Capítulo 3 #2
—¿Era médico?
—Sí. Lo bastante importante para que sus superiores fingieran lamentar su muerte.
No lo bastante importante para que alguien contara la verdad —Aveline habló sin levantar la voz.
Aquello la hacía más peligrosa—. Kalmara dejó muchas viudas, señora Colligan.
Solo que algunas no llevaban el negro en Londres porque sus muertos no contaban en los salones adecuados.
Helena bajó la mirada hacia el té.
—Mi padre tampoco contó demasiado.
—No. Pero su nombre sobrevivió en la memoria de Wolf Colligan.
Aquello sí la golpeó.
Helena se obligó a permanecer inmóvil.
—¿Eso debería consolarme?
—No he venido a consolarla.
—Empiezo a notarlo.
Aveline aceptó la observación con una pequeña inclinación de cabeza.
—Los Colligan regresaron de Kalmara convertidos en leyenda. Bear recibió Ravenshire. Tiger recibió Blackmoor. Wolf recibió Coldhaven. Tres ducados, tres héroes, tres hombres a quienes la Corona envolvió en terciopelo antes de que alguien pudiera preguntar qué había debajo.
—No eligieron esos títulos.
—No. Pero los aceptaron.
—¿Qué habría querido que hicieran? ¿Rechazarlos? ¿Acusar públicamente a la Corona? ¿Arruinarse? ¿Arrastrar a sus familias, sus hombres y a todos los supervivientes a un escándalo imposible?
La defensa salió demasiado deprisa.
Helena se odió por ello.
Aveline la observó con delicadeza quirúrgica.
—Todavía lo defiende.
—Defiendo la lógica.
—Qué palabra tan útil cuando se ama a alguien que no la ama.
Helena se levantó.
—Creo que esta conversación ha terminado.
Aveline no se movió.
—No he dicho que usted lo ame.
—No ha hecho falta, milady.
Helena comprendió, con una mezcla de rabia y vergüenza, que acababa de decir más de lo que Lady Aveline había dicho.
Aveline se puso de pie con calma.
—Perdóneme.
—No lo siente.
—No del todo. Pero sé cuándo he empujado demasiado.
—¿Por qué ha venido? Yo no le debo nada, yo también perdí a un padre.
—Exacto, su padre murió —respondió Aveline—. Mi marido murió. Elias Vane ha muerto ahora. Y, sin embargo, los Colligan siguen en pie, más poderosos que nunca, más admirados que nunca, más protegidos que nunca por esa misma Corona que enterró tantas cosas.
—Wolf no salió ileso de Kalmara.
—No he dicho eso.
—Entonces no hable como si hubiera ganado una partida.
Aveline la miró con algo parecido a tristeza. —Pero ganó, señora Colligan. No en el sentido vulgar. No del modo que los necios imaginan. Pero ganó. Recibió un título, una fortuna aumentada, un lugar desde donde nadie podía tocarlo.
—Y una deuda —dijo Helena.
—Sí.
Ahí estaba. La palabra que ninguna de las dos había pronunciado hasta entonces y que, sin embargo, llevaba rato sentada entre ambas.
Aveline avanzó un paso.
—Bear obtuvo un ducado. Tiger obtuvo otro. Wolf obtuvo Coldhaven. Mi esposo obtuvo una tumba. Su padre, otra —Helena sintió que el aire se estrechaba. Aveline bajó la voz—. Y usted obtuvo un marido, un duque nada más.
Helena se quedó inmóvil.
—No sabe nada de mi matrimonio.
—No. Pero sé algo de los hombres honorables. Pueden soportar muchas cosas por una deuda. Incluso a una esposa.
—Mi marido no necesita que usted lo interprete por mí.
—No pretendo convencerla de que Coldhaven sea un monstruo —dijo ella—. No lo es. Quizás eso hace más difícil odiarlo.
Fuera, el carruaje de la dama de enfrente se alejó. Las ruedas golpearon los adoquines con una regularidad casi tranquilizadora.
—¿Qué quiere de mí? —preguntó Helena.
Aveline recogió sus guantes. —Nada que pueda darme hoy.
—Entonces esta ha sido una visita social muy peculiar.
La viuda se detuvo junto a la puerta.
—Quería saber qué clase de mujer era la esposa de Wolf Colligan.
Helena notó de nuevo aquella punzada absurda ante el uso de su nombre.
—¿Y qué ha decidido?
Aveline la miró durante un largo momento.
—Que quizás nadie le ha preguntado nunca qué clase de mujer quiere ser sin su esposo.
Luego hizo una reverencia.
Correcta.
Impecable.
Imperdonable.
—Buenos días, señora Colligan.
La señora Linwood apareció casi de inmediato para acompañarla. Helena no se movió mientras oía sus pasos descender la escalera, la puerta principal abrirse, las voces apagadas en el vestíbulo y, al fin, el sonido de la calle.
Solo cuando la casa volvió a quedar en silencio, Helena se permitió respirar.
No fue un alivio.
Fue otra cosa.
Una forma más nítida de dolor.
Lady Aveline Morland no le había contado nada que Helena no hubiera pensado ya en alguna noche larga. No le había mostrado documentos. No le había revelado un crimen. No le había dicho que Wolf la engañaba, ni que la despreciaba, ni que hablaba de ella con frialdad ante otros.
Había hecho algo peor.
Había confirmado, con palabras ajenas, la sospecha que Helena llevaba años intentando convertir en exageración: que su matrimonio no había nacido de ella.
Que Wolf había amado una deuda con un hombre moribundo antes de saber siquiera quién era la mujer que venía unida a ella.
Helena caminó hasta la ventana. Aveline subía a un carruaje discreto, oscuro, elegante. Antes de entrar, levantó la cabeza hacia la casa.
Durante un segundo, sus miradas se encontraron.
Helena no apartó la vista.
Aveline tampoco.
Luego la viuda entró en el carruaje y desapareció.
La salita quedó llena de objetos demasiado conocidos: el baúl abierto, la caja de documentos, la rosa marchita, las violetas torcidas, el té frío.
Helena se sentó despacio.
No estaba celosa.
No de una manera vulgar.
No imaginaba a Wolf tomando la mano de Lady Aveline, ni inclinándose hacia ella en un jardín, ni pronunciando palabras que nunca había pronunciado ante su esposa. Aquel tipo de celos habría sido casi un alivio, porque al menos tendría una forma reconocible de amar.
Lo que sentía era más humillante.
Aveline conocía a Wolf de otro modo.
Conocía al hombre de Kalmara, no al duque de Coldhaven. Conocía el antes y el después. Sabía que no siempre había sido tan frío. Sabía que su quietud no era natural, sino adquirida. Sabía mirar sus silencios y ponerles un nombre.
Helena había sido su esposa durante años y todavía no sabía qué lo despertaba por las noches.
Sabía que despertaba.
Eso sí.
Lo había oído.
La primera vez había sido en Escocia, pocos días después del matrimonio. Un golpe seco en la habitación contigua. Un sonido horrible. Luego silencio. Helena había permanecido despierta hasta el amanecer, mirando la puerta que separaba sus habitaciones y preguntándose si debía llamar.
No lo hizo.
Al día siguiente, Wolf apareció en el desayuno impecable, pálido solo si una sabía dónde mirar, y preguntó si deseaba más té.
Más té.
No una palabra sobre la noche.
No una grieta.
No una posibilidad.
Años después, durante un invierno especialmente duro en Bristol, ella había enfermado con una fiebre que la tuvo tres días entre sudores y sueños confusos.
Wolf llamó a dos médicos, despidió a uno por incompetente, hizo traer carbón suficiente para calentar media casa y ordenó que le subieran naranjas, caldo y agua de cebada cada dos horas.
La cuarta noche, Helena despertó y vio luz bajo la puerta.
Él estaba al otro lado.
No entró.
No preguntó si estaba asustada.
No le tomó la mano.
Pero permaneció allí hasta que la fiebre cedió.
Cuando ella intentó mencionarlo días después, Wolf dijo: —El médico consideró prudente vigilarla, mi señora.
El médico.
No yo.
Nunca yo.
También recordaba pequeñas bondades que no parecían bondades hasta que una las observaba demasiado tarde.
El perfume de lavanda desapareciendo de su tocador después de que ella comentara, una sola vez, que le recordaba a una institutriz desagradable.
Un libro que había mencionado de pasada apareciendo en la biblioteca.
El carruaje detenido siempre un poco antes de los escalones porque a Helena le incomodaba descender bajo demasiadas miradas.
El fuego encendido en su salita antes de que ella llegara.
La taza de té preparada sin azúcar porque Wolf recordaba cosas así.
Wolf recordaba todo.
Excepto cómo decirle a una mujer que le importaba.
Helena se levantó.
No podía seguir haciendo aquello.
No podía quedarse en Londres esperando a que Wolf decidiera si regresaba, a que Aveline Morland volviera con otra verdad parcial, a que algún nuevo rumor de Kalmara se filtrara bajo la puerta como humo o que, simplemente, la matara como a Elias Vane.
Tampoco podía volver a Bristol y ocupar su lugar de duquesa en una casa donde todos parecían pertenecer a alguien menos ella, donde todos tenían hijos, reían y eran felices.
No podía ser la esposa de papel de Wolf Colligan.
No podía ser la hija de Nathaniel Vane convertida en una deuda viviente para un oficial mortificado.
No podía ser la mujer que esperaba una palabra durante seis años y, al no recibirla, seguía esperando otros seis por orgullo, cobardía o amor.
Amor.
No.
Helena cruzó la habitación y se arrodilló junto al baúl.
No huiría.
Eso era importante.
No saldría de Londres como una ladrona ni dejaría deudas ni se escondería bajo un nombre que no le pertenecía. No fingiría estar muerta, ni viuda, ni enferma. No se convertiría en una historia conveniente para que otros la contaran.
Se marcharía lejos simplemente.
A Briarcombe.
Briarcombe era una casa pequeña en Somerset, heredada por su padre de una rama Vane que había tenido más orgullo que dinero y más humedad que sentido práctico.
Helena había pasado allí dos veranos de niña.
Recordaba un jardín inclinado hacia un arroyo, una cocina con olor a manzanas, una biblioteca ridículamente pequeña y un techo que goteaba en la esquina norte cuando la lluvia se ponía ambiciosa.
No era una gran finca. No era un refugio elegante.
No era el tipo de casa que una duquesa debería elegir.
Precisamente por eso la eligió.
No pertenecía a Wolf.
No pertenecía a Bristol ni a Londres.
No pertenecía a la Corona, ni a los Colligan, ni a los fantasmas de Kalmara.
Pertenecía a Nathaniel Vane, a su padre.
Y ahora, por primera vez en años, quizás podía pertenecerle a ella.
Tiró de un vestido y lo dobló con demasiado cuidado. Luego otro. Después guardó ropa interior, medias, un chal grueso, dos libros, el cuaderno de cuentas y las violetas.
Las violetas no sobrevivirían al viaje.
No importaba.
La señora Linwood subió una hora después y encontró a Helena colocando la cadena con el anillo dentro de la caja pequeña.
—Entonces se marcha —dijo la viuda.
Helena cerró la tapa.
—Sí.
—¿A dónde?
—A casa.
La señora Linwood no preguntó cuál. Eso la hizo merecedora de la gratitud de Helena.
—¿Quiere que avise a alguien?
Helena pensó en Wolf.
En su rostro inmóvil.
En la forma en que leería una nota. Primero una vez. Luego otra. En cómo guardaría el papel sin mostrar nada y decidiría, quizás, que el deber requería seguirla.
No.
No le escribiría a Wolf.
Pero tampoco se escondería.
—Si Su Excelencia pregunta por mí —dijo—, dígale que no he huido.
La señora Linwood la miró durante un momento, perpleja.
—¿Y si pregunta a dónde ha ido?
Helena sostuvo la caja entre las manos.
—Dígale que he vuelto a mi casa.
La viuda asintió despacio. —Eso suena a una frase que un hombre entenderá tarde.
Helena soltó una risa pequeña. —Probablemente.
Helena pensó que quizás la señora Linwood y Lady Agatha Ashford habrían disfrutado detestándose.
—El coche saldrá al amanecer —dijo Helena.
—Haré preparar pan, queso y fruta.
—No hace falta.
—Sí hace falta.
Helena no discutió.
Esa noche no durmió.
No por miedo.
No exactamente.
Se acostó, apagó la lámpara y miró la oscuridad como había hecho tantas veces en habitaciones que no sentía suyas. En algún momento de la madrugada, se llevó la mano al pecho y encontró el vacío donde había colgado el anillo.
No lloró.
Aquello la sorprendió un poco.
Quizás ya había llorado todo lo que podía llorarse por un matrimonio que nunca llegó a existir del todo.
Se había casado con apenas veinte años porque Wolf creyó que era lo mejor. Porque necesitaba protección. Porque una joven sola, hija de un hombre como el reverendo Nathaniel, despertaba demasiadas preguntas.
Lady Aveline tenía razón.
Durante años se había definido por lo que otros veían en ella: la hija del misionero asesinado en Kalmara, la muchacha marcada por un escándalo que Inglaterra prefería olvidar...
Pero ¿quién era ella, aparte de todo aquello?
Quizás había llegado el momento de averiguarlo.
Porque comprendía, por primera vez, que aquel matrimonio no solo había servido para protegerla. También para silenciarla.
Y ya no estaba dispuesta a seguir callando.
Al amanecer, Half Moon Street olía a lluvia reciente y carbón apagado.
Helena subió al carruaje sin mirar atrás.