Capítulo 4 #2
—Estoy siendo precisa.
—¿Fue a Londres para verla?—preguntó Wolf, clavando los ojos en ella.
—Sí.
—¿Por qué?
Aveline bajó la mirada hacia sus manos. Se quitó los guantes despacio, como si necesitara desprenderse de una capa de cortesía antes de tocar el tema siguiente. Tenía una pequeña cicatriz en la base del pulgar derecho. Wolf la miró un instante. Ella lo notó.
—Porque Elias Vane ha muerto —dijo—. Porque Nathaniel Vane murió.
Porque mi esposo murió. Y porque, durante seis años, los muertos han sido más educados que los vivos —Wolf no respondió.
Aveline dejó los guantes sobre su regazo—.
Julian, mi esposo, Barón de Rutherland y médico entregado, estaba en la enfermería cuando empezó el ataque —La voz de ella no tembló.
Aquello la hacía más difícil de escuchar—.
Era médico. No soldado. No un hombre que soñara con medallas ni con discursos.
Había ido a Kalmara porque creía que curar cuerpos era una manera decente de no volverse inútil en el mundo.
Yo fui con él porque era joven, estaba enamorada y tenía la arrogancia de pensar que los hombres buenos no morían donde intentaban hacer el bien.
—Los hombres buenos mueren con la misma facilidad que los malos —respondió Wolf.
—Qué consuelo tan propio de usted—dijo lady Aveline, mirándolo a los ojos, sin temerlo.
—No era consuelo.
—No. Usted nunca se molestó en ofrecerme ninguno.
Cassandra miró a Wolf.
Él no se movió.
Y, sin embargo, algo cambió en él. No en su rostro. Nunca en su rostro. Cambió en la quietud. Se volvió más cerrada, más oscura, como si alguien hubiera echado el cerrojo a una puerta que ya parecía imposible de abrir.
—No tenía ninguno que ofrecer —contestó.
Aquella respuesta pareció rozar a Aveline en un lugar inesperado. Se recuperó enseguida.
—Usted llegó hasta la enfermería.
—Sí.
—Lo vio.
—Sí.
—Y eligió.
Perla se levantó lentamente.
—Aveline, está usted hablando con mi hijo.
Wolf alzó una mano sin mirar a su madre.
—No.
La orden fue baja, pero suficiente.
Perla se detuvo.
Aveline apretó los guantes entre los dedos.
—Al menos no lo niega.
—No niego hechos.
—Qué virtud tan cómoda.
—No lo fue aquella noche.
Aveline respiró despacio. —Dígame que Julian estaba muerto cuando lo dejó.
—No—sinceró Wolf, siendo práctico como siempre, sin dejar de mirarla.
Eleanor cerró los ojos un instante.
Aveline no.
—Dígamelo, Coldhaven.
—Estaba vivo cuando lo vi por última vez. Tenía una herida en el pecho y estaba intentando detener una hemorragia en otro hombre. Había tres niños bajo una mesa, una mujer inconsciente y usted en el suelo, junto a la puerta, con la falda ardiendo.
Aveline pareció perder color.
—No recuerdo eso.
—Yo sí.
No lo dijo como reproche.
Lo dijo como un hombre condenado a recordar.
—La levanté —continuó Wolf—. Usted me pidió que buscara a Julian.
—¿Y no lo hizo?
—Lo hice.
—Pero no lo sacó.
—No.
—Porque eligió a otros.
—Porque él me dijo que sacara a los niños.
Porque usted seguía respirando y podía ser movida.
Porque los niños podían ser llevados. Porque su esposo estaba atrapado bajo media pared y el fuego había alcanzado las vigas.
Porque si dedicaba diez minutos a un hombre al que quizás no podía salvar, dejaba morir a cuatro que sí podía sacar.
Aveline lo miró como si quisiera odiarlo de forma más limpia.
No pudo.
Eso la enfureció más.
—Niños africanos —escupió ella.
Durante un instante no se oyó nada salvo el sonido lejano de una risa infantil en la galería superior.
Wolf la miró con una frialdad que no era indiferencia.
—No pregunté ninguna nacionalidad, milady.
Aveline no respondió.
Se vio en su boca. En la tensión de sus párpados. En la manera en que bajó los ojos hacia sus guantes, como si de pronto no soportara mirar al hombre al que había venido a culpar.
—Julian era mi marido —dijo.
—Lo sé.
—Lo amaba.
—También lo sé.
—No. Usted no sabe nada de lo que es amar.
Wolf aceptó el golpe sin moverse.
—No.
La respuesta la desarmó más que cualquier defensa.
Aveline se puso en pie. Lo hizo con una elegancia que habría resultado admirable si no pareciera sostenida por puro dolor.
—Me sacó usted de allí.
—Sí, y me rompí un hombro al hacerlo.
—Lo primero que pensé al despertar fue que habría preferido que me dejara morir con él.
Perla cerró los ojos un instante.
Wolf no. —Mucha gente piensa eso al principio.
Aveline alzó la barbilla. —¿Y después?
—Después siguen respirando.
—Qué respuesta tan cruel.
—Es la única que tengo.
La mirada de Aveline se desplazó hacia la ventana. Afuera, la tarde de Bristol seguía siendo clara, verde, casi amable. Cuando volvió a mirar a Wolf, su rostro había recuperado esa calma pulida que la hacía parecer menos vulnerable y más peligrosa.
—Entonces cásese conmigo, Coldhaven —dijo—, y repare este daño también.
La habitación se enfrió.
Nadie creyó que fuera una propuesta.
Ni siquiera una insinuación.
Era una frase lanzada para romper algo.
Y lo consiguió.
Cassandra dejó el bordado sobre el regazo.
Eleanor miró a Wolf con escándalo. Perla no se movió, pero toda su atención estaba en su hijo.
Lady Ágatha golpeó el suelo una sola vez con la punta del bastón, no lo bastante fuerte para interrumpir, solo para dejar constancia de que el mundo se había vuelto momentáneamente idiota.
Wolf dio un paso hacia Aveline.
Solo uno.
Ella no retrocedió.
—Mi matrimonio no está a su disposición —dijo.
—No. Por supuesto. Está reservado para deudas más dolorosas que una viuda, una huérfana es mucho más llamativo.
Aquel golpe sí fue preciso.
Wolf no respondió.
Durante un segundo, algo pasó por su rostro. No dolor. No ira. Algo más breve. La sombra de una reacción que desapareció antes de que cualquiera pudiera darle nombre.
Aveline la vio.
Perla también.
—Ah —dijo Aveline en voz baja—. Entonces quizás sí hay algo que puede herirlo.
Wolf sostuvo su mirada.
Luego hizo una inclinación mínima, tan cortés que resultó casi brutal.
—Buenos días, Lady Aveline.
Y salió del salón.
No cerró la puerta con fuerza. Wolf no necesitaba portazos.
Su ausencia fue suficiente. Durante varios segundos nadie habló.
Al fin, Lady Agatha tomó su taza. —Una visita muy instructiva —dijo—. Aunque el té se ha enfriado y eso, en mi opinión, es la única tragedia que no puede justificarse con Kalmara.
Aveline se volvió hacia Perla.
—Lady Perla, ruego disculpe si he abusado de su hospitalidad.
—Lo ha hecho —respondió Perla.
—Lo sé.
—Y aun así la he invitado porque necesitaba saber qué clase de intenciones tenía con mi nuera.
La expresión de Aveline cambió un poco.
—Yo no le dije nada que ella ya no supiera.
—Pero eso no convierte en inocente a quien decide tocar la herida.
Aveline aceptó aquella frase sin defenderse. —No, duquesa. No lo convierte.
Eleanor, que había permanecido callada casi toda la escena, habló al fin.
—Ashford House es una casa difícil para vivir sola.
Aveline la miró.
—No estoy sola, duquesa. Tengo criados.
—No me refería a eso.
Por primera vez, Aveline no tuvo respuesta inmediata.
Lady Agatha suspiró.
—Qué deprimente. Ahora tendré que sentir compasión por usted, y detesto que me obliguen a ampliar mis obligaciones morales después de los sesenta.
La boca de Aveline se curvó. No llegó a ser sonrisa.
—Intentaré no convertirlo en costumbre.
Se despidió poco después.
Con una reverencia correcta.
Con los guantes puestos.
Con el rostro intacto.
Como si no acabara de dejar una habitación llena de mujeres pensando en muertos, esposas y hombres que no sabían ofrecer consuelo porque llevaban años necesitándolo.
Wolf llegó a la biblioteca sin recordar haber decidido ir allí.
Era una de las habitaciones más silenciosas de Colligan House.
No la más cálida ni la más hermosa, pero sí una de las pocas donde la casa parecía pacífica, sin risas de niños ni gritos de mujeres.
Había estanterías oscuras hasta el techo, mapas enrollados en un rincón, una mesa grande junto a la ventana y dos sillones de cuero gastado que pertenecían más a su padre que a cualquier otro habitante de la casa.
Wolf cerró la puerta.
No con fuerza.
Con casi alivio.
Se quitó los guantes despacio y los dejó sobre la mesa.
El gesto fue tan ordenado que casi resultó violento.
Seguía vestido de negro. La levita le caía impecable sobre los hombros, la pañoleta estaba perfectamente anudada y ni un mechón de su cabello oscuro se le había desordenado. A cualquiera que lo viera desde fuera le habría parecido un hombre compuesto, aristocrático, frío hasta la médula.
Quizás lo era.
O quizás había aprendido hacía mucho que si no se permitía romperse, el mundo tenía menos cosas que usar contra él.
Se acercó a la ventana.
Desde allí se veía una parte del jardín. No mucho. Un tramo de césped, los árboles recién verdes, el muro bajo que separaba la propiedad de la calle.
«Entonces cásese conmigo, Coldhaven, y repare este daño también».
La frase de lady Aveline regresó sin permiso.
Wolf la examinó como habría examinado una hoja de cuentas mal hechas.
Divorciarse de Helena.
Casarse con Aveline.
Reparar.
Aquellas palabras eran absurdas. Vulgares, incluso. El matrimonio no era un instrumento que se pasaba de una deuda a otra como una letra de cambio. Helena no era una cláusula. Aveline no era una compensación. Y él no era un hombre que corrigiera una muerte con una ceremonia.
Sin embargo, lo que más le molestaba no era la ofensa lógica.
Era otra cosa.
Una resistencia inmediata, física, casi brutal ante la sola idea de que Helena dejara de ser su esposa.
«Sobre el papel», había dicho ella. «Y usted ha respetado el papel con una constancia admirable».
Wolf apoyó una mano sobre el respaldo de una silla.