Los Pecados Del Conde (Serie "A La Caza De Un Noble" nº 2) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Isaac la observaba. Llevaba el abrigo blanco con la misma naturalidad con que llevaba todo lo que él le daba, sin el protocolo exagerado de gratitud que él había aprendido a esperar de las personas cuando les hacía regalos, y esa ausencia de protocolo era exactamente lo que le gustaba.

—Hay algo que debes saber —dijo él, en algún punto del trayecto.

Ella volvió la cabeza.

—Esta tarde en White's encontré a Bexley. —Lo dijo sin rodeos—. Es él quien te envió la nota. Quien le dijo a la gente que Isabella era mi amante. Lo hizo para vengarse porque no consiguió lo que quería.

Ella lo escuchó sin interrumpirle.

—Lo sé —dijo, cuando él terminó.

— ¿Lo sabías?

—Lo supuse. Era la única persona que tenía razones para hacerlo.

Un momento.

— ¿Y no me dijiste nada?

—No sabía si era cierto o no. Y no sabía si tú me lo dirías, si lo era.

Él la miró durante un segundo.

—Debí decírtelo yo. No esperar a encontrármelo por casualidad en un club.

—Sí. —Sin crueldad, solo como un hecho—. Pero lo has resuelto, que también cuenta.

Él asintió. Y no añadió nada más porque no era necesario.

*****

El bosque de Essex en diciembre, con la nieve reciente y el cielo despejado de nubes, era una de esas cosas que uno no sabe que puede existir hasta que lo tiene delante.

Angustias bajó del carruaje y el frío le llegó de golpe, limpio y real, con el olor de la nieve y la madera y el silencio de los árboles que era un silencio completamente diferente del de la ciudad.

Miró a su alrededor con los ojos de alguien que no sabe exactamente lo que esperaba pero sabe que no era esto.

Isaac se puso a su lado y señaló hacia el sendero entre los árboles.

Llegaron antes de que ella tuviera tiempo de prepararse para ello.

El árbol emergió del claro como si siempre hubiera estado ahí esperando ser encontrado: un pino enorme, cubierto de nieve en cada rama, y alrededor de él una disposición de velas en candelabros de hierro forjado que alguien había colocado con cuidado en la nieve, formando un círculo de luz que hacía que todo el claro pulsara con un brillo dorado y suave.

Del árbol colgaban faroles de cristal rojo y verde que el viento movía apenas, y cadenas hechas con galletas y palomitas de maíz que brillaban con los colores de la luz de las velas, y en la punta más alta, una estrella de papel dorado que alguien había cortado a mano.

Angustias se detuvo y se llevó las manos a la boca.

— ¿Cómo sabías? —Lo dijo con la voz de alguien a quien le cuesta producir sonidos.

—Me lo dijiste hace meses. En la biblioteca, una tarde que estábamos hablando de la Navidad en Nueva York. Dijiste que de niña siempre quisiste ver un árbol de verdad en la nieve. Lo guardé.

Las lágrimas llegaron antes de que ella pudiera hacer nada al respecto. No de tristeza, sino de la especie particular que viene cuando algo que uno creyó que no iba a tener aparece de repente frente a uno con toda la realidad de lo tangible.

—No llores —dijo él, y en su voz había algo que tampoco era la calma habitual—. Creí que esto te haría feliz.

—Me hace feliz. —Una risa mezclada con todo lo demás—. Eso es exactamente el problema.

Él se acercó y la tomó en sus brazos ahí mismo, en la nieve, con el árbol iluminado detrás de ellos y el bosque silencioso alrededor.

—Eres la mujer más amable, más honesta y más valiente que he conocido. —Lo dijo con la mejilla contra su pelo—. Y fui un cobarde con todo lo que me diste.

Ella no respondió. Escuchó.

—Cerré mi corazón hace mucho tiempo porque me pareció la decisión más inteligente.

Y luego apareciste tú con tu camándula y tus sermones y esa manera tuya de mirarme como si ya supieras todo lo que estaba mal en mí y de todas formas decidieras quedarte, y no pude hacer nada con eso excepto enamorarme sin darme cuenta de que ya lo había hecho.

Angustias levantó la cabeza.

— ¿Cuándo lo supiste?

—Cuando me fui de la finca y la primera noche no pude dormir porque la cama olía a ti.

Ella lo miró durante un momento.

— ¿Realmente crees que podemos empezar de nuevo?

—No creo que tengamos que empezar de nuevo. Creo que podemos seguir desde donde estamos, que es diferente. —Sus manos en su cintura, sosteniéndola—. Y me dedicaré a ganarte la confianza que perdí, cada día que haga falta.

— ¿Y si son muchos días?

—Entonces serán muchos días. —Lo dijo sin vacilar—. Tengo tiempo.

Ella exhaló. El aliento se hizo visible en el aire frío, una pequeña nube que desapareció en segundos.

—No fueron fáciles las semanas que pasé sin saber de ti. —Lo dijo mirando el árbol—. Estaba dolida y decepcionada. Pero incluso así no quería que fuera irremediable.

— ¿Y lo es?

Ella volvió la vista hacia él.

—No —dijo. Y no añadió nada más porque no era necesario.

El trineo llegó desde la izquierda con el sonido suave de los patines sobre la nieve y el jadeo de los perros siberianos, cuyos alientos formaban pequeñas columnas de vapor blanco en el frío.

El conductor esperaba con las riendas en las manos y la expresión de alguien que ha sido muy bien pagado por esta noche y lo sabe.

Angustias miró el trineo.

Luego lo miró a él.

—Has organizado un trineo de perros.

—Para que vieras las estrellas.

—Eres un hombre absolutamente imposible.

—Ya lo sé.