Capítulo 4
Lady Perla Colligan no citaba a nadie.
Eso habría sido vulgar.
Una dama de su posición expresaba el deseo de recibir a alguien, enviaba una nota perfectamente redactada, escogía una hora socialmente irreprochable y ordenaba que se preparasen té, café, pastel de almendras y una cantidad suficiente de testigos femeninos para que aquello pudiera pasar, ante cualquier mirada distraída, por una visita de cortesía.
Lady Aveline Morland llegó a Colligan House a las cuatro en punto.
Ni antes, como una mujer ansiosa.
Ni después, como una mujer culpable.
A la hora exacta.
Aquello, pensó Cassandra, ya era una declaración de carácter.
El salón gris había sido dispuesto con una elegancia que no engañaba a nadie.
Las cortinas estaban recogidas para dejar entrar la luz pálida de la tarde, la porcelana azul y blanca reposaba sobre una mesa baja, el café despedía un aroma oscuro y las flores recién cortadas suavizaban una habitación que, de otro modo, habría parecido diseñada para conversaciones demasiado serias.
Lady Perla ocupaba el sofá principal con elegancia.
Cassandra estaba sentada a su derecha, con un bordado que no tenía la menor intención de terminar.
Eleanor, al otro lado, sostenía una taza entre las manos y miraba hacia la puerta con fingida calma.
Lady Ágatha Ashford se había instalado en la butaca más cercana a la chimenea apagada, con el bastón apoyado contra el brazo del sillón y la expresión de una dama que había venido a tomar té y, si era necesario, a juzgar el alma de todos los presentes.
La visita no era casual.
Nada en Colligan House lo era cuando Lady Perla intervenía.
Después de que Wolf regresara solo de Londres, Perla había esperado dos días.
No por paciencia, sino por estrategia. Al tercero, escribió a la señora Linwood, la mujer que había alojado a Helena en Half Moon Street.
No lo hizo con la grosería de una suegra entrometida, sino con la delicadeza impecable de una dama que deseaba saber si su nuera necesitaba dinero, compañía, medicinas, carbón o cualquier otra forma de auxilio que pudiera enviarse sin obligarla a pedirlo.
La respuesta de la señora Linwood había llegado tres días después.
La señora Colligan ya no se hospedaba allí.
Eso, por sí solo, habría bastado para alterar la temperatura de Colligan House.
Pero la viuda había añadido, quizás sin comprender la importancia del detalle, que antes de marcharse la señora Colligan había recibido la visita de Lady Aveline Morland.
Perla no hizo ningún comentario al leerlo.
Cassandra, que se encontraba presente, comprendió de inmediato que aquello había sido mucho peor que mencionarlo.
Y por eso Lady Aveline estaba allí.
No interrogada.
«Invitada».
Larkin anunció a la visitante con su gravedad habitual.
—Lady Aveline Morland.
La mujer entró con una calma que hizo que incluso Cassandra, poco dada a admirar a desconocidas, la observara con más atención.
Lady Aveline vestía de gris azulado, un color frío y elegante que le suavizaba el rostro sin volverla dulce.
Era alta, aunque no imponente, de facciones finas, piel clara y ojos de un azul casi acerado.
No llevaba adornos innecesarios. Un broche oscuro cerraba el cuello de su vestido, y sus guantes eran de una piel muy pálida.
Era una mujer a la que se miraba una segunda vez porque en la primera se intuía que escondía más de lo que mostraba.
—Lady Perla —dijo, haciendo una reverencia.
—Lady Aveline. Qué amable por venir con tan poca anticipación.
—Fue una invitación difícil de malinterpretar.
—Me gusta cuando las damas empiezan diciendo la verdad. Ahorra mucho té—dijo lady Ágatha, emitiendo un sonido seco desde la butaca.
—Ágatha —nombró Perla, sin sonreír.
—Solo estoy animando la conversación.
—Eso temo.
—Lady Agatha —reverenció lady Aveline hacia la anciana—. Me alegra verla de regreso de Europa.
—Europa no comparte su entusiasmo. Me dejó marchar con mucho énfasis.
—Quizás no sabía cómo retenerla.
—Un conde austríaco lo intentó citando a Goethe. Fue una derrota para ambos.
Cassandra bajó la mirada hacia el bordado para ocultar una sonrisa. Eleanor, en cambio, no sonrió. Sus ojos permanecían fijos en Aveline con una mezcla de cortesía y curiosidad. No era difícil comprender por qué.
Lady Aveline Morland vivía ahora en la antigua Ashford House.
La casa que había pertenecido a la familia de Eleanor. La casa vinculada a Robert Ashford, a Westmere, a viejas humillaciones y a demasiados recuerdos para que una nueva inquilina pudiera ocuparla sin despertar incomodidad.
Aveline pareció comprenderlo.
—Duquesa de Ravenshire —dijo, volviéndose hacia Eleanor—. Confío en que mi presencia en Ashford House no le resulte desagradable.
Eleanor sostuvo la taza con ambas manos. —Ashford House ya no es mi hogar, milady. Ahora lo es Colligan House.
Cassandra asintió.
Lady Ágatha sonrió con aprobación.
Perla señaló el sofá.
—Siéntese, querida.
Aveline se sentó con una gracia propia de las damas nobles, la espalda recta, las manos enguantadas sobre el regazo y una serenidad demasiado pulida para ser inocente. Perla le ofreció té. Aveline aceptó, aunque no bebió de inmediato.
Durante unos minutos hablaron de asuntos menores.
Del estado de las carreteras.
Del tiempo.
De la llegada temprana de la primavera en Bristol.
De la dificultad de encontrar criados competentes fuera de Londres.
De los eventos benéficos del reverendo Dacre.
Aveline respondió con corrección, sin precipitarse, sin excederse. No parecía nerviosa. Tampoco complacida. Se comportaba como una mujer que sabía perfectamente por qué la habían invitado y no pensaba facilitar el trabajo a nadie.
Fue Perla quien, al fin, dejó la taza sobre el platillo.
El sonido fue como un pistoletazo.
La habitación lo oyó.
—He sabido que estuvo usted en Londres hace poco.
—Sí—confirmó lady Aveline, alzando los ojos.
—Y que visitó a mi nuera.
Cassandra dejó de mover la aguja.
Eleanor bajó la mirada hacia su taza.
Lady Ágatha se acomodó en la butaca con la expresión de quien, por fin, encontraba una razón suficiente para seguir viva aquella tarde.
Aveline no fingió sorpresa.
—Sí, visité a la duquesa de Coldhaven —dijo—. Y no, Lady Perla, no me arrepiento.
La frase fue tranquila. Demasiado tranquila.
Perla la observó durante un largo instante.
—No le he preguntado si se arrepentía.
—No. Pero iba a hacerlo de un modo más elegante dentro de dos frases.
Cassandra casi sonrió.
Perla no.
—Mi nuera no está en una posición que permita demasiadas visitas inesperadas, creo que primero debería haber contactado conmigo, lady Aveline.
—Ninguna mujer que abandona a un Colligan está en una posición cómoda, lady Perla.
—Helena no necesita consejos de desconocidas.
Aveline apoyó la taza sobre el platillo. —No le di consejos.
—¿Qué le dio, entonces?
—Una versión de la historia que quizás nadie se había molestado en contarle.
Eleanor se removió.
Cassandra miró a Aveline con más atención.
Aquella mujer no disfrutaba del escándalo.
Eso era evidente, no era como lady Beatrice Ashford.
No había en ella el brillo vulgar de las personas que lanzaban veneno solo para observar cómo cae.
Pero tampoco parecía arrepentida. Lo suyo era más frío.
Más doloroso. Más auténtico que una simple rivalidad vecinal.
—¿Qué historia? —preguntó Cassandra.
—La de Kalmara, creo que usted la conoce bien también.
El nombre bastó para que el salón perdiera una parte de su aire doméstico.
Perla no cambió de postura, pero Cassandra vio cómo sus dedos se cerraban sobre la falda. Eleanor palideció un poco. Lady Ágatha, que había conocido suficiente ruina familiar para respetar los silencios, no dijo nada.
—Kalmara no suele ser tema adecuado para un té —dijo Perla.
—No. Pero fue adecuado para construir ducados, ¿verdad, lady Cassandra?
La puerta se abrió antes de que nadie respondiera.
Wolf Colligan entró en el salón.
No llevaba sombrero ni guantes. Vestía de negro, como si el color fuera menos una elección que una extensión de su carácter.
Alto, oscuro, impecable, tenía esa clase de atractivo que no invitaba a la aproximación, pero hacía difícil apartar la vista.
No era belleza de salón. No era encanto.
Era otra cosa. Una severidad física, una presencia fría, una quietud tan perfecta que la habitación pareció organizarse alrededor de él antes de que pronunciara una sola palabra.
No en vano, también era el heredero de toda la riqueza de los Colligan tras una competición propuesta por sus padres y que él, sin saberlo, había ganado.
Era rico, listo, y demasiado frío. Un combinación bastante atractiva porque, además, era guapo.
Su mirada gris recorrió el salón.
Primero su madre.
Luego Cassandra.
Eleanor.
Lady Ágatha.
Aveline.
El silencio le dijo lo que nadie había explicado aún.
—Lady Aveline —dijo.
—Excelencia.
No había miedo en ella.
Eso, en otra mujer, habría parecido valor. En Lady Aveline Morland parecía insolencia.
Wolf se detuvo junto al respaldo de una silla. No se sentó. La luz de la tarde le tocaba el perfil, acentuando la línea dura de la mandíbula, la sombra oscura del cabello, la inmovilidad de una boca demasiado acostumbrada a no hablar.
—¿Qué le dijo a mi esposa?
—Querido, es una reunión de mujeres tomando el té—comentó lady Ágatha.
—No soy una mujer y no he venido a tomar té, quiero hablar con lady Aveline y no necesito excusas, así como ella no las necesitó para visitar a mi esposa sin aviso.
Aveline lo miró con calma.
—Le dije varias cosas, lord Coldhaven.
—Sea precisa.
—Le dije que conocí a Nathaniel Vane. Le dije que viví en Kalmara, acompañando a mi esposo. Le dije que no todos los que regresaron de allí volvieron con títulos, protección y una casa llena de gente dispuesta a guardar silencio por ellos.
—Lady Aveline —dijo lady Perla.
—Me ha preguntado, milady.
—Y usted está respondiendo con demasiada intención.