Los pecados del Duque (Duques Salvajes 3) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—Lo he tomado como tal.

Agatha miró alrededor.

—Veo que la aristocracia inglesa está en buenas manos —dijo Lady Agatha.

—Pequeñas, pegajosas y armadas —observó Tony.

Agatha lo miró.

—Usted debe ser el americano.

—Eso dicen mis enemigos.

—Qué considerados. Les evita tener que enumerar todos sus defectos.

—Empiezo a quererla—contestó Tony, levantando la taza.

—No lo haga. A mi edad, las afecciones nuevas son una molestia.

Eleanor fue hacia su tía con una sonrisa que iluminó su rostro.

—Tía Agatha.

La dama mayor la besó, aunque lo hizo con gesto de resignación, como si permitir muestras de cariño en público fuera una concesión que Europa no había conseguido erradicar de ella.

—Eleanor. Sigues pareciendo feliz —Bear, que estaba detrás de su esposa, se tensó un poco.

Lady Agatha lo miró de arriba abajo—. No se ofenda, Ravenshire.

Lo digo con sorpresa, no con desaprobación.

Aunque todavía no he decidido si la felicidad de mi sobrina habla bien de usted o mal de su criterio.

—Aceptar cualquiera de las dos cosas parece más seguro que discutirlo—respondió Bear, que seguía poniéndose ridículamente nervioso frente a lady Ágatha.

—Ha aprendido.

—Eleanor me educa, milady.

—Era necesario.

Tiger soltó una risa baja.

Agatha giró la cabeza hacia él.

—Y usted, Blackmoor, parece ridículo con una niña encima.

—Lo sé.

Los niños la observaban con una mezcla de curiosidad y cautela. Cassandra, por su parte, se limitó a saludarla con cortesía.

—¿Usted es la tía que viajó por todo el continente?—preguntó Cecily, acercándose.

—He viajado lo suficiente para saber que los ingleses somos superiores en todos los sentidos.

Wolf habría abandonado el salón de no ser porque abandonar un campo de batalla familiar solo atraía más atención.

Y Wolf no deseaba atención. Deseaba poder terminar su taza de té en paz.

Había sobrevivido a Kalmara. Había sobrevivido a Londres. Estaba menos seguro de sobrevivir a un salón lleno de niños, parientes felices y mujeres que entendían demasiado.

Lady Agatha, por desgracia, lo alcanzó junto a la ventana unos minutos después, justo cuando él bebía a sorbos de su taza de té con ganas de terminar cuanto antes, incluso de pie si era necesario.

Se situó a su lado y miró al jardín, donde las primeras flores de primavera intentaban ordenar el paisaje con optimismo.

—¿Dónde está su esposa? —preguntó, sin más.

—No es asunto suyo.

—Qué alivio. A mi edad, que algo no sea asunto mío no impide que dé una opinión.

Wolf miró hacia el salón. Cecily estaba explicando a su abuelo Tim una estrategia militar completamente imposible.

—Helena está en Londres —quiso zanjar el tema Wolf.

Agatha soltó un pequeño sonido de desaprobación. —Dios nos libre de los hombres callados. Los habladores son una carga, desde luego, pero al menos una mujer puede saber de qué tontería defenderse.

—No he venido a ser insultado.

—No, supongo que no. Pero ya que está aquí, sería una pena desperdiciar la oportunidad.

Wolf dejó la taza de té en una mesa cercana.

—Helena tomó una decisión.

—¿Y usted permitió que la tomara?

—No la voy a arrastrar a la fuerza.

—Qué estándar tan bajo se imponen los hombres cuando desean sentirse virtuosos.

Él la miró entonces con sus ojos grises y fríos. Lady Agatha no retrocedió. Era demasiado vieja, demasiado orgullosa o demasiado inteligente para concederle esa satisfacción.

—No la obligué a casarse conmigo y no la obligaré a regresar a mi lado —dijo Wolf.

—Ah. Ya veo.

—Usted no ve nada.

—Querido, he sobrevivido a los Ashford, a los Colligan, a tres inviernos continentales y a un conde austríaco que creía que citar a Goethe era una forma de seducción. Veo bastante.

—No conoce mi matrimonio.

—Probablemente tampoco usted.

Aquello sí fue un golpe. Wolf no lo mostró.

Pero lady Ágatha, maldita fuera, pareció verlo de todos modos.

—Las mujeres pueden soportar muchas cosas, su Excelencia —continuó ella—. Los parientes necios. La mala calefacción. Los hombres que creen que callar es una virtud moral. Pero no suelen soportar bien ser tratadas como una obligación.

Wolf la miró como si fuera capaz de matarla allí mismo.

El mayordomo, por suerte, tenía el talento de entrar en una habitación caótica como si caminara por una iglesia vacía.

—Milady —dijo, inclinándose ante Perla—. Ha llegado el correo de Londres.

—Déjalo en la mesa, Larkin.

—Hay también una cuenta, milady. Parece haber sido remitida por error a Colligan House. El comerciante ha usado el nombre del duque de Coldhaven, aunque la entrega se hizo en Londres.

Wolf se giró. —¿Qué comerciante? —preguntó él.

Larkin se acercó con la bandeja. —Phelps una renta suficiente para no morir de hambre si era cuidadosa, un baúl nuevo en mitad de la habitación y una caja de documentos que aún no se atrevía a abrir.

El baúl había llegado aquella mañana.

Demasiado grande para una mujer que afirmaba no estar huyendo.

Demasiado pequeño para una vida que llevaba seis años sin saber cómo ordenarse.

—El fabricante ha dicho que la cuenta sería enviada a la dirección habitual, señora —comentó la señora Linwood desde la puerta.

La dueña de la casa era una viuda de mirada aguda, hombros estrechos y una prudencia tan educada que casi parecía bondad.

Alquilaba habitaciones a damas solas, viudas discretas, esposas separadas por motivos que nadie comentaba si pagaban a tiempo y una prima empobrecida de un barón que escribía cartas de amor para otras mujeres a cambio de monedas.

—Gracias —dijo Helena.

—Le advertí que esa clase de comerciantes siempre buscan un caballero al que cobrar.

—Lo sé.

—Podría haber usado mi nombre.

Helena se giró hacia ella.

—Y entonces habría tenido usted a Phelps & Sons preguntando por qué una viuda de Half Moon Street encarga un baúl con cerradura doble y una caja para documentos.

La señora Linwood consideró la respuesta.

—Debo cuidar la reputación de esta casa.

—Exactamente.

—Pero si la cuenta llega a su marido...

Helena bajó la mirada hacia el baúl.

«Su marido».

Qué palabra tan sencilla para una cosa tan complicada.

—Entonces sabrá que poseo equipaje —dijo.

—Los hombres suelen sospechar de las mujeres con equipaje.

—Los hombres suelen sospechar de las mujeres a todas horas.

La señora Linwood sonrió un poco.

—Té dentro de media hora, señora Colligan.

—Gracias.

La puerta se cerró. Helena permaneció junto a la ventana.

Seguía llevando el apellido Colligan.

Aquello provocaba confusión en los criados, cautela en las tiendas y una clase de respeto que ella no había pedido pero que había aprendido a usar.

No se anunciaba como duquesa de Coldhaven.

No recibía visitas del mundo de su marido.

No asistía a salones. No permitía que nadie la tratara como a una mujer caída, abandonada o escondida.

Era la señora Colligan.

Viuda no.

Soltera tampoco.

Casada, sí.

Aunque el matrimonio, en su caso, se parecía menos a una casa que a un documento doblado demasiadas veces.