Los pecados del Duque (Duques Salvajes 3) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Trabajaron en silencio durante varios minutos.

Wolf retiró los clavos viejos con una eficacia que dejó claro que, aunque no pasara sus días reparando cercas, tampoco era un inútil fuera de los salones.

Helena sujetaba la madera, recogía las herramientas y evitaba mirar sus manos más de lo necesario.

El aire olía a hierba aplastada, tierra y sol.

De cuando en cuando, desde la casa llegaba el sonido amortiguado de la señora Pottle dando instrucciones a alguien con tono de general retirado.

—No lo hace mal —dijo Helena al cabo de un rato.

Wolf no levantó la vista. —Intentaré no dejar que el halago me desordene.

Aquello la tomó desprevenida.

Una risa pequeña se le escapó antes de que pudiera detenerla.

Wolf levantó los ojos.

Solo un instante.

Pero fue suficiente.

La risa murió en la garganta de Helena, no por vergüenza, sino porque él la miró como si no recordara cuándo había oído aquel sonido por última vez.

Ella tampoco.

Bajó la vista hacia el poste.

—Necesita otra cuña.

Wolf se la dio. Sus dedos se rozaron.

Nada más.

Un roce leve, accidental, perfectamente explicable.

Helena sintió el contacto como si acabara de hacer algo mucho menos inocente.

Aquello era absurdo.

Habían estado casados seis años. Habían compartido carruajes, desayunos, habitaciones contiguas, silencios y un apellido.

Él le había ofrecido el brazo en público.

Le había tocado la mano al ayudarla a bajar de un coche.

Le había sujetado los hombros una vez, durante una fiebre, cuando ella intentó levantarse sin fuerzas.

Nunca la había tocado de manera torpe o desagradable. Nunca como una obligación.

Ese no había sido el problema.

El problema había sido que cada contacto parecía medido con tanta precisión que ella había terminado preguntándose qué habría ocurrido si Wolf alguna vez perdía la medida.

O si jamás había deseado perderla.

—Cuidado —dijo él.

Helena volvió al presente demasiado tarde. La tabla que sostenía se soltó un poco. Al intentar sujetarla, una astilla larga le abrió la piel en la base del pulgar.

No fue un corte profundo.

Sí doloroso.

Ella contuvo una exclamación, pero Wolf ya se había movido.

—Déjeme ver.

—No es nada.

—Helena.

Tomó su muñeca.

No con fuerza.

Con una seguridad que no admitía discusión.

Helena podría haberse apartado. Debería, quizás. Pero la rapidez del gesto la sorprendió y el calor de sus dedos alrededor de su muñeca la inmovilizó de una manera que no tenía nada que ver con obediencia.

Wolf examinó el corte.

La cabeza inclinada, el cabello oscuro cayéndole un poco, solo un poco, hacia la frente, la boca apretada en una línea de concentración. Sus manos estaban manchadas de tierra y polvo de madera, como las de ella. Aquello, por alguna razón, lo hacía más difícil de mirar.

—Es superficial —dijo.

—Eso intentaba decirle.

—Hay una astilla.

—Puedo sacarla yo misma.

—Espere.

No la soltó.

Helena lo miró.

—Eso significa que no hace falta que usted lo haga.

Wolf sacó un pañuelo limpio del bolsillo del chaleco.

Por supuesto que llevaba un pañuelo limpio mientras reparaba una cerca.

—También significa que puedo hacerlo más deprisa.

—Su confianza en sí mismo es una maravilla constante.

—Permanezca quieta.

—¿Eso era una petición?

—Era una esperanza.

Helena no supo qué responder.

Él retiró la astilla con cuidado. Muchísimo cuidado. Luego envolvió el pañuelo alrededor de la mano de ella y presionó suavemente para detener la sangre. El gesto era práctico. Correcto. Nada en él debía haberle alterado el pulso.

Y, sin embargo, Helena lo sintió en todas partes.

No porque fuera la primera vez que Wolf la tocaba.

Sino porque aquella vez no había una sala llena de gente, ni un carruaje, ni una escalera, ni fiebre, ni obligación social que explicara el contacto. Ni siquiera su ruidosa familia mirándolos como si fueran dos extraños.

Solo su mano dentro de la de él. Y Wolf, que parecía haber olvidado que sostener una muñeca podía durar demasiado.

—Siempre ha sido muy cuidadoso —dijo ella en voz baja.

Él levantó la mirada.

—¿Con las heridas?

—Conmigo.

Wolf no soltó su mano enseguida. Tampoco la apretó. Se limitó a sostenerla con aquella firmeza cuidadosa que tanto la había desconcertado siempre, como si incluso un gesto tan pequeño pudiera convertirse en una falta si no medía bien la presión de los dedos.

—No quería hacerle daño —dijo.

Helena soltó una risa baja, sin alegría. No porque no le creyera, sino porque le creía demasiado bien.

—Lo sé. Ese nunca fue el problema.

Wolf bajó la mirada hacia el pañuelo que acababa de atar alrededor de su mano, como si aquella venda improvisada pudiera explicarle algo que las palabras no alcanzaban.

—Entonces no entiendo cuál fue.

Aquello la tocó más de lo que habría querido, porque no sonó a defensa. Sonó casi a desconcierto. A un hombre que había construido una vida entera sobre acciones correctas y no comprendía por qué algunas de ellas también podían doler.

—El problema —dijo Helena despacio— es que usted cree que no querer hacer daño basta para no hacerlo. Y no basta, Wolf. No siempre.

—No pretendía pedir absolución —dijo Wolf al fin, después de quedarse callado durante un buen rato, sin soltarla.

—No —respondió ella, mirándolo—. Usted nunca pide nada. Ni perdón, ni ayuda, ni explicaciones. Decide, actúa... y después espera que todos entendamos lo que no se ha molestado en decir.

Helena retiró la mano despacio. Wolf la dejó ir.

Por supuesto que la dejó ir.

Siempre la dejaba ir físicamente. En eso había sido irreprochable desde el primer día. Nunca la había retenido por la fuerza, nunca había tomado nada que ella no le ofreciera, nunca había cruzado una puerta cerrada.

Era en todo lo demás donde no sabía soltarla.

En las decisiones. En los silencios. En aquella manera suya de envolverla en cuidado hasta que el cuidado se parecía demasiado a una habitación sin llave y sin salida.

—Gracias —dijo ella, mirando el vendaje improvisado.

—Debería limpiarlo con agua hervida.

—Lo haré.

—Ahora.

—Wolf.

La palabra salió sin título.

Sin excelencia.

Sin mi señor.

Ambos la oyeron.

Helena sintió que el rostro se le calentaba y odió que eso la hiciera sentirse joven, torpe y vulnerable. Porque ya no lo era.

Él no aprovechó el momento. No dijo nada. Solo la miró.

Aquellos ojos grises.

Seis años.

Y todavía no sabía qué había detrás.

—No quiero volver a ser administrada —dijo ella, antes de perder el valor—. Ni colocada en una vida correcta sin que nadie me pregunte si deseo vivir en ella. Quiero sentirme dueña de mí misma, Excelencia.

Wolf permaneció inmóvil.

El viento movió una hoja suelta sobre el bancal.

—Por supuesto —dijo al fin.

Helena cerró los ojos un segundo.

No por dolor.

Por cansancio.

Helena lo miró de nuevo.

—Usted decidió dónde estaría más segura. Con quién podía hablar. Qué debía saber sobre Kalmara. Qué debía ignorar. Qué casa debía ocupar. Qué dinero debía aceptar. Incluso cuándo debía sentirme agradecida.

—Nunca le pedí gratitud.

—No. Pero construyó una vida en la que mi única respuesta posible era parecer ingrata.

Aquello sí lo dejó sin defensa.

Lo vio en su rostro. No mucho. Una pequeña tensión alrededor de los ojos, una quietud más profunda en la boca. Wolf no era un hombre que se desmoronara ante la verdad. Era peor. Se volvía más inmóvil, como si cada palabra encontrara un lugar exacto donde quedarse clavada.

—No quise eso —dijo él.

—Lo sé.

Y quizás esa era la tragedia.

Helena miró la cerca medio reparada, el pañuelo manchado de sangre en su mano, las mangas remangadas de Wolf, la tierra en sus dedos.

—Si hubiese querido hacerme daño —añadió—, habría sido más fácil odiarlo.

Él no dijo nada.

Helena se apartó primero.

—Voy a limpiar esto. Puede terminar la cerca si desea seguir siendo útil.

Wolf inclinó la cabeza.

—Como ordene, mi señora.

La frase habría podido ser una burla en boca de Tiger.

En la de Wolf sonó como un experimento torpe.

Helena casi sonrió.

Casi.

Se marchó antes de hacerlo.

Wolf terminó la cerca solo.

No porque Helena se lo hubiera pedido exactamente. Ella no pedía. Se retiraba, dejaba frases detrás y confiaba en que uno tuviera la inteligencia de no perseguirla cuando el orgullo le sangraba más que la mano.

Él clavó la última tabla con más cuidado del necesario.

Luego recogió las herramientas.

El sol estaba más alto ya. Hacía calor. Se había quitado la chaqueta, se había manchado la camisa y tenía en las manos. No recordaba la última vez que había hecho algo tan sencillo en Inglaterra. Algo que no implicara dinero, órdenes, peligro o conversaciones que otros hombres preferían no tener.

Una cerca rota.

Una astilla.

La mano de Helena en la suya.

«Siempre fue muy cuidadoso. Conmigo».

Había sido cuidadoso.

De eso no podía arrepentirse.

Cuando se casó con Helena, ella tenía veinte años, miedo en los ojos y una carta de un padre muerto entre las manos.

Había hombres enviándole amenazas, periódicos escribiendo su nombre como si una muchacha pudiera ser diseccionada para entretenimiento público y demasiados intereses alrededor del dinero.

Wolf había sabido exactamente lo que la ley le concedía si ella se convertía en su esposa.

Y precisamente por eso se había prometido no tomar nada.

Ni su cuerpo.

Ni su gratitud.

Ni una obediencia que pudiera confundirse con consentimiento.

Había creído que la distancia era respeto.

Que las habitaciones separadas eran protección.

Que no tocarla era una forma de demostrar que no la había comprado con un apellido.

Había sido tan impecablemente honorable que quizás había acabado pareciendo indiferente.

Wolf cerró los dedos alrededor del martillo.

Aquella posibilidad era desagradable.

Peor que desagradable.

Indecente.