Los Pecados Del Conde (Serie "A La Caza De Un Noble" nº 2) Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

Su cabello, suelto, era extraordinario: grueso y completamente negro, con una ligera ondulación que la luz del fuego convertía en algo que tenía más de sedería que de pelo humano.

Su piel, sin los polvos del día, era blanca con la palidez limpia de alguien que ha estado poco tiempo al sol, y contra el fondo oscuro del estudio parecía casi luminosa.

Sus ojos verdes se movían por los títulos con una expresión que era concentración pura, sin ninguna de las capas sociales que solía llevar encima.

Sacó un libro. Se dio la vuelta, y entonces lo vio.

Un grito pequeño y agudo se le escapó antes de que pudiera atraparlo, y el libro cayó al suelo con un golpe sordo.

—Tranquila. Solo soy yo.

—Me asustaste. —La mano sobre el pecho, la respiración cortada—. No te había visto ahí sentado.

—Ya lo sé. —La mirada de él recorrió la bata, el cabello, los pies descalzos sobre la alfombra persa—. ¿Ibas a robarme un libro?

—Iba a pedirlo prestado. Hay una diferencia.

—Muy fina.

Ella lo miró con suspicacia y luego recogió el libro del suelo. Era una colección de ensayos de Johnson. Lo sostuvo contra el pecho como escudo.

— ¿Puedo quedármelo?

—Puedes—la miró unos segundos— Siéntate un momento.

Le dio una palmada al espacio vacío a su lado en el sillón, que era grande pero no tanto como para que dos personas cupieran en él sin estar bastante cerca.

Ella lo consideró durante un momento con los ojos entornados, y luego fue hasta el sillón y se sentó en el borde, con el libro todavía contra el pecho.

— ¿Cómo está tu habitación?

—Bien. Muy bien, en realidad. La señora Tandy es una mujer excelente.

—Lleva veinte años en esta casa. —Una pausa—. ¿Estabas bien cuando venías en el carruaje?

Ella miró el fuego.

—No quiero hablar de eso.

—Está bien.

No insistió. Ella lo notó. Extendió un dedo y lo pasó por el hombro de ella, apenas, una presión mínima sobre la tela de la bata, y la piel que tenía debajo se erizó de una manera que no tenía absolutamente nada que ver con el frío.

—Voy a avivar el fuego. Tienes los brazos fríos.

Se levantó, tomó el atizador, y removió los leños hasta que las llamas subieron.

El calor que llegó fue inmediato y real, y cuando volvió a sentarse fue más cerca que antes, sin que ninguno de los dos lo señalara.

Pasó el brazo por detrás de ella sobre el respaldo del sillón, y ella lo miró con la expresión de alguien que está calculando la distancia entre un gesto razonable y uno que no lo es.

—Tranquila —dijo—. No voy a hacerte nada que no quieras.

El rostro de él estaba cerca. Demasiado cerca para el acuerdo que habían hecho, y sin embargo no lo suficiente para que ella se levantara, porque sus pies no respondían a la instrucción de moverse.

Olía al brandy de la copa de hacía una hora, y al cedro de siempre, y a algo que era él solo y que ella ya reconocía de manera que le resultaba inoportuna.

Él la besó.

Sus labios acariciaban los suyos con intensidad y su aroma invadió sus sentidos, era algo parecido al cedro y algo de tabaco.

Hizo que ella abriera su boca para él y todas las emociones que tenía en ese momento amenazaron con salir en ebullición.

Se sentía como si no fuera ella, tenía mareo y un inmenso placer recorriéndola por dentro, hacía que su cuerpo deseara más, mientras temblaba como una hoja.

Isaac introdujo su lengua más profunda provocando que el corazón de ella palpitara tan fuerte que parecía que fuera a estallar.

Era algo maravilloso, tierno y a la vez, intenso, que la dejó sin capacidad de pensar

Todo llegó a ella de golpe y sin escalas, y su mano libre encontró el brazo de él sin que ella hubiera dado la orden, aferrándose.

Lo único que pudo hacer después de ese beso fue suspirar y agarrarse a él. Isaac se quedó un rato sin moverse, solo la estrecho entre sus brazos más fuerte y ella solo se preguntaba una y otra vez, como podría vivir bajo el mismo techo que su esposo sin terminar en su cama.

Cuando él se separó, ella tardó dos segundos en abrir los ojos.

—Perdona. No debí hacer eso.

Lo dijo con el tono de alguien que lo dice porque debe decirlo y no porque lo sienta del todo.

Y ella lo oyó con ese tono y comprendió perfectamente lo que significaba, y esa comprensión fue lo que encendió algo que no era exactamente rabia sino algo más complicado: la irritación de haber sido llevada a un lugar y dejada ahí sola.

—No. No debiste—dijo molesta al ver su reacción.

Por un momento se imaginó tontamente que algo podría pasar entre ellos y después se reprendió a sí misma por sentir el deseo de que eso pasara, cuando ella no quería un esposo en todos los sentidos, quería su libertad.

Se puso de pie y sin decirle una sola palabra cruzó la puerta y se alejó de allí.

Se puso de pie. El libro de Johnson seguía en el sillón donde lo había dejado, olvidado. Lo recogió sin mirarlo, cruzó el estudio con pasos más rápidos de lo necesario, y salió por la puerta sin decir nada más.

Isaac se quedó mirando el fuego.

Bien hecho, pensó, con el sarcasmo que uno se permite cuando nadie está mirando. Muy bien hecho.

Bebió el resto del brandy de un solo golpe y no encontró que le ayudara particularmente.