Los pecados del Duque (Duques Salvajes 3) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

El recuerdo no dolió tanto como habría esperado.

Quizás porque allí, en Briarcombe, Nathaniel Vane no fue solo el hombre que murió en Kalmara. Fue también el hombre que había plantado manzanos, guardado sermones en la biblioteca pequeña y dejado marcas de barro en la cocina hasta que la señora Pottle amenazaba con echarlo de su propia casa.

Helena sonrió un poco al recordar a su padre. No recordaba a su madre, según le habían dicho, una mujer de buen carácter que murió al dar a luz.

Entonces dejó de sonreír.

No oyó nada.

No un paso. No una voz. No el crujido de la verja del huerto.

Fue peor que un sonido.

Fue una certeza.

Una mirada.

Fría, oscura, demasiado familiar.

Helena permaneció inmóvil con las manos en la tierra.

Durante un instante absurdo pensó que, si no levantaba la cabeza, aquello no sería verdad. Briarcombe seguiría siendo Briarcombe. El sol seguiría siendo el sol. La tierra bajo sus dedos seguiría perteneciendo solo a ella.

Pero las certezas no desaparecen por falta de cortesía.

Levantó la vista.

Wolf estaba en el camino, junto a la cerca baja del huerto.

Alto. Perfecto.

Una imposibilidad vestida de negro en mitad de un jardín que olía a tierra, hojas y agua estancada.

La levita le caía perfecta sobre los hombros.

La pañoleta estaba anudada sin una arruga.

El cabello oscuro no parecía haber sido afectado por el viaje, el polvo o la existencia en general.

A su lado, el señor Barrow tenía la expresión de un hombre que acababa de descubrir que la traición administrativa podía tener consecuencias inmediatas.

Helena miró primero a Wolf.

Luego a Barrow.

Después de seis años de matrimonio, seguía sin saber qué significaban aquellos ojos grises cuando la miraban así.

Si era reproche.

Si era preocupación.

Si era simple estrategia.

Quizás ese había sido siempre el problema.

—¿Qué hace usted aquí? —preguntó.

Su voz no tembló.

Wolf la observó un segundo más antes de responder.

—Barrow me escribió.

Helena giró lentamente la cabeza hacia el administrador.

Barrow palideció con una dignidad admirable.

—Señora Colligan...

—Usted escribió a mi marido.

—A Su Excelencia, sí.

—No es una distinción que mejore su posición, señor Barrow.

El hombre abrió la boca, la cerró y luego pareció decidir que un administrador viejo podía morir con más honor si decía la verdad.

—No, señora.

—Hizo lo correcto—dijo Wolf, sin apartar la mirada de ella.

—Qué alivio para él —dijo ella—. Siempre es agradable que un hombre reciba absolución de otro.

Barrow miró el suelo con profundo interés.

Helena se puso en pie.

El movimiento fue menos elegante de lo que habría deseado. Se le había dormido una pierna y tuvo que apoyar una mano en la estaca para no perder el equilibrio. Wolf se movió un poco, un gesto tan mínimo que quizás nadie más lo habría visto. Pero Helena lo vio.

Como siempre.

Tarde, pero lo vio.

—No necesito ayuda —dijo.

—Eso no era lo que decía la carta.

—La carta no tenía derecho a opinar.

—Describía hechos —respondió Wolf con frialdad.

—La humedad del muro norte, la chimenea caprichosa y la ausencia de lacayos no constituyen una emergencia—replicó ella.

—Elias Vane fue asesinado hace semanas.

La frase cayó entre ellos con más peso que todos los argumentos domésticos.

Barrow se santiguó discretamente.

Helena tomó el sombrero de la piedra y lo sacudió con más fuerza de la necesaria.

—Lo recuerdo.

—Entonces recordará, mi señora, que su apellido sigue atrayendo atención peligrosa.

—Mi apellido ha atraído atención peligrosa durante años.

—Aquí no hay protección suficiente.

—Aquí no hay salones, ni periódicos, ni damas que dicen verdades parciales mientras miran si una sangra.

Wolf no respondió de inmediato. Helena lamentó la frase en cuanto salió de su boca.

No porque fuera falsa. Porque era demasiado reveladora.

—Lady Aveline la visitó —dijo él.

No era una pregunta.

Helena se puso el sombrero. Una parte de su cabello quedó atrapada bajo el ala. No intentó corregirlo.

—Sí.

—¿Qué le dijo?

—Varias cosas.

—Helena.

Ahí estaba.

Su nombre.

No mi señora.

No duquesa.

No esposa.

Helena.

Y pronunciado por él tenía una forma intolerable de llegarle antes al cuerpo que a la razón.

—Me habló de Kalmara —dijo ella—. De mi padre. De su marido. De usted, mi señor.

—Aveline no sabe todo lo que ocurrió.

—Nadie parece saberlo todo, Excelencia. Esa es una de las grandes comodidades de esa guerra. Cada cual conserva la parte que le permite dormir.

Barrow se removió.

—Quizá debería regresar a la casa y avisar a la señora Pottle de que Su Excelencia ha llegado —dijo con una esperanza casi conmovedora.

Helena no lo miró.

—Sí, señor Barrow. Y mientras lo hace, reflexione sobre la diferencia entre lealtad y correspondencia no autorizada.

—Sí, señora.

El administrador inclinó la cabeza ante Wolf con la expresión de un hombre que había decidido aceptar cualquier futuro castigo siempre que pudiera alejarse de aquel huerto.

Se marchó con rapidez poco digna.

Helena y Wolf se quedaron solos.

No del todo.

La casa estaba a unos pasos. Un pájaro cantaba en algún árbol cercano. El cubo de agua reflejaba la luz. Las plantas recién colocadas parecían criaturas pequeñas, ridículas e insistentes.

Pero la soledad entre ellos siempre había tenido la mala costumbre de volverse absoluta.

—No he venido para obligarla a volver —dijo Wolf, con sus ojos grises todavía clavados en ella.

Helena soltó una risa baja.

No alegre.

—Qué frase tan tranquilizadora. Quizás podría bordarla en una almohada para la habitación de invitados.

—Briarcombe no es seguro.

—De nuevo la seguridad.

—Es una preocupación razonable, mi señora.

—Por supuesto, y usted es muy razonable.

Wolf ladeó la cabeza.

—No me burlo de usted —dijo él.

—No. Usted nunca se burla. Solo decide qué es razonable y espera que los demás llamen gratitud a la obediencia.

—Hay una diferencia entre la independencia y la imprudencia.

—Sí. Usted me la explicó muy bien la primera vez. Creo que fue justo antes de convencerme de que casarme con usted era mi única salvación.

Wolf respiró hondo, lo que en él era toda una muestra de emociones. Principalmente: exasperación.

—He venido porque está usted sola en una casa aislada, si lo prefiere puedo pagarle un alquiler en la ciudad de Somerset si le gusta este condado.

—No, no lo prefiero.

Wolf miró el huerto, las manos de ella, la tierra sobre su vestido.

—¿Por qué aquí?

Helena sintió que la pregunta le dolía más de lo que debería.

¿Por qué quieres esto? ¿Por qué te hace daño aquello?

¿Por qué estás triste? ¿Por qué aquí?

Tarde.

Siempre tarde.

—Porque es mío —dijo. Wolf no contestó—. O lo era —añadió ella, mirándolo—. Antes de que el matrimonio convirtiera incluso las cosas más pequeñas de una mujer en propiedad de su marido.

El rostro de Wolf no cambió.

Pero su quietud sí.

—No he venido a reclamar Briarcombe.

—Podría.

—No lo haré.

—Qué generoso.

—No es generosidad.

—Entonces ¿qué es?

Wolf la miró durante demasiado tiempo, tanto... que Helena pensó que era una estatua.

—No sé cómo llamarlo.

Aquello la desarmó un poco.

No lo suficiente.

Pero un poco.

Helena bajó la vista hacia sus manos. Tenía tierra bajo las uñas, la piel enrojecida por el trabajo y un arañazo en la base del pulgar.

De pronto fue muy consciente de sí misma: del vestido manchado, del cabello escapando, del calor en la nuca, de la distancia indecorosa entre la mujer que debía ser una duquesa y la mujer que Wolf estaba viendo.

—No debería haber venido hasta aquí —dijo ella.

—Lo sé.

—Eso no parece haberlo detenido.

—No.

—¿Y ahora?

—Me quedaré hasta que Briarcombe tenga personal suficiente y la casa pueda asegurarse.

Helena levantó la cabeza con indignación.

—No.

—Sí.

—No puede instalarse aquí.

—Puedo.

—No lo invito.

—Lo sé.

—Entonces quizás debería interpretar eso como un obstáculo.

—Lo he interpretado.

—Y lo ha ignorado.

—Temporalmente.

Helena lo miró con incredulidad.

—¿Temporalmente?

—Hasta que se resuelva la situación.

—¿Qué situación?

—La falta de criados, la falta de guardias, el estado de la casa y la posibilidad de que alguien vinculado a Elias Vane decida seguir su rastro hasta aquí.

—Qué lista tan completa. Me sorprende que no haya incluido el huerto.

Wolf miró los bancales.

—El huerto parece bajo control.

Aquello era lo insoportable de Wolf. No era cruel. Rara vez era injusto. Podía irritarla hasta la locura y, de pronto, decir una frase tan seca que casi parecía humor.

Casi.

—No deseo vivir con usted —dijo Helena.

No fue una frase orgullosa.

No necesitó serlo.

Wolf la recibió como habría recibido un disparo bien colocado: sin moverse.

—Lo sé.

—¿Y aun así se quedará?

—Sí.

—Por seguridad.

—Por seguridad.

Helena asintió despacio.

—Claro.

Aquella palabra otra vez.

Wolf pareció detestarla.

Bien.

—No todo lo que hago forma parte de una deuda, mi señora —dijo él.

Helena lo miró. El calor, el barro, el cansancio y la llegada inesperada de Wolf empezaban a combinarse de forma peligrosa.

—Entonces, por favor, dígame qué parte no lo es.

La pregunta quedó entre ambos.

Wolf no respondió.

No enseguida.

Y en ese silencio Helena encontró, como siempre, su respuesta.

—Eso pensaba —dijo ella.

Se agachó para recoger la paleta y el cubo.

Wolf dio un paso hacia ella.

—Helena.

—No. Si piensa quedarse, Excelencia, la señora Pottle servirá la cena a las siete. El comedor ahúma cuando el viento viene del oeste, de modo que cenaremos en la cocina. Es probable que eso hiera sus hábitos ducales, pero hará maravillas por su educación doméstica.

—No tengo hábitos ducales.

Ella lo miró de arriba abajo.

La levita impecable.

La pañoleta perfecta.

El gesto de hombre que podía entrar en una cocina y hacer que la olla se sintiera inferior.

—Por supuesto que no.

Y, con el cubo en una mano y la dignidad en la otra, pasó junto a él y regresó hacia la casa.