Los Pecados Del Conde (Serie "A La Caza De Un Noble" nº 2) Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

Subieron juntos. La manta de piel los cubría hasta la cintura y el trineo echó a andar con una suavidad que Angustias no esperaba, deslizándose por el sendero nevado del bosque sin ruido, solo el sonido de los perros y el viento y la nieve siendo cortada bajo los patines.

Ella alzó la cara hacia el cielo y las estrellas eran exactamente lo que él le había prometido: más brillantes aquí que en ningún sitio, sin la luz de la ciudad para competir con ellas, blancas y fijas sobre el negro del cielo de diciembre.

Extendió los brazos.

Él la observó hacer eso y pensó que no había visto algo tan simple y tan perfecto en muchos años.

El carruaje los llevó de regreso a Londres con las linternas meciéndose sobre los adoquines mojados. Ella llevaba la cabeza en su hombro y los dedos entrelazados con los de él sobre el regazo, y afuera la ciudad empezaba a despertar con las primeras luces de la madrugada.

— ¿Te quedas esta noche? —preguntó ella, sin levantar la cabeza.

—Si me lo pides.

—Te lo pido.

El vestíbulo de la casa olía a cera y a las flores secas del invierno, y Jenkins desapareció con la discreción de alguien que ha aprendido exactamente cuándo no estar. Isaac colgó el abrigo blanco de ella en el perchero junto a la puerta, y cuando se giró ella estaba mirándolo.

—Esta vez —dijo ella— soy yo quien decide.

—Siempre has sido tú. —Lo dijo en serio—. Solo tardé en entenderlo.

Ella tomó su mano.

Subieron la escalera en silencio, y la habitación de ella tenía la penumbra cálida de la chimenea que había ardido mientras estaban fuera y seguía viva en las brasas.

Angustias encendió la vela de la mesilla y no apagó nada más.

Quería luz. Quería verle la cara mientras todo esto pasaba, sin esconderse detrás de la oscuridad.

Él se quedó quieto cuando se dio cuenta.

— ¿Qué miras? —preguntó.

—A mi esposo.

Algo se abrió en su expresión ante esas palabras. Algo que lo hacía ver diferente de todas las versiones de él que ella había conocido: sin la ironía, sin la distancia, sin la coraza que llevaba años construyendo y que ella había pasado meses agrietando sin saber que lo hacía.

Se acercó. Se arrodilló frente a ella en el borde de la cama y le sacó las horquillas del cabello una por una, con cuidado, dejando caer cada una al suelo sin mirarlas, pasando los dedos por cada mechón que quedaba libre.

— ¿Sabes cuántas veces he pensado en tu pelo suelto?

— ¿Cuántas?

—Demasiadas para un hombre que estaba convencido de que no se iba a enamorar de su esposa.

Ella le quitó la corbata. Él le quitó el camisón.

Lo que siguió fue diferente de las veces anteriores en el sentido en que es diferente una conversación cuando uno ya no tiene miedo de lo que el otro puede responder.

No había urgencia ni demostración ni el peso de lo no dicho que tantas otras veces había ocupado el espacio entre ellos.

Solo la atención de dos personas que se conocen y han decidido que ese conocimiento es suficiente para no apresurarse.

Él recorrió su cuerpo entero con las manos y la boca, sin saltar nada, con esa paciencia que ella había aprendido a reconocer como la forma en que él demostraba lo que no siempre sabía decir con palabras.

Sus labios sobre su garganta. Sus manos en la curva de su cintura, memorizando.

La boca en sus pechos, en el espacio entre ellos, en el centro de su vientre.

— ¿Aquí? —preguntó, con la boca sobre el interior de su muslo.

—Sí —dijo ella, sin vergüenza.

Cuando llegó al clímax la primera vez se arqueó con su nombre en la boca y los dedos en su cabello, y él subió por su cuerpo besando el camino y se colocó entre sus piernas mirándola a los ojos.

Ella no los apartó. Era la primera vez que lo miraba así durante todo el acto, sin cerrarlos, sin enterrar la cara en su cuello. Él lo vio y lo entendió, y entró en ella despacio, sin apartar la mirada.

—Te amo —dijo, mientras comenzaba a moverse.

—Lo sé. —sus manos en su espalda, trayéndolo hacia ella—. Yo también.

Fue largo. Fue completo. Fue todo lo que la confesión de hacía una hora bajo un árbol de Navidad en un bosque nevado podía y debía ser.

Cuando llegaron juntos al final, él la sostuvo con los brazos enredados en su cabello y la cara hundida en su cuello, y ella lo abrazó con todo lo que tenía, y los dos se quedaron así mientras la nieve seguía cayendo afuera con el silencio perfecto de las cosas que no necesitan ser escuchadas para ser reales.

—Nunca me habías mirado así —dijo él, mucho después.

—Ahora sí. —Angustias apoyó los labios sobre su mejilla—. Me parece que de ahora en adelante voy a hacerlo siempre.

Él guardó silencio un momento. Luego la apretó más.

—Bien —dijo—. Porque planeo merecer esa mirada cada día.

Afuera, Londres dormía bajo la primera nieve del invierno, y en el cuarto que olía a cera y a piel caliente y a algo que era nuevo y frágil y completamente suyo, dos personas que habían llegado al matrimonio por las razones más improbables del mundo descubrieron, con la calma de los que ya no tienen prisa, que habían llegado exactamente adonde necesitaban estar.