Los Pecados Del Conde (Serie "A La Caza De Un Noble" nº 2) Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

—Sabía que vendrías. —Lo dijo sin girarse—. Aunque no esperaba tan pronto.

—No vine a hablar. —Cruzó el cuarto hasta la ventana, se quedó de espaldas a ella—. Vine a decirte que mañana a primera hora quiero que estés fuera de esta casa.

El silencio que siguió fue el tipo de silencio que tiene bordes.

— ¿La pequeña americana te ha dado órdenes? —Se giró en el taburete—. Isaac.

—No me llames así.

—Siempre te he llamado así.

—Ya no tienes ese derecho. —Se giró hacia ella con las manos en los bolsillos, que era el gesto que hacía cuando quería tener las manos lejos de cualquier cosa que pudiera romper—.

Todo lo que hubo entre nosotros terminó antes de que yo me casara.

Y si no ha quedado suficientemente claro hasta ahora, te lo digo claramente esta noche: no va a volver a empezar.

No me importa lo que amenaces con decirle a Angustias o a quién más.

Cuida lo que haces, Bell, porque la persona a quien más vas a perjudicar eres tú.

Isabella se levantó del taburete. En el camisón de seda, con el cabello suelto y los ojos ámbar brillando con algo que era mitad furia y mitad otra cosa más vieja que la furia, era exactamente el tipo de imagen que diez años antes lo habría tenido en la palma de su mano.

Él lo sabía. Ella lo sabía también, y eso era exactamente lo que la hacía peligrosa.

—No puedes pretender que lo que hubo entre nosotros no existió.

—No lo pretendo. Existió. Y terminó. —Directo—. Lo que tengo ahora es mejor que lo que tuvimos, y esa es la diferencia entre las dos cosas que no puedes entender porque nunca le has dado a nadie lo suficiente para recibir algo de verdad a cambio.

Ella abrió la boca. La cerró.

—Mañana a primera hora —repitió él—. Haré que Jenkins te consiga un carruaje.

Salió sin esperar respuesta.

El corredor estaba frío, y los cuadros de caza que decoraban las paredes lo miraban con la indiferencia pintada de los zorros y los perros y los caballeros que no tenían ningún interés en los asuntos humanos.

Llegó a la puerta de la habitación de Angustias.

La luz por debajo de la puerta le dijo que todavía estaba despierta.

Levantó la mano para llamar.

La bajó.

Había cosas que no se decían en una puerta a medianoche aunque fueran verdad, y lo que quería decirle no iba a caer bien en ese umbral ni en ese momento. Tendría que esperar a que las palabras tuvieran el espacio que merecían.

Siguió por el corredor hasta su propia habitación, que olía a cedro y a la vela que había dejado encendida en la mesilla, y se sentó en el borde de la cama y miró sus manos durante un tiempo que no midió.

Eres la mujer más extraordinaria que he conocido, le había dicho esa noche en el jardín.

Y era verdad. Eso era lo que le resultaba más difícil de manejar: que era absolutamente verdad.

A la mañana siguiente, Isabella se fue.

Angustias lo supo por el ruido del carruaje en el patio al amanecer, antes de que Juliette llegara con el café.

Se levantó y se asomó a la ventana lo suficiente para ver el techo del vehículo alejarse por el camino de los robles, con la certeza fría de la mañana de invierno en la cara y algo que no era exactamente alivio sino más bien el fin de algo que había ocupado demasiado espacio.

Isaac estaba en el comedor cuando ella bajó.

Se puso de pie al verla entrar, como hacía siempre, ese gesto automático de cortesía que ella había aprendido a distinguir de los que hacía de verdad.

—Se fue —dijo él.

—Ya lo sé. La oí.

Se sirvió café sin mirarlo. El silencio entre ellos era diferente del de las semanas anteriores: todavía tenía tensión, pero era una tensión distinta, más honesta, la de dos personas que han dicho cosas que no pueden retirarse y tienen que decidir qué hacer con ellas.

—Angustias.

Ella levantó la taza.

—Sé que debo explicarte más de lo que te dije anoche. —Sus manos sobre la mesa, quietas—. Y que una explicación no deshace el daño de que no te lo dijera antes. Pero quiero que sepas que lo que hay entre Isabella y yo es historia. Nada más.

Ella lo miró.

—Lo creo. Lo que no creo es que debas ser tú quien decida qué sé y qué no sobre las cosas que me afectan directamente.

—Tienes razón.

—Sí. —Dejó la taza—. La tengo.

Él asintió, con la expresión de alguien que acepta un golpe que sabe que ha merecido y no busca reducirlo.

— ¿Qué necesitas de mí ahora? —preguntó.

Era una pregunta distinta de las que solía hacerle. No qué quieres ni qué esperabas, sino qué necesitas, y la diferencia entre las tres cosas era lo suficientemente grande como para que ella la notara.

Se quedó pensando un momento.

—Que seas honesto —dijo al fin—. Conmigo y contigo mismo. Es lo único que te pido.

Él la miró desde el otro lado de la mesa, con el café enfriándose entre los dos y la luz de la mañana de diciembre entrando por las ventanas del comedor con la claridad fría y directa de las cosas que no tienen adornos.

—Puedo hacer eso —dijo.

Y era la primera vez en mucho tiempo que Angustias lo escuchaba decir algo así y le creía sin reservas.