Los pecados del Duque (Duques Salvajes 3) Capítulo 3
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Capítulo 3

Lady Aveline Morland no entró en la salita de Helena como una mujer que solicitaba permiso.

Entró como una mujer que lo había perdido todo hacía demasiado tiempo para seguir fingiendo timidez.

Era alta, aunque no de un modo imponente.

Vestía de gris oscuro, un tono tan sobrio que en otra dama habría parecido luto mal disimulado.

No llevaba joyas llamativas. Un broche de azabache cerraba el cuello de su vestido, y sus guantes eran de una piel tan clara que parecían escogidos para recordar a cualquiera que los mirara que hasta la sencillez podía costar dinero.

Helena la observó desde el centro de la habitación.

No avanzó.

No le ofreció la mano.

Tampoco le pidió que se sentara.

Aveline pareció notar las tres cosas y aprobó, de algún modo, aquella falta de cortesía convencional. Su mirada azul recorrió la habitación con calma: el baúl abierto, la caja de documentos aún vacía, las violetas torcidas dentro del vaso, el té intacto sobre la mesa y, por último, Helena.

—Señora Colligan —dijo.

Helena sintió una punzada absurda al oír aquel nombre en boca de una desconocida.

—Lady Aveline.

La señora Linwood permanecía en la puerta, tan discretamente presente que habría podido confundirse con un mueble moralmente preocupado.

—Gracias, señora Linwood —dijo Helena.

La viuda hizo una reverencia y se retiró, aunque no sin antes lanzar una última mirada a la visitante.

Helena no la culpó. Lady Aveline Morland no parecía una mujer peligrosa en el sentido vulgar de la palabra.

No tenía una sonrisa cruel ni un aire teatral.

No parecía dispuesta a sacar una pistola, anunciar una ruina o desplomarse en un sofá con lágrimas fingidas.

Precisamente por eso inquietaba.

—Ha sido amable al recibirme —dijo Aveline.

—Ha sido usted insistente al venir.

—Me habían dicho que no era usted fácil de desconcertar—dijo lady Aveline, con una media sonrisa.

—¿Quién?

—Varias personas.

—Qué respuesta tan cómoda.

—Las respuestas cómodas existen por una razón. Evitan que una conversación se vuelva honesta demasiado pronto.

—No sé si deseo una conversación honesta con usted, milady. No la conozco y no sé por qué ha venido a verme.

—No creo que ninguna mujer desee una conversación honesta. No al principio. Las conversaciones honestas suelen comportarse como los médicos: llegan tarde, duelen más de lo anunciado y se van dejando instrucciones desagradables.

Helena no sonrió.

Aveline no parecía esperar que lo hiciera. Caminó hacia una de las sillas, pero no se sentó hasta que Helena inclinó levemente la cabeza. Fue un gesto mínimo, suficiente para mantener la cortesía y no conceder una bienvenida.

Lady Aveline aceptó el permiso con la misma tranquilidad con que habría aceptado una invitación a cenar o una declaración de guerra.

Helena ocupó la silla frente a ella.

Entre ambas quedó la mesa baja con el té intacto, las violetas torcidas y la tarjeta que había iniciado aquel encuentro.

—Ha escrito que conoció a Elias Vane —dijo Helena.

—Sí.

—Y que sabe lo que mi marido no me ha contado.

—También.

—Empiece por Elias.

Aveline se quitó los guantes lentamente. Tenía las manos finas, elegantes, y una pequeña cicatriz en la base del pulgar derecho. No parecía reciente.

—Elias Vane era un hombre desagradable.

Helena no esperaba esa respuesta.

Tal vez por eso le creyó.

—Era familia —dijo Helena.

—Una cosa no excluye la otra. De hecho, a menudo la facilita.

—No he dicho que fuera agradable.

—No. Solo ha dicho que era familia. Las mujeres solemos hacer eso cuando no sabemos si debemos defender a un muerto o escupir sobre su tumba.

Helena bajó la mirada hacia sus propias manos, unas mucho menos elegantes que las de lady Aveline.

Elias había sido muchas cosas. Inteligente. Reservado. Ambicioso. Cobarde en algunos aspectos y valiente en otros, como suelen ser las personas reales cuando nadie tiene la cortesía de convertirlas en mártires. Después de la muerte de su padre, había sido el único Vane que le había quedado.

—¿Lo conoció en África? —preguntó Helena.

—No. Conocí a su padre en África, en la misión, era la esposa de uno de los médicos que fallecieron durante lo ocurrido. A Elias lo conocí después, en Londres.

—¿Conoció a mi padre?

Aveline la miró entonces de un modo distinto. No con lástima. Helena le habría pedido que se marchara si hubiera visto lástima. Fue algo más sobrio. Más incómodo.

—Sí.

—¿Bien?

—Nadie conocía bien a nadie en Kalmara. El miedo no favorece la intimidad. Pero su padre era uno de los pocos hombres que allí seguían sabiendo la diferencia entre salvar almas y salvar dinero.

Helena guardó silencio. Aquella frase era peligrosa porque era hermosa. Y las frases hermosas, cuando hablaban de los muertos, tenían la mala costumbre de volverse trampas.

—No he venido a hablarle de su padre como si fuera un santo —añadió Aveline—. Sospecho que él no lo habría soportado.

La garganta de Helena se cerró un poco.

—No. No lo habría soportado.

—Tampoco he venido a hablarle de papeles, si eso es lo que teme.

Helena levantó la vista.

—No temo los papeles.

—Entonces es más valiente que yo. Pero no.

No traigo documentos, ni cajas ocultas, ni nombres escritos en tinta invisible.

Estoy cansada de que todo lo ocurrido en Kalmara termine convertido en papeles que los hombres abren, cierran, esconden, falsifican o utilizan para justificar lo injustificable.

—Entonces ¿qué quiere?

Aveline apoyó las manos sobre el regazo.

—Quería simplemente conocerla.

—¿Por qué? ¿Por mi padre?

—No... porque todo el mundo habla de usted.

—Qué original—respondió Helena con sarcasmo.

Aveline observó las violetas del vaso. —En Bristol la llaman la duquesa desaparecida —Helena no respondió—. Algunos dicen que Coldhaven la obligó a casarse. Otros dicen que usted lo engañó. Los más imaginativos afirman que nunca existió un matrimonio verdadero.

La mirada de Aveline se desplazó hacia ella.

Helena mantuvo el rostro imperturbable, quizás eso lo había aprendido de Wolf.

—Bristol debería encontrar mejores entretenimientos —resolvió ella.

—Bristol tiene a los Colligan y eso cumple con sus expectativas de entretenimiento.

—¿Cómo sabe usted tanto de los Colligan?

—Me he mudado recientemente en la antigua Ashford House. La alquilé después de que los Ashford decidieran que la proximidad de los Colligan era una forma demasiado persistente de humillación.

—¿Y a usted no le molestan?

—Me molestan muchas cosas, señora Colligan; pero no soy fácil de humillar.

Helena se sirvió té por fin, aunque solo para ocupar las manos.

—¿Frecuenta usted a la familia?

—Lo suficiente.

—Eso no significa nada.

—Significa que Lady Perla me recibe con una cortesía impecable y una vigilancia que haría sudar a un espía francés.

Que el duque de Blackmoor se burla de todo para no tener que hablar de casi nada.

Que Ravenshire mira a su esposa como si siguiera sorprendido de que no se haya esfumado. Y que Coldhaven...

Aveline se detuvo.

Helena levantó lentamente los ojos.

—¿Sí?

Aveline no sonrió.

—Coldhaven sigue igual que siempre, igual que en África.

Helena apretó los dedos alrededor de la taza.

Lo conocía.

Ese era el problema.

—Parece haberlo observado con atención —dijo Helena.

—Es difícil no observar a Wolf Colligan.

Wolf.

No Coldhaven.

No Su Excelencia.

Wolf.

Helena dejó la taza sobre el platillo con extremo cuidado.

—Mi marido no suele invitar a la observación.

—No. La exige sin saberlo.

Helena miró hacia la ventana. Un carruaje se detuvo frente a la casa de enfrente. Una dama bajó con ayuda de un lacayo. La vida londinense continuaba con una insolencia admirable.

—Lo conoció en Kalmara—comprendió ella en voz alta.

—Sí.

—¿A los tres?

—A los tres.

—Entonces sabe que eran hombres distintos antes de ser duques.

—Sí.

Helena volvió a mirarla. —¿Y cómo era él?

La pregunta salió antes de que pudiera detenerla. Aveline no pareció triunfar. Eso habría sido más fácil de soportar. En cambio, la observó como si aquella pregunta confirmara algo que ya había imaginado.

—Más joven —dijo al fin—. Un poco más hablador, aunque eso parece imposible ahora... Y menos frío.

Helena sintió una punzada breve y absurda.

—¿Menos frío?

—El frío vino después.

—Usted lo sabe con mucha seguridad.

—No del modo que está pensando; como le he dicho, soy viuda. Y en África, mi esposo y yo nos amábamos.

Durante seis años, Helena había vivido junto a aquel hombre.

Había compartido desayunos, cenas, viajes, silencios.

Había aprendido cuánto tardaba en fruncir el ceño cuando una carta le preocupaba.

Sabía que prefería el té fuerte, que detestaba los perfumes demasiado dulces, que podía permanecer inmóvil durante tanto tiempo que una doncella nueva olvidaba que estaba en la habitación.

Sabía que dormía poco. Que siempre miraba las ventanas antes de sentarse.

Que jamás se colocaba de espaldas a una puerta.

Y, sin embargo, Lady Aveline Morland hablaba de una versión de él que Helena no había conocido jamás.

El Wolf de antes.

El Wolf que Kalmara había cambiado.

El Wolf al que quizás otros habían visto romperse antes de que ella recibiera únicamente los restos cuidadosamente cerrados.

—Parece que le tiene aprecio —comentó Helena.

Aveline la miró. —No sé si esa palabra sirve para los Colligan.

—¿Qué palabra usaría?

—Respeto, quizás. Resentimiento, algunos días. Gratitud en momentos que detesto. Rabia con bastante frecuencia.

—Una mezcla poco cómoda.

—Las mezclas cómodas pertenecen a mujeres que no han sobrevivido a nada interesante. Mi esposo murió en Kalmara.

Helena ya lo sabía, de algún modo. Lo había presentido desde la tarjeta, desde el apellido, desde aquel tono de mujer que no venía a curiosear sino a ajustar una cuenta antigua.

—Lo lamento —dijo.

—Gracias. Es una frase inútil, pero una aprende a aceptarla con elegancia. Yo también la he usado muchas veces.

—¿Cómo se llamaba?

—Julian Morland.