Los Pecados Del Conde (Serie "A La Caza De Un Noble" nº 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

La finca de Essex tenía una geografía propia que Angustias tardó varios días en empezar a entender.

No era solo la extensión, que era considerable, sino la manera en que cada parte de ella tenía su carácter distinto: los jardines formales cerca de la casa, con sus setos podados y sus caminos de grava, que daban paso a los huertos y luego a los prados abiertos donde los arrendatarios llevaban el ganado, y más allá de eso los bosques de roble y fresno que en noviembre tenían la cualidad particular del otoño inglés tardío, todo sombra y olor a hoja descompuesta y cielo bajo entre las ramas peladas.

Esa mañana había salido sola, con un chal grueso y las botas que la señora Tandy le había conseguido para el campo, y había caminado sin un destino particular durante más de una hora.

El aire de Essex le llegaba al pecho con una limpieza que no tenía nada que ver con el aire de Londres, y la quietud era del tipo que se escucha: el viento en los árboles, los pájaros, el lejano mugido de algún animal a la distancia.

Nada de carruajes. Nada de multitudes. Nada de la temporada ni sus exigencias.

Iba de regreso hacia la casa, con el chal más apretado y los pies empezando a protestar por el sendero desigual, cuando oyó los cascos.

El jinete emergió del camino del bosque al galope, con la confianza de alguien que conoce ese terreno a oscuras, y ella lo identificó antes de que el caballo redujera el paso: la postura en la silla, los hombros anchos, el negro del cabello bajo el sombrero de campo.

—Buenos días, Angustias.

—Buenos días, lord Beaufort. —No lo miró más de lo necesario.

—Veo que estás molesta.

—No tengo por qué estarlo. —Se hizo a un lado del sendero para dejarle paso.

Él no pasó.

—Entonces, ya que no lo estás, quiero que me acompañes a un sitio.

—Estoy cansada. Iba de regreso a la casa.

—No tendrás que caminar. —Le acarició el cuello a su caballo, un semental negro de patas largas que la miraba con la indiferencia soberana de los animales muy bien tratados—. Azabache te llevará encantado.

—No sé montar.

—No necesitas saber montar para ir conmigo.

Antes de que ella pudiera elaborar la respuesta que esa declaración merecía, él se había bajado del caballo con un movimiento fluido que no anunciaba nada, y sus manos rodeaban su cintura, y el mundo subía de perspectiva de una manera que no le preguntó su opinión.

La silla del caballo era más alta de lo que parecía desde abajo.

El animal olía a cuero y a sudor limpio y al campo mojado de la mañana, y ella se aferró a la crin con los dedos de alguien que no tiene ninguna confianza en estar donde está.

Isaac subió detrás de ella en el mismo movimiento continuo.

El cuerpo de él la rodeó. No había otra forma de describir la geometría: sus piernas a los lados de las de ella, su pecho contra su espalda, un brazo cruzando por delante para tomar las riendas.

El calor de él llegó a través de todas las capas de ropa con una eficiencia que Angustias encontró ofensiva.

Azabache echó a andar al trote.

—Vas a romperme el brazo —dijo él, con la voz a la altura exacta de su oreja.

Ella no había advertido que lo estaba agarrando tan fuerte.

—Entonces detente.

—Cuando lleguemos.

El sendero bajaba por una loma suave y el movimiento del trote hizo exactamente lo que la física dictaba: la empujó hacia atrás contra el pecho de él con una precisión que no tenía nada de accidental y que al mismo tiempo no era culpa de nadie.

Su nuca rozaba la barbilla de él. La mano que sostenía las riendas le pasaba cerca del muslo en cada curva del camino.

El olor de su agua de colonia llegaba mezclado con el del campo y el del cuero de la silla, y era, en su experiencia, una combinación que dificultaba la oración.

Primer misterio, se ordenó. El primer misterio del rosario.

— ¿Estás bien?

El aliento de él rozó el lóbulo de su oreja al hablar.

—Perfectamente.

No era verdad, pero era lo disponible.

Llegaron a un arco de piedra cubierto de hiedra que Angustias no habría encontrado sola aunque lo hubiera buscado. Él se bajó primero y extendió las manos hacia ella, y cuando ella puso las suyas sobre sus hombros y sus pies tocaron el suelo, él no la soltó de inmediato.

La sostuvo. Sus pulgares sobre la cintura de ella, a través de la tela del vestido, sin presión pero sin soltarla tampoco.

La miraba desde una distancia que era demasiado corta para ser del todo inocente, y sus ojos grises tenían esa pregunta que él nunca formulaba en voz alta pero que llevaba días haciéndole.

—Ya puede soltarme, milord.

— ¿Puedo? —Una pausa, los pulgares trazando un arco mínimo sobre la tela—. ¿Estás segura?

La soltó. Con una lentitud calculada que era, en su experiencia, casi peor que no haberlo hecho.

Ella recompuso su vestido con más energía de la necesaria.

— ¿Qué es este lugar? —preguntó, porque era imprescindible decir algo.

—Ven y lo verás.

Lo que había detrás del arco de piedra era un claro en el bosque que nadie habría adivinado desde fuera.

El lago no era grande, pero era perfectamente silencioso y perfectamente claro.

El agua reflejaba el cielo de noviembre con una fidelidad de espejo, y los juncos de la orilla se movían apenas con una brisa que no llegaba a los árboles.

No había ningún sonido excepto el agua y los pájaros, y la sensación de estar en un lugar al que el mundo ordinario no había llegado todavía.

Angustias se quedó quieta en el borde del arco mirándolo.

—Es precioso —dijo, y no había más que decir.

—Lo sabía. —Él tomó su mano, con la misma naturalidad despreocupada de siempre, y la condujo hasta una roca plana junto a la orilla donde había dejado, en algún momento previo que ella no había advertido, una pequeña caña de pescar improvisada.

— ¿Vas a pescar?

—Vamos a pescar.

—Yo no sé pescar.

—Esta mañana no sabías montar y ya estás aquí. —Le puso la caña en la mano—. Habla bajo. Los peces se asustan.

Ella abrió la boca y luego la cerró, porque él tenía un punto, y porque la caña pesaba menos de lo que esperaba, y porque el lago con el sol tocando su superficie era lo más tranquilo que había visto en semanas.

Estuvieron ahí un tiempo que ella no midió.

Él le enseñó con paciencia cómo sostener la caña y cuándo recoger el sedal, sin burlarse cuando ella lo hacía mal, que era con más frecuencia de la que habría querido.

La luz sobre el agua cambiaba despacio. El silencio entre ellos no era el silencio incómodo de dos personas que no saben qué decirse, sino algo diferente, más parecido al silencio de dos personas que están aprendiendo a no necesitar hablar constantemente.

Cuando la bolsa estuvo llena, él se puso de pie y se la colgó al hombro.

— ¿Todo eso para la casa? —preguntó ella.

—Para un amigo. Sígueme.

*****

La cabaña estaba a pocos minutos del lago por un sendero entre los árboles.

Era pequeña, de piedra y madera, con una huerta lateral y cortinas blancas en las ventanas.

Olía a madera quemada y a pan, y cuando la señora Tate abrió la puerta se oyeron desde adentro las voces de niños y el sonido de algo hirviendo en la cocina.

—Buenas tardes, señora Tate ¿Está mi amigo en casa?

—Oh, por supuesto y lo espera desde hace días.

Unos niños jugaban en la mesa y en el piso, mientras una pareja de ancianos estaba sentada frente al fuego.

La mujer tejía mientras su esposo le sostenía la hilaza.

El hombre mayor se levantó para saludar a Isaac y la mujer hizo una reverencia.

Él en cambio los abrazó a ambos y le dio un beso en la mejilla a la mujer.

—Hace tiempo que no los veía, pero me alegra saber que están bien de salud—miró a Angustias—quiero presentarles a mi esposa, Angustias.

—Lady Beaufort, es un placer conocerla—dijo el hombre mayor.

—Qué alegría poder conocer a la mujer que ha logrado poner en cintura a lord Beaufort—dijo la mujer.

—Rose, por favor, ya te he dicho que me llamen Isaac. Para ustedes no soy el conde, soy su amigo.

—Lo sabemos, Isaac, pero las formas nunca deben perderse—dijo la mujer sonriendo.

—Les traje truchas recién pescadas. Sé que a Frederick le encantan.

—Muchas gracias, las pondré a cocinar ahora mismo para que todos podamos comerlas al almuerzo, porque me imagino que van a quedarse ¿verdad?

—Por supuesto que sí.

—Por favor, pasa a su recamara, él estará feliz de verte.

Isaac tomó su mano y entró en la pequeña habitación donde un hombre bastante delgado, yacía en una cama y una mujer estaba sentada a su lado, leyendo.

En el momento en que los vio dejó de hilar, y el hombre alzó la mirada para ver a Isaac.

Su semblante cambió por completo y una sonrisa se dibujó en su rostro.

—Lord Beaufort, que placer verlo por aquí.

—Frederick amigo mío. Disculpa que no haya venido en un tiempo.

—Por favor, no hay nada que disculpar. Sé que ha estado ocupado últimamente—le dijo mirando con una sonrisa pícara a Angustias.

—Permíteme presentarte a mi esposa lady Angustias St John, condesa de Beaufort.

—Es un placer bella dama.

—El placer es todo mío—era un hombre de sonrisa fácil y bellos ojos azules. Su rostro aunque demacrado, seguramente por alguna enfermedad, dejaba ver trazos de lo guapo que había sido años atrás.

— ¿Cómo te has sentido?—le preguntó Isaac.

—Bien, ahora estoy bastante mejor, gracias a ti.

—Querrás decir gracias al médico—respondió Isaac.

—Es lo mismo, mi amigo. Ese médico ha sido posible gracias a ti.

—Lord Beaufort, por favor siéntense—les dijo a ambos, la bonita joven que estaba sentada al lado de Frederick. Se apartó de su silla y colocó otra más, para que ellos se sentaran. Abrió las ventanas para que entrara el aire fresco de la mañana y salió de la habitación, prometiendo té y galletas.

—Angustias, este hombre que ves aquí, es el responsable de que yo todavía siga vivo.

—Entonces, estoy muy agradecida con usted—le dijo a Frederick.