Los Pecados Del Conde (Serie "A La Caza De Un Noble" nº 2) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

El vestíbulo de la casa de Upper Brook Street olía a la cera de abeja de siempre y al frío que entraba por debajo de la puerta principal.

Isaac estaba de pie junto a la ventana, con el sombrero en la mano y la expresión de alguien que ha tenido media hora para preparar lo que va a decir y no está seguro de que haya sido suficiente.

Se giró al oírla bajar.

—Angustias.

—Isaac. —Sin el calor de antes, sin la distancia de las últimas semanas: algo nuevo, más plano, que era en realidad más difícil de manejar que cualquiera de las dos—. Creo que lo mejor es que te vayas. —lo dijo sin mirarlo—. ¿Por qué no vuelves con ella?

Él parpadeó.

— ¿Con quién?

—Con Isabella. Con tu amante.

—Isabella no es mi amante. —Cada palabra despacio, con el peso de quien quiere que le crean y sabe que no tiene derecho a exigirlo—. No lo ha sido desde antes de que te conociera. Y si alguien te ha dicho lo contrario, miente.

— ¿Y cómo voy a saberlo?

—Porque te lo digo yo. Y porque viste muy bien cómo se fue de la casa porque yo se lo ordené.

—La palabra del mayor libertino de Londres, no tiene mucho valor. —dijo no con crueldad, sino con el cansancio específico de alguien que lleva semanas protegiendo algo que ya no sabe si tiene sentido proteger—. No sé si eso es suficiente.

Él cruzó el vestíbulo hacia ella. Ella no retrocedió.

—Desde que me casé contigo —dijo, más bajo—, no hubo otra mujer. No porque no hubiera oportunidad. Sino porque ninguna tenía tu cara, tu voz, la manera en que me miras cuando dices algo que sabes que me va a molestar pero lo dices de todas formas porque es verdad. Ninguna encendía nada en mí.

— ¿Y se supone que eso lo cambia todo?

—No. —Directo—. Se supone que es la verdad. Que hagas algo con ella es tu decisión.

Ella lo miraba. Sus ojos verdes tenían esa expresión que él ya conocía: la de alguien que está procesando demasiadas cosas al mismo tiempo y necesita que la dejen hacerlo en paz.

— ¿Por qué no me dijiste quién era Isabella desde el principio?

—Porque pensé que si lo sabías te ibas a marchar.

—Y ahora quiero marcharme de todas formas.

—Lo sé. —Sus manos a los costados, sin acercarse más—. Pero te pido que no lo hagas todavía. No hoy.

Ella apretó los labios. Los soltó.

— ¿Qué quieres decir?

—Que hay algo que quiero mostrarte. Mañana. Y si después de verlo decides que esto ya no tiene remedio, lo acepto. Pero dame mañana.

El silencio que siguió tenía la tensión de las cosas que están a punto de ir para un lado o para el otro.

—Un día —dijo ella, al fin.

Él asintió. Solo eso.

Pero antes de ese mañana, hubo la tarde de la modista.

Angustias fue porque necesitaba salir de la casa y porque el vestido para el evento de Sonia necesitaba un último ajuste, y porque la alternativa era quedarse sentada limpiando collares hasta que llegara la noche, lo cual no iba a hacerle bien a nadie.

El establecimiento de la señora Hartley en Bond Street era uno de esos lugares donde el orden y la discreción eran tan importantes como la calidad de las telas, y donde las clientas aprendían pronto que los secretos que se contaban dentro de sus paredes generalmente no sobrevivían a la semana.

Era, en otras palabras, exactamente el peor lugar posible para encontrarse con Isabella.

Pero Isabella estaba ahí.

De pie frente a la estantería de telas de seda, con el aspecto de alguien que está seleccionando su ajuar para un viaje y no tiene ningún problema en que todo el mundo lo sepa.

Cuando vio a Angustias, sus ojos se iluminaron con esa luz específica que tienen las personas cuando el destino les da exactamente lo que necesitaban.

—Lady Beaufort. —El título con la delicadeza de un cuchillo bien afilado.

—Isabella. —Sin título, sin calificativo. Solo el nombre.

La señora Hartley apareció desde atrás del mostrador con la eficiencia entrenada de quien reconoce el problema antes de que tome forma.

—Lady Beaufort, si me permite, tenemos su vestido listo en el saloncito privado. ¿Quiere seguirme?

—Con mucho gusto. —Angustias siguió a la modista sin mirar atrás.

Isabella fue detrás de ellas.

—Tengo algunas cosas que decirte —dijo, con la tranquilidad de quien ha decidido que ya no tiene nada que perder y eso es una forma de libertad—. Me imagino que no querrás que las diga aquí afuera.

Angustias se detuvo. Se giró.

—Di lo que tengas que decir y vete. No tengo tiempo para tu parloteo.

El rostro de Isabella se abrió en una sonrisa que no tenía nada de amable.

—Mira quién mostró por fin los dientes. —Una pausa—. Lástima que sea demasiado tarde. Isaac estuvo conmigo esta semana.

El estómago de ella se contrajo. Lo disimuló con la misma eficiencia con que había aprendido a disimular otras cosas en los últimos meses.

—Si lo hizo, se merecen el uno al otro. —Perfectamente tranquila—. Y yo no tengo nada que hacer perdiendo mi tiempo con un hombre así.

— ¿Te separarás? —Isabella lo dijo con el tono de quien ofrece un regalo—. Hazlo. Aunque eso te arruinaría socialmente, claro.

—Te equivocas. —Dio un paso hacia ella—.

Soy una mujer con medios propios y una familia que tiene los recursos para hacer que la vida de cualquier persona que me haya dañado resulte considerablemente más difícil.

—Una pausa—. Y tú mejor que nadie sabes lo que una mujer que ha sido herida es capaz de hacer cuando decide actuar.

Isabella dejó de sonreír.