Los Pecados Del Conde (Serie "A La Caza De Un Noble" nº 2) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Yo solo hacía mi trabajo, lady Beaufort.

Él era un joven impetuoso y estaba muy lleno de ira en ese momento.

Las ganas de pelear con medio mundo le sobraban y un día estábamos en el barco rumbo a Francia, cuando nos atacaron.

Mi amigo aquí presente comenzó a pelear y a defender el barco como todos los demás pero no se dio cuenta de que un hombre detrás de él tenía un cuchillo y lo enterraría en su espalda.

Yo lo vi y le disparé, pero entonces también cometí el error de no ver a mi espalda y uno de esos malditos estaba detrás de mí y me disparó—se quedó en silencio un momento, como si le costara trabajo decir lo que seguía—.

No supe nada más, al despertar, estaba en una cama, con fiebre alta, y un dolor insoportable al tratar de moverme.

—Debió ser terrible—dijo ella en voz baja.

— Lo fue. Mis piernas no funcionaron y el médico me dijo que la bala había rozado una vértebra en mi columna y por eso era imposible que pudiera moverme de nuevo.

Podría tener una vida normal de la cintura hacia arriba, pero tendría que usar una silla de ruedas para siempre.

Rápidamente vi como mi carrera de capitán del barco se iba a la basura y tuve que regresar a mi casa convirtiéndome en una carga para mi familia.

Angustias tenía los ojos húmedos pensando en lo duro que debió haber sido para un hombre que a todas luces se veía que solía ser una persona llena de vitalidad—lo siento mucho.

—No lo sienta. Fue duro al principio, pero su esposo que es un hombre terco, se empeñó en ayudarme porque lo veía como un deber después de lo que había sucedido.

Así que vino cada día a mi casa cuando más amargado y lleno de rabia estaba yo—se echó a reír al recordar—más de una vez, lo mandé al diablo y él volvía.

Más de una vez, nos emborrachamos para olvidar nuestras penas y de esa manera, nos fuimos haciendo buenos amigos, hasta que a él se le dio por traer un médico, al que hay que pagarle con su alma prácticamente para obtener sus servicios.

— ¿De verdad? —ella no podía creer aquello de aquel hombre que siempre le había parecido más preocupado por el mismo que por los demás.

—Por supuesto que es verdad. Tiene una clínica en Bath y es famoso por un tratamiento innovador para personas que no pueden caminar. Yo no creía mucho en eso, cuando comencé, pero poco a poco me he ido sintiendo mejor y he tenido respuesta en una de mis piernas.

—Es una grandiosa noticia—dijo entusiasmada.

—Su esposo ha hecho mucho por mí. Viene cada vez que puede a leerme un rato, tiene la paciencia para montarme a un caballo y amarrarme a él, de manera que no me caiga y entonces pasea conmigo por toda la finca.

Cuida de mi familia y de mis hijos, que solo me tienen a mí—hizo una pausa—es un buen amigo.

—Tú me salvaste la vida Frederick, eso no tiene precio—dijo Isaac.

Angustias miró a su esposo y esta vez, lo observó verdaderamente.

Era como si lo acabara de conocer. Siempre había escuchado cosas superficiales sobre él y su actitud ante la vida solo le confirmaba que no era un hombre de profundos sentimientos, a pesar de que tampoco era malo.

Pero ahora, al ver ese gesto tan maravilloso, no podía creerlo y al mismo tiempo le llegaba a lo más hondo de su corazón.

Volvieron a la finca al caer la tarde, callados los dos, con el caballo al paso y el campo de Essex dorándose en la última hora de luz.

Ella no se aferró esta vez a la silla con la desesperación del viaje de ida.

Dejó que el movimiento del animal la guiara, y el brazo de él seguía alrededor de su cintura, y ninguno de los dos habló hasta que llegaron al establo.

Esa noche, en la cena, él le preguntó qué le había parecido Frederick.

—Es un hombre que tiene más fortaleza de la que parece —dijo ella.

—Sí. —Bebió un poco de vino—. Y menos paciencia de la que necesitaría, pero eso también.

— ¿Cuánto tiempo lleva en esa cama?

—Dos años y medio. Al principio pensé que iba a morirse. No de la herida, sino de la rabia.

— ¿Y usted qué hizo?

Él la miró.

—Seguir yendo.

Ella bajó los ojos al plato. Siguió yendo. Como si fuera la cosa más sencilla del mundo. Como si fuera lo que cualquiera haría.

No lo es, pensó. No lo hace cualquiera.

Los días que siguieron fueron diferentes.

No de manera dramática, no con ninguna declaración ni momento que uno pudiera señalar y decir aquí cambió todo.

Fue más gradual que eso, como el otoño que cambia de color sin que uno pueda atrapar el instante exacto en que el verde se vuelve oro.

Ella empezó a acompañarle en las visitas a los arrendatarios, y él empezó a esperarla cada mañana junto al potrero con Azabache ensillado y el gesto de alguien que ha organizado el día de cierta manera y preferiría no tener que reorganizarlo.

Las lecciones de equitación duraron una semana entera.

La primera mañana con escarcha, él saltó a la silla detrás de ella antes de que ella terminara de protestar, y sus manos cubrieron las de ella sobre las riendas con esa presión paciente que era, en la opinión de Angustias, una forma de tortura pedagógica especialmente bien diseñada.

—Las manos más bajas. Así no diriges nada.

—Las tengo colocadas.

—Las tienes a la altura de las orejas.

Ella bajó las manos. Azabache aprovechó para ladearse.

Isaac no avisó. Tomó las riendas, condujo al caballo al centro del potrero, y luego saltó a la silla detrás de ella con la agilidad silenciosa de alguien que había hecho eso cientos de veces, sin pedir permiso ni esperar respuesta.

El cuerpo de Angustias registró su llegada con una precisión que no le pidió permiso a su cerebro: el calor de él contra su espalda, la solidez de su pecho, el peso de sus muslos a los lados de los de ella.

Sus manos cubrieron las suyas sobre las riendas, y a través de los guantes dobles ella pudo sentir la presión de sus dedos, la firmeza de su agarre.

—Siente el contacto —dijo él, con la voz cerca de su sien—. No lo fuerces. El caballo nota cuando estás tensa.

Angustias estaba tensa. Angustias iba a seguir tensa.

— ¿Y cómo noto yo cuándo el caballo quiere ir a la derecha?

—Con esto. —Guio sus manos en una presión suave hacia la derecha, y el animal giró. El movimiento hizo que ella se recostara más sobre él, y el brazo que la rodeaba se ajustó de manera natural, ceñido alrededor de su cintura como si fuera el lugar donde pertenecía—. ¿Ves?

—Sí. —Era mentira. No había visto nada. Estaba completamente ocupada registrando el hecho de que su oído izquierdo estaba a dos centímetros de su boca, y que cada vez que él hablaba el aire movido rozaba la curva de su cuello.

Pusieron el caballo al paso. Con cada movimiento de la silla el cuerpo de ella se balanceaba y encontraba el de él como un contrapeso, y las manos de Isaac permanecían sobre las suyas con esa presión paciente y precisa que era, en su opinión, completamente injusta.

Porque era una instrucción. Era pedagogía pura.

No tenía ninguna intención secundaria. Y sin embargo cada pequeño ajuste de sus dedos sobre los suyos le producía el mismo efecto que si los tuviera en otro sitio completamente distinto.

—Relaja los hombros.

—Estoy relajada.

—No lo estás. Aquí—su mano abandonó brevemente las riendas para posarse sobre el hombro de ella, ejerciendo una presión descendente que la obligó a soltarlo. Angustias exhaló un poco más de lo que pretendía—. Eso es.

Dieron tres vueltas al potrero. Él habló solo para dar instrucciones, ella respondió solo cuando era inevitable, y para cuando él bajó del caballo y extendió la mano para ayudarla a descender, Angustias había llegado a la conclusión de que iba a necesitar confesión antes del domingo.

— ¿Ves? —dijo él—. No era tan difícil.

—No —respondió ella, que estaba hablando de otra cosa.

Los días pasaban y se conocían cada vez más. A ella le gustaba lo que veía en él y a él le maravillaba cada vez más la forma de ser de su esposa, su generosidad y amabilidad, que ya se había ganado a muchos de sus conocidos.

Recordaba cómo todos los días iba a la pequeña parroquia del pueblo y miraba a los niños, hijos de familias menos favorecidas.

Notó como pareció afectarle el verlos con ropas viejas y a veces raídas y recogió todo lo que podía de la casa para llevarlo a la parroquia.

Se encargó personalmente de que les fuera entregado todo a esas familias y también organizó un pequeño grupo con algunas señoras, esposas de terratenientes que empezaban a conocerla, para reunirse una vez a la semana y coser o bordar ropa, toallas y mantas para los pobres.

Se sorprendía de la forma en la que se ganaba el cariño infinito de las personas y como podía entrar rápidamente en el corazón de la gente, aunque a esas alturas ya nada debía extrañarle pues también se las había arreglado para entrar en su corazón.

Algunos días después los dos fueron a la biblioteca de la finca, era una habitación larga con las paredes cubiertas de estantes desde el suelo hasta el techo, un par de sillones de cuero oscuro frente a la chimenea, y una mesa central donde las personas serias hacían trabajo seriodespués de haber cenado y comenzaron a tomar una copa de vino, mientras charlaban de tonterías.

Pero una copa se convirtió en dos copas y luego en tres.

El licor comenzó a hacer efecto y empezaron las preguntas personales.

Isaac la miró desde su sillón.

— ¿Por qué te llamas Angustias?

Ella levantó la vista de su copa.

— ¿Desde cuándo quieres saberlo?

—Desde que te conocí. —Lo dijo sin ornamentos—. No te va el nombre. Eres más bien una Aurora, o una Angélica, o cualquier nombre que hable de lo que realmente eres.