Los pecados del Duque (Duques Salvajes 3) Capítulo 5
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Capítulo 5

Briarcombe apareció al final de un camino estrecho, después de una curva flanqueada por setos demasiado altos y árboles que habían crecido sin pedir permiso a ningún jardinero.

Wolf había visto propiedades más grandes, más antiguas, más ricas y sin duda mejor atendidas. Había visto casas capaces de intimidar a un visitante antes incluso de cruzar la verja.

Briarcombe no intimidaba a nadie.

Se levantaba sobre una pendiente, construida en piedra clara ennegrecida por la humedad, con un tejado inclinado que mostraba reparaciones desiguales, ventanas pequeñas y una enredadera que parecía haber iniciado su conquista del muro sur con paciencia hereditaria.

No era una mansión.

Tampoco una ruina del todo.

Era una casa que había sido querida hacía mucho tiempo y que después había quedado olvidada.

El carruaje se detuvo junto a una entrada de grava irregular. Uno de los caballos resopló. El lacayo bajó de inmediato y abrió la portezuela. Wolf descendió sin esperar ayuda, con el sombrero en la mano y el abrigo oscuro cubierto por una fina capa de polvo del camino.

Edmund Barrow apareció antes de que el cochero pudiera preguntar por los establos.

Era un hombre de unos sesenta años, delgado, huesudo, vestido con una levita vieja pero cepillada con esmero y un chaleco marrón que quizá había sido respetable en algún momento anterior al nacimiento de varias generaciones de ministros.

Tenía el cabello blanco, unas cejas abundantes y la expresión de quien llevaba dos días enteros preguntándose si había cometido una heroicidad o una estupidez al escribir a un duque sin permiso de su señora.

—Excelencia —dijo, inclinándose con tanta rigidez que Wolf sospechó que el gesto le había costado una vértebra.

—Señor Barrow.

El administrador alzó la cabeza. Sus ojos se movieron hacia el carruaje, hacia el lacayo, hacia los baúles mínimos que Wolf había permitido cargar y de nuevo hacia el rostro de Wolf.

—No esperaba que llegara tan pronto.

—Escribió usted con urgencia.

—Sí, excelencia —Wolf lo miró. Barrow tragó saliva—. La señora Colligan no sabe que le escribí.

—Lo sé, pero no tema.

Wolf miró la casa. Algunas ventanas estaban abiertas, aunque la tarde aún no era cálida.

De una de ellas colgaba una cortina blanca recién sacudida.

Junto a la puerta había dos macetas con hierbas, una más viva que la otra.

En los escalones, alguien había dejado una cesta llena de paños húmedos, como si una limpieza doméstica hubiera sido interrumpida por la llegada del carruaje.

—¿Dónde está mi esposa?

Barrow vaciló.

No por desconocimiento.

Por prudencia.

—En el huerto, Excelencia.

Wolf giró la cabeza hacia él como si lo hubiera insultado.

—¿En el huerto?

—Sí. La señora lleva allí desde media mañana. Antes estuvo en la despensa, después en el ala oeste y luego en la cocina, donde hizo llorar a la señora Pottle.

—¿Por qué?

—Le sugirió que unas conservas hechas cuando el viejo rey aún parecía inmortal no debían servirse a nadie por quien una sintiera afecto.

Wolf no sonrió.

Pero algo en el aire se movió con un poco más de alegría.

Barrow, animado por haber sobrevivido a la primera respuesta, señaló hacia un sendero que bordeaba la casa.

—Si me permite, Excelencia, puedo acompañarlo. No está lejos.

Wolf asintió.

El administrador empezó a caminar con pasos rápidos y nerviosos sobre la grava.

Wolf lo siguió, observando sin parecer hacerlo.

El jardín delantero estaba descuidado, pero no abandonado.

Había rosales que necesitaban poda y un parterre donde algunas flores de primavera luchaban contra hierbas que se habían creído con derecho de permanencia.

—Cuando llegó la señora —dijo Barrow—, pensé que pediría que se preparara la habitación principal, una bandeja de té y quizás una lista de reparaciones, pero pidió las llaves de las habitaciones cerradas.

—¿Las habitaciones cerradas?

—El ala oeste llevaba años sin usarse. Desde antes de que el reverendo Nathaniel partiera al extranjero.

Hay humedad, polvo y unas cortinas que deberían haber sido quemadas por razones de salud pública.

La señora abrió todas las ventanas. Luego fue a la despensa.

Luego al cuarto de la ropa blanca. Después al huerto.

—¿Por qué?

Barrow lo miró como si la pregunta fuera tan difícil como peligrosa.

—Creo que deseaba valerse por sí misma, Excelencia.

Wolf no respondió.

El sendero dobló junto a una pared cubierta de musgo.

Detrás de la casa, Briarcombe cambiaba de carácter.

El jardín trasero descendía hacia un arroyo estrecho, oculto en parte por sauces.

Había un pequeño cobertizo, árboles frutales torcidos y, al fondo, un huerto cercado por una valla baja de madera.

Parte de la tierra estaba removida. Había bancales ordenados de manera reciente, surcos trazados con una determinación más honesta que experta, un cubo de agua, unas herramientas apoyadas contra la cerca. ..

—La casa llevaba años dormida, Excelencia —dijo Barrow en voz más baja—. Parece que la señora la ha despertado.

La frase debería haber sido sentimental.

En boca de Barrow no lo fue. Era una observación práctica, casi sorprendida, como si el administrador no supiera qué hacer con una casa que de pronto había recordado tener pulso.

Wolf la vio entonces.

Helena estaba arrodillada entre dos bancales, con las mangas del vestido remangadas hasta los codos y las manos hundidas en la tierra.

No llevaba guantes. El vestido era sencillo, de un color azul lavado que en Bristol habría parecido demasiado modesto para una duquesa y allí encajaba con el cielo pálido, la tierra oscura y los muros antiguos de Briarcombe.

El sombrero no estaba en su cabeza, sino a un lado, y varios mechones de cabello negro se le habían escapado del recogido, pegándosele a las sienes por el calor.

No parecía una dama abandonada.

No parecía una esposa fugitiva.

No parecía la duquesa de Coldhaven.

Parecía una mujer, simplemente una mujer.

Wolf se detuvo.

Barrow también, aunque tuvo el buen juicio de no hablar.

Helena no se había dado cuenta de su presencia.

Estaba inclinada sobre la tierra, acomodando una hilera de plantas jóvenes con concentración absoluta.

Una mancha oscura le cruzaba la mejilla.

Tenía los dedos sucios, las muñecas delgadas, los hombros tensos por el esfuerzo y una calma en el cuerpo que Wolf no recordaba haberle visto en Londres, ni en Bristol, ni en ninguna de las habitaciones correctas donde habían convivido durante años.

Allí, en medio de un huerto modesto, con tierra bajo las uñas y el sol sobre la nuca, Helena parecía más lejos de él que cuando estaba en Half Moon Street.

Aquello no tenía sentido.

Por eso lo inquietó.

—Excelencia —murmuró Barrow, con la prudencia de un hombre que empezaba a lamentar cada decisión de su vida adulta—, quizás debería anunciarlo.

Wolf no apartó la mirada de ella.

—No.

Barrow cerró la boca y dio un paso atrás.

En el huerto, Helena tomó una paleta pequeña y golpeó con ella un terrón duro. Luego lo rompió con los dedos. El gesto fue sencillo. Doméstico. Casi insignificante.

Wolf lo observó como si estuviera viendo algo que no comprendía y que, sin embargo, le importaba de manera absurda.

«La casa llevaba años dormida. Parece que la señora la ha despertado».

No.

Helena no se estaba escondiendo.

Estaba construyendo algo.

Y él, por primera vez desde que recibió la carta de Barrow, comprendió que quizás Briarcombe no era una imprudencia para ella.

Quizás era el único lugar en el que Helena podía ser ella misma.

Helena tenía calor.

El sol de Somerset no poseía la violencia de países más lejanos ni la pesadez de Londres en verano, pero aquella tarde se había instalado sobre el huerto con una obstinación casi personal.

La nuca le ardía, el vestido se le pegaba un poco a la espalda y la tierra húmeda le manchaba las manos hasta las muñecas.

Bajo las uñas llevaba barro. En la mejilla, probablemente también.

Le dolían los hombros, los muslos y una zona indefinida de la espalda que no había recordado poseer desde sus años de juventud.

Y, sin embargo, no había sido tan feliz en meses.

Quizás en años.

No era una felicidad ruidosa. Tampoco alegre de una manera fácil. Era algo más pequeño y más verdadero: la sensación de estar haciendo una cosa sencilla con sus propias manos y ver que el mundo, por una vez, respondía sin exigir explicaciones.

Cavar.

Plantar.

Regar.

Arrancar hierbas.

Volver a empezar.

La tierra no preguntaba si era duquesa.

No le importaba si su matrimonio había sido consumado o no.

No murmuraba sobre colonias inglesas, ni sobre Wolf Colligan, ni sobre el apellido Vane. No le devolvía frases cargadas de rencor. Si la trabajaba mal, se resistía. Si la trabajaba bien, cedía.

Helena nunca había tenido manos de duquesa.

Ni siquiera antes de saber que una duquesa, en teoría, debía tenerlas.

Su padre había cultivado verduras allí donde la tierra se lo permitía, había reparado bancos, curado animales, cargado sacos y escrito sermones con los nudillos manchados de tinta y tierra.

Helena había crecido llevando agua, limpiando estanterías, remendando ropa, pelando manzanas, ayudando en la cocina y aprendiendo que la respetabilidad no siempre iba acompañada de una vida sin trabajo.

Ser duquesa le había resultado mucho más extraño que ensuciarse las manos.

Durante años había llevado guantes.

Guantes para salir.

Guantes para recibir.

Guantes para parecer la mujer que el mundo esperaba ver junto al duque de Coldhaven.

Ahora los tenía en el bolsillo del delantal y no pensaba ponérselos.

Acomodó una planta de judías junto a una estaca y presionó la tierra alrededor con los dedos. El olor húmedo le recordó los veranos de infancia en Briarcombe, cuando su padre volvía del huerto con una cesta de cosas torcidas y declaraba que las verduras feas tenían mejor carácter.