Capítulo 6
Angustias terminaba su baño, mientras Julieth, su doncella, planchaba su vestido en la planta baja.
Ese día estaban invitados a una fiesta que uno de los terratenientes hacía con motivo del cumpleaños de su esposa.
Ella no era muy asidua a las fiestas, pero su esposo le dijo que era una buena idea ya que era un hombre importante y además era bueno devolverles a las personas que habían sido tan amables con ella, la atención.
La mejor forma de hacerlo era asistir y luego hacer algún evento donde los pudieran invitar.
De manera que ella se preparó para ir con él al evento.
La casa de los Ludlow estaba a cuatro millas de la finca de Essex, al fondo de un camino flanqueado por robles cuyas ramas desnudas de noviembre se cruzaban sobre los carruajes como arcos de una catedral improvisada.
Desde el interior, Angustias los veía pasar en la oscuridad y pensaba que eran hermosos incluso así, sin hojas, con esa honestidad particular de las cosas que no necesitan adornarse para tener forma.
Dos horas después, llegaron a casa de sus anfitriones, una casa de campo que tenía las ventanas encendidas en todos sus pisos y un alboroto de voces y música que se derramaba hasta el sendero de entrada.
Había carruajes de distintos tamaños a lo largo de la valla, y los lacayos se movían con la eficiencia entrenada de una noche importante.
—La señora Ludlow cumple cuarenta y cinco —dijo Isaac, mientras le ofrecía la mano para bajar—. Y su esposo insiste en celebrarlo como si fueran veinticinco.
— ¿Eso es malo?
—Para él, no. Para ella… ya lo verás.
Tenía razón. La señora Ludlow era una mujer de rostro agradable y expresión resignada que recibía a sus invitados con la sonrisa de quien acepta el destino. —Lady Beaufort, no sabe lo honrados que estamos por tenerlos aquí—les dijo la mujer al verlos.
— Nosotros estamos felices de haber venido, señora Ludlow. Es una fiesta maravillosa y muy animada
— Muchas gracias mi esposo insistió en celebrar mi cumpleaños. Yo no estaba tan de acuerdo, pues ya sabe que las mujeres de cierta edad preferimos no decir los años, pero los hombres son tercos y ha insistido tanto que no pude negarme.
— Oh, pero no necesita ocultar nada.
La mujer encantada con el halago sonrío de oreja a oreja— no crea milady, el tiempo ha sido bueno conmigo aunque ya no puedo hacer mucho de lo que hacía antes, pero es la ley de la vida y debemos vivir al máximo mientras haya salud.
— No habría podido decirlo mejor— estuvo ella de acuerdo.
En ese momento una jovencita bastante audaz, que después supo era la hija de la anfitriona, se acercó a Issac y lo invitó a bailar. Él solo miró a su esposa y ella sonrió comprensiva.
La señora Ludlow bajó la voz con la conspiración alegre del vino que ya circulaba—Creo que su esposo, es un excelente bailarín.
Mi hija está encantada bailando con él—lo detalló un momento—Todavía me parece sorprendente el cambio del conde, recuerdo cuándo parecía un alma en pena por un amor mal correspondido según dicen.
y ahora lo miro con usted y apenas lo reconozco.
Angustias abrió la boca para preguntar, pero en ese momento Isaac regresó de la sala de baile con el aire leve agitado de quien ha estado danzando y no le ha disgustado, y la señora Ludlow se volvió hacia él con la satisfacción de alguien que acaba de provocar la conversación exacta que quería.
—Lord Beaufort. Mi Emily dice que es usted el mejor bailarín de la sala.
—Su hija es extraordinariamente generosa. —Inclinó la cabeza hacia la joven que llegaba a su lado, sonrojada y viva—. Y una excelente compañera de baile.
—Gracias, milord —dijo Emily, que era una muchacha de dieciséis años con más energía que paciencia y la expresión de alguien que tiene ideas propias y ha aprendido que es mejor tenerlas en silencio cuando la madre está cerca.
La señora Ludlow la miró con la mezcla de orgullo y exasperación que tienen las madres de hijas difíciles.
—Ojalá pusiera esa misma energía en encontrar marido.
—Mamá.
—Es la verdad, niña. Tienes tres pretendientes perfectamente aceptables y los tratas como si fueran mobiliarios.
—Quiero ser maestra. —Lo dijo en voz baja pero con una firmeza que Angustias reconoció de inmediato, porque era la misma firmeza con la que ella había dicho cosas que tampoco nadie quería escuchar—. Ya le he dicho que primero quiero hacer algo con mi vida y luego casarme.
— ¡Pero niña que cosas dices! —su madre la miraba avergonzada.
—Señora Ludlow. —Angustias intervino antes de que lo pensara del todo—.
Quizás podría interesarle saber que la marquesa de Willmington, que es una buena amiga mía, está organizando una escuela de oficios en Londres.
Necesitan maestras, y la posición sería completamente respetable.
Emily podría aprender junto a otros educadores y si decidiera formarse, tendría el apoyo del proyecto.
Los ojos de Emily se dispararon hacia ella.
— ¿De verdad? –La muchacha estaba feliz— ¡Oh si madre, por favor!—exclamó.
—Puede aprender de las otras maestras y si quiere estudiar para ser una maestra certificada podría hacerlo, pero todo con el permiso de ustedes por supuesto.
Y ella se quedaría como huésped, en la casa de una viuda muy respetable donde hemos acordado que todas las maestras que no viven en Londres, se alojen.
Con el permiso de sus padres, por supuesto. Habría alojamiento con una viuda de excelente reputación que ya tiene experiencia con jóvenes de fuera de Londres. Usted podría acompañarla cuando quisiera.
La señora Ludlow estaba pensativa con el ceño levemente fruncido de quien está calculando la diferencia entre lo que siempre se ha hecho y lo que podría hacerse.
—Tendría que hablarlo con mi esposo. Ya sabe cómo son los hombres con estas cosas.
—No hay prisa. —Angustias le sonrió—. La oferta estará ahí cuando lo hayan decidido.
Isaac la miraba. No dijo nada, pero cuando se disculparon de la señora Ludlow y él puso la mano en su espalda para conducirla hacia la sala de baile, esa mano tenía una presión que era diferente de la de siempre.
—El cuarteto está tocando una contradanza —dijo.
—Lo oigo.
—Ven.
No era exactamente una pregunta. Pero ella fue.
*****
El salón de baile de los Ludlow era una habitación larga con el techo bajo de las casas de campo y una cantidad de velas que calentaban el ambiente hasta hacerlo casi sofocante.
El cuarteto ocupaba el extremo norte y las parejas ya formadas en sus filas llenaban el espacio con el movimiento reglamentario y preciso de una danza que todo el mundo conocía y nadie se cansaba de bailar
Ella sonrió al ver su rostro entusiasmado.
El cuarteto atacó la contradanza con los violines en lo alto, y la sala de baile se encendió: faldas girando, encajes revoloteando, el calor de cien velas fundiéndose con el de cien cuerpos en movimiento.
El perfume de las flores cortadas se mezclaba con el del polvo de arroz y el tabaco de los caballeros, y todo aquello pulsaba con esa energía particular de los salones ingleses cuando la música era buena y el vino había circulado suficiente.
Isaac la condujo a su posición en la fila con la mano abierta sobre la parte baja de su espalda, y esa presión, amortiguada por el corsé y la seda, por tres capas de ropa de noche, era de todas formas suficiente para que Angustias olvidara cómo se llamaba.
La contradanza tenía la cortesía de ser una danza reglamentaria.
Avances medidos, reverencias calculadas, separaciones que el protocolo imponía y que la gente en los salones agradecía por razones distintas a las que confesaban.
Pero también tenía el protocolo de los momentos de contacto: manos que se tomaban, cinturas que se alcanzaban, y en esos dos o tres compases de figura conjunta, la oportunidad de estar cerca sin que nadie pudiera decir una palabra.
Y él la aprovechaba.
No de una manera que nadie externo pudiera detectar.
Pero cuando la figura los reunía y tomaba su mano, sus dedos no se limitaban a cerrar sobre los de ella de manera decorosa: los envolvían, los sostenían, y el pulgar trazaba sobre sus nudillos ese arco pequeño y deliberado que llevaba exactamente tantas horas perturbándola como llevaban bailando.
Cuando la figura los giraba y su mano iba a su cintura, los dedos de él no descansaban sobre la seda sino que presionaban levemente, y ella sentía esa presión a través del corsé como si el corsé no existiera.
—Me estás mirando —dijo ella, cuando la figura los acercó.
—Estoy bailando. —Una pausa de dos compases—. Y mirándote.
—Hay otras personas en esta sala.
—Ya lo sé. —Sus ojos la recorrieron de arriba abajo en el segundo que tenían antes de que la figura los separara—. Pero ninguna lleva ese vestido.
Angustias giró hacia la siguiente figura con más determinación de la que la coreografía requería.
La música subió hacia el clímax de la pieza.
La figura más cercana de la contradanza los puso frente a frente con las manos tomadas a la altura del pecho, y en esa posición, con el movimiento giratorio llevándolos a los dos en un pequeño remolino, los ojos de Isaac quedaron exactamente al nivel de los de ella.
Grises. Muy fijos. Sin la expresión pública que desplegaba en los salones, sin la burla y sin la distancia: solo la mirada de un hombre que miraba a una mujer y sabía exactamente lo que quería hacer con ella.
Angustias sintió ese calor en el vientre que ya conocía y que no tenía ningún nombre cristiano.
Los últimos acordes cayeron. Los bailarines se separaron. Isaac la acompañó al borde de la sala con la mano en su espalda, exactamente igual que al principio, excepto que ahora esa mano descansaba dos centímetros más abajo que antes, en el punto exacto donde terminaba el corsé.
— ¿Estás bien? —murmuró él.
—Perfectamente —respondió ella.
Y las dos cosas eran, en la misma medida exacta, completamente falsas.