Los Pecados Del Conde (Serie "A La Caza De Un Noble" nº 2) Epílogo
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Epílogo

La mañana tenía esa calidad particular del verano inglés cuando decide ser generoso: luz dorada entrando por las ventanas abiertas de la casa de Mayfair, el olor de las rosas del jardín mezclado con el del té recién hecho, y el sonido de los pájaros en los árboles de la calle que nadie se tomaba el trabajo de notar hasta que uno tenía razones para prestar atención a las cosas pequeñas.

Angustias tenía razones.

Llevaba un cuarto de hora mirando la hoja en blanco con la pluma en la mano y las palabras organizadas en la cabeza con la claridad de algo que uno ha pensado muchas veces.

Sabía exactamente lo que quería decir. Lo que no sabía era si había forma de decirlo de manera que llegara de verdad a la mujer que lo iba a leer.

Querida madre:

Quisiera saber cómo ha estado y si recibió los regalos que le envié, pues lleva semanas sin escribirme y empiezo a preocuparme.

De mi parte, le escribo hoy porque tengo noticias que quería que usted fuera la primera en saber.

Dentro de siete meses va a ser abuela. Isaac y yo estamos muy felices, y él mismo me ha pedido que le diga que nos encantaría contar con su presencia en ese momento.

Ya sabe que en estas circunstancias, una mujer siempre desea estar cerca de su madre.

Se detuvo.

La pluma en el aire, sin moverse.

Siempre desea estar cerca de su madre. Era verdad en términos generales y en términos generales era una frase correcta y apropiada.

En términos específicos, en los términos de Florencia Walton y su hija, era una frase que requería una cantidad de fe que ella no estaba segura de poder sostener.

Porque lo que ella deseaba no era exactamente a su madre: era la madre que su madre podría haber sido si las cosas hubieran sido distintas.

Y ese deseo era antiguo y tenaz y no desaparecía con los años ni con el matrimonio ni con el bebé que crecía despacio en su vientre.

Apoyó la pluma. Se limpió los ojos con el dorso de la mano.

Qué tonta, pensó. Qué tonta.

— ¿Estás bien?

La voz de Isaac llegó desde el umbral de la habitación.

Él estaba de pie en la puerta con la expresión de alguien que acaba de notar algo que no esperaba notar y está calibrando cómo responder.

Llevaba el frac de montar y las botas altas, como si hubiera venido directo del establo, y en una mano tenía el sombrero que todavía no se había puesto.

—Sí, por supuesto. —Se secó la mejilla con rapidez—. Estaba escribiendo una carta a mi madre.

— ¿Por qué estás llorando?

—No me había dado cuenta de que lloraba.

Él cruzó el cuarto. Se sentó a su lado en la silla junto al escritorio y la miró con esa atención quieta suya que en el primer año de matrimonio la había incomodado y que ahora era de las cosas que más agradecía en él.

— ¿Qué le decías?

Ella miró la carta.

—Lo de la buena noticia. Que viene el bebé, que estamos felices. Que nos encantaría que viniera para ese momento.

— ¿Y eso te hace llorar?

—Me hace llorar saber que no vendría de la manera que yo necesito que venga.

—Lo dijo despacio, con la honestidad que había aprendido a tener con él—.

No puedo pedirle que llegue aquí y que sea la madre que una necesita en esos momentos, porque ella no sabe cómo serlo.

Y sé que si viene, lo más probable es que me recuerde que el parto es un castigo y que el bebé es consecuencia de un acto pecaminoso, y yo no quiero eso alrededor mío ese día.

Él tomó su mano.

—Entonces no la invites todavía.

—Pero quiero que venga. —eso era lo más complicado de explicar—. Las dos cosas son verdad al mismo tiempo. Quiero que venga y quiero que sea diferente de lo que es, y no puedo tener las dos cosas.

Isaac guardó silencio un momento. Luego dijo:

—Puedes enviarle la carta con la buena noticia. Sin la invitación todavía. Dale tiempo de responder. Y si responde como esperamos que responda, decides entonces si la invitas.

Ella lo miró.

— ¿Y si responde como temo que responda?

—Entonces tienes a Sonia, que ya ha declarado que es la tía de ese bebé y que piensa mimarlo hasta extremos irrazonables.

Tienes a las primas de Charlotte y Anne, que llevan semanas enviando paquetes.

Tienes a la señora Tandy, que ya ha bordado tres mantitas.

—sus dedos apretaron los de ella—. Y me tienes a mí.

Que tampoco sé exactamente qué estoy haciendo todavía, pero que tengo intención de aprenderlo.

Angustias lo miró durante un momento.

Luego soltó una carcajada pequeña, de las que salen cuando una está llorando y de repente algo cambia en el aire.

—No me imagino al conde de Beaufort sosteniendo una mantita bordada por la señora Tandy.

—Tampoco yo. —su boca se curvó—. Pero estoy dispuesto a intentarlo.

Ella volvió la vista a la carta. La releyó. Tomó la pluma y tachó la parte de la invitación con dos líneas limpias.

—Tienes razón. Solo las buenas noticias, por ahora.

—Por ahora.

Terminó la carta en diez minutos, la dobló y la selló, y cuando la dejó sobre la bandeja del correo se sintió más ligera que cuando empezó.

No porque el problema hubiera desaparecido, sino porque había encontrado la manera de separar lo que podía hacer de lo que no, y esa distinción era en sí misma una forma de claridad.

— ¿Qué te parece si bajamos? —dijo Isaac—. Acaban de llegar los invitados.

Ella levantó la vista.

— ¿Los invitados?

Él la miró con la inocencia deliberada de alguien que sabe perfectamente que ella sabía que llegaban hoy.

—Rose Johnson. Tú amiga. La que lleva dos temporadas en Londres sin encontrar marido adecuado, según tú.

—Según ella misma —corrigió Angustias, poniéndose de pie—. Yo solo lo confirmo.

— ¿Y tenemos algún plan al respecto?

—Yo tengo un plan. —Se arregló el vestido de muselina azul claro que le favorecía el vientre todavía apenas visible—. Tú tienes amigos.

—Tengo varios.

—Pues uno de ellos va a resultar muy útil esta temporada.

Él la observó con la expresión de alguien que reconoce esta energía específica y sabe que es inútil resistirse a ella.

— ¿En quién estás pensando?

—En lord Ashbury. —Ella recogió el chal de la silla—. Es amable, tiene buen corazón, y Rose necesita a alguien que pueda ver más allá de su carácter directo, que es lo que espanta a la mayoría.

—Ashbury —repitió Isaac, como si estuviera calibrando la combinación—. No es una mala idea.

—Casi nunca lo son. —Angustias pasó junto a él hacia la puerta con una sonrisa pequeña—. ¿Vienes?

Él fue detrás de ella con la expresión de alguien que hace exactamente eso: va detrás de ella. No porque no tenga adónde ir, sino porque ahí es exactamente donde quiere estar.

El salón principal de la casa de Mayfair había sido reorganizado en los últimos meses con el criterio particular de Angustias, que tenía preferencia por las cosas que invitaban a quedarse: los sillones agrupados en lugar de alineados, flores frescas en los jarrones, las cortinas de seda color miel abiertas del todo para que el agosto londinense entrara sin permiso.

Rose Johnson estaba de pie junto a la ventana cuando entraron, con el aspecto de alguien que examina lo que tiene delante con atención genuina antes de decidir qué opinar.

Era una mujer de veintidós años, morena, con unos ojos color avellana que tenían la costumbre de ir directamente al grano, y una manera de hablar que los hombres inseguros encontraban intimidante y que Angustias, desde el primer día, había encontrado refrescante.

—Angustias. —se giró con una sonrisa que era del tipo que no practica delante del espejo—. Ya era hora. Llevo diez minutos admirando tus rosas del jardín y empezaba a sentirme como parte del inventario de la casa.

—Diez minutos es exactamente lo que te hace falta para conocer el jardín. —Angustias le dio un abrazo genuino—. Estás bien.

—Estoy aquí, que no es lo mismo pero es suficiente por el momento. —Rose se separó y miró a Isaac con la evaluación directa de quien no hace el gesto de la timidez—. Lord Beaufort. Un placer conocerlo finalmente. Su esposa habla muy bien de usted, lo cual me resulta algo sospechoso.

— ¿Por qué sospechoso?

—Porque las personas de las que se habla bien suelen tener algo que esconder.

Isaac la miró un momento con la expresión de alguien que acaba de conocer a alguien interesante.

—En ese caso —dijo—, bienvenida a la familia.

Angustias los observó a los dos con la satisfacción callada de alguien que sabe que esta combinación de personas va a funcionar de maneras que todavía no son visibles.

Luego pensó en lord Ashbury, en su temperamento paciente y su sentido del humor, y en la manera en que Rose Johnson encontraba aburridos a todos los hombres que conocía porque ninguno le respondía como ella le hablaba.

Esto va a ser interesante, pensó.

Tocó el dije del ángel que llevaba en el cuello, como hacía a veces sin darse cuenta. No para buscar tierra firme como antes, sino por el peso familiar del oro en los dedos, que era una forma de acordarse de todas las cosas que habían llevado hasta aquí.

—Rose —dijo—. Esta noche vienen algunos amigos a cenar. ¿Tienes algo en contra de los hombres inteligentes que saben escuchar?

—Tengo todo en contra de los que no saben hacerlo —respondió Rose—. ¿Es lo que me estás prometiendo?

—Te estoy prometiendo uno en particular.

—Entonces —dijo Rose, recogiendo su taza de té con la calma de alguien que ha tomado una decisión antes de que le den tiempo para pensarla—, habla.

Isaac, de pie junto a la chimenea con las manos en los bolsillos, miró a su esposa con la expresión que reservaba para los momentos en que ella hacía algo que lo sorprendía todavía, que era más frecuente de lo que habría admitido hace un año.

Ella no lo miró. Pero la comisura de su boca se movió.

Lo sabía.

Esa tarde, cuando los invitados de la cena empezaron a llegar y el salón se llenó del ruido familiar de la conversación y el cristal y la música del cuarteto que Sonia había insistido en contratar porque un bebé necesita música buena desde antes de nacer, Angustias se quedó un momento en el umbral del salón mirando adentro.

Robert y Sonia, en el sillón de siempre, hablando con la comodidad de dos personas que se conocen desde hace años y han llegado a la conclusión de que les gusta lo que ven.

Frederick Hale, que había llegado en su silla de ruedas desde Essex con la noticia de que el médico de Bath hablaba ahora de bastón en lugar de silla para el año siguiente, y que llevaba una hora hablando con Charlotte sobre libros.

Rose Johnson, de pie junto a la ventana, con lord Ashbury a su lado y la expresión de alguien que acaba de darse cuenta de que la conversación que está teniendo no es aburrida.

Isaac apareció a su lado.

— ¿Qué miras?

—Esto. —Hizo un gesto pequeño que abarcaba el cuarto entero—. A las personas que queremos en el mismo lugar.

Él miró también. Luego la miró a ella.

— ¿Estás bien?

Era la misma pregunta de esa mañana. Pero esta vez la respuesta era diferente.

—Sí. —Y lo decía en serio, que era lo importante—. Estoy bien.

Él puso la mano en la parte baja de su espalda, esa presión que ella conocía de memoria y que después de un año de matrimonio seguía produciéndole el mismo efecto que la primera vez, aunque ahora ya no se empeñaba en pretender que no lo producía.

—Ven. —La condujo hacia adentro—. Nos esperan.

Entraron juntos al salón, y la conversación se abrió para incluirlos con la naturalidad de las personas que se quieren, y afuera el agosto de Londres olía a rosas y a tierra caliente por el sol, y adentro la luz de las velas hacía que todo tuviera ese brillo dorado particular de las cosas que uno quiere recordar.

Un año, pensó Angustias. Un año desde que todo empezó de la manera más improbable del mundo.

Y pensó que si alguien le hubiera dicho entonces lo que la esperaba, no lo habría creído.

Pero habría tenido razón en no creerlo. Porque la realidad había resultado ser mejor que cualquier cosa que hubiera podido imaginar.

Esa noche, mucho después de que los invitados se fueran y la casa volviera al silencio de siempre, Angustias terminó la carta a su madre. La dobló. La selló. Y en lugar de dejarla en la bandeja del correo, fue hasta la ventana abierta del dormitorio y la sostuvo un momento contra el pecho.

Afuera, Londres respiraba bajo el cielo de agosto con sus millones de personas y sus millones de historias, y una de ellas era la suya: la de una joven americana que llegó a esta ciudad convencida de que el amor era una trampa y que se había encontrado, sin buscarlo, con la evidencia más obstinada del mundo de que no lo era.

Dejó la carta sobre la mesilla.

Se dio la vuelta hacia su esposo, que dormía con el brazo extendido en su dirección con el gesto inconsciente de alguien que busca algo incluso en sueños, y se acomodó a su lado con la mano sobre su pecho.

Él la rodeó sin despertarse.

Angustias cerró los ojos.

Y pensó que mañana enviaría la carta. Que su madre respondería como respondiera.

Que el bebé vendría en febrero. Que Rose Johnson iba a tener una temporada muy interesante.

Que Frederick iba a caminar con bastón antes del verano que viene.

Que la escuela de Sonia había matriculado a veintidós estudiantes nuevos en septiembre.

Y que esta casa, esta vida, este hombre que respiraba contra su cabello en la oscuridad de agosto, eran suyos.

Completamente suyos.

FIN