Los pecados del Duque (Duques Salvajes 3) Capítulo 6
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Capítulo 6

Helena bajó a la cocina antes de que la casa terminara de despertarse.

No había dormido bien. Se dijo que era culpa de Briarcombe.

La casa crujía, dejaba caer gotas en cubos ocultos en rincones estratégicos y parecía empeñada en recordar a todo aquel que habitara bajo su techo que llevaba años sobreviviendo con más orgullo que reparaciones.

También se dijo que era culpa del colchón, que había aceptado la forma de demasiados cuerpos antiguos y no pensaba adaptarse a uno nuevo sin protesta.

No se dijo que la culpa era de Wolf.

Eso habría sido darle demasiado poder a un hombre que ya había ocupado más de seis años de su vida.

La cocina olía a pan, levadura y cenizas calientes.

La señora Pottle estaba inclinada sobre la mesa larga, amasando con la fuerza de una mujer que, a falta de un ejército, se habría defendido perfectamente con un rodillo.

Llevaba el cabello gris recogido en un moño apretado y un delantal blanco tan enharinado que parecía haber sobrevivido a una tormenta doméstica.

—No ha dormido —dijo sin levantar la vista.

Helena se detuvo en el umbral.

—Buenos días a usted también.

—Los buenos días son para quienes cierran los ojos durante la noche.

La señora Pottle siguió amasando como si no acabara de lanzar una piedra en mitad de la cocina.

—¿Su Excelencia ha bajado? —preguntó Helena, procurando sonar indiferente.

—Bajó antes del amanecer.

Helena dejó el vaso sobre la mesa.

—¿Antes del amanecer?

—Sí, señora. Revisó la puerta trasera, la del establo, la ventana del lavadero y el camino del arroyo. Después despertó al señor Barrow.

—¿Despertó a Barrow?

—No diría despertó. Diría que apareció en su habitación con la calma de un ladrón bien vestido y le preguntó por los accesos de la casa.

Helena cerró los ojos un instante.

—Maravilloso.

—El señor Barrow no usó esa palabra.

—Imagino que no.

—Usó varias que no repetiré porque hay pan en la mesa y uno debe respetar ciertas cosas.

Helena ya caminaba hacia la puerta de la cocina cuando la señora Pottle añadió: —También habló con Ned.

Helena se volvió.

—¿Para qué?

—Para decirle que por la noche no se duerme en el pajar cuando hay una dama sola en la casa, que debe vigilar más la casa.

—No soy una dama sola.

La señora Pottle la miró por fin. —No desde ayer.

Aquello la irritó más de lo razonable.

No por la frase.

Por la verdad.

Helena salió al patio trasero.

La mañana estaba fresca, aunque el sol prometía un día claro. La hierba brillaba con gotas de rocío, los árboles del fondo parecían recién lavados y el aire olía a tierra húmeda, leña y pan. Durante un instante, antes de ver a Wolf, Briarcombe volvió a parecer suyo.

Luego lo encontró junto al establo.

Estaba de pie con el señor Barrow y Ned, el muchacho de los caballos, que tenía una escoba en la mano y la expresión de quien acababa de descubrir que dormir era una actividad que podía ofender a un duque.

Wolf llevaba ropa de mañana, pero incluso en el campo conseguía parecer vestido para gobernar algo.

Oscuro, impecable, alto hasta resultar impropio junto a los muros bajos de Briarcombe.

La luz temprana le marcaba la línea de la mandíbula y la sombra bajo los ojos. No parecía cansado.

Eso era lo irritante.

Wolf nunca parecía nada.

—El farol debe quedar aquí —decía, señalando el muro exterior del establo—. Si alguien cruza desde el camino del arroyo, la luz lo alcanzará antes de que llegue a la puerta.

—Sí, excelencia —respondió Barrow con tono de hombre que había decidido obedecer primero y arrepentirse después.

Ned asintió con tanto entusiasmo que casi se golpeó con la escoba.

—Y el pestillo de la puerta pequeña debe cambiarse —continuó Wolf—. No cierra bien.

—Lleva sin cerrar bien desde que yo tenía rodillas decentes —comentó Barrow.

—Entonces ha tenido mucho tiempo para convertirse en un problema.

Helena cruzó el patio.

Wolf la oyó antes de verla, o quizás simplemente percibió el cambio en el aire. Se volvió hacia ella con aquella calma suya, como si hubiera esperado exactamente ese momento y ninguna parte de él considerara necesario disculparse.

—Buenos días, mi señora.

Helena se detuvo a unos pasos.

—No ha pasado ni una noche y ya ha empezado a gobernar la casa.

Barrow miró a Ned.

Ned miró su escoba.

La escoba, por fortuna, no podía declarar.

Wolf no bajó la mirada.

—He empezado a comprobar por dónde podría entrar alguien.

—Y a dar órdenes.

—He hecho preguntas.

—En usted suele ser lo mismo. Briarcombe no es Coldhaven House —dijo—. Ni Colligan House. Ni un puesto militar. Es mi casa.

Wolf guardó silencio un segundo.

—Lo sé, mi señora.

Aquella respuesta no la tranquilizó. Casi la enfureció más, porque no discutía lo evidente. Wolf rara vez discutía lo evidente. Simplemente avanzaba alrededor de ello hasta conseguir lo que quería.

—Si lo sabe, quizás podría comportarse como un invitado.

—No fui invitado a quedarme.

—Exactamente.

Ned abrió mucho los ojos.

Barrow pareció envejecer tres años en una sola respiración.

Wolf, en cambio, solo la miró.

—No he cambiado nada —dijo—. He identificado fallos.

—Qué alivio. Los fallos de mi casa duermen mucho mejor sabiendo que han sido identificados por un duque.

Algo se movió en la boca de Wolf. No llegó a ser una sonrisa. Casi habría sido peor si lo hubiera sido.

—El pestillo del establo no es un asunto de orgullo, Helena.

Su nombre otra vez. A aquella hora, con el rocío sobre la hierba y su cabello probablemente mal recogido, le pareció una falta de delicadeza.

—No —dijo—. Pero mi derecho a decidir cuándo se cambia sí lo es.

Wolf pareció considerar aquello.

De verdad.

No respondió enseguida, y Helena tuvo la incómoda sensación de que sus palabras no habían rebotado contra él como tantas veces, sino que habían entrado en algún lugar donde quizá tardarían en encontrar salida.

—Entonces lo decidirá usted —dijo al fin.

Helena parpadeó.

No había esperado eso.

—¿Perdón?

—Usted decidirá qué se cambia. Yo le diré qué considero inseguro.

—¿Y si no estoy de acuerdo?

—Discutiremos.

Barrow se llevó una mano a la frente.

Ned pareció aterrorizado y fascinado al mismo tiempo.

Helena sostuvo la mirada de Wolf.

—Está usted muy seguro de que discutiremos.

—No me ha dado razones para pensar lo contrario desde que llegué.

Aquello sí habría podido ser humor.

Seco, mínimo, casi invisible.

Y, contra su voluntad, algo en Helena quiso responder. No lo hizo.

La señora Pottle apareció en la puerta de la cocina en ese momento, con las manos aún cubiertas de harina.

—Si han terminado de hacer que el establo se sienta culpable, hay otro problema.

—¿Qué ocurre?—preguntó Helena, girándose hacia ella.

—La cerca del huerto cedió durante la noche. El poste que sujetaba la parte baja está podrido. Si la cabra del señor Bell decide venir a desayunar, no dejará ni una hoja.

Helena respiró hondo.

—Me ocuparé después del desayuno.

—La cabra no esperará al desayuno de los demás para decidir el suyo.

—Entonces me ocuparé ahora.

Wolf dio un paso. —La ayudaré.

—No.

—La cerca necesita dos personas.

—El señor Barrow puede ayudarme.

El señor Barrow miró el cielo como si esperara ser reclamado por Dios antes de verse obligado a elegir bando.

—El señor Barrow tiene la espalda mal —dijo Wolf.

—Ned, entonces.

Ned palideció. —Ned va a cambiar el pestillo del establo si usted decide que debe cambiarse —dijo Wolf.

Helena lo miró.

Él esperó.

La señora Pottle, que no tenía paciencia para los dramas cuando una cabra estaba implicada, señaló hacia el huerto.

Helena tomó el cesto de herramientas apoyado junto a la puerta trasera y echó a andar sin mirar a Wolf.

No necesitaba verlo para saber que la seguía.

Eso también la irritó.

La cerca del huerto estaba, en efecto, peor de lo que había pensado. Una sección se había inclinado hacia fuera y el poste inferior, negro por la humedad, cedía con un crujido desagradable cada vez que el viento movía la madera. Helena dejó el cesto en el suelo, se arrodilló y tocó la base podrida.

—Habrá que cambiar el poste.

—Sí.

—No diga eso como si lo hubiera sabido antes de verlo.

—Lo sospechaba.

Ella alzó la cabeza. Wolf estaba de pie al otro lado de la cerca, con el sol a su espalda y una expresión demasiado serena para un hombre al que acababan de acusar, con razón, de invasión doméstica.

—¿Por qué?

—Porque el terreno se hunde hacia el arroyo. La humedad se queda en esta parte. La madera habría cedido tarde o temprano.

Helena lo miró con más atención.

—¿Sabe de cercas?

—Sé de madera podrida, humedad y estructuras que no deben caer cuando alguien se apoya en ellas.

—Qué formación tan amplia proporciona la guerra.

—Más de lo deseable.

Aquella respuesta apagó la réplica que Helena estaba a punto de hacer.

Wolf se quitó la chaqueta y la dejó doblada sobre la valla con una precisión casi insultante. Luego se arremangó la camisa.

Helena se quedó mirándolo durante medio segundo más de lo prudente.

No había visto sus antebrazos desnudos muchas veces.

Casi nunca. Wolf era un hombre de guantes, levitas oscuras, puños limpios y disciplina exterior.

Sin aquella capa de ropa perfecta, seguía siendo Wolf, pero también era algo más difícil de ignorar: un hombre fuerte, de músculos largos, piel marcada por alguna cicatriz fina cerca de la muñeca y manos capaces de una delicadeza inquietante cuando tomaban algo frágil.

Helena desvió la vista.

Demasiado tarde.

Él había notado su mirada.

Naturalmente.

Wolf notaba demasiadas cosas y entendía muy pocas.

—Sostenga la tabla —dijo.

—No me dé órdenes.

—Sostenga la tabla, por favor.

Helena se quedó inmóvil.

El por favor había sonado extraño en su voz. No torpe exactamente. Más bien como una palabra en un idioma extranjero que hubiera aprendido por necesidad.

Tomó la tabla.