Capítulo 8
La medianoche en la finca de Essex tenía su propio silencio.
No el silencio vacío de los cuartos cerrados, sino el silencio lleno de cosas: el viento en los árboles del jardín, el crujido periódico de la madera de la casa acomodándose en el frío, la respiración de Angustias que dormía con la cabeza en su pecho y los dedos sueltos sobre la tela de la sábana.
Isaac la había estado mirando durante un tiempo que no supo cuánto duró, con la sensación específica de alguien que tiene algo bueno entre las manos y no sabe bien cómo sostenerlo sin apretarlo demasiado.
Fue el movimiento lo que lo alertó.
Un ruido pequeño, casi imperceptible, que no era el viento ni la madera. Se incorporó despacio para no despertar a su esposa, y la figura que emergía de la oscuridad del rincón junto al armario le produjo una descarga de furia tan inmediata que tuvo que apretar la mandíbula para no hacer ruido.
Isabella.
De pie junto al armario, en su camisón de seda, observándolos con los ojos de alguien que lleva ahí más tiempo del que debería. Su expresión en la oscuridad era imposible de leer, pero el gesto en sí mismo lo decía todo.
Se levantó de la cama con la misma cuidadosa lentitud y cruzó el cuarto hasta donde ella estaba, tomándola del brazo con la presión mínima necesaria para dejarle claro que no era opcional moverse.
— ¿Qué haces aquí? —Lo dijo en un susurro que era más peligroso que cualquier elevación de voz.
—Solo quería verlos. —Lo dijo sin vergüenza, con la calma de quien ha decidido que el descaro es una estrategia.
—Fuera. Ahora.
Ella no se movió del brazo de él.
—Si vuelves a estar con ella —dijo, con la voz de quien hace una declaración de guerra en tono de conversación— le contaré quién soy. Que somos amantes.
—No lo somos.
—Ah… —una sonrisa apenas visible en la oscuridad—. Pero ella no lo sabe.
Él la miró durante un segundo. Vio en sus ojos la convicción completa de alguien que cree tener todas las cartas, y pensó que la conocía desde hacía veinte años y que en todos esos años jamás había terminado de entender hasta qué punto el egoísmo podía reemplazar a todo lo demás en una persona.
—Mañana hablaremos.
—Al mediodía. En el lugar de antes.
Salió sin prisa. La puerta se cerró sin ruido.
Isaac se quedó mirando la puerta durante un momento. Luego miró la cama donde su esposa dormía sin haber oído nada, con el cabello suelto sobre la almohada y la expresión tranquila de alguien que finalmente ha bajado la guardia.
No puedo tener una vida normal con ella aquí. El pensamiento fue frío y claro y completamente inútil a medianoche.
Por la mañana, Angustias abrió los ojos y lo encontró ya de pie, vistiéndose con esa eficiencia callada que tenía cuando quería irse antes de que llegara Juliette.
—Buenos días. —Lo dijo con la voz todavía suave del sueño.
—Buenos días. —No la miró.
Ella lo notó. Notaba siempre esas cosas, ese detalle mínimo de cuándo sus ojos la buscaban y cuándo no.
— ¿Pasa algo?
—Nada. Solo quiero estar presentable antes de que llegue tu doncella. —Se puso el chaleco con movimientos rápidos—. Tengo que solucionar unos asuntos esta mañana.
— ¿Desayunamos juntos?
—No puedo, cariño. Pero nos vemos para cenar. Con toda seguridad.
Ella quería recordarle lo que habían hablado en el jardín, lo que él había prometido cuando la sostuvo así en el frío de diciembre.
Lo que habían compartido después. Pero lo miró y vio la tensión en su mandíbula, ese gesto específico suyo cuando algo lo preocupaba y no tenía intención de decirlo, y decidió que empezar el día con una discusión no iba a cambiar nada.
—Te espero para cenar entonces.
Él se giró en la puerta y le regaló una sonrisa que era real pero incompleta, como una vela encendida en un cuarto grande.
—Claro que sí.
La puerta se cerró.
Ella se quedó mirando el techo y pensó que llevaba meses aprendiendo a leer los silencios de ese hombre, y que ese silencio en particular decía que algo había cambiado otra vez en la noche, y que las cosas buenas entre ellos tenían la duración de los sueños: mientras duraban eran completamente reales y cuando terminaban no dejaban nada que uno pudiera sostener.
La tarde llegó con el cielo bajo de diciembre y un viento que hacía inútiles los jardines.
Angustias estaba en el invernadero cortando las últimas rosas de la temporada, que aguantaban más que el resto por el cristal que las protegía del frío, cuando Isabella apareció en el umbral con la puntualidad de alguien que ha estado esperando que la doncella se fuera.
—Las rosas rojas en esta época. —Se apoyó en el marco con las manos cruzadas—. Siempre me pareció algo desesperado de parte de las rosas.
—O muy valiente, según se mire. —Angustias siguió cortando sin voltear.
—Supongo que todo depende de cuánto uno quiera sobrevivir al frío. —Una pausa—. El personal estaba hablando esta mañana del menú de Navidad. He pensado que podría ayudarlos a organizarlo, ya que conozco las preferencias de la familia.
—La señora Tandy y yo ya hemos hablado sobre eso.
—Ah. Claro. —Isabella recorrió el invernadero con los ojos—. Aunque hay algunas cosas que me preocupa que se pasen por alto, dado que es la primera vez que organizas algo así en esta casa. Toma tiempo conocer los gustos de todos.
Angustias depositó las tijeras de jardinería sobre la mesa con más cuidado del que la situación merecía, porque lo que quería hacer con ellas era otra cosa.
—Isabella. —Se giró—. Llevo semanas escuchando tus sugerencias sobre cómo debo llevar esta casa. Y lo he hecho con buena voluntad porque eres la viuda de mi suegro y porque pensé que tus intenciones eran buenas. Pero me estoy preguntando si lo son.
Algo cruzó por los ojos ámbar de la otra mujer. No exactamente sorpresa. Algo más parecido al reconocimiento.
—No sé de qué hablas.
—Creo que sí. —Sin subir la voz—. Esta casa es mía ahora. Y me gustaría que lo recordaras.
Salió del invernadero con las rosas y con la certeza de haber dicho algo que no tenía manera de retirarse. Lo cual era exactamente la intención.
Ese mismo día, en la tarde, llegó una nota antes de las cuatro. No tenía remitente. La letra era apretada y anónima, del tipo que usa quien no quiere ser identificado pero tampoco quiere que haya dudas sobre el mensaje.
Es bien sabido que su esposo le es infiel con la mayoría de las mujeres de reputación dudosa en Londres.
Pero en este momento usted es la burla de toda la ciudad porque ha metido a su amante y a su esposa bajo el mismo techo.
Si quiere dejar de hacer el ridículo y enterarse de quién es, venga al bar Los Tres Herreros en Oxford Street.
Angustias la leyó dos veces.
Luego la dobló con precisión y la metió en el bolsillo del vestido con la calma de alguien que toma una decisión antes de que las emociones tengan tiempo de interferir.
No iría a ningún bar de Oxford Street. Quienquiera que hubiera enviado esa nota quería verla en problemas, y lo último que necesitaba era ir a un lugar así sola.
Pero lo que decía la nota, la parte central de lo que decía, no la podía ignorar.
Ha metido a su amante y a su esposa bajo el mismo techo.
No era la primera vez que ese pensamiento cruzaba su cabeza en las últimas semanas.
Solo era la primera vez que alguien lo ponía en papel.
Llamó a Juliette y le pidió que le preparara el vestido azul oscuro.
Tenía que ver a Sonia.
*****
El salón azul de la casa de los marqueses en Grosvenor Square olía exactamente como lo recordaba: a flores frescas y a la leve fragancia del agua de rosas que Sonia usaba para todo.
Era uno de esos cuartos que tienen el olor de la persona que los habita, y ese olor era bienvenido después de semanas en una casa que todavía no había aprendido a oler como suya.
Sonia cruzó el salón con los brazos abiertos y Angustias se dejó abrazar con el alivio físico de quien lleva demasiado tiempo siendo fuerte delante de todo el mundo.
—Te he extrañado enormemente. —Lo dijo contra su hombro.
—Y yo a ti. —Sonia la sostuvo un momento más de lo necesario, que era exactamente lo necesario—. Siéntate. Cuéntame.
Se sentaron juntas en el sofá, con el té que llegó sin que nadie lo pidiera, y Angustias le contó.
No todo de golpe, sino en el orden en que las cosas habían sucedido: la llegada de Isabella, las semanas de comentarios amables y desautorizaciones sutiles, la nota de esa tarde, los silencios de Isaac que eran más elocuentes que cualquier explicación que él le hubiera dado.
Sonia escuchaba con las manos quietas sobre el regazo, que era el gesto que tenía cuando algo le preocupaba de verdad.
—Debes tener cuidado —dijo, cuando Angustias terminó—. No sabes qué enemigos pueda tener Isaac que quieran hacerle daño a través de ti. Y debes tener aún más cuidado con esa mujer.
— ¿La conoces?
—La conozco de oídas. Y lo que se oye no es bueno, no por su aspecto sino por su carácter. —Hizo una pausa—. Angustias. Hay algo que debería decirte. Llevo semanas sin saber si debía hacerlo, pero te veo así y me parece peor callarlo.
—Dímelo.
— ¿Isaac te habló alguna vez de la mujer de la que se enamoró de joven? La que se casó con un hombre de más posición que él.
El estómago se le contrajo.
—Me habló de ella. La llamaba Bell.
—Bell. Isabella. —Sonia la miró con la expresión de alguien que está dando una mala noticia y lo sabe—. La mujer que tienes en tu casa es la misma mujer que le rompió el corazón hace veinte años. La que se casó con su padre.
El sonido del salón desapareció por un momento. El tintineo de las tazas, el tráfico de la calle afuera, la voz de Sonia que seguía hablando. Todo llegó desde una distancia que no era física.
Bell. Isabella.
— ¿Estás segura?