Capítulo 7
La casa de Grantley Street olía exactamente como Isaac la recordaba: a tabaco caro, a perfume dulce y cargado, y a esa mezcla específica de vino y cuero y cosas que no se mencionaban en los salones respetables.
Era uno de esos establecimientos que en Londres tenían dirección conocida entre los caballeros de cierta posición y reputación cuidadosamente ignorada entre sus esposas.
Su amigo Alderton lo había llevado con la entusiasta certeza de alguien que tiene una solución para todo.
—Lo que necesitas —había dicho en el camino, con la sabiduría simple de un hombre sin complicaciones— es recordar quién eres.
Isaac no había respondido a eso porque no estaba seguro de que la respuesta fuera lo que Alderton esperaba.
La sala principal tenía las habituales lámparas de aceite con pantallas rojas que convertían la luz en algo cálido y falso, y las habituales mujeres que se movían entre los caballeros con el arte específico de parecer exactamente lo que eran y al mismo tiempo exactamente lo que cada hombre necesitaba que fueran.
Él las conocía todas. Había frecuentado este lugar durante años con la misma indiferencia tranquila con que se frecuenta cualquier servicio que uno necesita y no quiere complicar con sentimiento.
Una rubia de ojos azules se materializó a su lado con una sonrisa que era completamente profesional y completamente convincente.
—Llevas semanas sin aparecer. —Le puso la mano en el brazo—. He pensado en ti.
—Vamos arriba.
Ella no preguntó nada más. Las mujeres de esa casa aprendían pronto que los hombres serios no querían conversación.
La habitación del piso de arriba era pequeña y caliente, con una cama de dosel y cortinas que bloqueaban cualquier luz exterior.
Ella empezó a quitarse la ropa con la lentitud calculada de alguien que sabe que eso es el espectáculo, y él se sentó en el borde de la silla junto a la ventana y no la miraba.
—Estás muy serio esta noche. —Cruzó el cuarto hacia él, le pasó la mano por la mejilla—. Déjame encargarse.
Él retiró la mano de su cara.
—Me han dicho que ya no eres soltero. —Sus dedos descendieron por su pecho—. Aunque por lo que veo, eso no ha cambiado mucho.
—No vamos a hablar de eso.
—Como quieras.
Se arrodilló frente a él y tomó su miembro entre las manos, y luego lo tomó en su boca con la habilidad de alguien que lo ha hecho muchas veces y lo hace bien, y el problema, el problema completo e insoluble de esa noche, fue que lo único que él veía era un rostro que no era ese.
Unos ojos verdes que lo miraban con esa honestidad desconcertante.
Las manos pequeñas de ella explorando su cuerpo por primera vez con esa curiosidad que no tenía nada de estudiado.
El sonido de su voz preguntando ¿se siente bien?
con una ingenuidad que lo había desarmado más que cualquier habilidad.
Se puso de pie.
—No puedo hacer esto esta noche.
Ella levantó la vista, sorprendida de verdad por primera vez.
— ¿Estás seguro?
Sacó dinero del bolsillo y lo dejó sobre la mesilla sin contarlo.
—Por las molestias.
Salió de la habitación sin buscar a Alderton, sin detenerse en la sala principal, y bajó a la calle donde el aire frío de la noche lo recibió con la claridad inoportuna de las noches de noviembre.
Subió a su carruaje y le dio la dirección de la finca a su cochero, y durante todo el trayecto de regreso a Essex se dedicó a mirarse las manos y a llegar a la conclusión, con la irritación de alguien que resuelve un problema que no quería resolver, de que su esposa lo había arruinado para el resto del género humano.
Los días que siguieron tuvieron la calidad particular del distanciamiento voluntario: silenciosos por fuera, ruidosos por dentro.
Él buscaba razones para no estar. Llegaba tarde o no llegaba.
Cuando coincidían en el desayuno o en la cena era cortés con la cortesía fría de los desconocidos que comparten un espacio y han llegado a un acuerdo tácito de no molestarse.
Angustias respondía con una ecuanimidad que le costaba más de lo que mostraba, bordando en el salón o leyendo o visitando a los arrendatarios, construyendo una vida alrededor del espacio que él había dejado.
Y entonces llegó Isabella.
El mayordomo anunció la condesa viuda con la incomodidad de quien sabe que ese título ya no corresponde a nadie en esta casa y sin embargo no tiene otra forma de decirlo, y Angustias fue a ver de qué se trataba y encontró en el corredor del primer piso a una mujer que daba órdenes a los criados con la autoridad de alguien que lleva años haciéndolo y no ha considerado que eso podría haber cambiado.
Era una mujer hermosa. No había otra forma de decirlo que fuera honesta: alta, con el cabello oscuro recogido en un tocado moderno y el vestido de viaje de una elegancia que tenía algo de desafío.
Cuando se giró al percibir que alguien la observaba, sus ojos eran del color del ámbar y tenían la expresión de quien evalúa rápidamente y ha llegado a sus conclusiones antes de que el otro haya dicho una palabra.
—Oh. Tú debes ser Angustias. —No era una pregunta.
A ella le llamó la atención el tuteo inmediato, sin presentación, sin el tratamiento que correspondía entre dos desconocidas. Eligió no mencionarlo.
—Sí.
—Soy Isabella. Me imagino que Isaac te ha hablado de mí.
—Por supuesto. —No era verdad, pero tampoco era el momento de decirlo—. Lamento que no hayas podido estar para la boda.
—Lo intenté. —Una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Estas cosas pasan. ¿Te molesta que haya tomado esta habitación?
—Esta es tu casa. —Angustias lo decía en serio—. Te esperamos para cenar a las siete.
Isabella la vio alejarse por el corredor y la evaluó con la meticulosidad de alguien que tiene toda la intención de conocer al enemigo antes de la batalla.
Una mujer sin nada particular que la hiciera memorable: el cabello negro, los ojos verdes, la postura tranquila de quien no sospecha que lo es.
No entendía. No entendía cómo Isaac, que había tenido a las mejores mujeres de tres países, podía haberse casado con eso.
Pero la pregunta tenía su propia respuesta, y esa respuesta se llamaba dote y caballerosidad mal empleada y un error de una noche en un salón de arte, y ella se había encargado de informarse bien.
Había tiempo. Siempre había tiempo para las personas que saben esperar.
*****
En la noche Isaac llegó y fue informado de la llegada de Isabella, noticia que no le cayó muy bien.
Angustias la había dispuesto con cuidado: el menú, las flores del centro, el servicio correcto para la noche.
Isabella llegó con el puntual aplomo de quien sabe que su entrada importa, y durante la sopa fue amable con la amabilidad de alguien que no tiene ningún motivo para serlo y lo hace de todas formas porque sirve a sus propósitos.
Contó historias de Florencia y de Roma y de los carnavales de Venecia con el arte de una conversadora excelente, y Angustias la escuchaba con interés genuino porque las historias eran buenas y porque no tenía todavía ninguna razón para no creerlas.
Mientras, Isaac las miraba pensando que se veían como dos grandes amigas; sabía que algo tramaba ella porque conocía el corazón de Angustias y sólo se veía real interés en los ojos de su esposa, que de paso no tenía idea de quién era verdaderamente esa serpiente.
—Isaac, querido. —Isabella volvió la cabeza hacia él con esa familiaridad que era un poco más que la de una cuñada política—. No has dicho nada en toda la noche. ¿No te alegra verme?
—Por supuesto, Bella. —Bebió un poco de vino—. Fue algo inesperado, pero claro que sí.
Angustias notó la tensión entre ellos. No supo qué significaba pero sí supo que era real.
— ¿Ha sido de tu gusto la cena? —le preguntó a su invitada.
—Todo ha estado delicioso. —Una pausa pequeña, calculada—. Aunque parece que en la cocina han olvidado algunas costumbres de la casa. Yo siempre insistí en no usar tanta sal, y la vajilla de la noche debería ser distinta de la de la tarde, pero supongo que estas cosas llevan tiempo aprenderlas.
Angustias apretó los dedos sobre el tenedor.
—Me disculpo. El personal y yo todavía nos estamos conociendo.
—Oh, querida. —Isabella sonrió con la dulzura específica de las personas que saben herir con amabilidad—. Eso se habla directamente con el ama de llaves, no con el personal general. Así funciona mejor.
—Angustias no tiene que disculparse por nada. —La voz de Isaac fue quieta y directa—. Esta es su casa y cada quien la lleva como mejor le parece. Lo que ha hecho con ella me parece bien. Eso es lo que importa.
Isabella hizo una expresión de afectada contrición.
—Discúlpenme. No quise ser imprudente. Es que llevo tanto tiempo aquí que sigo sintiéndome parte de este hogar, aunque ya sé que no lo soy.
—Es verdad, ya no lo eres. —Isaac lo dijo sin crueldad pero tampoco sin ambigüedad.
— ¡Isaac! —Angustias lo miró con reprensión genuina—. Isabella, por supuesto que eres bienvenida aquí. Esta casa fue tuya durante muchos años y entiendo que resulta difícil. Me gustaría mucho contar con tu experiencia para conocerla mejor.
Isabella le tomó la mano con la calidez de alguien que acaba de recibir un regalo inmerecido.
—Con mucho gusto, querida.
Isaac miraba la escena con los ojos del hombre que conoce cada gesto de Isabella y que ve, en la expresión abierta de su esposa, exactamente la generosidad que esa mujer estaba aprovechando.
Isaac se puso de pie mirándola con sarcasmo, sabía que todo era una actuación.
— Creo que me iré por un rato— se dirigió a su esposa— no me esperes despierta cariño— le dijo tratando de disimular frente a Isabella el hecho de que no estaba muy bien.
—Pero Isaac, tenemos visita.
—Por mí, no te preocupes. Yo soy de confianza. De hecho también me retiro, tengo algunas cosas que poner en orden todavía en mi recámara.
— Está bien nos vemos mañana.
Isabella le tomó las manos— muchas gracias por todo Angustias, me has hecho sentir bienvenida.