Capítulo 5 #3
Ella giró la copa entre los dedos. El vino era borgoña y tenía el color de las cerezas oscuras, y la luz del fuego lo hacía brillar de una manera que resultaba útil para no mirar a la persona que le hacía preguntas demasiado directas.
—Mi madre siempre dijo que su embarazo fue un castigo.
—lo dijo en el tono plano de quien ha repetido algo tantas veces que ya no le duele de la misma manera—.
Que haberse unido con mi padre, aunque fuera su marido legítimo, fue un pecado, y que los nueve meses y el parto fueron la consecuencia de ese pecado.
Para ella fue algo angustioso. De ahí el nombre.
— ¿Y tú lo crees?
—No lo sé. A veces sí. A veces me parece que soy exactamente lo que ella dice: algo que no debía haber ocurrido.
Él extendió la mano y le tocó la mejilla. Solo eso, la yema de los dedos contra su pómulo, un contacto breve.
—No te pareces a ella en nada. —Su voz tenía una calidad distinta de la que usaba en los salones—. Y lo que yo he visto de ti en estas semanas no me habla de alguien que sea el resultado de un error. Me habla de una mujer que tiene más corazón del que sabe qué hacer con él.
Ella apartó la vista.
—Para mí, no eres Angustias, eres un ángel y lo que he conocido he conocido de ti en estos días no me habla de una mujer que cause angustia, ni que sea resultado de un pecado.
Con el debido respeto no creo que tu madre haya odiado a tu padre cuando se casaron de común acuerdo y no por obligación.
Tampoco creo que haya sido tan traumático para ella estar con tu padre porque tengo entendido que era un buen hombre, según me contó tu tía—negó con la cabeza— me niego a creer que alguien como tú, sea fruto de un manto terrible.
— Bueno... nunca lo sabremos ¿verdad?
Tal vez no. Pero no quiero que vivas pensando lo peor, sólo por qué ella te lo dijo. Además si ese es el caso y a tu madre le fue mal, eso no significa que a ti, te vaya a ir de la misma forma.
Ella sonrió concierto sarcasmo— ¿No has visto cómo ha comenzado nuestro matrimonio?
— Ahí peores que el nuestro— dijo arrepentido por no poder darle lo que merecía, aún que cada vez deseaba más estar con ella
Angustias se quedó pensativa un rato pero luego se decidió a preguntarle cosas también.
— ¿Alguna vez, has estado enamorado?
— Si, una vez— no quería hablar de eso pero por algún motivo quiso justificarse delante de ella.
—Cuéntame.
—Era una muchacha de mi edad con la que crecí prácticamente.
Ella vivía al lado de nuestra casa de campo de Bath.
A medida que crecimos, nos fuimos enamorando y sus padres estuvieron de acuerdo pero luego tuve que irme a la escuela, lejos de allí.
Mi madre murió al poco tiempo y mi padre quedó sumido en la tristeza.
Fue duro verlo así, venía a visitarlo pero tenía que partir nuevamente a continuar mis estudios.
Cuando regresaba de la escuela veía a Bell y paseábamos, nos contábamos cosas y hacíamos planes.
Pero un día regresé y ella sencillamente ya no estaba interesada; me dijo que había alguien más y que se había dado cuenta de que no era el hombre adecuado para ella
— ¿No te dijo nada más? ¿Una excusa válida o una mejor explicación? —le preguntó molesta por la falta de tacto y de sentimientos de esa mujer.
—No lo hizo y yo como un idiota me humille, la busqué por todos lados donde sabía que estaría; en los bailes, en la casa de sus padres y un día hasta me escabullí en su habitación sabiendo que si me descubrían podría hasta dispararme.
Ella me dijo que no la buscara más, que me veía patético haciendo eso, sin mencionar que ya la gente se burlaba cuando se enteraban de su obsesión por una mujer que sólo le hacía desplantes.
En ese momento no le reconocí, era otra.
La chica dulce, amorosa que compartía sueños conmigo, se había ido para ser reemplazada por una víbora ambiciosa.
— Lo siento mucho— acarició su mano— debiste sufrir mucho por ella.
El bajó la mirada donde estaban unidas las manos de ambos—sí sufrí. Mucho tiempo me dolió y me dediqué a divertirme sin enamorarme. Es la mejor forma de mantener seguro el corazón.
— ¿Y ha funcionado?
Él tardó un momento en responder.
Sus ojos grises la miraban desde la luz variable del fuego, y en ellos había algo que no era la ironía habitual ni la distancia habitual sino algo más parecido a lo que Angustias había visto en la cabaña de Frederick esa tarde: la expresión de un hombre que es más de lo que aparenta y que en este momento, con el vino y el fuego y esa mano pequeña sobre la suya, no tiene muchas ganas de seguir aparentando lo contrario.
—Hasta ahora —dijo—, sí.
Ella retiró la mano despacio. Recogió su copa.
En ese momento ella entendió que él todavía era un hombre herido que no creía en el amor.
Si él se hubiera enamorado realmente de alguien ya no tendría ese dolor dentro de él, pero no había conocido a nadie capaz de cambiar su mundo, su manera de ver las cosas.
Secretamente deseo ser ella quien lograra eso en él; que Isaac se enamorara tanto de ella que simplemente no le interesara su pasado.