resultaba indistinguible de la indiferencia.

Aquello era lo que más daño le había hecho.

No la distancia.

No los silencios.

Sino la sospecha de haber deseado sola.

Helena, antes de pensar demasiado, habló.

—Gracias.

Wolf se quedó quieto.

Solo eso.

Luego giró ligeramente la cabeza.

—Era una ventana defectuosa.

—Lo sé.

—Había que repararla.

—También lo sé.

Wolf la miró como si quisiera decir algo más y no encontrara dónde colocar las palabras. Al final, solo dijo: —No debería golpear esta noche.

Helena sostuvo su mirada. —No.

Él asintió y siguió hacia la escalera. Helena se quedó junto a la ventana hasta que sus pasos desaparecieron.

La casa, por primera vez desde su llegada, no pareció menos suya porque Wolf estuviera dentro.

Eso, pensó, era un peligro mucho mayor que una gotera.