Capítulo 9
La mañana llegó sin él.
Angustias lo comprendió antes de abrir los ojos, con ese instinto particular que uno desarrolla cuando ha aprendido a leer los silencios de una casa: el silencio de esa mañana era distinto del de las anteriores.
Más grande. Cuando Juliette entró con el café y la expresión de alguien que tiene información difícil y no sabe bien cómo empezar, ella ya sabía lo que venía.
—Milady. —La doncella dejó la bandeja en la mesilla con más cuidado del necesario—. Su señoría partió muy temprano hacia la casa de campo. Y la señora Isabella también se marchó. Bastante apresurada, si me permite decirlo. Dejó dicho que mandaría a buscar lo que le falta.
— ¿A qué hora se fue él?
—Antes del amanecer, milady.
Angustias miró el techo.
El café olía bien. Eso era lo único que podía decirse con certeza de esa mañana: que el café olía bien y que afuera el cielo de diciembre tenía su color habitual de gris permanente, y que su esposo se había ido sin una nota, sin una palabra, en la oscuridad anterior al amanecer como alguien que huye de algo o que simplemente no tiene nada que decir.
— ¿Necesita algo más, milady?
—No. Gracias, Juliette.
Cuando la doncella salió, ella se incorporó y se quedó sentada en el borde de la cama con la taza entre las manos. El calor del café le llegaba a los dedos, y pensó que era irónico que eso fuera lo más cálido que iba a encontrar esa mañana.
Cuánta razón tuve en temerle al amor.
Lo pensó con la claridad fría de alguien que ha llegado a una conclusión a la que no quería llegar, y que precisamente por eso es la única conclusión posible.
En la finca de Essex, Isaac llevaba más de dos semanas siendo un hombre que prefería la compañía de su caballo a la de cualquier persona.
Los campos en diciembre eran exactamente lo que uno necesitaba cuando quería sentirse insignificante: vastos, pelados, con ese viento que bajaba de los páramos del norte y no pedía permiso para meterse en los huesos.
Azabache lo llevaba por los mismos senderos de siempre con la paciencia de un animal que ha aprendido que su jinete a veces monta sin destino, y eso también era una forma de ir a algún lado.
Todo le recordaba a ella. Eso era lo que no había previsto: que la finca que había sido suya durante años pudiera reorganizarse en torno a una persona en tan poco tiempo.
El invernadero, donde la había visto cortar flores con esa concentración que ponía en las cosas pequeñas.
El potrero, donde había aprendido a montar con más determinación que gracia y había llegado a ser buena sin que ninguno de los dos lo señalara.
El estudio, donde había entrado a robarle un libro y se había quedado dormida contra su hombro en el sillón.
Debí sincerarme con ella desde el principio.
Lo había pensado ya veinte veces y seguía sin cambiar nada, que era el problema específico del arrepentimiento: que no tiene efecto retroactivo.
Detuvo el caballo en la loma alta desde donde se veía el lago.
El agua reflejaba el cielo gris con la misma fidelidad de siempre, sin importarle el estado de ánimo de nadie, y esa indiferencia le resultó extrañamente reconfortante.
Se quedó ahí un rato, con el viento y los caballos y los árboles, y llegó a una conclusión que llevaba dos semanas evitando llegar.
No era un cobarde. Podían acusarle de muchas cosas, pero no de eso.
Y lo que quería estaba en Londres.
Volvió al establo, le entregó las riendas al mozo, y mandó a que prepararan el carruaje.
Robert lo recibió en el estudio de Grosvenor Square con la expresión de alguien que ya sabe lo que viene y ha decidido escuchar antes de opinar. Sonia lo recibió con la expresión de alguien que también sabe lo que viene y ha decidido no escuchar en silencio.
—Pareces diez años más viejo —dijo Robert, que era su amigo y se lo podía decir.
—Me lo merezco, probablemente. —Se sentó frente a la chimenea sin que nadie se lo ofreciera—. Necesito que me ayudes.
—Ya lo sé. Por eso te dejé entrar.
Le contó. No todo al mismo tiempo, sino en el orden en que él mismo lo había ido entendiendo: Isabella, la noche de la medianoche, lo que le había dicho a Angustias en el calor de la ira, el silencio de dos semanas que él había elegido y que ahora no sabía cómo romper.
Lo contó sin adornos, con la incomodidad de alguien que no está acostumbrado a este tipo de confesiones y lo hace de todas formas porque no le queda otra opción.
Robert escuchó sin interrumpirlo.
—Desde que la conocí —dijo Isaac al final, con los ojos en el fuego—, no pude volver a ser el de antes. Y eso no lo entendí hasta que dejé de tenerla.
— ¿Y cuánto tiempo tardaste en entenderlo?
—Demasiado.
—Sí. —Robert bebió su brandy—. Los hombres somos así.
A mí me pasó lo mismo con Sonia. Ella quería que fuera abierto con mis sentimientos y yo no sé hacer eso sin que me cueste trabajo, así que ella pensó que no la amaba y casi la pierdo.
El problema no es que seas torpe con las emociones.
El problema es que llevas semanas siéndolo y no has hecho nada al respecto.
—Ella no quiere verme. Le escribo y no responde. He ido a lugares donde sé que estará y me trata como si fuera transparente.
— ¿Y qué esperabas? —Robert lo miró con la franqueza afectuosa de alguien que lleva años siendo amigo de alguien y se ha ganado el derecho a la honestidad—.
La metiste en una casa con la mujer que le rompió el corazón a su esposo hace veinte años, sin decirle quién era.
La dejaste allí durante semanas. Y cuando explotó, le dijiste cosas que no debiste decir.
¿Cuántas cartas razonables crees que merece eso?
Isaac no respondió.
—Quédate a cenar —dijo Robert.
—Tu esposa me matará.
—Probablemente. Pero después te ayudará.
La cena fue exactamente lo que Isaac había esperado: Sonia lo miró con la expresión de quien ha decidido darle una oportunidad a alguien y no ha terminado de convencerse.
Tomaron la sopa mientras ella lo observaba con la cortesía correcta y la expresión incorrecta, y durante el primer plato habló del tiempo, del Parlamento y de la última producción en el Teatro del Rey, que eran temas que ninguno de los tres tenía ningún interés en discutir esa noche.
Cuando llegó el asado y Robert se levantó con la excusa de verificar algo con el mayordomo, que ninguno de los tres creyó, el silencio entre Isaac y Sonia adquirió una calidad más directa.
Ella dejó el tenedor sobre el plato.
—Cuéntame exactamente cuánto la has hecho sufrir.
— ¿Quieres una lista?
—Si fuera necesario, sí.
Él la miró. Sonia Ashford, marquesa de Willmington, no era una mujer intimidable, y él lo sabía desde hacía años. Tampoco era una mujer cruel. Era simplemente alguien que quería a su amiga y que en este momento tenía todo el poder de la situación y lo sabía.
—Bastante. —fue directo—. Dejé que Isabella viviera bajo su techo sin decirle quién era.
La ignoré durante semanas porque me daba miedo lo que sentía por ella.
Le dije cosas que no debí decirle cuando estaba furioso.
Y luego me fui sin dar explicaciones porque me dio vergüenza quedarme.
Si te sirve de algo, ninguna de esas cosas fue intencional.
Pero entiendo que eso no cambia el resultado.
Sonia lo miró durante un momento largo.
—Angustias no es una mujer que guarda rencor. Pero sí es una mujer que entrega todo cuando entrega algo, y que cuando se lo pierden no sabe si puede volver a hacerlo. El problema no es si te perdona. El problema es si puede volver a confiar en ti.
— ¿Y puedo ganarme esa confianza?
—No lo sé. Depende de ti, no de mí. —Una pausa—. Pero sé lo que necesitaría ver para empezar a creer que vale la pena intentarlo.
—Dímelo.
—Ella lleva meses hablando del proyecto de la escuela.
De visitar el edificio, de llevar a algunas de las mujeres de los arrendatarios de Essex para que conozcan el programa, de ver cómo va lo que ayudó a construir desde el principio.
Y nunca ha podido hacerlo porque entre una cosa y otra, siempre hubo algo que se lo impidió.
—Sonia lo miró con la precisión de alguien que sabe exactamente dónde apuntar—.
Si un hombre se tomara el trabajo de recordar lo que una mujer ha querido hacer, y lo hiciera posible sin que ella lo pidiera, eso diría más que cualquier carta o cualquier disculpa.
— ¿Puedes ayudarme a organizarlo?
—Eso depende de si me convences de que lo mereces.
—No lo merezco. —Sin vacilar—. Pero voy a intentarlo de todas formas, y eso es lo único que puedo ofrecerte en este momento.
Sonia consideró eso durante un segundo más de lo estrictamente necesario. Luego recogió el tenedor.
—Muy bien. Escucha con atención. Y no me interrumpas.
Robert, que había regresado en silencio y estaba en el umbral del comedor con la copa en la mano, los miró a los dos y tuvo la sabiduría de seguir de pie donde estaba hasta que Sonia terminara de hablar.
*****
Angustias estaba limpiando un collar de perlas en el tocador de su habitación, con la concentración deliberada de alguien que necesita tener las manos ocupadas mientras la cabeza hace otras cosas, cuando Juliette le informó que había llegado Isaac y que había dicho que se quedaría en el vestíbulo hasta que lo recibiera.
Dejó el collar sobre el tocador. Lo recogió. Lo volvió a dejar.
—Dile que no estoy disponible.
—Milady. —Juliette tenía la expresión de quien ya ha dado ese mensaje una vez y no terminó bien—. He intentado decírselo. Él ha respondido que puede esperar todo el tiempo que haga falta.
—Entonces que espere.
Esperó media hora, que era más de lo que su compostura podía sostener de manera cómoda, y luego bajó con la resolución de alguien que ha decidido que es más fácil enfrentar las cosas que evitarlas indefinidamente.