Los pecados del Duque (Duques Salvajes 3) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Se apartó de la ventana y caminó hasta la mesa. Sobre ella reposaba una bandeja con cartas, un pequeño cuchillo de marfil, un cuaderno de cuentas y una rosa marchita que una niña de la casa le había dejado esa mañana porque, según dijo, "parecía triste pero todavía servía".

Helena había guardado la flor.

Tal vez porque comprendía demasiado bien aquella descripción.

Abrió el cuaderno de cuentas: Baúl de viaje reforzado. Caja de documentos. Entrega. Propina.

La suma era más alta de lo que habría querido.

No importaba.

No era pobre.

No exactamente.

Wolf jamás habría permitido que lo fuera, lo cual era una de las muchas cosas que la enfurecían y la protegían al mismo tiempo.

Cuando ella se marchó, descubrió que tenía fondos a su disposición en Londres.

No una cantidad indecente. No un soborno.

No un gesto ostentoso. Simplemente dinero suficiente para vivir con comodidad moderada y no depender de nadie.

Tan típico de Wolf.

Resolver el hambre, el techo, los médicos, el carbón, los criados, las cerraduras.

Todo excepto la pregunta que importaba.

Helena cerró el cuaderno.

La última vez que lo vio, hacía once días, Wolf había estado de pie en aquella misma habitación.

No recordaba haberlo oído subir la escalera. La señora Linwood lo anunció con una palidez que demostraba que incluso una viuda acostumbrada a hombres discretos sabía reconocer a un duque peligroso cuando lo tenía en el vestíbulo.

Helena no se sorprendió.

Eso se dijo, al menos. No se sorprendió al verlo, porque una parte de ella había esperado que él apareciera desde la noche en que supo que Elias Vane había muerto.

No se sorprendió de que vistiera de negro. Wolf parecía vestido para un funeral incluso cuando nadie había muerto.

Tampoco se sorprendió de que no mostrara emoción alguna. Aquello era Wolf.

Un rostro inmóvil. Unos ojos grises demasiado fríos. Una voz tranquila que podía hacer que una orden sonara como un sonido más de la naturaleza.

—Elias Vane está muerto.

—Lo sé.

—No está segura aquí, mi señora.

—No recuerdo haberle pedido seguridad.

—Es mi esposa.

Ahí estaba: no la palabra amada.

No Helena. No he venido porque no podía quedarme lejos.

Esposa. Una verdad legal. Un título privado.

Una posesión que él nunca había reclamado en la cama y que, por eso mismo, a veces le dolía más.

Helena había sostenido su mirada y había respondido con toda la calma de la que fue capaz:

—Sobre el papel, excelencia. Y usted ha respetado el papel con una constancia admirable.

No había querido herirlo. No de esa manera.

O quizás sí.

Una mujer no siempre conocía la diferencia cuando llevaba años tragándose la frialdad de su esposo.

Wolf no cambió de expresión.

Pero Helena había vivido con él el tiempo suficiente para saber que algo, en algún lugar profundamente enterrado, se había cerrado.

Aquello casi la hizo retroceder.

Casi.

Pero si retrocedía, volvería a Coldhaven.

A Bristol. A Colligan House. A cenas donde todos eran felices menos ella, habitaciones separadas, criados discretos, cartas no compartidas, miradas que no se convertían en palabras.

A una vida donde todo el mundo la llamaba duquesa y nadie sabía qué hacer con una esposa que no era esposa de verdad.

No.

Había sido una decisión necesaria.

Y detestaba las decisiones necesarias.

Porque durante seis años había sido una.

Wolf se había casado con ella por Nathaniel Vane, su padre.

Wolf no se había casado con ella por amor.

Lo había hecho por el hombre que había muerto en Kalmara salvándole la vida. Por la última carta que su padre dejó atrás. Por la culpa, la deuda y el sentido del honor que Wolf Colligan llevaba grabados en los huesos con la misma firmeza con que otros hombres llevaban un apellido.

Por todo aquello que había ocurrido seis años atrás.

Por todo, excepto por ella.

Helena no era una muchacha tonta. No se había casado esperando poemas ni rodillas dobladas ni declaraciones ardientes bajo la lluvia.

Cuando Wolf apareció en su vida, ella ya conocía bastante bien la ruina, la soledad y la manera en que los hombres con poder hablaban de proteger a las mujeres mientras cerraban puertas a sus espaldas.

Pero había esperado algo.

No al principio.

Al principio solo hubo miedo. La muerte de su padre, documentos que no entendía del todo, un primo Elias que sabía demasiado y sonreía demasiado poco, hombres preguntando por papeles, una carta con sangre vieja y el nombre de Wolf Colligan convertido en solución.

Después vino el matrimonio.

Un viaje apresurado a Escocia. Una iglesia pequeña. Un ministro resfriado que no dejó de toser durante toda la ceremonia. Dos firmas sobre un registro y la sensación, imposible de explicar incluso entonces, de que su vida acababa de desviarse hacia un lugar desconocido.

Wolf había firmado sin vacilar.

Ella también, aunque por razones distintas.

Durante un tiempo creyó que aquello sería suficiente.

No fue así.

Los años transcurrieron entre encuentros correctos, conversaciones educadas y una convivencia tan impecable que resultaba difícil encontrar una sola queja razonable. Wolf jamás fue cruel. Nunca le alzó la voz. Nunca intentó imponerle nada. Siempre fue respetuoso. Siempre fue considerado.

Y, sin embargo, algo faltaba.

Al principio agradeció que mantuviera las distancias. Después comenzó a preguntarse por qué lo hacía. Más tarde dejó de preguntárselo porque temía conocer la respuesta.

Wolf no le preguntaba qué deseaba. Tampoco hablaba de sí mismo.

Apenas mencionaba a Nathaniel o Kalmara, como si ambas cosas pertenecieran a una habitación cerrada con llave.

Podía pasar semanas enteras sin pronunciar una sola palabra personal.

Estaba allí, siempre allí, sólido, fiable e inalcanzable.

Y nunca la besaba.

Nunca intentaba acercarse a ella.

Nunca la miraba como un hombre mira a la mujer que desea.

O, si la deseaba, lo ocultaba tan bien que el resultado terminaba siendo indistinguible de la indiferencia.

Con el tiempo comprendió que no había huido por lo que Wolf hacía.

Había huido por todo aquello que jamás hacía.

Un día, no hacía tanto, ella le había preguntado:

—Si mi padre no hubiera muerto en Kalmara, ¿se habría casado conmigo?

Wolf la había mirado como si la respuesta fuera evidente.

—No.

Una palabra.

Correcta, quizás.

Literal, desde luego.

Mortal.

Él no había entendido la pregunta.

Helena sí había entendido la respuesta.

Wolf respondió que no, y ella comprendió de inmediato todo lo que aquella palabra implicaba. No se habría casado con ella. No la habría elegido. No habría ocupado un lugar en su vida si un hombre moribundo no hubiera pronunciado su nombre seis años atrás en medio de una guerra lejana.

Quizás no fue eso lo que él había querido decir.

Pero era exactamente lo que ella había oído. A partir de entonces, el matrimonio se estancó por completo.

Se llevó una mano al pecho al recordarlo. Bajo el vestido llevaba una cadena fina. De ella colgaba el anillo de bodas.

No se lo ponía. Tampoco se atrevía a guardarlo.

Qué cobardía tan ridícula.

La señora Linwood llamó con suavidad.

—Adelante.

La viuda asomó la cabeza.

—El té, señora. Y la pequeña Maisie pregunta si puede subirle las flores que ha comprado en la esquina.

—¿Ha comprado flores o las ha rescatado del cubo del vendedor?

—Las dos cosas, sospecho.

—Entonces que suba.

Maisie apareció dos minutos después. Era hija de una costurera que alquilaba una habitación en el piso superior, una criatura de nueve años, ojos enormes y dedos siempre manchados de tinta o azúcar robado. Llevaba un puñado de violetas demasiado apretadas en una mano.

—Para usted, señora Colligan.

Helena las aceptó.

—Son muy bonitas.

—El vendedor dijo que estaban torcidas.

—El vendedor carece de imaginación.

Maisie sonrió.

—¿Va a viajar?

Helena miró el baúl.

—Quizás.

—Mi madre dice que las damas viajan cuando están tristes o cuando son ricas.

—Tu madre tiene opiniones muy definidas.

—También dice que las ricas van mejor vestidas que usted.

Helena soltó una risa en lugar de ofenderse. —Tu madre es una filósofa.

Maisie frunció la nariz. —Creo que es modista.

—A veces se parece mucho.

Helena colocó las violetas en un vaso con agua.

—Gracias, Maisie.

La niña se marchó satisfecha. Helena permaneció de pie junto a la mesa, mirando el baúl.

La muerte de Elias Vane había removido algo que llevaba años fingiendo estar enterrado.

Wolf lo sabía. Por eso había ido a buscarla.

No por amor. Por peligro. Por deber. Por esa maldita tendencia suya a aparecer cuando el mundo se volvía inhabitable y ofrecer una solución que siempre sonaba a orden.

«Vuelva conmigo».

No dijo por favor.

Wolf jamás diría por favor.

Tampoco dijo te necesito. Quizás porque no era cierto.

Helena se sirvió té.

No lo bebió.

Cuando el golpe sonó en la puerta principal, no pensó en Wolf.

Aquello habría sido absurdo.

Wolf no llamaba de ese modo.

Su presencia alteraba el aire antes de que alguien tocara la aldaba.

Oyó pasos en el vestíbulo, la voz baja de la señora Linwood, otra voz femenina que no reconoció. Pasaron unos segundos. Luego la dueña de la casa subió la escalera y llamó a su puerta.

—Señora Colligan.

—Sí.

La señora Linwood entró con una tarjeta sobre una bandeja.

No parecía alarmada. Eso fue lo primero que inquietó a Helena.

—Una dama solicita verla.

Helena dejó la taza.

—No recibo visitas.

—Eso le he dicho.

—¿Y?

—Me ha respondido que lo suponía.

Helena tomó la tarjeta. El nombre impreso era elegante, sobrio, de una corrección casi agresiva.

«Lady Aveline Morland».

Helena no conocía a ninguna Lady Aveline Morland. Sin embargo, había oído aquel apellido una vez, años atrás, de boca de Elias Vane. Recordaba perfectamente el momento. Elias estaba guardando unos documentos con más prisa de la habitual cuando murmuró que Morland había estado en Kalmara.

Frunció el ceño y volvió la tarjeta.

Al dorso había una única línea escrita con una letra fina y precisa.

«Conocí a Elias Vane. Y sé lo que su marido no le ha contado».

Por un instante, la habitación pareció quedarse sin sonido. La señora Linwood seguía esperando junto a la puerta, ajena al súbito nudo que se había formado en el estómago de Helena.

—¿Debo decirle que no está en casa?

Helena miró el baúl abierto. La caja vacía.

Las violetas torcidas sobre la mesa.

El anillo oculto bajo su vestido.

Durante once días había intentado convencerse de que Wolf había vuelto a Bristol y de que, con él lejos, podría respirar.

Pero el pasado, al parecer, no necesitaba a Wolf Colligan para encontrarla.

Helena cerró los dedos alrededor de la tarjeta.

—No —dijo al fin—. Dígale que suba.