Los Pecados Del Conde (Serie "A La Caza De Un Noble" nº 2) Capítulo 4
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Capítulo 4

La iglesia de St. George en Hanover Square olía a cera de vela y a piedra húmeda y a ese perfume específico de los lugares que llevan siglos siendo testigos de cosas importantes.

Las flores del altar eran blancas, rosas y lilas, sencillas por decisión de ambos, y la luz que entraba por los vitrales del lado sur lanzaba sobre los bancos de roble oscuro unos rectángulos de color que se movían muy despacio con el paso de las nubes afuera.

Angustias los miraba moverse porque era más fácil que mirar al frente.

La iglesia no estaba llena. Cuarenta personas, quizás cincuenta, distribuidas con la holgura de quien ocupa un espacio diseñado para trescientas.

La familia de sus tíos en el lado izquierdo, las primas de Isaac en el derecho, un puñado de conocidos de ambos que habían aceptado la invitación con la prontitud de quienes reconocen que una boda de este tipo, discreta y apresurada, prometía conversación suficiente para varias semanas de temporada.

Los murmullos se escuchaban incluso a través del órgano, que tocaba con la dignidad de quien cumple su función sin importar el estado de ánimo de los asistentes.

Junto a ella, de pie, Isaac miraba al sacerdote con la expresión de un hombre que ha tomado una decisión y la está ejecutando.

No la miraba a ella. Pero de vez en cuando, en los momentos en que el sacerdote hacía una pausa, ella veía con el rabillo del ojo que él verificaba su postura, la posición de sus manos, si estaba bien.

Era un gesto pequeño y era, en su experiencia de esa mañana, el más gentil que alguien le había hecho en todo el día.

Florencia Walton estaba en el banco delantero con los pulgares entrelazados sobre el regazo y la mirada en el altar, fija e ilegible.

De vez en cuando miraba al novio. Luego miraba los bancos del lado contrario.

Luego volvía al altar con la expresión de alguien que está orando y reservando el juicio para después.

El sacerdote habló. Ellos respondieron. Los anillos pasaron de unas manos a otras con la solemnidad que el momento requería, y el de Isaac era frío cuando lo deslizó en su dedo, frío y preciso, y ella pensó que era extraño que algo tan pequeño pudiera cambiar tanto.

Ya está hecho, pensó. Ya está hecho y no hay vuelta atrás.

—Puede besar a la novia —dijo el sacerdote.

Isaac se giró hacia ella. Sus ojos grises la miraron un instante, y en ese instante había algo que no era la frialdad habitual ni la ironía habitual: era algo más parecido a la comprensión, o a algo que se le parecía mucho.

Se inclinó y la besó en la mejilla, un roce breve y respetuoso que olía a su agua de colonia habitual, cedro y algo cálido debajo.

Los invitados aplaudieron con la educación correcta.

Lo que siguió fue abrazos y felicitaciones, y manos que tomaban las suyas y voces que decían cosas que ella oyó sin escuchar del todo, y en medio de eso su esposo, su esposo, le tomó la mano con la naturalidad de quien lleva años haciéndolo y la condujo hacia el exterior de la iglesia bajo la lluvia fina de noviembre que había comenzado a caer sin avisar.

El desayuno nupcial se celebró en la casa de sus tíos, que para la ocasión había sido decorada con flores blancas en todos los jarrones disponibles y unas mesas largas cubiertas de lino donde el cocinero había dispuesto sus mejores especialidades.

El olor de la mantequilla caliente y el pan recién horneado competía con el de las flores, y los invitados se movían entre las mesas con esa energía particular de las celebraciones que son alegres sin ser ruidosas.

Angustias se sentó donde la pusieron y dio las gracias a quien se las pidió.

Era una autómata razonablemente bien vestida en azul lavanda que sonreía en los momentos correctos y asentía cuando era apropiado asentir, y nadie a su alrededor habrían adivinado que la mayor parte de su atención estaba puesta en el reloj de la repisa de la chimenea, contando los minutos.

Las primas de Isaac se acercaron juntas, con esa solidaridad particular de las hermanas que enfrentan situaciones sociales en formación cerrada. Eran dos jóvenes de veinte y veintidós años, morenas y de ojos vivos, con la sonrisa fácil de quien no tiene nada que disimular.

—Lady Beaufort. —La mayor extendió la mano—. Soy Charlotte y esta es mi hermana Anne. Estamos encantadas de conocerla.

—El placer es mío.

—Isaac lleva años necesitando que alguien lo ponga en cintura. —Charlotte lo dijo con la afección directa de quien conoce bien a alguien y no tiene miedo de decirlo—. Y por lo que nos ha contado de usted, creo que usted puede lograrlo.

— ¿Les ha contado cosas de mí?

Anne se echó a reír.

—Más de las que probablemente pretendía.

Era la primera vez en todo el día que Angustias sonrió de manera genuina.

Quedaron en que las visitarían en cuanto estuvieran instaladas en la finca de Essex, y ella accedió con más entusiasmo del que había tenido para ninguna otra cosa esa mañana.

Las dos jóvenes eran contemporáneas y tenían una manera de hablar que no era condescendiente ni calculadora, y en ese momento eso era exactamente lo que necesitaba.

Isaac apareció a su lado con el silencio eficiente de siempre.

—Creo que ya es hora de partir.

—Está bien. —Se puso de pie—. Deja que avise a mi madre y a mis primas y me cambio de ropa.

—Te espero aquí.

Tomó su mano y la llevó a los labios con una naturalidad tan estudiada que resultaba convincente incluso para ella, que sabía perfectamente que era teatro.

—No te sorprendas, querida. Eres mi esposa. La gente debe ver que somos una pareja unida.

Lo dijo en voz suficientemente baja para que solo ella lo oyera. Y ella asintió, porque era razonable, y se fue a buscar a su madre sin mirar atrás, preguntándose por qué la palabra teatro le pesaba de una manera que no había esperado que le pesara.

La despedida duró diez minutos y fue exactamente lo que ella temía.

Sus tíos la abrazaron con el calor genuino de personas que la habían acogido bien y que ahora la veían partir con la mezcla de alivio y afecto complicado que uno siente cuando un encargo difícil termina de manera razonablemente satisfactoria.

Sus primas la besaron en las mejillas y le dijeron que la visitarían pronto.

El resto de los invitados formó un corredor informal hacia la puerta, y los parabienes llovieron de manera idéntica a los de hacía dos horas en la iglesia.

Su madre llegó la última.

Angustias se volvió hacia ella con la esperanza que no había podido extinguir del todo, la misma esperanza pequeña e irracional de toda la mañana. Un abrazo. Una palabra. Algo que pudiera llevarse en el carruaje durante cuatro horas.

Florencia le tomó las manos. Las sostuvo un momento.

—Que Dios te proteja, hija. —le dio la bendición con el gesto breve de alguien que ha rezado mucho y esperado poco—. Y que este matrimonio sea más llevadero que el mío.

Se giró y se fue.

Angustias subió al carruaje. No miró a Isaac.

Miró por la ventana el perfil de Upper Brook Street desapareciendo detrás de ellos mientras los caballos tomaban velocidad, y los edificios de Mayfair dieron paso a las calles más anchas del norte de la ciudad, y luego a los primeros indicios del campo, y durante todo ese trayecto inicial ella mantuvo los ojos en el paisaje y los labios apretados con la precisión de quien está conteniendo algo que no tiene ninguna intención de derramar delante de su esposo en su primera hora de matrimonio.

—Llegaremos en unas tres o cuatro horas. Si necesitas parar o tienes hambre, dímelo.

—Gracias. —sin girarse.

Él la observó un momento. Vio la rigidez de su espalda, la manera en que sus manos descansaban sobre el regazo sin moverse, los ojos que miraban el campo con una fijeza que no tenía nada que ver con el paisaje.

Había visto a su madre darle la bendición con la frialdad de un contrato notarial, y había visto a Angustias subir el carruaje con la mandíbula apretada del modo en que se aprietan las mandíbulas cuando uno ha decidido que no va a llorar y está determinado a cumplir esa decisión cueste lo que cueste.

No era un hombre dado a los gestos de consuelo. Tenía, en general, poco entrenamiento en ellos.

— ¿No tienes frío?

—No, estoy bien.

—Angustias. —Lo dijo con más suavidad de la que pretendía—. Tienes los ojos brillantes y los hombros tensos. No tienes que pretender nada conmigo ahora mismo.

Ella no respondió.

Él se movió. Cruzó el espacio estrecho entre los dos asientos del carruaje y se sentó a su lado, y antes de que ella pudiera decidir qué hacer al respecto, la tomó por los hombros y la atrajo hacia él con una firmeza que no dejaba lugar a la negociación pero que tampoco era brusca.

—Yo no…

—Tú nada —dijo, y la rodeó con el brazo más fuerte.

Ella lo dejó. Fue la decisión más sencilla que había tomado en todo el día, porque el cuerpo de él era cálido y sólido, y olía al mismo cedro y tabaco del beso en la iglesia, y el movimiento rítmico del carruaje sobre el camino hacia Essex tenía algo de mecedora, y llevaba demasiadas horas sosteniendo demasiadas cosas.

Cerró los ojos.

En algún momento entre Middlesex y los primeros robles de Essex, se quedó dormida con la mejilla contra el hombro de su esposo, que no se movió en todo el trayecto.

—Despierta, esposa mía. Hemos llegado.

La voz llegó de lejos y luego no tan de lejos, y Angustias tardó unos segundos en entender dónde estaba, qué día era, y por qué alguien que olía a cedro la estaba llamando esposa.

Luego lo recordó todo.

— ¿A casa? —preguntó, algo adormilada todavía.

—A casa. —Había algo en el tono de él que no era burla—. Han pasado casi cuatro horas y tú ibas bastante inconsciente. Puedo ser un cojín aceptable.

Ella se separó con más celeridad de la que la situación requería y se acomodó el cabello, que se había soltado parcialmente durante el trayecto. Miró por la ventana del carruaje.