Capítulo 7 #2
— Lo hago con mucho gusto— ambas se despidieron y Bella comenzó a subir las escaleras preguntándose donde habría ido Isaac.
Esa misma noche despues de que todos estaban dormidos, Isaac fue directamente a la habitación de Isabella. Ella estaba despierta tomando una copa en la cama, cuando lo vio entrar y sonrió triunfante.
—Sabía que vendrías.
Ella estaba sentada en la cama con una copa de vino y el aspecto de alguien que lo esperaba.
Su camisón era de seda tan fina que la luz de la vela lo atravesaba, y lo que había debajo del camisón era encaje negro que no dejaba ninguna duda sobre su forma.
Lo miró con la sonrisa de alguien que tiene todas sus cartas sobre la mesa y las conoce bien.
—Sabía que vendrías.
— ¿De verdad?
—Siempre vienes. —Dejó la copa en la mesilla—. No puedes reprimir lo que sientes por mí. Nunca has podido.
—Estás muy segura de ti misma, Bell.
—Tengo razones para estarlo. —Se puso de pie y dejó que él viera todo lo que había en ese camisón y debajo de él—. Me he vestido así solo para ti. ¿Te gusta?
Estás muy segura de ti, Bell.
—No hago lo que tú, no tengo porque negar el deseo que siempre ha existido entre los dos.
Por eso tengo un regalo—se levantó de la cama y dejó que viera lo que tenía puesto—me he vestido así solo para ti—su camisón era de una tela fina casi transparente Y cuando se lo quitó, la prenda de abajo también era muy hermosa, de fino encaje y ceñida a su cuerpo.
Era como las que usaban las cortesanas y no dejaba nada a la imaginación.
Sus pechos podían distinguirse desde donde estaba y veía sin lugar a dudas que estaban duros, esperando ser acariciados.
— ¿Te gusta?—su mirada de lujuria lo decía todo.
—Muy bonito—respondió fríamente. Bell siempre fue muy hermosa y cada vez que el la veía sus instintos se hacían cargo de todo, porque sencillamente la deseaba, pero en ese momento, su belleza le parecía aburrida.
No era más que un cascarón. Una mujer que no tenía nada por dentro, solo egoísmo, ambición y lujuria.
Sabía que ella estaba allí, para no dejar que Angustias fuera feliz con él, porque creía que era de su propiedad y solo quería demostrársela.
Pero esta vez las cosas eran distintas. Lo que sentía por Angustias se estaba volviendo tan fuerte, que esa mujer que a cualquiera le parecía bellísima, a él le parecía simple.
—Entonces ¿Por qué no te acercas?—extendió la mano hacia él.
—No vine aquí para eso, Bell.
— ¿Ah no?
—Vine para advertirte que no permitiré que hagas nada en contra de Angustias o de mi matrimonio.
Ella tuvo el descaro de echarse a reír— ¿Porque haría algo en contra de alguien que no es rival para mí?—hizo una mueca de desprecio—esa tal Angustias es lo más insignificante que he visto en mi vida.
—No lo es. Ella es mucho mejor que tú y eso, es lo que te ha hecho venir hasta Inglaterra nuevamente. Te preguntabas quien era la mujer que hizo que al fin quisiera casarme porque secretamente deseabas ser tú.
Isabella comenzó a temblar de ira ante sus palabras—No te atrevas a comprarme con ella. Yo soy la condesa de esta casa y así es como debería seguir, pero tú lo arruinaste todo por un estúpido arranque de caballerosidad. ¿Crees que no sé que fue por eso que te casaste?
Isaac se sorprendió y no supo que decir al principio.
—Cómo ves, siempre me entero de todo, aunque no viva en el país, sobre todo si se trata de ti.
—Entonces no te han informado bien, porque eso fue lo que sucedió al inicio de mi relación con Angustias, pero al conocerla mejor, me fui enamorando de ella.
—No voy a creerte que te has enamorado en poco tiempo de esa mujer que no tiene nada que ofrecerte.
Isaac frunció el ceño—que ciega estás Bell—negó con la cabeza—ella me lo da todo. Se entrega por completo a mí, en cuerpo y alma.
— ¿Entonces porque te vas y no regresas a veces?
—Eso le hizo pensar a él que alguien cercano a él, tal vez una persona del servicio, le estaba informando a Isabella, todo lo que hacían él y su esposa.
—Eso no es de tu incumbencia—sus manos apretadas en puños.
— ¿No es tan perfecto tu matrimonio?
—Ella y yo, como cualquier pareja recién casada, tenemos cosas por resolver y debemos aprender a convivir como un matrimonio, pero que te quede claro que entre ella y yo, hay mucho más que entre tú y yo—se dio la vuelta para irse.
—No me iré de aquí, Isaac. También tengo derecho a estar aquí.
—Mientras te comportes, no tengo inconveniente en que estés por unos días, pero después quiero que te largues. Y por favor, no te confundas…esto no lo hago por ti, lo hago por respeto a la memoria de mi padre—cerró la puerta tras él, dejando a Isabella en una ira que corroía su sangre.
—Ya veremos si puedes evitar caer en mi cama nuevamente, querido.
*****
Las semanas que siguieron tuvieron la textura de algo que se desintegra despacio.
Isabella era, cuando quería, encantadora.
Eso era lo que la hacía peligrosa: podía ser la mejor compañía del mundo durante el desayuno y dejar un comentario en la sobremesa que tardaba días en lavarse.
Cuando Angustias daba una instrucción al servicio, ella la matizaba.
Cuando Angustias organizaba algo, ella sugería mejoras con la autoridad de quien lleva veinte años haciéndolo.
Cuando ella no estaba presente, se instalaba en el estudio de Isaac con alguna excusa de carta o de libro, y los criados que veían todo y callaban casi todo empezaban a tener la expresión particular de las personas que están en medio de algo que no han elegido.
Angustias lo veía. Lo veía y guardaba silencio porque no tenía los instrumentos para nombrarlo todavía.
Lo que sí tenía era el jardín, que en diciembre estaba pelado y frío pero que era suyo, y sus visitas a la parroquia, y las cartas que escribía a Sonia contando las cosas que podía contar y omitiendo las que no.
Y el bordado de rosas para su madre que iba avanzando lentamente, puntada a puntada, como si fuera posible coser algo que se había roto hace demasiado tiempo.
Un martes, después de una semana que había tenido demasiados silencios y demasiados comentarios amables de Isabella sobre las mejores formas de hacer las cosas, se encerró en su habitación.
Había estado en casa de Robert, que lo había escuchado con la paciencia de siempre y luego le había dicho, de la forma más directa de un hombre que lleva siendo amigo de alguien y se ha ganado el derecho a ser directo, que estaba siendo un cobarde.
Que la distancia no era protección, era daño.
Que si lo que le preocupaba era hacer sufrir a Angustias, ya lo estaba haciendo, y desde la distancia.
—Entonces ve y habla con ella —había dicho Robert—. No necesitas saber exactamente qué vas a decir. Solo ve.
Todavía no estaba seguro sobre arreglar las cosas con ella y no sabía si podía hacer feliz a su esposa por qué aunque no fuera su intención, su forma de vivir le causaría daño. Estaba metido en sus pensamientos cuando se topó con su mayordomo— ¿Dónde está mi esposa?
— La señora está en su recámara, milord.
El subió rápidamente, sin embargo antes de tocar la puerta escuchó unos sollozos.
No pidió permiso, solo entró para saber qué ocurría y ella estaba en la cama con la cara vuelta hacia la ventana y los hombros moviéndose con ese ritmo entrecortado.
Se incorporó al oírlo y lo miró con los ojos rojos y una expresión que era mitad tristeza y mitad rabia, que en su experiencia era la mezcla más difícil de manejar.
— ¿Qué sucede? ¿Porque ingresas de esa forma a mi habitación? ¡Dios santo! ¿Es que ya no tengo derecho a la privacidad de mi dormitorio?
— Lo siento— dijo un avergonzado— es que te escuché llorar y me preocupa de ¿le sucede?
— Nada, no sucede nada— respondió con amargura.
— Por favor angustias— si no me dices lo que pasa ¿cómo podré ayudarte?
— No necesito tu ayuda, Isaac— salió de su habitación para dirigirse al jardín. Pensó que tal vez allí tendría privacidad pero hasta allí, la siguió él.
— Sólo dime lo que sucede y te dejo en paz.
Ella se levantó de la cama y salió al pasillo. Él la siguió. Ella bajó las escaleras hacia el jardín, y él también. El jardín en diciembre era de una honestidad brutal: tierra dura, plantas peladas, el cielo del color del plomo. No había donde esconderse.
Se giró hacia él.
— ¿Quieres saber qué me pasa? —Los puños apretados a los costados—.
Estoy cansada, Isaac. Estoy cansada de no verte, de que no llegues en las noches, de que cuando estás aquí no estés de verdad.
Estoy cansada de sentirme sola en una casa que se supone que es mía y en la que todo el mundo me recuerda que no lo es.
—La voz se le quebró y ella lo forzó de vuelta—.
Y estoy cansada de que Isabella desapruebe todo lo que hago y tú no digas nada.
—Eso no es justo. Sí he dicho algo.
—Una vez. En la cena, una vez. Y luego te fuiste.
Él no respondió porque no tenía una defensa para eso.
—No soporto sentirme así. —Más baja, más real—. Precisamente venía bien con las cosas y luego me asusté y te dije lo que te dije esa mañana, y sé que eso te hirió aunque no lo quisieras mostrar, y lo siento, pero no sé cómo arreglarlo si no estás.
Él cruzó el jardín hasta donde ella estaba.