Capítulo 9 #3
— ¿Y cómo piensan ir a París juntos? —contraatacó—. ¿No te lo ha dicho? Que nos encontraremos allá.
Esta vez el golpe llegó más hondo. Pero Angustias había aprendido, en los últimos meses, que los golpes más hondos son los que menos se pueden mostrar.
—Que vayan donde les dé la gana. Si él elige eso, se lo merece completamente.
La mano de Isabella se levantó. Rápida, con la intención clara de alguien que ha perdido el control antes de darse cuenta de que lo ha perdido.
Angustias le detuvo la muñeca en el aire.
—Golpéame —dijo, con calma que era más amenazante que cualquier grito—, y el escándalo que te parecía útil se vuelve contra ti. No me importa quién lo escuche.
El brazo de Isabella bajó.
—Eres una maldita poca cosa —dijo, con el veneno de alguien que ha disparado su último cartucho y lo sabe.
—Puede ser. Pero soy la condesa de Beaufort. Y tú eres la viuda de mi suegro que se marcha a París. —La soltó—. Ten buen viaje.
Isabella recogió su bolso. Dio instrucciones a la dependienta sobre el envío de sus paquetes al hotel con la frialdad de quien finge que nada ha pasado, y salió sin mirar atrás.
Angustias se quedó de pie en el saloncito de la señora Hartley, con las manos quietas a los costados y la dependienta mirándola con la expresión de alguien que ha decidido que no ha visto nada.
—El vestido, milady —dijo la señora Hartley, con la profesionalidad de quien sabe cuándo es el momento de seguir adelante.
—Sí. —Angustias soltó el aire que no sabía que había estado reteniendo—. El vestido.
Cuando el mayordomo le anunció esa tarde que su esposo esperaba abajo, ella ya lo sabía. No porque lo hubiera presentido, sino porque ese día había tenido demasiadas cosas para una sola tarde y faltaba este.
Bajó las escaleras por segunda vez en el día con la expresión de alguien que ha tomado demasiadas decisiones y tiene energía para una más.
Isaac estaba en el salón pequeño, el de la chimenea azul y los sillones de cuero, el mismo donde él la había tomado de la mano aquella primera vez. Ella lo notó y prefirió no pensar en eso.
—Me dijiste un día —empezó ella, antes de que él pudiera hablar.
Él esperó.
—Me dijiste un día que dentro de esta casa me respetarías. Que no me humillarías.
—Lo dije. —Sus manos sobre los muslos, quietas—. Y no lo cumplí. Eso no tiene excusa.
—No la tiene.
—No la tiene —repitió—. Pero necesito que sepas que lo que Isabella y yo tuvimos terminó antes de que tú aparecieras en mi vida. Y que desde que nos casamos no ha habido nadie más. Eso no justifica nada de lo que hice, pero es la verdad.
Ella lo miró durante un momento largo.
— ¿Por qué irte sin decirme nada? Esa mañana, cuando te fuiste de la finca sin una nota. ¿Por qué?
Él bajó la vista un momento. La levantó.
—Porque tenía vergüenza. —Lo dijo sin rodeos—. Y no sabía qué decirte que pudiera cambiar algo de lo que ya había pasado.
—Nada lo cambiaba. Pero una nota habría sido menos cruel que el silencio.
—Sí. Tienes razón.
El fuego de la chimenea crepitaba. Afuera el viento movía las ramas de los árboles de Upper Brook Street con ese sonido sordo del diciembre londinense que uno aprende a conocer sin quererlo.
— ¿Qué quieres de mí ahora? —preguntó ella.
—Un día. —Lo mismo que le había dicho en el vestíbulo—. Mañana. Quiero mostrarte algo, y después decides.
— ¿Qué es lo que quieres mostrarme?
—Si te lo digo, ya no es una sorpresa. Y esta es la única cosa que tengo que ofrecerte que no puedo estropear con las palabras.
Angustias lo miró. Miró el fuego. Volvió a mirarlo.
— No me estás dejando muchas opciones.
—No. —La primera vez que sonrió desde que entró—. Estoy aprendiendo de mis errores.
No era suficiente. Ella lo sabía y él también, y esa conciencia compartida era, de alguna manera, más honesta que cualquier promesa que pudiera hacerle.
Pero un día era un día.
—Mañana —dijo ella.
—Mañana. —Él se puso de pie—. ¿A las diez?
—A las diez.
Se quedaron de pie frente a frente un momento, con el fuego entre ellos y el peso de todo lo que no se había dicho todavía ocupando el espacio que había entre sus palabras. Él hizo el movimiento de extender la mano, un gesto a medio camino entre tomársela y no hacerlo, y luego lo dejó caer.
Era demasiado pronto para eso. Los dos lo sabían.
—Buenas noches, Angustias.
—Buenas noches.
Lo vio cruzar el salón y salir, y escuchó sus pasos en el vestíbulo y luego el sonido de la puerta principal cerrándose con la precisión contenida de alguien que tiene cuidado con las cosas.
Se quedó mirando el fuego durante un rato que no midió.
Un día, pensó. Un día no es nada.
Y luego pensó: Pero es más de lo que tenía esta mañana.
Se levantó. Apagó las velas. Subió las escaleras con el mismo paso cansado de siempre, y cuando llegó a su habitación y se sentó frente al tocador, encontró el collar de perlas exactamente donde lo había dejado esa mañana, a medio limpiar, con el paño todavía junto a él.
Lo recogió. Lo terminó.
Era una cosa pequeña y tangible en un día que había tenido demasiadas cosas intangibles, y eso, esta noche, tenía que ser suficiente.