Capítulo 9
A la mañana siguiente, Helena descubrió que era posible desayunar frente a un hombre al que una había besado por primera vez el día anterior y comportarse, al menos en apariencia, como si nada extraordinario hubiera ocurrido.
Era posible.
No agradable.
Tampoco recomendable para la digestión.
La cocina de Briarcombe tenía aquella mañana el olor familiar de pan tostado, té fuerte y mantequilla caliente.
La señora Pottle había preparado huevos y unas tortas pequeñas que, según declaró, no eran panecillos porque los panecillos respetables requerían más paciencia de la que ella estaba dispuesta a conceder al mundo antes de las nueve.
El señor Barrow estaba sentado en un extremo de la mesa, con un cuaderno de cuentas junto al plato y la expresión de un hombre que deseaba profundamente no tener que presenciar nada conyugal antes del segundo té del día.
Wolf ocupaba la silla a la derecha de Helena.
Por supuesto.
No porque alguien lo hubiera colocado allí esa mañana, sino porque la señora Pottle había decidido tres días atrás que aquel era su sitio, y una vez que la señora Pottle tomaba una decisión doméstica, ni siquiera un duque parecía dispuesto a discutirla.
Wolf parecía igual que siempre.
Aquello era lo más irritante.
Iba vestido de oscuro, incluso en una cocina soleada y llena de olores humildes.
La pañoleta estaba anudada con precisión, la chaqueta le caía perfectamente sobre los hombros y el cabello negro no mostraba más desorden del que él permitía al mundo contemplar.
Comía con la misma calma con que habría leído un informe de guerra, discutido una inversión o recibido una amenaza.
No miraba a Helena.
O, mejor dicho, no la miraba cuando ella podía sorprenderlo haciéndolo.
Eso era nuevo.
Peor: eso era evidente.
Helena cortó una torta con más fuerza de la necesaria.
La señora Pottle la observó.
Barrow también.
Wolf no.
Wolf tomó su taza de té.
Helena sintió el movimiento, aunque no lo miró. Sentía demasiadas cosas de Wolf desde el día anterior. El roce de su voz. La distancia exacta entre sus manos. El modo en que el aroma cambiaba cuando él estaba en una habitación.
Y su boca.
Dios.
Aquello era intolerable.
Había pasado seis años imaginando que el primer beso de Wolf Colligan sería frío, correcto, quizás tan cuidadosamente medido como todo lo demás en él.
Pero no lo había sido. Había sido breve, sí.
Tenso. Incluso interrumpido demasiado pronto.
Pero no frío. No indiferente. No el gesto de un hombre cumpliendo una formalidad matrimonial largamente aplazada.
Había habido deseo.
No una idea de deseo.
No una cortesía.
Deseo.
Helena aún no sabía qué hacer con aquella verdad. Parecía una llave encontrada demasiado tarde, cuando una ya había decidido abandonar la casa.
Wolf dejó la taza sobre el platillo. El sonido fue poco perceptible, pero Helena lo oyó igual.
Desde el día anterior parecía consciente de cada movimiento suyo, de cada respiración y de cada silencio.
Cuando ambos alcanzaron la mantequilla al mismo tiempo, sus dedos se rozaron un instante.
Un contacto leve, accidental, tan inocente como cualquier gesto cotidiano.
Aun así, Helena retiró la mano de inmediato.
Wolf hizo lo mismo. Al otro extremo de la mesa, Barrow concentró una atención repentina y sospechosamente intensa en un punto indefinido de la cocina, mientras la señora Pottle soltaba una exhalación por la nariz que sonó peligrosamente parecida a una muestra de diversión.
—Maravilloso —murmuró—. Ahora incluso la mantequilla participa en el drama.
—¿Ha dicho algo, señora Pottle? —preguntó Helena.
—He dicho que falta sal.
—No falta sal.
—Entonces será sentido común.
Wolf miró a la cocinera.
La señora Pottle le sostuvo la mirada con absoluta tranquilidad.
—Tampoco abunda, excelencia.
Por primera vez en toda la mañana, Wolf pareció casi dispuesto a responder algo.
No lo hizo.
Aquella contención, que en otro tiempo habría hecho que Helena se sintiera invisible, ahora la irritaba de un modo distinto.
No quería que él volviera a ser impecable.
No después de la forma en que la había besado.
No después de haber sentido la tensión de su cuerpo, la manera en que se había apartado de ella como si hacerlo le costara algo.
No quería que volviera a fingir que no había ocurrido nada.
Y, sin embargo, ella hacía exactamente lo mismo.
—Debo ir a Ashcombe —dijo de pronto, más por necesidad de romper el silencio que por verdadera urgencia.
Wolf levantó la vista.
—¿Por qué?
—Debo ir a ver a la señora Bell. Me prometió unas mantas para las habitaciones del ala norte.
Wolf levantó la vista de la taza.
—¿Mantas?
—Mantas.
—¿Donadas?
Helena percibió el tono inmediatamente.
—Sí.
—¿Es necesario aceptar donativos? Mi señora, ya es suficiente con que no acepte mi dinero, pero que me haga pasar por esta humillación...
—La señora Bell solo pretende ser amable, le hace ilusión regalarme algo, nada más.
Wolf ignoró la observación.
—Esas habitaciones podrían equiparse en una tarde.
—Lo sé.
—Entonces no entiendo por qué una tendera debe desprenderse de sus mantas para hacerlo.
Helena apoyó el codo sobre la mesa.
—Porque la señora Bell quiere hacerlo.
—La señora Bell puede conservar sus mantas y yo puedo comprar otras.
—Ahí está el problema.
—¿Cuál?
—Que sigue creyendo que todo se arregla sacando una bolsa de dinero.
Por primera vez algo parecido a la incomodidad cruzó el rostro de Wolf.
—No todo.
—No. Solo las goteras, los establos, los caminos, los tejados, las ventanas y cualquier otra cosa que no tenga sentimientos.
La señora Pottle soltó una risita dentro de su taza.
Barrow decidió que aquel era un momento excelente para levantarse de la mesa y despedirse con una reverencia forzada.
Wolf apoyó la espalda en la silla.
—Las mantas siguen siendo una solución extraña.
—No son mantas, Wolf.
—Lo son.
—Son una forma de decir que Briarcombe sigue perteneciendo a este lugar.
Él la observó durante unos segundos.
—Y supongo que rechazaría cualquier ayuda que viniera de mí.
—No cualquier ayuda.
—Solo la razonable.
—Solo la que intenta convertirme en una persona inútil. No quiero que venga un ejército de sirvientes y obreros a arreglar lo que yo mismo quiero hacer.
Wolf exhaló despacio. —Empiezo a sospechar que para usted el dinero es una ofensa personal.
—No. Solo me preocupa que crea que puede comprar algo que la señora Bell está intentando regalar.
—Si insiste, la acompañaré.
Helena cerró los ojos un instante.
—Naturalmente.
—El camino sigue siendo el mismo que ayer.
—Qué sorprendente. Creí que quizás habría cambiado de sitio durante la noche para evitar su vigilancia.
La señora Pottle sirvió más té a Wolf con gesto enérgico.
—Vaya usted con ella, excelencia. Un esposo debe acompañar a su esposa.
—Gracias —dijo Wolf.
—Señora Pottle —dijo Helena, aunque sin demasiada autoridad.
—¿Qué? Él también necesita aire.
Wolf se levantó. —Estaré listo en diez minutos.
—No he aceptado.
Él la miró por fin.
Y ahí estaba otra vez.
No la frialdad.
No exactamente.
Había algo más bajo aquella calma aparente.
Algo inmóvil y poderoso, como una corriente profunda bajo la superficie de un río.
Helena sintió una incómoda presión bajo las costillas.
La misma sensación que la había acompañado desde el beso.
Como si cada mirada de Wolf escondiera algo que él se negaba a pronunciar y ella ya no pudiera fingir que no veía.
—Lo sé —dijo él.
Y salió de la cocina.
La señora Pottle soltó un sonido seco.
—Ese hombre necesita dormir, comer y que alguien le arroje un cubo de agua fría.
Helena se levantó.
—Señora Pottle.
—No he especificado el orden.
Ashcombe estaba tranquilo cuando llegaron.
Demasiado tranquilo, pensó Helena después, aunque en aquel momento no vio en ello nada más que la calma habitual de un pueblo pequeño a media mañana.
La plaza tenía un ritmo propio: el herrero golpeando metal al fondo, dos mujeres conversando junto a la iglesia, un carro con sacos de grano detenido frente a la tienda de los Bell y un perro dormido exactamente donde todos los transeúntes debían rodearlo para no pisarle la cola.
Wolf descendió del carruaje primero.
No le ofreció la mano.
Había aprendido.
O estaba intentando aprender.
Helena bajó sola y, por alguna razón absurda, aquella ausencia de ayuda la afectó casi tanto como su exceso de cuidado en otras ocasiones.
No tenía arreglo. Wolf no entendía nada.
Martha Bell apareció en la puerta de la tienda antes de que Helena llegara al escalón.
—Señorita Helena. Justo a tiempo. Si tarda un día más, habría tenido que darle las mantas a la señora Pratt, estaba muy insistente.
—Gracias, es usted muy amable —respondió Helena.
—Y ha traído al duque otra vez—dijo la anciana Martha, mirando a Wolf.
—Parece inevitable —dijo Helena.
Wolf inclinó la cabeza, sin acabar de acostumbrarse a la falta de modales de los pueblerinos.
—Martha.
La anciana lo observó con los ojos entornados.
—Ah. Aprende rápido.
—A veces.
Helena tuvo que mirar hacia otro lado para no sonreír.
Entraron en la tienda.
El señor Bell estaba detrás del mostrador pesando harina. Peter, su nieto, cargaba una bolsa de avena casi tan grande como él, aunque su expresión dejaba claro que consideraba aquella labor una prueba de su masculinidad incipiente.
—Señorita Helena —dijo el muchacho.
—Me alegra ver que ayudas a tus abuelos con tanta dedicación.
Peter se irguió. —La abuela dice que algún día heredaré la tienda.
—Tu abuela tiene razón.
—Su Excelencia dijo el otro día que ayudaría con los sacos —añadió Peter, mirando a Wolf.
—Lo recuerdo —dijo Wolf.
—Hay uno allí.
—También lo he visto.
Peter señaló un saco junto a la puerta.
—Por si quiere demostrar utilidad.
—Peter —advirtió Martha.
Wolf miró el saco, luego al muchacho.
—Después.