Los pecados del Duque (Duques Salvajes 3) Capítulo 2
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Capítulo 2

La primavera llegó a Colligan House con cinco niños, un perro demasiado viejo para ser útil y una cantidad de ruido que habría desmoralizado a un regimiento.

Wolf Colligan lo observaba todo desde el marco de la puerta del salón azul con la misma expresión con la que otros hombres habrían contemplado un entierro.

No parecía sorprendido.

Wolf rara vez parecía sorprendido.

Pero sí estaba considerando, con una atención fría y casi científica, si la familia podía convertirse en una forma de sitio al que permanecer.

Cecily Colligan, primogénita de Tiger y Cassandra, atravesó el salón con una espada de madera en la mano, el cabello rojizo deshaciéndosele de las cintas y una determinación que habría hecho llorar a más de una institutriz.

Detrás de ella corría el pequeño Thomas, hijo mayor de Bear y Eleanor, con la cara encendida y una capa de terciopelo azul colgándole de un hombro.

—¡No puedes arrestarme! —gritó Thomas—. Soy un príncipe.

—Los príncipes también son juzgados si mienten —respondió Honora desde la alfombra.

Honora tenía cuatro años, una seriedad judicial alarmante y la desagradable costumbre de mirar a los adultos como si hubiera descubierto sus crímenes pero estuviera esperando el momento adecuado para denunciarlos.

Tenía tres muñecas alineadas delante de ella, una taza rota que había sido declarada prueba material y a Alfie Colligan como secretario involuntario de la corte.

—Blackmoor —dijo Alfie, sin levantar la vista de la muñeca que aguantaba—, tu hija acaba de condenar a una duquesa de trapo por ocultar un dedal.

—No la animes—contestó Tiger mientras le hacía mimos a la pequeña Rose.

—No la animo. Transcribo.

—Eso es peor.

Rose, la menor, besó a su padre en la mejilla. Tenía dos años.

Tiger no se movía.

Eso, en opinión de Wolf, era el espectáculo más inquietante de la mañana.

Hubo un tiempo en el que Tiger Colligan no permanecía quieto por nadie.

Ni por damas, ni por deudas, ni por duelos, ni por órdenes militares.

Ahora llevaba media hora prisionero de una niña de dos años y parecía aceptar su derrota con una dignidad que habría sido conmovedora en un hombre menos irritante.

—Estás empezando a ser deprimente —dijo Wolf.

Tiger abrió un ojo.

—Y tú sigues llegando a habitaciones felices con la expresión de un enterrador.

—La felicidad suele hacer demasiado ruido, la prueba es que no he podido dormir esta mañana por vuestra causa.

—La infelicidad también hace ruido, Coldhaven. La diferencia es que la felicidad al menos ensucia menos.

En ese preciso instante, William, el segundo hijo de Bear y Eleanor, volcó una caja de soldados de plomo junto a la chimenea.

El estruendo fue considerable y el caos sobre la alfombra también.

Tiger miró a Wolf.

—Retiro lo dicho.

Cassandra apareció detrás del sofá con un lazo en la mano y la expresión de una mujer que había aceptado la maternidad sin rendirse a ella.

—Cecily, si vas a decapitar a tu primo, al menos espera a que termine el desayuno.

—No iba a decapitarlo —replicó Cecily—. Solo iba a obligarlo a confesar.

—Qué tranquilizador.

Tony Colligan, que estaba junto al aparador con una taza de café que olía sospechosamente a algo más, soltó una carcajada.

Bear entró entonces en el salón, demasiado grande para la puerta, con Eleanor del brazo.

El duque de Ravenshire tenía la expresión solemne de un hombre que se había enfrentado a armas, tormentas, caballos desbocados y cenas familiares, pero que aún no sabía cómo actuar cuando su hijo menor corría hacia él con un soldado de plomo metido en la boca.

—William —dijo Eleanor con una calma admirable—, saca eso de ahí.

William obedeció y le ofreció el soldado a su padre.

Bear lo tomó con dos dedos.

—Gracias.

Wolf siguió observando.

Eso era lo que hacía: observaba.

A Bear colocando una mano en la espalda de Eleanor como si fuera un gesto inconsciente y no una declaración de amor.

A Tiger bajando la voz para no molestar a Rose.

A Cassandra intentando parecer severa mientras Cecily la miraba con la misma obstinación.

A su madre entrando desde la galería con su padre a su lado, ambos deteniéndose un segundo al contemplar el estado del salón.

Su madre llevaba seda gris y una expresión de dama que no se sorprendía por nada porque, en el fondo, ya había planeado tres posibles respuestas a cada desastre.

Tim Colligan observó la espada de madera, los soldados de plomo, las muñecas sometidas a juicio, el perro Milton dormido con medio cuerpo fuera del sofá y a Tony bebiendo un café que no era únicamente café.

—Perla —dijo su padre—, creo que la casa ha sido invadida.

—No seas dramático, Tim. Esto es solo la generación siguiente.

—Eso no mejora nada.

—No. Pero explica por qué necesitaremos más criados y por qué deberíamos dejar a los niños con las niñeras y no todo el tiempo en nuestro salón.

Milton abrió un ojo al oír la palabra niñeras, decidió que no implicaba comida y volvió a dormir.

Wolf pensó que la casa olía a café, cera, flores de primavera, pan recién hecho y vida doméstica.

Demasiada vida.

Había vuelto de Londres once días antes.

Solo.

Nadie se lo había reprochado.

Eso había sido casi peor.

Tiger no había dicho nada. Bear tampoco.

Su madre lo había mirado durante más tiempo del necesario y luego había preguntado si deseaba café.

Tim había dejado una copa junto a él sin comentario alguno.

Cassandra había apartado a sus hijas de la sala con una delicadeza poco habitual en ella.

Eleanor había hecho lo que Eleanor hacía con más peligro que muchas amenazas: le había hablado con dulzura.

Wolf habría preferido reproches.

Los reproches podían responderse.

La compasión no.

Había encontrado a Helena en Londres.

No había sido difícil, una vez que dejó de enviar a otros hombres y fue él mismo.

Helena no había intentado esconderse tras un nombre ridículo ni tras una mentira teatral.

Vivía en Half Moon Street bajo el nombre de señora Helena Colligan, lo cual, por alguna razón absurda, le había dolido más que si hubiera fingido ser viuda.

No había negado ser su esposa.

Wolf había estado en su pequeña sala de estar, con las manos enguantadas, el sombrero en una silla demasiado endeble y la certeza de haber entrado en un lugar donde no era bienvenido.

Helena no le había pedido que se sentara.

Él tampoco lo había hecho.

Recordaba muy poco de aquella conversación y demasiado de ella.

El vestido azul oscuro, sin adornos. El cabello negro recogido con una sencillez que no conseguía volverla menos hermosa.

Los ojos avellana oscuros, casi verdes junto a la ventana, demasiado tranquilos para una mujer que acababa de ver reaparecer a su marido.

—Elias Vane está muerto —le había dicho él.

—Lo sé.

No había temblado. Aquello lo había irritado y admirado en la misma medida.

—No está segura aquí, mi señora.

—No recuerdo haberle pedido seguridad.

—Es usted mi esposa.

Helena había tardado un instante en responder.

Solo uno.

—Sobre el papel, Excelencia. Y usted ha respetado el papel con una constancia admirable.

Wolf había conocido heridas más limpias.

Un disparo.

Un cuchillo.

Una caída.

Aquello había sido otra cosa.

Pero no le había pedido perdón.

No había sabido cómo hacerlo sin convertir la palabra en un objeto inútil entre ambos.

En cambio, le había dicho que debía volver a Bristol.

Que allí estaría más protegida. Que la muerte de Elias cambiaba las cosas.

Que los Vane seguían siendo peligrosos para quienes buscaban cerrar el asunto de Kalmara definitivamente.

Helena lo había escuchado sin interrumpir.

Luego había dicho: —Durante años fui una deuda que usted administró con corrección. No voy a seguir viviendo como una prueba de su honor.

Y después lo rechazó.

Sin gritos.

Sin lágrimas.

Sin escena.

Con una cortesía demasiado perfecta para la hija empobrecida de un misionero testarudo.

Wolf, que sabía forzar puertas, rastrear hombres, descifrar informes, mentir a oficiales y entrar en habitaciones donde otros no salían vivos, no había sabido qué hacer con una mujer que lo miraba de ese modo.

Así que se marchó.

Porque no iba a arrastrarla.

Porque no iba a suplicar.

Porque no sabía suplicar.

Y porque una parte de él, la más despreciable, había pensado que quizás ella estaría mejor sin él.

—Coldhaven.

La voz de Lady Agatha Ashford cortó el recuerdo con una eficacia casi piadosa.

Wolf se giró.

La tía paterna de Eleanor acababa de entrar en el salón como entraban ciertas damas mayores en habitaciones ajenas: con la absoluta convicción de que el mundo no estaba correctamente organizado hasta que ellas habían expresado su desaprobación.

Había regresado de Europa dos días antes, acompañada por tres baúles, dos cajas de libros, un sombrero comprado en Viena que ella calificaba de error cultural y una doncella que parecía haber sobrevivido a los Alpes por pura obediencia.

Lady Agatha era delgada, se apoyaba en un bastón, tenía el rostro severo y ojos claros que no habían perdido un ápice de agudeza con los años.

En otro tiempo había sido Ashford hasta la médula.

Orgullosa.

Desconfiada.

Nada inclinada a perdonar a los Colligan el haber nacido cerca de sus tierras.

Ahora era, de manera no oficial y nunca admitida en voz alta, una de ellos.

Aquello no la había vuelto más amable.

Solo más peligrosa para quienes todavía no sabían que su afecto solía presentarse disfrazado de crítica.

—Lady Agatha —dijo Wolf.

—No se ponga tan formal conmigo. He visto demasiados archiduques, condes venidos a menos y diplomáticos franceses en los últimos tres años para impresionarme por un duque inglés con mal carácter.

—No intentaba impresionarla.

—Eso ya lo veo. Su falta de esfuerzo es casi ofensiva.

Perla se acercó a besarle la mejilla. —Agatha, querida.

—Perla. Su casa sigue siendo un asalto a los nervios.

—Gracias.

—No era un cumplido.