Capítulo 10
El club White's en St. James's Street tenía la dignidad particular de los lugares que llevan un siglo siendo exactamente lo que son: paredes de madera oscura, sillones de cuero marrón, el olor permanente de tabaco y papel y brandy que ningún personal de limpieza había conseguido nunca eliminar del todo, y que sus socios habrían considerado un ataque personal si alguien lo intentara.
Era el tipo de lugar donde los hombres hablaban de cosas que no podían decir en casa, y donde la conversación, el volumen y la naturaleza de ella variaban considerablemente según la hora del día y el número de copas consumidas.
Isaac llegó cuando el reloj de la chimenea principal marcaba las tres y media, y encontró a Robert en una mesa del salón del fondo, alejada de los grupos más concurridos con la previsión de alguien que planificaba tener una conversación privada.
— ¿Por qué aquí? —preguntó, quitándose el abrigo.
—Porque Sonia no puede escuchar lo que tengo que decirte. —Robert empujó la copa de brandy hacia el lado vacío de la mesa—. Es sobre mi primo Charles y un asunto de tierras que prefiero que no salga de este cuarto.
Se pusieron al asunto. Charles, al parecer, había firmado algo que no debía firmar y ahora necesitaba consejo de alguien que conociera a los abogados correctos, y Robert pensaba que Isaac podía ser ese alguien, dado que sus años en la marina le habían dado contactos en lugares donde las personas respetables normalmente no los buscaban.
Llevaban media hora hablando cuando el ruido llegó desde el otro salón.
No era el ruido ordinario del club, el murmullo constante de conversaciones y el clic periódico de los vasos. Era más específico que eso: carcajadas de un grupo pequeño, el tipo de risa que tiene algo de crueldad en la base, y debajo de eso, palabras que Isaac no captó del todo la primera vez.
La segunda vez sí.
Su propio nombre. Claro, sin ninguna precaución.
Robert también lo oyó. Los dos se miraron.
— ¿Sabes quiénes son?
Isaac se puso de pie sin responder y cruzó el corredor entre los dos salones con el paso de alguien que ha tomado una decisión y no necesita anunciarla.
El grupo era de cuatro hombres. Tres de ellos Isaac los reconoció vagamente, el tipo de caras que uno ve en los bailes y en los clubs sin que lleguen a tener importancia.
El cuarto era el barón de Bexley, que estaba de espaldas a la puerta con la copa en la mano y la elocuencia específica de alguien que lleva tres bebidas de ventaja.
—El hombre tiene el peor gusto del mundo para las mujeres —decía—. La primera, una ambiciosa que ahora tiene la reputación que merece. Y la segunda, un esperpento que se ha mejorado algo en el vestir pero cuyo único atractivo es su fortuna.
Las carcajadas de los otros tres.
—Aunque hay que reconocerle algo —continuó Bexley, calentado por la audiencia—. Ha conseguido algo que ninguno de nosotros habría imaginado: meter a la esposa y a la amante bajo el mismo techo y que ninguna de las dos se marchara la primera semana.
Más risas. Una, más fuerte.
—Y hay que añadir que fue un buen samaritano. —Bexley adoptó el tono de quien está muy satisfecho consigo mismo—. Alguien tenía que quitarle la venda de los ojos a la pobre condesa.
El puñetazo llegó antes de que Bexley terminara la última sílaba.
No fue descontrolado ni torpe: fue el golpe preciso de alguien que sabe exactamente lo que hace con los puños, que aprendió en un barco de la marina donde la alternativa a saber hacerlo era no regresar.
Bexley fue al suelo con el ruido sordo de algo que no tenía alternativa, y cuando levantó la vista desde el suelo, la cara de Isaac estaba exactamente donde podía verla bien.
—Así que fuiste tú. —Cada palabra despacio, sin elevar la voz, que era más amenazante que cualquier grito—. Malnacido. No soportaste quedarte sin ella porque la querías para saldar tus deudas, y cuando no te la dieron, decidiste hacer el trabajo de otra manera.
Bexley se limpió la boca con el dorso de la mano. La sangre en el pañuelo blanco.
—No tengo la culpa de tus propios errores —dijo, con la rabia de alguien que está en el suelo y no tiene donde más caer—. Fuiste tú quien convirtió a tu mujer en la burla de toda la ciudad.
Isaac se abalanzó hacia él.
Robert lo agarró por los hombros con la solidez de alguien que ha hecho eso antes y sabe que hay que hacerlo rápido.
—Escúchame —dijo Isaac, inclinado sobre el barón con Robert todavía sujetándolo—.
Angustias no era mi amante. Era la viuda de mi padre, llegó a mi casa sin que yo lo pidiera y se marchó cuando le pedí que se fuera.
Eso es todo lo que ocurrió. Pero tú lo sabías y elegiste otra versión porque te convenía más.
— ¿Y están viviendo separados por pura coincidencia?
—Lo que pasa entre mi esposa y yo no es asunto tuyo. Y si vuelvo a escuchar tu nombre en relación con ella, con su reputación o con cualquier cosa que la afecte, no habrá una segunda conversación. —Se incorporó—. ¿Ha quedado claro?
Bexley no respondió. Uno de sus amigos se acercó para ayudarlo a levantarse.
Isaac se giró hacia el centro del salón. Las conversaciones alrededor habían cesado con la eficiencia de quien está prestando atención desde el principio y prefiere que no se noten.
—Si hay alguien aquí —dijo, con la voz que cubría todo el cuarto— que tenga algo que decir sobre mi esposa, la condesa de Beaufort, le pido que lo haga ahora. Así podemos resolver el asunto de inmediato. —Miró a su alrededor durante un momento—. No parece que nadie tenga nada que decir.
El silencio fue respuesta suficiente.
Recogió su abrigo. Le indicó a Robert con un gesto que se marchaban. Y salió de White's sin apresurarse, que era la única manera correcta de salir de un lugar cuando uno quiere que el mensaje sea definitivo.
Robert no dijo nada durante el primer tramo del camino de regreso a Grosvenor Square. Eso, en su experiencia, significaba que estaba organizando lo que tenía que decir.
—Has defendido su honor delante de todo el club —dijo al fin.
—Era lo menos que podía hacer.
—Sí. Pero el hecho de que lo hayas hecho, y de la manera en que lo has hecho, llegará a oídos de ella antes de que acabe la semana.
—Bien.
Robert lo miró de reojo.
— ¿Estás seguro de que sabes lo que quieres, Isaac?
—Más seguro que de cualquier otra cosa en mucho tiempo.
— ¿Y el plan de esta noche?
—Esta noche —dijo Isaac—, voy a buscar a mi esposa.
La noche de diciembre en Londres tenía esa oscuridad particular de las ciudades que no se apagan del todo: siempre hay una linterna encendida en algún lugar, siempre hay un carruaje tardío, siempre hay alguien que todavía no ha llegado a casa.
Isaac conocía esa oscuridad bien. También conocía la ventana del primer piso de la casa de Upper Brook Street que daba al árbol de fresno del jardín lateral, y sabía, porque lo había comprobado en otras ocasiones, que el pestillo estaba flojo en invierno.
Entró por la ventana con la agilidad silenciosa de un hombre que ha trepado aparejos de barco en temporal y no considera que una ventana de primera planta sea un desafío particular.
La habitación estaba en silencio. La única luz era la de las brasas de la chimenea, que daban al cuarto esa penumbra rojiza de final de noche, y en la cama Angustias dormía de lado, con el cabello extendido sobre la almohada y una mano abierta junto a su mejilla.
Él se quedó un momento mirándola desde el umbral de la ventana.
Luego cruzó el cuarto con cuidado y le tapó la boca con la mano antes de que ella pudiera despertar del todo.
Sus ojos se abrieron de golpe. La oscuridad, la mano, el peso de alguien sobre ella: el pánico llegó rápido y claro, y ella empezó a moverse con la fuerza de alguien que no está dispuesta a quedarse quieta.
Él le quitó la mano.
—Soy yo.
Ella lo miró. Luego lo miró mejor.
— ¿Estás loco?
—Probablemente. —Su voz era baja, casi divertida—. Pero necesito que vengas conmigo y si te suelto empezarás a decirme que no.
—Si me has despertado en mitad de la noche para hablar, podemos hablar aquí.
—No es para hablar.
Ella abrió la boca. Él puso una bufanda de lana suave entre sus manos, no atada, solo entregada.
—Confía en mí. Solo esta vez.
El silencio entre ellos duró lo que duran los silencios donde uno está decidiendo algo que no es pequeño.
—Si esto es otro malentendido —dijo ella—, me aseguraré de que lo sepas con claridad.
—No lo es.
Ella se incorporó en la cama.
El abrigo era de lana blanca con el cuello forrado de piel, y cuando él se lo puso sobre los hombros en el vestíbulo de la casa, ella lo miró como si fuera un objeto de otra especie.
— ¿De dónde salió esto?
—Lo encargué hace tiempo. Tardó más de lo que esperaba.
Era de su talla exacta. Eso decía algo sobre la atención con que había sido elegido.
El mayordomo esperaba junto a la puerta con la expresión de alguien que ha sido puesto al tanto del plan y ha decidido que su participación es la más emocionante de su carrera. Angustias lo miró.
— ¿Jenkins también está en esto?
—Jenkins ha resultado ser un aliado de recursos inesperados.
El mayordomo hizo una inclinación que tenía demasiada dignidad para la situación, y abrió la puerta.
El carruaje esperaba afuera. No el carruaje habitual de los Beaufort, sino uno más pequeño, sin escudos en la puerta, con el cochero bien abrigado en el pescante y una manta de piel de oso extendida sobre el interior del asiento.
Angustias subió. Isaac subió detrás de ella.
El carruaje avanzó por las calles de Londres en la madrugada, con las linternas de gas reflejándose en los adoquines húmedos de niebla.
Ella miraba por la ventana, viendo pasar Mayfair, luego los bordes de Hyde Park, luego el campo que empezaba donde terminaba la ciudad, sin preguntar dónde iban porque había decidido que iba a dejar de preguntar por esta noche.