Los Pecados Del Conde (Serie "A La Caza De Un Noble" nº 2) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—Lo sé de una fuente de toda confianza. —Sonia tomó su mano—.

—Dicen que fue un golpe duro para él y por eso decidió irse lejos y vivir unos años en la India, pero se reclutó en la naval y eso lo tuvo más tiempo del que esperaba lejos de aquí.

Solo volvió cuando su padre murió porque le exigían reclamar el título y dejar su servicio en la naval, ya que es hijo único.

Cuando él llegó y se vio con ella, algunos dicen que nuevamente se volvieron amantes y que lo mantenían muy en secreto, pero que él no la amaba, solo saciaba su deseo por ella y cuando se aburrió, la dejó para estar con otras mujeres y de esa manera hacerla sufrir.

Aunque ella se encargó de echarle a perder todas sus relaciones de alguna forma.

—No puede ser posible—pensó con tristeza en todas esas mujeres con el corazón roto, gracias a lo que esa mujer le había hecho a Isaac.

—Cuando él se interesó en ti, yo quedé sorprendida por el hecho de que ella no se interpusiera. Aunque ella estaba en París, una amiga me contó que cuando se enteró ardió Troya, pero ya era demasiado tarde. Creo que por eso ella interfiere en tus cosas y en tu matrimonio ahora.

Angustias miraba la taza de té sin verla.

El hombre al que le contó de su corazón roto. El hombre que le dijo que había aprendido a no poner el corazón en ningún lugar. La mujer que había hecho eso era la misma que en ese momento estaba en su casa, dando órdenes en su cocina y mirando a su esposo como si tuviera derecho a mirarlo así.

Angustias ya no escuchaba más lo que su amiga le decía.

Con lágrimas en los ojos, solo pensaba en la traición de Isaac.

Él le había prometido respetarla dentro de su hogar y darle su lugar.

Ese detalle tan pequeño, no pudo cumplirlo.

¿Cómo pudo meter a esa mujer en su casa?

Si ella estaba allí y su esposo era tan débil con ella, no creía que no se hubieran acostado al menos una vez, y si ese era el caso, solo podía preguntarse una y otra vez ¿Cómo fue capaz de meter a su amante y a su esposa bajo el mismo techo?

No podía confiar en un hombre que iba detrás de cualquier mujer que se le pasara por delante.

Al principio fue más fácil porque no lo quería, pero en contra de los deseos de su cabeza, su corazón se había enamorado de él.

No podía hacerse la de la vista gorda por sus andanzas, ni dejar de sentir rabia por el papel de estúpida que estaba haciendo frente a todos los que la conocían.

—Debería habérmelo dicho. —Lo dijo en voz baja.

—Sí. Debería. —Sonia apretó su mano—. Pero los hombres como Isaac no suelen saber cómo decir las cosas que les cuesta. Y eso no lo excusa, pero ayuda a entenderlo.

—No me parece suficiente.

—No tiene por qué parecértelo.

Angustias dejó la taza sobre la mesa.

—Esa mujer está en mi casa porque él la dejó estar. Me prometió que dentro de ese hogar me respetaría. Que no me humillaría.

—Lo sé.

—Y la ha dejado humillarme durante semanas.

—Lo sé, querida.

Se quedaron en silencio un momento. Afuera, la tarde de Londres terminaba de oscurecerse con la puntualidad gris de diciembre.

—Pues no lo va a conseguir —dijo Angustias, con una calma que era diferente de la anterior: más fría, más centrada—. Él es mi esposo y ella no supo valorarlo cuando podía. Eso no es mi problema. Pero su presencia en mi casa sí lo es.

Sonia la miró con algo que era entre orgullo y preocupación.

— ¿Qué vas a hacer?

—Todavía no lo sé. Pero esta noche, cuando llegue a casa, voy a dejar de ser tan amable.

El cochero dio cuatro vueltas innecesarias por las calles del West End antes de que ella le dijera que volviera directo a la finca, y durante esas cuatro vueltas Angustias miró el Londres nocturno por la ventana y puso en orden lo que sabía y lo que iba a hacer con ello.

Llegó pasadas las diez.

El mayordomo la recibió en la entrada con la expresión de alguien que tiene información y no sabe si compartirla, lo cual en su experiencia significaba que había algo que él pensaba que debería saber. Lo miró con una pregunta en los ojos y él inclinó levemente la cabeza hacia el estudio.

—El señor conde está en el estudio, milady. Con la señora.

Ella fue directamente allí.

No llamó. Empujó la puerta.

Lo que vio fue esto: Isaac de pie junto al escritorio, e Isabella pegada a él con las manos en su pecho y la boca a centímetros de la suya, buscándolo con la urgencia de alguien que lleva semanas esperando ese momento.

Él tenía las manos en sus brazos, y por la postura de sus hombros resultaba imposible saber si la estaba alejando o simplemente no la había alejado todavía.

En el segundo en que abrió la puerta, Isaac la vio.

Algo cruzó por su expresión que no era culpa sino algo peor: el reconocimiento de que este momento era exactamente lo que no debía haber ocurrido, y que había ocurrido de todas formas.

Isabella se giró despacio. Y sonrió.

Isaac salió a su encuentro—No es lo que piensas.

— ¿Ah no?—lágrimas traicioneras brotaban de sus ojos.

Él con cara de pocos amigos la tomó del brazo— ¿sabes la hora que es? Estaba preocupado por ti.

—Sí, se notaba cuando abrí la puerta—lo asesinó con la mirada— Y sé muy bien la hora que es.

—Estas no son horas de llegar para una dama decente.

Ella sonrió con sarcasmo — ¿Quién eres tú, para hablarme sobre la decencia?—le dijo perdiendo la paciencia, sin importarle que allí estuviera el mayordomo detrás de ella presenciándolo todo.

—Soy tu esposo, Angustias y no permitiré que me hables así.

—Si quieres que te hable de otra forma, compórtate como mi esposo de verdad.

Mañana mismo quiero irme a la casa de campo.

No me quedaré aquí para ver cómo te revuelcas con tu amante y pretendes que yo me haga la de la vista gorda—salió de allí para alistar sus cosas.

No esperaba que él subiera molesto tras ella—Isabella no es mi amante y definitivamente no lo será.

Otra cosa que quiero que te metas en la cabeza, es que no te irás a ningún lado.

—Me voy te guste o no.

—Ya es hora de que aprendas que no puedes hacer lo que quieras cuando estás casada.

—Yo llegué a hacer un trato con usted, señor.

—Lo hizo, señora, pero en ningún momento hablamos de qué harías lo que te diera la gana.

—Se daba por hecho que si usted iba a hacer lo que le diera la gana, yo también. Usted dijo que ninguno de los dos se metería en los asuntos del otro. Es usted el peor hombre que he conocido en mi vida, ninguna mujer querría casarse con alguien así.

A él le dolieron sus palabras, aunque sabía que eran ciertas.

Ninguna mujer querría estar con alguien como él; un hombre frío, que solo veía a las mujeres como algo para satisfacer su deseo momentáneo y listo.

No había amor en su corazón para darle a nadie, hasta que la conoció a ella y comenzó a pensar que tal vez todo podía ser distinto.

Pero todo eso no evitaba que sintiera ganas de herirla de la misma forma por solo decirlo—Pienso lo mismo de usted, señora.

Somos la pareja perfecta, porque jamàs observé filas de pretendientes esperando fuera de su casa para verla o pedirle matrimonio, y el único que se interesó, fue por su dote.

Ella palideció ante sus palabras crueles—Por favor…

solo salga de mi cuarto—le dijo casi al borde las lágrimas.

Ahora si veía la verdadera cara de Isaac y se arrepentía de haber confiado en él, de haber pensado que las cosas podrían mejorar entre ellos—tendrá que amarrarme a la cama o matarme si quiere que me quede.

Mañana mismo parto lejos de aquí y no será a la casa de campo.

Creo que lo mejor es que cada uno tome bastante distancia del otro.

Él estaba apenado por las palabras que acababan de salir de su boca.

Angustias no la merecía. Si había un ser más bueno y paciente con él, era ella.

Le dolía ver su tristeza y la falta de brillo que tenían a hora sus ojos al mirarlo—Esta es tu casa y si hay alguien que tiene que irse, seré yo—fue todo lo que pudo decirle.

Ella lo miró confundida— ¿Porque harías eso?

—Porque todo ha sido culpa mía y este malentendido va a terminar en este mismo momento—salió de la habitación sin decir nada más.

Angustias se quedó en el centro de su habitación, sola, con las manos sueltas a los costados y la ventana mostrando el jardín oscuro de diciembre.

El enojo seguía ahí, real e intacto, pero debajo de él había algo más que ella no había esperado encontrar: la certeza de que él había salido a hacer lo que ella le había pedido, y que eso era diferente de todo lo que había hecho hasta ahora.

No es suficiente, pensó.

Y luego pensó: Pero es un comienzo.

*****

El corredor del ala de invitados estaba en silencio cuando Isaac llegó a la puerta de Isabella.

No llamó. Entró.

Ella estaba sentada en el tocador, con el cabello suelto y la expresión de alguien que esperaba esta visita y tiene la postura preparada para ella. Cuando lo vio en el espejo, el gesto de satisfacción que cruzó por su rostro fue suficiente para confirmarle todo lo que ya sabía.