Los pecados del Duque (Duques Salvajes 3) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Wolf miró hacia el edificio bajo, medio oculto tras una cortina de humo. Lo que quedaba de la escuela no era mucho. Una pared. Parte del tejado. La puerta abierta como una boca negra.

—No hay nadie allí.

—No lo sabe.

—Usted tampoco.

Nathaniel Vane lo miró entonces con una expresión que Wolf recordaría mucho tiempo.

No era heroísmo.

El heroísmo, descubrió Wolf, rara vez se parecía a los poemas. No brillaba. No levantaba la barbilla. No pronunciaba frases hermosas. A veces solo era un hombre exhausto, con sangre en la cara, incapaz de abandonar una habitación porque quizás, quizás, quedaba alguien dentro.

—Hace veinte minutos había cinco niños copiando salmos en esa escuela —dijo Vane—. Vi salir a tres.

Wolf no dijo nada. Vane tampoco.

—Maldita sea —habló finalmente Wolf.

Vane hizo algo parecido a una sonrisa. —Es una respuesta poco clerical, pero aceptable.

Fueron juntos.

El camino hasta la escuela parecía más corto desde el patio. En realidad se alargó de manera absurda, como si el barro quisiera quedarse con ellos. A medio camino, una bala golpeó la tierra cerca de Wolf y levantó barro contra su bota. Luego otra astilló un poste.

Los hombres de Bear no podían contener a todos.

O Tiger no había logrado retrasar bastante.

O el mundo, como de costumbre, había decidido incumplir cualquier acuerdo que fuera decente.

Wolf empujó a Vane contra el lateral de la escuela justo cuando otro disparo cruzó el aire.

—Dentro —ordenó.

—Usted primero.

Wolf lo miró. —No convierta su fe en una molestia.

—No era fe. Era cortesía.

Entraron.

La escuela estaba peor que la capilla.

El humo se mantenía bajo el techo. Había bancos pequeños volcados, pizarras rotas, páginas ardiendo en el suelo. En una esquina, junto a una ventana que había quedado bloqueada por una rama caída, había una niña.

No lloraba.

Como la otra.

Wolf empezó a odiar aquella clase de silencio.

La niña estaba sentada, cubierta de polvo, con las manos sobre las orejas. Vane se arrodilló junto a ella y le habló en una lengua local. Su voz cambió al hacerlo. Perdió esa ironía seca de hombre inglés enfrentado a otro hombre inglés y se volvió suave, casi musical.

La niña lo miró.

Luego miró a Wolf.

—Dígale que no tengo intención de comérmela —dijo Wolf.

Vane tradujo. Wolf se agachó para levantarla.

Entonces oyó el crujido.

No detrás.

Arriba.

Tuvo el tiempo justo de girarse.

Una viga en llamas se desprendió del techo.

Wolf empujó a Vane y a la niña hacia la puerta, pero el suelo cedió bajo su propio pie antes de que pudiera seguirlos.

No fue una caída profunda. Apenas un hueco abierto por tablas podridas, barro, restos quemados.

Lo suficiente para atraparlo hasta la rodilla.

Lo suficiente para que el golpe lo dejara sin aire.

Lo suficiente para que otra viga cayera entre él y la salida.

Durante un segundo, el mundo se redujo a fuego y madera.

—¡Colligan!

Wolf intentó sacar la pierna.

No pudo.

Sintió algo caliente en la pantorrilla. No sabía si era sangre, fuego o ambas cosas.

—Váyase —gritó.

Vane apareció al otro lado de la viga caída, con la niña en brazos.

—No.

—Llévela al río.

—Cállese.

Wolf alzó la cabeza. Vane dejó a la niña junto a la puerta, le dijo algo con urgencia y volvió hacia él.

—No sea idiota —dijo Wolf.

—He dedicado media vida a no hacer caso de órdenes mal dadas.

Vane se quitó la chaqueta y la arrojó sobre parte de la madera en llamas. No sirvió de mucho, pero bastó para permitirle acercarse. El calor era insoportable. Wolf volvió a tirar de la pierna atrapada. Algo se le desgarró bajo la bota. Apretó los dientes.

—Si se queda, moriremos los dos.

—Entonces procure ser útil.

Vane metió las manos entre las tablas. Wolf vio cómo la piel se le quemaba.

—Pare.

—No.

—Vane.

—He dicho que no.

La niña gritó desde la puerta.

Otro disparo sonó fuera.

El edificio tembló.

Vane tiró una vez.

Luego otra.

La pierna de Wolf cedió de golpe. El dolor le subió hasta la cadera con tanta violencia que durante un instante no vio nada.

Vane lo agarró por el chaleco y lo arrastró.

No debería haber podido.

Era más delgado que él, más viejo, estaba herido y respiraba como un hombre que ya había gastado todo lo que tenía. Pero lo arrastró de todos modos, centímetro a centímetro, mientras las llamas avanzaban detrás de ellos.

Wolf consiguió apoyar un brazo.

Luego una rodilla.

Llegaron a la puerta.

La niña ya no estaba. Había corrido. Bien. Al menos alguien en aquella condenada misión aún obedecía instrucciones.

Fuera, el aire golpeó como agua fría.

Wolf cayó al barro.

Vane cayó a su lado.

Durante unos segundos ninguno se movió.

Luego Wolf oyó un sonido húmedo.

No era lluvia.

Giró la cabeza.

Vane tenía una mano apretada contra el costado. Entre sus dedos salía sangre oscura. Demasiada. Una bala, comprendió Wolf. No la había oído. O sí la había oído y no había sabido que había encontrado carne.

Se incorporó de golpe.

—No.

Fue una palabra inútil.

A Wolf no le gustaban las palabras inútiles.

Aquella noche descubrió que, en ocasiones, eran las únicas disponibles.

Presionó la herida con ambas manos.

Vane inhaló entre dientes.

—Esto... duele.

—Eso significa que sigue vivo.

—Qué consuelo tan militar.

Wolf miró a su alrededor.

El patio estaba casi vacío. Los últimos civiles avanzaban hacia el sendero del río. Al otro lado, entre el humo, vio a dos soldados haciendo señales. Los hombres de Bear. La retirada estaba cerca.

Levantó a Vane por los hombros.

—Vamos.

Vane soltó un sonido que no llegó a ser risa.

—No.

—Sí.

—Colligan.

—No hable.

—Por una vez... intente escuchar.

Wolf se quedó inmóvil.

No porque obedeciera.

Porque la sangre bajo sus manos era demasiada y la respiración de Vane demasiado corta.

—Tengo documentos —dijo Vane.

—Me importan un demonio sus documentos.

—Deberían importarle. A muchos hombres les importarán.

Wolf presionó con más fuerza.

—Le sacaré de aquí.

—No.

—Sí.

Vane abrió los ojos. Eran oscuros, quizás avellana, quizá verde bosque. El humo y la noche habían robado casi todos los colores.

—Hay una caja —susurró—. No en la misión. En Londres. Elias sabe dónde.

Wolf bajó la cabeza para oírlo.

—Elias.

—Mi primo. No confío en él del todo, pero es familia. Y la familia... —tosió, y la tos le llenó la boca de sangre— ...a veces sirve para algo.

—Cállese.

—No.

Wolf sintió una ira absurda.

Contra la bala.

Contra el edificio.

Contra Tiger, contra Bear, contra la Corona, contra las órdenes, contra el mundo en general.

Contra Vane, por no dejarse salvar.

—Tengo una hija —dijo Vane —Wolf no respondió—. En Inglaterra. Helena.

El nombre cayó entre ellos como una bala más.

«Helena».

Wolf no sabía entonces que algunos nombres no se oyen por primera vez.

Se reconocen.

Como algo que llevaba demasiado tiempo esperando.

—Es joven —continuó Vane—. Demasiado orgullosa para pedir ayuda. Demasiado sola para admitir que la necesita.

Wolf miró hacia el río. Podía cargarlo. Quizás. Si la herida no era tan profunda. Si llegaban a la barcaza. Si el mundo decidía conceder un milagro pequeño, de esos que no aparecen en los informes.

—La verá usted mismo —resolvió.

Vane lo miró con una tristeza casi irritante.

—No mienta tan mal. Le sienta peor que el barro.

Wolf apretó la mandíbula. —No voy a dejarlo aquí.

—No me deja. Yo me quedo.

—Eso no es distinto.

—Sí lo es. Para mí.

La misión entera crujió detrás de ellos. Una parte de la escuela terminó de venirse abajo. El golpe levantó chispas que subieron al cielo como insectos.

Vane cerró los ojos un instante.

—Dígale que pensé en ella —Wolf no habló—. No como un santo —añadió Vane con un esfuerzo que quizás quiso ser humor—. No permita que nadie me vuelva más virtuoso de lo que fui. A Helena no le gustan las mentiras.

Wolf no sabía qué hacer con aquello.

Con ese hombre muriendo en el barro.

Con ese nombre.

Con la petición absurda de convertir una muerte en una frase que pudiera llevarse a una muchacha desconocida en Inglaterra.

—Dígale... —Vane respiró con dificultad— dígale que la quiero.

Wolf sintió que aquellas palabras no iban dirigidas a él y, sin embargo, le entraban bajo la piel.

—No sé dónde está.

—Elias.

—¿Qué?

—Elias... lo sabe. La carta —susurró.

—¿Qué carta?

—En mi bolsillo.

Wolf metió una mano en el interior de la chaqueta rota de Vane. Encontró papel, empapado en parte, doblado con cuidado dentro de una funda de cuero. Lo sacó.

En el exterior, escrito con una letra firme, había un nombre.

«Helena Vane».

Wolf lo miró.

Luego miró al hombre que se desangraba bajo sus manos.

—Se la entregaré.

Wolf no era un hombre dado a promesas.

Aquella noche comprendió por qué.

Vane siguió mirándolo. —Solo... recuerde el nombre de mi hija.

Eso sí podía hacerlo. Eso, al menos, no era una promesa. Era una condena menor.

—Helena —repitió Wolf.

Vane cerró los ojos.

Durante un instante pareció que la palabra le había bastado.

Luego abrió la boca, quizás para decir algo más. No llegó a hacerlo.

Wolf siguió dejó de presionar la herida. La sangre seguía caliente bajo sus manos. El barro seguía cediendo bajo sus rodillas. El fuego seguía consumiendo la aldea, la misión y todo cuanto podía. A lo lejos, alguien gritó su nombre.

Bear, quizá.

O Tiger.

O un hombre cualquiera todavía vivo.

Wolf no se movió.

Hasta que una mano enorme le cerró el hombro.

—Wolf.

Bear.

Siempre Bear, cuando las cosas ya habían terminado y aun así había que seguir de pie.

—Tenemos que irnos.

Wolf miró a Nathaniel Vane.

—Está muerto.

—Lo sé.

—Me salvó la vida.

Bear no respondió enseguida.

El silencio de su hermano fue mejor que cualquier consuelo. Bear nunca había sido hábil con palabras, y Wolf habría odiado recibirlas.

—Entonces no la desperdicies —dijo al fin Bear.

Wolf levantó la vista hacia él.

Bear estaba cubierto de polvo, sangre y humo. Tenía un corte en el pómulo y los ojos de un hombre que había visto demasiado en demasiadas pocas horas. Pero seguía en pie. Bear siempre seguía en pie. Aquella noche, a Wolf, eso también le pareció una clase de crueldad.

Tiger apareció detrás de él, respirando con dificultad, con la chaqueta rota y una expresión que jamás habría permitido dejar ver en un salón.

—Las barcazas salen ya —dijo Tiger—. Si algún imbécil oficial pregunta, la misión quedó vacía antes de que llegara la orden de retirada.

Bear lo miró. —¿Y si preguntan por la orden real?

Tiger sonrió.

No fue una sonrisa hermosa.

Fue una herida con forma de sonrisa.

—¿Qué orden real?

Wolf cerró los dedos alrededor de la carta.

Helena Vane.

El papel estaba manchado de sangre en una esquina. La sangre de Nathaniel. Quizás la suya propia también. En aquella clase de noche, distinguir una cosa de otra era un lujo.

—Wolf —dijo Bear otra vez.

Esta vez Wolf se puso en pie.

No porque quisiera. Porque el mundo, con su habitual falta de misericordia, no se había detenido.

Tomó el cuerpo de Nathaniel Vane por debajo de los brazos.

Bear lo ayudó sin preguntar.

—No podemos llevarlo —dijo Tiger, más bajo.

Wolf lo miró.

Tiger no retrocedió, pero algo en su rostro cambió.

—Las barcazas están llenas —dijo—. Hay heridos. Niños. Si cargamos muertos, dejamos vivos.

Wolf miró hacia el río.

Vio las sombras moviéndose. Mujeres subiendo a las barcazas. Hombres empujando. Niños envueltos en mantas. Un bebé llorando con una fuerza indignada que, de alguna manera, le pareció la cosa más decente de aquella noche.

Luego miró a Nathaniel Vane.

Un hombre muerto pesaba de forma distinta.

No más.

Distinta.

Como si el cuerpo ya no fuera una persona.

Wolf bajó lentamente a Vane sobre el barro.

No dijo nada.

No rezó.

Tiger se agachó a su lado y, con una delicadeza inesperada, cerró los ojos del muerto.

—Lo siento —dijo.

Wolf no estaba seguro de a quién iba dirigida la frase.

Quizás a Vane.

Quizás a él.

Quizás al hombre que Tiger había sido antes de aprender a falsificar órdenes para salvar vidas que los documentos oficiales ya habían sacrificado.

Una explosión iluminó el cielo detrás de la misión.

Bear se irguió. —Ahora.

Wolf guardó la carta dentro de su chaqueta.

Junto a su pecho.

No por sentimentalismo.

Porque era el lugar más seco que le quedaba.

Corrieron hacia el río.

El barro les chupaba las botas. El humo les mordía la garganta.

Dos disparos cruzaron la noche. Uno pasó tan cerca de Tiger que le arrancó una maldición elegante y furiosa.

Bear empujó a un soldado hacia la orilla.

Wolf levantó a un niño que había resbalado antes de que el agua se lo tragara entre la corriente y el pánico.

Cuando por fin subió a la última barcaza, alguien soltó la cuerda.

El bote se separó de la orilla.

Kalmara quedó atrás.

No de inmediato.

Nada quedaba atrás de inmediato.

La misión ardía todavía. El fuego se reflejaba en el agua oscura y convertía el río en una lengua de cobre líquido. Las figuras en la orilla se hicieron más pequeñas. Los gritos también. O quizás fue que Wolf dejó de oírlos.

Se sentó en el fondo de la barcaza, con una pierna extendida y la espalda contra un barril. La pantorrilla le ardía. El hombro le dolía. Tenía las manos rígidas de sangre seca y barro.

Frente a él, la niña silenciosa de la escuela lo miraba.

Seguía viva.

Eso debería haber bastado.

No bastó.

Wolf metió la mano dentro de la chaqueta y tocó la funda de cuero.

«Helena Vane».

Tiger se sentó a su lado con un suspiro que pretendía ser despreocupado y fracasó de manera admirable.

—Si sobrevivimos a esto —dijo—, pienso beber hasta olvidar mi propio nombre.

Bear, de pie cerca de la proa, miraba la orilla que ardía. —No lo olvidarás.

—No. Supongo que no—rio Tiger, con voz irónica.

Wolf no habló.

Nunca había sido un hombre de muchas palabras.

Aquella noche perdió algunas más.

El río siguió avanzando bajo la barcaza. A ambos lados, la oscuridad de África parecía cerrarse sobre ellos, inmensa, indiferente, antigua. Detrás quedaron la misión, el fuego, Nathaniel Vane y una parte de Wolf Colligan que no volvería a Inglaterra aunque su cuerpo sí lo hiciera.

La niña de la escuela empezó a llorar por fin.

Una mujer la abrazó.

Bear siguió mirando hacia atrás.

Años después, cuando Londres pronunciara aquel apellido con sospecha, cuando Bristol hablara de una duquesa desaparecida, cuando su madre lo mirara como si supiera que había heridas que ni siquiera los Colligan podían convertir en ironía, Wolf recordaría esa primera vez.

El fuego.

El barro.

La mano de un moribundo aferrándose a su muñeca con las últimas fuerzas que le quedaban.

Y aquella petición.

«Solo recuerde su nombre».