Los pecados del Duque (Duques Salvajes 3) Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

El matrimonio con Helena había empezado con una carta, una muerte y una deuda.

Eso era cierto. Negarlo habría sido una necedad.

Él no se habría acercado a Helena Vane en circunstancias ordinarias.

No habría sabido que existía. No habría tenido derecho a su nombre, ni a su vida, ni a aquella mirada avellana que podía volverse verde cuando la luz cambiaba.

Ella le había preguntado una vez si se habría casado con ella de no haber muerto Nathaniel Vane.

Él había contestado que no.

La verdad.

Una respuesta limpia, en apariencia.

Nathaniel Vane le había pedido que la buscara para entregarle aquella última carta de despedida, y Wolf lo había hecho meses después de regresar a Inglaterra, cuando su hermano Bear había decidido regresar a casa y la vida de tres hermanos que solo pensaban en beber y olvidar lo ocurrido terminó.

Encontró a Helena en Bath, no en una casa familiar ni bajo la protección respetable de parientes atentos, sino en una pensión barata donde las cortinas olían a humedad y las criadas hablaban de ella en voz baja al pasar por el pasillo.

Tenía veinte años, dos vestidos decentes, un baúl viejo y una tranquilidad demasiado rígida para no haber sido ensayada delante del espejo.

Los periódicos ya habían descubierto su nombre.

No todos, desde luego. Solo los peores al principio, esos que convertían cualquier tragedia colonial en alimento para desayunos ociosos.

La llamaban la hija del misionero de Kalmara.

Algunos insinuaban que Nathaniel Vane había sabido demasiado, por eso lo habían matado.

Otros sugerían que su hija guardaba documentos que incriminaban a altos cargos de la nobleza.

Había artículos que fingían piedad y terminaban preguntando si ciertas familias no habrían sido cómplices de su propia desgracia.

Y luego llegaron las cartas.

No todas anónimas.

Aquello fue lo que más desagradó a Wolf.

Las anónimas eran cobardes, pero esperables.

Las otras, las escritas con papel caro y sellos aristocráticos, tenían una crueldad más refinada.

Le advertían que dejara de hacer preguntas.

Que no removiera asuntos que no comprendía.

Que una muchacha sin fortuna debía agradecer estar viva y no tentar a hombres más poderosos de lo conveniente.

Una de ellas contenía solo una línea.

«Su padre debió callar antes».

Helena no lloró cuando Wolf la leyó.

Eso, más que cualquier lágrima, hizo que él decidiera quedarse.

No se lo dijo, naturalmente.

Wolf no decía esa clase de cosas.

Solo pidió otra habitación en la misma pensión, envió a un hombre a vigilar la calle, compró carbón, cambió al médico que la había atendido mal y colocó su nombre entre Helena Vane y todos aquellos que parecían creer que una mujer sola era una presa fácil.

Entonces, y solo entonces, le entregó la carta de Nathaniel.

No como un hombre que llevaba un consuelo.

Sino como un hombre que devolvía una deuda.

Después, la convenció que su única salvación era casarse con él; a cambio, él le daría una vida llena de respeto y no la obligaría a nada que ella no quisiera.

Solo después, demasiado tarde, comprendió que Helena no le había preguntado por la lógica de los acontecimientos.

Le había preguntado si alguna vez la habría elegido por sí misma.

Wolf cerró los ojos un instante.

Un golpe suave en la puerta lo salvó de aquella clase de sentimientos.

—Entre.

Larkin apareció con una bandeja de plata.

No había nada en la expresión del mayordomo que indicara urgencia. Pero Larkin, como todos los buenos servidores que habían sobrevivido a los Colligan, tenía una manera especial de sostener las malas noticias. No en el rostro. En la muñeca.

Un poco más rígida.

—Excelencia. Ha llegado una carta para usted.

Wolf extendió la mano.

—¿De Londres?

—No, excelencia. De Somerset.

Somerset.

El papel era basto, de buena calidad antigua pero sin adornos. La dirección estaba escrita con una caligrafía inclinada, laboriosa, propia de un hombre que escribía cuentas, contratos de arrendamiento y quejas sobre tejados, no cartas destinadas a caballeros.

«Señor Edmund Barrow. Briarcombe».

Wolf rompió el sello.

Leyó.

La carta no era larga.

Tampoco era elegante.

Su Excelencia:

Ruego disculpe que me dirija a usted, pero la señora Colligan llegó ayer a Briarcombe sin aviso previo y con muy poco equipaje, aunque suficiente determinación para no escuchar una sola advertencia razonable.

La casa no se halla en condiciones adecuadas para recibir a una dama de su rango.

La habitación principal tiene humedad en el muro norte, el tejado vuelve a filtrar agua en la galería vieja y la chimenea del comedor arroja humo cuando el viento viene del oeste.

He hecho cuanto he podido con la ayuda de la señora Pottle, que sigue cocinando mejor de lo que camina, y del muchacho Ned, que sirve para los caballos siempre que no se le pida pensar al mismo tiempo.

No hay doncella para la señora. No hay lacayos. No hay mozos suficientes. No hay guardias.

La señora Colligan ha rechazado mi sugerencia de enviar a buscar criados a Taunton y también ha rechazado mi oferta de escribirle a usted.

Por ese motivo escribo sin su permiso, y confío en que, si decide despedirme por ello, lo haga después de que alguien con más autoridad que yo consiga convencerla de que Briarcombe no es un lugar seguro en las actuales circunstancias.

Después de lo ocurrido al señor Elias Vane, no creo prudente que la hija del reverendo Nathaniel permanezca aquí sola.

Soy, con el debido respeto,

Edmund Barrow

Administrador de Briarcombe

Wolf leyó la carta una vez.

Luego otra.

No porque no entendiera el contenido.

Sino porque cada línea le ofrecía una respuesta razonable a una inquietud que hasta ese momento no había querido nombrar.

Helena estaba en Briarcombe.

No en Londres, con calles llenas, vecinos indiscretos y una casa donde al menos había otras personas respirando tras las paredes.

Briarcombe .

Una propiedad pequeña de Somerset, aislada, húmeda, mal atendida.

Una propiedad que él había absorbido al casarse con Helena, la única que su padre le había dejado y que no tenía más valor que el de los criados que vivían dentro.

Una casa con una vieja cocinera, un muchacho para los caballos y un administrador que había tenido más valor que muchos oficiales al escribirle sin permiso de la señora.

No había guardias.

No había doncella.

No había lacayos.

No había nadie capaz de impedir una desgracia.

Wolf dobló la carta.

Esta vez el papel no crujió.

Lo sostuvo con cuidado.

Aquello era peor.

—¿Desea que responda, excelencia? —preguntó Larkin.

—No.

El mayordomo inclinó la cabeza.

Wolf guardó la carta en el bolsillo interior de la levita.

—Ordene que preparen el carruaje.

—Sí, excelencia.

—Caballos frescos. Dos hombres. Ningún escudo en la portezuela.

—Sí, excelencia.

—Y avise a mi madre antes de que lo descubra por alguien menos competente y decida despedir a medio establo.

—Muy prudente, Excelencia.

Larkin se retiró.

Wolf permaneció solo unos minutos más.

No muchos.

La soledad en Colligan House era un lujo breve, especialmente cuando Lady Perla estaba en la casa y Tiger poseía el instinto de un zorro para las conversaciones que no le incumbían.

Briarcombe no era seguro.

Esa era la razón.

La única necesaria.

Elias Vane había muerto. Helena era la hija de Nathaniel Vane.

Llevaba un apellido que seguía despertando rencor en personas equivocadas y un título que podía convertirla en objetivo de otras.

Una mujer sola, en una casa apartada, sin criados suficientes y sin protección, era una imprudencia evidente.

Cualquier hombre razonable habría actuado.

Cualquier marido razonable habría ido.

La conclusión era impecable.

Por eso se aferró a ella.

Cuando abrió la puerta de la biblioteca, su madre ya estaba en la galería.

Naturalmente.

Perla no preguntó.

Solo lo miró.

—Briarcombe —dijo Wolf.

—Lo sé.

—Larkin habla demasiado.

—Larkin entiende quien le paga su sueldo.

Detrás de ella apareció Lady Ágatha, apoyándose en su bastón con más energía de la que una dama de su edad debería haber considerado digna.

—Al fin —dijo—. El duque ha encontrado una razón respetable para hacer lo que no quería llamar deseo.

Wolf la miró.

—Voy porque Briarcombe no es seguro, milady.

—Por supuesto...

Tiger apareció desde la escalera.

—Larkin ha dicho algo sobre Somerset —comentó Tiger—. Y cuando Larkin dice Somerset con esa cara, significa que alguien ha decidido hacer algo estúpido a una distancia suficiente como para volver incómodo el rescate. ¿No era donde tu difunto suegro tenía una casa en ruinas?

—Helena está en Briarcombe —explicó Perla.

Tiger dejó de sonreír del todo.

—¿Sola?

—Con un administrador, una cocinera anciana y un muchacho que no debe pensar demasiado —dijo lady Ágatha.

Tiger miró a Wolf.

—Las esposas no suelen conservarse bien en casas con goteras y sin guardias. Incluso yo sé eso.

—Tu experiencia con esposas se limita a una mujer que habría sobrevivido mejor que todos nosotros en cualquier casa con goteras —dijo Wolf.

—Eso es cierto —respondió Tiger, mirando de reojo a Cassandra, que acababa de aparecer al fondo del corredor—. Pero no se lo digas. La volvería insoportable.

—Demasiado tarde —dijo Cassandra.

Bear también se acercó.

—¿Vas ahora?

—Sí.

—No vayas como un soldado.

Wolf sostuvo su mirada. —Briarcombe no es un campo de batalla.

—Entonces no lo trates como uno. Ve como un marido.

Wolf no respondió.

No porque despreciara el consejo.

Porque no sabía qué significaba.

No de verdad.

Sabía ser oficial. Sabía ser hermano, a medias. Sabía ser hijo, aunque con frecuencia a regañadientes. Sabía ser duque porque un título era, en esencia, otra forma de obligación.

Pero marido.

Aquella palabra llevaba seis años junto a su nombre como un cargo aceptado sin que nadie le hubiera explicado el idioma en que estaban escritas sus instrucciones.

—Voy porque Briarcombe no es seguro —repitió.

Perla lo observó con una ternura que le resultó más difícil de soportar que cualquier reproche.

—Entonces ve por eso.

Fue lo único que dijo. Luego dio órdenes.

El carruaje.

Las mantas.

Una caja de provisiones.

Una pistola limpia.

Caballos de refresco.

Una nota para enviar criados a Briarcombe, pero no antes de que Wolf hablara con Helena, porque incluso Perla parecía comprender que llenar la casa de su esposa con personal de Coldhaven antes de mirarla a los ojos podía empeorar las cosas.

Media hora después, el carruaje aguardaba ante la entrada.

Tim salió al pórtico .

—Somerset está más lejos de lo que cree tu impaciencia.

—Lo sé.

—Tu madre ha enviado comida.

—Lo he visto.

—Y mantas.

—También.

—Y una pistola.

—Padre.

—Tu madre considera que las conversaciones matrimoniales requieren preparación.

—No voy a conversar sobre mi matrimonio con una pistola.

—No he dicho que fuera para la conversación.

Antes de que Wolf pudiera responder, Cecily apareció en la puerta con una cinta roja atada alrededor de la muñeca y la espada de madera bajo el brazo.

—¿Vas a rescatar a alguien, tío Wolf?

Tiger, detrás de ella, cerró los ojos.

—Cecily.

—¿Qué? Siempre rescata gente.

Wolf miró a la niña. Pelirroja, seria, peligrosa en miniatura, igual a su madre.

—No —dijo—. Voy a visitar a tu tía Helena.

Cecily frunció el ceño.

—¿La que no viene nunca?

Wolf se puso los guantes.

—Esa.

—¿La traerás?

La pregunta era inocente.

Por eso no admitía una respuesta útil.

—No lo sé.

Cecily pareció considerar aquello con la gravedad judicial de su hermana Honora.

—Mamá dice que a veces las personas no vuelven porque nadie les ha preguntado bien si quieren hacerlo.

Tiger miró a Cassandra.

—¿Le has dicho esto?

—Seguramente —respondió ella—. Suena a mí.

Wolf inclinó la cabeza ante su cuñada.

Cassandra le sostuvo la mirada.

—Pregúntaselo bien, Coldhaven.

Aquello empezaba a volverse intolerable. Toda la familia parecía haber decidido que su matrimonio era un idioma que cualquiera entendía mejor que él.

Quizás tenían razón.

Bear lo acompañó hasta el carruaje. Apoyó una mano sobre la portezuela antes de que el lacayo la abriera.

—No tienes que explicarme nada.

—No pensaba hacerlo.

—Lo sé—Bear miró hacia los caminos que salían de Bristol, húmedos por la lluvia reciente y brillantes bajo la luz de la tarde—. Pero sí tienes que explicárselo a ella.

Wolf miró a su hermano mayor por uno segundos. Aunque eran trillizos, Bear y Tiger habían nacido antes que él, nadie sabía cuál de los dos primero. Pero todos sabían que Wolf había sido el último: más delgado, más enfermizo, más difícil... Pero, a su vez, el heredero de la fortuna Colligan.

Por un instante vio en Bear al hombre de Kalmara. Cubierto de humo, barro y sangre. El hombre que le había puesto una mano en el hombro cuando Nathaniel Vane murió y le había dicho que no desperdiciara la vida que acababan de salvarle.

—No sé qué quiere oír —confesó Wolf por primera vez.

Bear no sonrió. —Quizás no tienes que buscar lo que ella quiere oír, sino lo que tú quieres decir.

Wolf subió al carruaje.

La puerta se cerró.

Desde la ventanilla vio a su familia reunida en la entrada: sus padres, Tiger con alguna niña en brazos y Cassandra a su lado, Bear en los escalones con Eleanor cogiéndolo por el brazo, la tía Ágatha apoyada en el bastón con expresión de mujer que desaprobaba incluso la forma en que partía un carruaje.

Los niños asomaban por donde no debían. Milton estaba sentado con la solemnidad inútil de un perro convencido de que toda despedida requería su supervisión.

Wolf apartó la mirada antes de que el carruaje arrancara.

Bristol quedó atrás poco a poco.

Primero las calles conocidas. Luego las casas elegantes. Después los caminos húmedos de primavera, los setos bajos, los campos abiertos y ese cielo inglés demasiado pálido para parecer sincero.

Wolf no iba a Briarcombe a recuperar a su esposa.

No iba porque Aveline Morland hubiera colocado una frase venenosa donde más daño podía hacer.

No iba porque su madre lo mirara con esa paciencia llena de ternura, ni porque lady Ágatha lo llamara necio con más imaginación que la mayoría, ni porque Tiger y Bear parecieran haber decidido que sus matrimonios les concedían autoridad para hablar de sentimientos.

Iba porque Briarcombe era una propiedad aislada, mal atendida y sin protección suficiente.

Iba porque Elias Vane había muerto.

Iba porque la hija de Nathaniel Vane, el hombre que le había salvado la vida, no debía permanecer casi sola en una casa con goteras, una cocinera vieja, un mozo inútil y un administrador demasiado nervioso para dormir tranquilo.

Aquella explicación era razonable, práctica, irrefutable.

Wolf apoyó la cabeza contra el respaldo del asiento y cerró los ojos.

Durante todo el camino, se aferró a ella.