Los pecados del Duque (Duques Salvajes 3) Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

Wolf permaneció en el huerto unos segundos más. Las plantas recién colocadas se inclinaban un poco bajo la luz de la tarde.

Briarcombe no era seguro.

Esa seguía siendo la razón.

La única necesaria.

Y, sin embargo, mientras la veía alejarse con tierra en las manos, Wolf comprendió que había llegado a una casa donde Helena no parecía su esposa ausente, ni una deuda heredada, ni una responsabilidad.

Parecía una mujer que estaba intentando pertenecer a algún lugar.

Y él no sabía si su presencia allí la protegía.

O la hería.

La cena se sirvió en la cocina porque, tal como Helena había advertido, el comedor decidió demostrar su carácter apenas encendieron la chimenea.

El humo descendió por el tiro con una obstinación tan ofensiva que la señora Pottle declaró que ningún cristiano debía comer bajo aquella nube a menos que hubiera pecado de manera memorable.

La anciana cocinera era ancha de cuerpo, corta de estatura y poseía la mirada de una mujer que había alimentado a tres generaciones Vane y no veía motivo alguno para estremecerse ante un duque mientras hubiera sopa que no debía enfriarse.

—En la cocina se está mejor —dijo, poniendo una fuente sobre la mesa larga de madera—. Al menos aquí el humo sabe por dónde salir.

Wolf entró detrás de Barrow y se detuvo apenas un segundo en el umbral.

Helena lo vio.

No fue arrogancia.

Eso habría sido más fácil de despreciar.

Fue simple desubicación. Wolf Colligan, duque de Coldhaven, vestido de oscuro, alto, silencioso, demasiado impecable para una habitación llena de calor, cobre, harina, leña y olor a pan.

No parecía disgustado. Solo parecía haber entrado en una clase de intimidad doméstica para la que nadie lo había preparado.

—Los guantes, excelencia —dijo la señora Pottle.

Barrow hizo un sonido ahogado de vergüenza.

Helena bajó la mirada para ocultar la sonrisa.

Wolf miró sus propias manos, como si hubiera olvidado que seguía llevando los guantes.

—¿Perdón?

—No se cena con guantes en mi cocina. Hay un clavo junto a la puerta. El reverendo Nathaniel colgaba allí los suyos, cuando se acordaba de quitárselos antes de meter las manos en la masa.

Durante un instante, Barrow pareció dispuesto a entregarse a Dios.

Wolf se quitó los guantes sin alterar la expresión y los colgó en el clavo.

—Gracias.

La señora Pottle asintió, satisfecha de haber salvado la civilización.

Helena se sentó en un extremo de la mesa.

Wolf fue colocado a su derecha por una señora Pottle que, al parecer, consideraba que si un matrimonio iba a resultar incómodo, al menos debía serlo a una distancia que le permitiera servir el estofado sin cruzar media cocina.

Barrow ocupó una silla al otro lado, tras protestar que un administrador no cenaba con señores. Helena lo hizo callar con una mirada.

—Briarcombe no tiene suficientes personas para desperdiciar compañía —dijo.

—Sí, señora.

Wolf intentó acomodarse en la silla y golpeó una rodilla contra la pata de la mesa.

El ruido fue leve.

Helena lo oyó.

También la señora Pottle.

—Las sillas son del padre de la señora —dijo la cocinera—. Ningún hombre más grande que un clérigo debería confiar en ellas.

—Lo tendré en cuenta —respondió Wolf, recordando como Nathaniel Vane lo había sacado de ese agujero de la capilla, como lo había arrastrado lejos del fuego, salvándole la vida. Todavía le dolía la pierna si lo pensaba demasiado.

Helena tomó una cuchara.

Wolf no recordaba una cena tan extraña.

El estofado era sencillo, con conejo, zanahorias y hierbas. Había pan reciente, mantequilla, queso duro y una jarra de sidra que Barrow sirvió con mano algo temblorosa. Nada de plata. Nada de criados entrando y saliendo. Nada de platos cambiados en silencio ni de velas multiplicadas en espejos.

La cocina era cálida, demasiado baja de techo, llena de utensilios colgando, cestas, paños y un olor a tomillo que, contra todo pronóstico, le gustó.

Wolf comió sin quejarse.

Eso no sorprendió a Helena.

Wolf soportaba incomodidades con la misma expresión con la que soportaba bailes, heridas y conversaciones familiares.

Pero sí la sorprendió verlo allí, con las mangas apenas rozando la mesa, el pelo oscuro y repeinado, iluminado por el fuego y una sombra de cansancio junto a la boca.

No parecía menos peligroso en una cocina.

Quizás al contrario. Las cosas ordinarias hacían que su personalidad oscura resultara más visible.

La señora Pottle sirvió otra porción a Barrow y dijo: —La señora tiró mis conservas de ciruela.

—Estaban fermentando —replicó Helena.

—Estaban madurando.

—Señora Pottle, una conserva no debería respirar cuando se abre.

Barrow tosió contra la servilleta.

Wolf miró su plato.

Helena sospechó que estaba intentando no mostrar diversión.

Aquello la irritó. Y la ablandó.

Ambas cosas.

—Briarcombe necesita trabajo —dijo Barrow, quizás buscando un terreno menos peligroso que las ciruelas criminales—. Pero la señora ha hecho más en tres días que yo en tres años.

—Eso no habla bien de usted, señor Barrow —dijo la señora Pottle.

—No, señora Pottle. Lo sé.

—Barrow ha conservado la casa —dijo Helena—. Eso ya es bastante.

El administrador bajó la mirada hacia el plato, conmovido de una forma que intentó ocultar detrás de un trozo de pan.

Wolf la observó. Helena lo notó sin mirarlo.

—Necesita criados —dijo él.

—No he pedido dinero.

—No lo he ofrecido.

Helena levantó la vista. Wolf sostuvo su mirada sin pestañear.

—Barrow puede contratar hombres para el tejado —añadió—. Use las rentas de Briarcombe.

—Las rentas de Briarcombe apenas sostienen Briarcombe, mi señor—replicó Helena.

—Entonces use las de Coldhaven.

—No.

La palabra salió rápida.

Demasiado rápida.

La señora Pottle miró de uno a otro con el interés de quien fingía concentrarse en el pan.

Barrow descubrió una imperfección fascinante en su vaso.

Wolf apoyó la cuchara con cuidado.

—El dinero de su esposo no debería suponerle una cadena, mi señora.

—No. Pero prefiero no aceptarlo.

—No he venido a comprar obediencia.

—No he dicho eso.

—Lo ha pensado.

—Usted piensa muchas cosas que no dice. Quizás solo estoy aprendiendo.

La cocina quedó demasiado silenciosa.

La señora Pottle fue la única que no pareció incómoda.

—El estofado se enfría —dijo—. Y después dicen que fue culpa de la cocinera.

Helena cerró los ojos un instante. Barrow pareció mirar a la anciana con devoción.

Wolf retomó la cuchara. —Mis disculpas, señora Pottle.

—Aceptadas, excelencia. Coma.

Y Wolf comió.

Helena también.

Durante el resto de la cena hablaron de cosas prácticas: el pozo, la cerca del huerto, el tejado, la chimenea del comedor, las dos habitaciones que podían prepararse para criados, la necesidad de enviar a Taunton por una doncella aceptable.

Wolf no dio órdenes. Eso fue tan evidente que Helena comprendió que era deliberado.

Formuló sugerencias. Preguntó a Barrow. Escuchó a la señora Pottle.

No miró a Helena para pedir aprobación, pero tampoco pasó por encima de ella.

Cuando la cena terminó, la señora Pottle declaró que todos parecían cansados.

Barrow condujo a Wolf a la habitación azul pequeña, la mejor de las disponibles que no fuera la de Helena. Ella se quedó en la cocina, ayudando a recoger pese a las protestas de la cocinera, y oyó los pasos de los hombres subir por la escalera.

No miró hacia arriba.

No hasta que dejaron de oírse.

La habitación asignada a Wolf era demasiado pequeña para él.

No físicamente, aunque la cama parecía haber sido diseñada para un hombre de hábitos moderados y longitud discreta.

Era pequeña de otra manera. Demasiado íntima.

Demasiado personal. Había un papel pintado descolorido con ramas azules, una cómoda vieja, un aguamanil con una grieta reparada y una ventana que no cerraba bien del todo.

El suelo crujía cerca de la puerta. La chimenea estaba limpia, pero el tiro silbaba cuando el viento se movía entre los árboles.

Barrow dejó una vela sobre la cómoda.

—Siento que no sea más cómoda, excelencia.

—He dormido en lugares peores.

—No lo dudo. Pero quizás no se los ofrecieron con tanta vergüenza.

Wolf miró al administrador.

Barrow se aclaró la garganta.

—La señora ocupa el cuarto de su padre. Insistió. La habitación principal estaba disponible, pero dijo que no le interesaba dormir en un cuarto donde el techo tenía mejor opinión de sí mismo que las paredes.

Sí.

Eso sonaba a Helena.

—Gracias, Barrow.

—Excelencia.

El administrador dudó en la puerta.

—No debí escribirle.

—Sí debió.

—La señora se enfadará.

—Sí.

—Mucho.

—Probablemente.

Barrow suspiró.

—Tenía esperanza de que lo negara.

—No miento por cortesía.

—No, excelencia. Ya veo.

Cuando se marchó, Wolf permaneció de pie en medio de la habitación.

No se quitó la chaqueta de inmediato.

Primero revisó la ventana.

Era un impulso antiguo. Abrió el cierre, lo probó, examinó el marco hinchado por la humedad. Después miró la cerradura de la puerta, la distancia hasta la escalera, el pasillo, la vela. Contó mentalmente los puntos vulnerables de la casa.

Y luego se detuvo.

«No vayas como un soldado. Ve como un marido».

La frase de Bear regresó con irritante precisión.

Wolf apartó la mano de la cerradura.

No sabía ir como marido.

Ni siquiera estaba seguro de que Helena quisiera que estuviera allí de ningún modo.

Se quitó la chaqueta y la dejó sobre la silla. Luego la pañoleta. Luego el chaleco. Sus movimientos eran ordenados, silenciosos, demasiado controlados para una habitación que no le pedía control alguno. Se sentó en el borde de la cama y sintió cómo la madera protestaba.

Briarcombe no era confortable.

Helena lo sabía.

No había venido allí porque careciera de otra opción. Tenía dinero. Tenía el apellido Colligan. Tenía derecho a ocupar Coldhaven, Colligan House o cualquier residencia que Wolf pudiera poner a su disposición sin pensarlo dos veces.

Había elegido Briarcombe.

No por necesidad.

Por distancia.

No de Londres.

De él.

Aquello fue más desagradable que la humedad del muro, que la silla estrecha, que la ventana defectuosa y que cualquier posible amenaza exterior.

Wolf se puso en pie otra vez.

No estaba cansado.

O quizás sí, pero no de una forma que el sueño pudiera resolver.

Se acercó a la mesa pequeña donde Barrow había dejado papel, tinta y una pluma. Se sentó. Durante unos minutos miró la hoja en blanco.

Podía escribir a su madre.

A Tiger.

A algún hombre en Taunton para contratar guardias discretos.

A Larkin para enviar criados sin escudo de Coldhaven.

A cualquiera.

Casi a cualquiera.

Tomó la pluma.

La dejó.

En cuanto Briarcombe fuera segura, regresaría a Bristol.

Esa era la solución razonable.

Helena podría quedarse en su casa, si eso deseaba. Con criados. Con protección. Con independencia suficiente para no sentir que él la arrastraba de vuelta. Él habría cumplido con lo necesario.

Briarcombe sería reparada.

El peligro, reducido.

La situación, ordenada.

Aquella explicación también era razonable.

Práctica.

Casi impecable.

Wolf apagó una vela y dejó otra encendida.

No se acostó, aunque las sábanas olían a recién lavadas.

Helena, en su habitación, tampoco podía dormir.

La casa tenía demasiados sonidos.

Eso se dijo.

La madera crujía. El viento se filtraba bajo una ventana.

En algún punto de la galería caía una gota a intervalos irregulares dentro de un cubo que la señora Pottle había colocado con resignación veterana.

Un búho llamó desde los árboles. Los caballos de Wolf se movieron en los establos.

Briarcombe respiraba de noche como una criatura vieja, llena de pequeñas quejas.

Pero nada de aquello era la verdadera razón.

La verdadera razón dormía —o no dormía— al otro lado del pasillo.

Helena se incorporó despacio.

La habitación de su padre olía a cera, libros viejos y lavanda seca.

Había cambiado las sábanas, abierto las ventanas, sacudido cortinas y retirado un crucifijo de la pared no por falta de fe, sino porque no soportaba sentir que su padre seguía observando cada decisión suya con aquella mezcla de amor e ironía que había sido tan suya.

La casa estaba oscura, salvo por una franja de luz bajo la puerta.

Helena la vio.

Y supo, con una certeza ridícula, que Wolf seguía despierto.

No era sorpresa.

Wolf dormía poco. Siempre había dormido poco.

Durante años había visto luz bajo puertas, sombras moviéndose a horas imposibles, velas consumidas sobre escritorios.

Al principio pensó que eran asuntos de guerra, informes, cartas, preocupaciones.

Después comprendió que algunas noches Wolf simplemente no sabía cerrar los ojos sin regresar a lugares donde ella no podía seguirlo.

Bajó los pies al suelo, pero no se levantó.

La luz seguía allí.

Una línea delgada.

Terca.

Como él.

Helena se llevó una mano al pecho y no encontró el anillo. Estaba guardado en la caja pequeña, sobre la cómoda. Lo había quitado de la cadena al llegar a Briarcombe, no porque hubiera dejado de ser su esposa, sino porque ya no sabía qué hacer con un símbolo de algo que no había ocurrido.

Wolf había venido por deber.

Por seguridad.

Por la carta de Barrow.

Por Nathaniel.

Por Elias.

Por todas las razones correctas que siempre le habían permitido evitar la única que ella no debía seguir esperando.

Se tumbó de nuevo.

Al otro lado del pasillo, la luz no se apagó.

Los separaban apenas unos pasos, una alfombra gastada y dos puertas viejas.

Después de seis años, seguía pareciéndole un país entero.