Capítulo 4 #2
La finca de Beaufort en Essex se recortaba contra el cielo oscuro de la tarde con la solidez tranquila de algo que lleva mucho tiempo ahí y no tiene prisa por impresionar.
Era una casa grande, de piedra clara, con dos alas simétricas y una fachada de ventanas altas que la luz interior convertía en cuadros de oro desde afuera.
Alrededor, en la penumbra, se adivinaban jardines extensos y los contornos de árboles viejos.
Olía a tierra húmeda y a madera y a humo de chimenea, y todo eso junto tenía algo que era lo contrario de Londres: espacio.
Silencio. Aire que no había pasado por diez mil pulmones antes de llegar al de uno.
Lo miró. Sonreía.
Era la primera vez que lo veía sonreír de verdad esa noche, sin la ironía habitual ni la cortesía de salón, y era, descubrió, una sonrisa completamente diferente. Lo hacía parecer más joven. Menos conde.
— ¿Lista?
—Lista —dijo ella, que no estaba segura de que lo estuviera pero lo dijo de todas formas.
La señora Tandy era una mujer de unos sesenta años con el aspecto de quien ha llevado una casa grande durante décadas y ha llegado a una relación de respeto mutuo con ella.
Tenía el cabello blanco recogido en un moño impecable y la expresión cálida pero eficiente de alguien que tiene mucho por hacer y genuinamente desea hacerlo bien.
—Milady, es un honor conocerla. Soy la señora Tandy, el ama de llaves. —Hizo una reverencia breve y correcta—. Bienvenida, todos los sirvientes de esta casa, estamos a sus órdenes.
—Muchas gracias, señora Tandy.
—Jenkins, el mayordomo. —El hombre que estaba a su lado inclinó la cabeza con la gravedad de quien toma su posición muy en serio—. Bienvenida, lady Beaufort.
Isaac la presentó al resto del servicio con la eficiencia de quien conoce bien a su gente, y Angustias fue tomando nota de nombres y rostros con la atención de alguien que entiende que esas personas van a ser su mundo más inmediato en los meses que vienen.
Le parecieron, en general, personas de buen semblante. Eso ayudaba.
La señora Tandy la condujo escaleras arriba por un pasillo largo, cuyos muros estaban cubiertos de cuadros de caza y paisajes de Essex en distintas estaciones. Olía a cera de muebles, a rosas y a ese olor específico de las casas bien mantenidas que es, en el fondo, el olor de la continuidad.
La habitación estaba al final del pasillo, junto a la de Isaac. La puerta comunicante era de roble oscuro con herrajes de latón, y Angustias la miró un segundo antes de apartar los ojos.
—He encendido el fuego para que esté cálida.
—La señora Tandy abrió las cortinas de terciopelo color vino un centímetro para verificar que todo estuviera en orden—.
La cena es a las siete. Mañana, si le parece bien, podemos reunirnos para hablar de las costumbres de la casa, los horarios, los menús.
Usted manda aquí ahora, milady, y quiero que las cosas sean como a usted le gusten.
—Me parece muy bien. —Lo decía en serio, y la señora Tandy lo notó, porque su expresión se abrió un poco más.
—Bienvenida, entonces. —Sonrió—. Espero que esta casa se convierta en su hogar muy pronto. Cualquier cosa que se ofrezca, Juliette está a su disposición—le dijo mirando a la joven a su lado.
—Muy bien. Gracias.
Cuando la mujer salió, Angustias se sentó en el borde de la cama y miró el cuarto.
Era amplio, con una chimenea de piedra gris donde el fuego ardía con generosidad, una cama de dosel con cortinas de brocado color crema, un tocador con su espejo ovalado, y dos ventanas que daban al jardín trasero donde la oscuridad ya era total.
Todo estaba limpio, cuidado, ordenado. Era un cuarto que alguien había preparado para ella con atención.
—Estoy tan cansada —murmuró.
—Es por todo lo que ha vivido hoy, señorita... —Juliette se interrumpió—. Milady. Perdone, todavía no me acostumbro.
—Ni yo —dijo ella—. Pero ya lo irás haciendo.
Se quitó el vestido, se lavó la cara en el agua que había traído la doncella para limpiarse un poco del viaje, y eligió el camisón más sencillo que tenía, el de algodón blanco con el escote cerrado que en ningún escenario posible podía interpretarse como una invitación a nada.
Luego se sentó frente al tocador mientras Juliette le soltaba el cabello, y pensó en la puerta de roble con los herrajes de latón, y en el acuerdo, y en que su esposo era un hombre de su palabra o no lo era, y que esta noche lo descubriría.
*****
El estudio de Isaac en la planta baja era el cuarto más honesto de la casa.
No tenía la formalidad del salón principal ni el orden impuesto del comedor, sino ese aspecto particular de un espacio donde alguien vive de verdad: libros fuera de sus estantes, papeles sobre el escritorio de roble, una copa de brandy a medio terminar en la mesilla junto al sillón de cuero que estaba demasiado cerca de la chimenea como para resultar cómodo y demasiado cómodo como para cambiarlo de sitio.
Él llevaba una hora sentado ahí, mirando el fuego.
Había sido un día de una densidad inusual incluso para alguien con su experiencia en situaciones que requieren compostura.
La ceremonia, los murmullos de los invitados, la madre de Angustias con su frialdad de témpano que le había producido una irritación que no era de su incumbencia sentir pero que había sentido de todas formas.
Y el carruaje, y ella dormida contra su hombro durante cuatro horas, con el cabello suelto parcialmente y la respiración lenta de quien por fin ha bajado la guardia.
Era una mujer extraña. Eso era lo que se repetía cuando quería ponerlo en términos simples.
No extraña en el sentido de incomprensible, sino extraña en el sentido de diferente: sin el cálculo de las mujeres de la sociedad que él conocía bien, sin la frivolidad ni la ambición, con un tipo de honestidad que a veces resultaba incómoda porque lo obligaba a ser más honesto de lo que solía.
Oyó un ruido.
La puerta se abría muy despacio. Una figura pequeña, envuelta en una bata de dormir color crema y con el cabello negro suelto hasta la cintura, cruzó el estudio con la concentración de alguien que está intentando no hacer ruido y llega directo al estante de libros junto a la ventana.
Lo recorrió con el dedo índice, de izquierda a derecha, con la cabeza ladeada para leer los lomos.
Él no dijo nada. La observó.