Los pecados del Duque (Duques Salvajes 3) Capítulo 1
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Los pecados del Duque (Duques Salvajes 3)

Los pecados del Duque (Duques Salvajes 3)

Por Maria Isabel Salsench Olle

© inepub.com

Capítulo 1

Seis años antes. Kalmara, África.

La primera vez que Wolf Colligan oyó el nombre de Helena Vane, estaba arrodillado en el barro con las manos cubiertas de una sangre que no era suya.

Aquello, pensaría años después, explicaba muchas cosas.

La noche había caído sobre Kalmara sin traer frescor alguno.

El calor seguía pegado a la piel, incómodo, húmedo, lleno de humo y de un olor dulzón que no pertenecía a la tierra ni a la lluvia.

En la distancia, detrás de la empalizada rota de la misión religiosa, el cielo ardía con un resplandor anaranjado que convertía los árboles en esqueletos negros.

No parecía una noche cualquiera en una guerra en nombre de la Corona Inglesa.

Wolf no habría sabido decir cuánto tiempo llevaba allí.

Una hora. Tres. Una vida entera. El tiempo, en aquella clase de lugar, perdía toda educación.

Ya no avanzaba por minutos ni por campanadas, sino por cuerpos trasladados, por disparos oídos demasiado cerca, por niños contados dos veces porque uno no se atrevía a creer que seguían vivos.

No era el lugar donde un caballero inglés debería encontrarse.

Tampoco era el lugar donde deberían encontrarse los tres hijos de Tim Colligan.

Sin embargo, los Colligan nunca habían sido una familia particularmente obediente a las expectativas de su clase.

Mientras otros nobles servían a la Corona desde despachos, parlamentos o salones, los hermanos Colligan lo hacían allí donde el Imperio se volvía peligroso.

Bear dirigía operaciones militares con el rango y la autoridad suficientes para que generales mucho mayores que él aprendieran a escuchar.

Tiger trabajaba entre informes, códigos y órdenes confidenciales que rara vez aparecían firmadas con su nombre. Y Wolf...

Wolf era el hombre al que enviaban cuando alguien tenía que regresar vivo.

Aquella era una de las razones por las que la Corona los toleraba.

La otra era que, por incómodos que resultaran, los tres solían conseguir lo imposible.

—¡Al río! —gritó alguien.

La voz se perdió entre el estruendo.

Wolf alzó la cabeza.

A través del humo vio el patio de la misión: mujeres africanas envueltas en mantas, dos misioneras inglesas tratando de arrastrar un arcón inútil, un anciano con una herida en la pierna, tres niños agarrados entre sí como si el mundo fuera a llevárselos si alguno soltaba la mano del otro.

Más allá, junto al muro medio derrumbado, un caballo muerto bloqueaba la salida lateral.

El barro llegaba hasta los tobillos. La lluvia de la tarde había convertido el suelo en una trampa viscosa, y cada paso exigía un esfuerzo que agotaba más que correr.

Wolf se puso en pie.

Le dolía el hombro izquierdo. No recordaba cuándo se lo había golpeado.

Había perdido el sombrero, el abrigo y una parte considerable de la paciencia que nunca había tenido en abundancia.

La camisa se le pegaba a la espalda. Llevaba una pistola descargada, un cuchillo en la bota y una furia tan fría que, de haber servido para algo, habría apagado el incendio.

Pero la furia no servía para sacar niños de una misión en llamas.

Los brazos sí.

Volvió a agacharse y levantó a una niña que no podía tener más de seis años. No lloraba. Eso lo inquietó más que los gritos de los demás. Tenía los ojos abiertos, enormes, fijos en su rostro como si intentara decidir si él era la salvación o la muerte.

—No la suelte —dijo Wolf, colocándola en brazos de una mujer que ya llevaba a otro niño contra el pecho.

La mujer le respondió en una lengua que él no entendía. Pero comprendió la mirada. Gratitud no. Aquello habría sido demasiado sencillo. Era miedo, agotamiento, una orden: siga.

Wolf siguió.

A cierta distancia, más allá de la empalizada, se oyó el avance de los hombres de Bear.

No se les veía aún, pero Wolf conocía el ritmo de su hermano incluso en la guerra.

Bear no se movía como un oficial de manual.

No confiaba en los mapas cuando el terreno le contradecía ni en los superiores cuando las órdenes le parecían idiotas.

Aquella noche estaba conteniendo a los grupos armados que se acercaban desde el este, manteniéndolos alejados del camino del río el tiempo suficiente para que la misión religiosa y la aldea pudieran vaciarse.

Tiger, en alguna parte que Wolf prefería no imaginar, estaba mintiendo con papeles.

Órdenes falsificadas.

Sellos robados.

Firmas imitadas con una precisión que, en Londres, le habría valido invitaciones a cenas dudosas y, allí, quizás, un pelotón de fusilamiento.

Había enviado mensajes contradictorios, retrasado convoyes, confundido prioridades y convencido a hombres estúpidos de que la protección de la mina de los Harcourt requería cambiar de ruta tres veces antes del amanecer.

Bear ganaba tiempo con hombres.

Tiger ganaba tiempo con tinta.

Wolf lo gastaba en el barro.

Y cada minuto costaba algo.

—Colligan.

Wolf giró la cabeza.

El reverendo Nathaniel Vane avanzaba hacia él desde la capilla, cargando a medias con una mujer anciana que apenas podía sostenerse.

No parecía un misionero de los grabados piadosos que las damas inglesas admiraban en sus salones.

No había serenidad santa en él, ni blancura impecable, ni expresión de martirio cuidadosamente compuesta.

Tenía la chaqueta rota, el cabello pegado a la frente y una mancha de hollín en una mejilla.

Una herida le cruzaba la sien y le cubría de sangre un lado del rostro.

Era delgado, de huesos finos, pero se mantenía erguido por pura terquedad.

Wolf cruzó el patio y le quitó a la anciana de los brazos.

—Debería estar en el camino del río.

—También usted.

—Yo no soy imprescindible.

—Eso es discutible.

—No para mí.

—Ahí está el problema —dijo Vane.

Wolf habría sonreído en otras circunstancias.

Quizás.

No aquella noche.

Depositó a la anciana junto a dos hombres que ayudaban a los heridos a avanzar hacia la parte trasera de la misión. La senda descendía entre arbustos quemados hasta una lengua de agua oscura donde aguardaban tres barcazas. El plan era miserable, improvisado y probablemente insuficiente.

Era, por tanto, el único plan disponible.

—¿Queda alguien dentro? —preguntó Wolf.

Vane miró hacia la capilla. Ese medio segundo bastó.

—¿Cuántos?—preguntó Wolf, sin moverse, como si el hielo pudiera apropiarse de todo su ser incluso en esos instantes.

—Dos niños. Quizás tres. La hermana Margaret cree que también está Joseph.

—¿Cree?

—El techo del almacén cayó antes de que pudiera comprobarlo y pronto caerá el de toda la capilla.

—Vaya al río —ordenó Wolf.

—No.

Wolf lo miró. La mayoría de los hombres interpretaba aquella mirada gris de forma correcta y obedecía al instante.

Nathaniel Vane no lo hizo.

—Conozco la capilla —dijo—. Usted no.

—La capilla está ardiendo.

—Entonces conviene no perder tiempo discutiendo.

Y echó a correr.

Wolf lo siguió, porque era eso o derribarlo y cargar también con él, y aquella noche ya había demasiada gente que cargar.

La entrada lateral de la capilla estaba medio bloqueada por una viga caída.

El humo salía por las rendijas de la madera con violencia.

En el interior, el calor era tan fuerte que Wolf sintió que se le cerraba la garganta.

La nave estaba llena de bancos volcados, libros esparcidos, lámparas rotas.

Un crucifijo colgaba torcido sobre el altar, iluminado por las llamas que trepaban por las cortinas.

Años después, en salones con candelabros y mujeres vestidas de seda, Wolf descubriría que era posible oler de nuevo aquel humo sin que hubiera fuego cerca.

Bastaba una chimenea mal alimentada.

Una lámpara apagada con demasiada prisa.

El perfume de una mujer mezclado con la lluvia.

—Por aquí —dijo Vane, cubriéndose la boca con una manga.

Wolf oyó el llanto antes de ver a los niños.

Venía de una habitación lateral, una especie de pequeña sacristía donde se guardaban medicinas, mantas y, por lo visto, los objetos que los misioneros ingleses consideraban imprescindibles para salvar almas: libros, tazas, agujas, biblias en tres lenguas y una caja de galletas empapadas.

La puerta estaba atascada.

Wolf embistió con el hombro.

Dolió.

La puerta no cedió.

Volvió a embestir.

Vane tosió detrás de él.

—Permítame...

—No —Wolf retrocedió medio paso y golpeó por tercera vez.

La madera se abrió con un crujido.

Dentro había dos niños acurrucados bajo una mesa y un muchacho de unos doce años junto a la pared, intentando no hacer ruido pese a que tenía la pierna atrapada bajo un armario pequeño. Joseph, supuso Wolf.

—Tranquilo, muchacho—dijo el reverendo Vane, arrodillándose junto a él.

El niño no respondió. Tenía la cara cubierta de sudor y polvo, y mordía un trozo de tela para no gritar.

—Vayamos fuera —dijo Wolf a los dos niños, cargándolos.

—No puedo levantarlo solo—comentó Vane, señalando el armario.

Wolf dejó a los niños junto a la puerta y volvió. Entre ambos consiguieron mover el mueble lo justo para liberar la pierna del muchacho. Joseph soltó entonces un grito que atravesó la habitación, el humo, el fuego y algo mucho más profundo dentro de Wolf.

No tuvo tiempo de sentirlo. Se limitó a cargarlo en brazos.

La capilla crujió sobre ellos. Vane alzó sus ojos oscuros.

No hacía falta ser ingeniero para entenderlo.

Salieron como pudieron, tosiendo, casi a ciegas. Una parte del techo cayó detrás de ellos antes de llegar al patio. El impacto levantó una nube de chispas y cenizas. Wolf sintió un golpe de calor en la espalda, luego aire, luego lluvia fina, luego barro.

Entregó a Joseph a uno de los hombres que aguardaban junto al muro.

—Al río.

El hombre observó la pierna herida del muchacho y frunció el ceño. —Señor, necesitará un médico.

—Y lo encontrará al otro lado del río.

El hombre asintió y se alejó con el niño.

Vane dobló el cuerpo, tosiendo. Wolf lo sujetó por el brazo.

—Ya basta, tenemos que salir.

—No.

—Vane.

El reverendo se irguió con dificultad.

—Queda la escuela.