Capítulo 3 #3
Luego llegó la prima Eulalia, con esa capacidad suya para aparecer en los momentos menos convenientes, y luego la tía con preguntas sobre el menú nupcial y la lista de invitados, y el conde aguantó el tema del pastel de la boda durante veinte minutos antes de anunciar que tenía asuntos que atender y retirarse con la cortesía correcta de alguien que ha alcanzado su límite pero es demasiado bien educado para decirlo en voz alta.
Angustias lo vio salir por la ventana del salón, subir a su carruaje con el movimiento eficiente de quien lo ha hecho miles de veces, y desaparecer por Upper Brook Street sin mirar atrás.
Luego bajó la vista a la cadena de oro que tenía en la mano.
La sostuvo un momento, el ángel pequeño y frío contra su palma.
Lo más hermoso que me han dado en la vida, había dicho.
Y era verdad. Eso era lo que le resultaba más difícil de todo.
La mañana de la boda llegó con niebla.
No la niebla dramática de las novelas, sino la niebla gris y persistente de un martes de noviembre en Londres, que se metía por las rendijas de las ventanas y hacía que todo pareciera un poco más irreal de lo que ya era.
Juliette llevaba dos horas trabajando. El vestido de boda estaba sobre la cama: seda color marfil con encaje de Bruselas en el escote y en los puños, sencillo por los estándares de la época, que era exactamente lo que ambos habían pedido.
No había ningún motivo para hacer teatro de algo que no era lo que parecía.
Eulalia le aplicaba los polvos con una borla pequeña y le lanzaba miradas de preocupación entre capa y capa.
—No quiero parecer un payaso —murmuró Angustias, mirando el espejo con desconfianza.
—No lo parecerás. —Eulalia dio un paso atrás para evaluar el resultado—. ¿Estás bien?
—Estoy nerviosa. —Era la verdad más sencilla que tenía disponible—. Y no entiendo a mi madre, que me dice que el matrimonio es prácticamente la condena eterna si me caso, y también la condena eterna si no lo hago. No hay forma de complacerla.
—Lo importante —dijo Eulalia, con esa practicidad suya que hoy resultaba reconfortante en lugar de irritante—, es que tú quieras esto.
—Claro que sí —dijo ella, que no estaba mintiendo del todo pero tampoco estaba diciendo la verdad del todo, y ambas cosas eran exactamente lo mismo.
La puerta se abrió sin llamar.
Florencia Walton entró con la sigilosidad de las personas que han aprendido a moverse por el mundo ocupando el menor espacio posible, aunque en su caso ese sigilo no venía de la discreción sino del peso.
Era una mujer todavía hermosa, con los mismos ojos verdes de su hija y el mismo cabello negro apenas marcado por algunas canas, pero había en su expresión algo permanente que recordaba a las personas que cargan con una convicción demasiado pesada y llevan tanto tiempo haciéndolo que ya no pueden imaginarse sin ella.
—Déjennos solas, por favor.
Juliette y Eulalia salieron. La puerta se cerró con un clic suave.
Florencia estudió a su hija durante un momento con esa mirada evaluadora que Angustias había aprendido desde la infancia a recibir sin moverse.
—Te ves bien. —Una pausa—. El vestido es algo fastuoso.
—Lo escogió Sonia. Es un regalo de su parte.
—Ya veo.
Silencio. El tipo de silencio que tiene peso propio.
Te quiero, esperó ella. Estoy orgullosa de ti. Todo va a salir bien. Es un buen hombre. Cualquiera de las cuatro cosas. Una sola de las cuatro cosas. Solo eso.
—Tenía que decirte algunas cosas antes de que esto ocurra.
—La voz de su madre era la de siempre: seca, uniforme, sin matices—.
Debes poner de tu parte para que esta noche sea tolerable para tu esposo.
Una mujer no disfruta de la unión marital.
La acepta porque es su deber y porque es el único medio de darle al marido los herederos que necesita. No esperes nada placentero de eso.
Angustias miraba el punto entre sus manos donde los guantes blancos se juntaban.
—Lo que sentirás esta noche es la consecuencia del pecado original. Lo que Dios les impuso a las mujeres por lo que hizo Eva. Y si tienes suerte, será breve.
—Sí, madre. —las palabras salieron vacías porque ya no quedaba nada dentro de ellas.
Florencia la examinó un momento más.
—Me iré a orar un poco por tu matrimonio. Para que no sea tan difícil para ti como lo fue para mí, mientras tu padre estuvo vivo. —dudó un momento casi imperceptible— Tu padre me dejó mucho dolor, Angustias. Mucho. Y yo no quiero que te ocurra lo mismo.
Y salió.
Sin el te quiero. Sin el estoy orgullosa. Sin el todo va a salir bien, que era lo único que ella había pedido en silencio toda la mañana y que su madre, como siempre, no había escuchado porque estaba demasiado ocupada con sus propias penas para oír las ajenas.
La puerta se cerró con el sonido suave y definitivo de algo que lleva años siendo así y no va a cambiar hoy.
Angustias se quedó mirando el reflejo del espejo. La mujer de marfil y encaje que le devolvía la mirada tenía sus ojos y su boca y su gesto de mandíbula apretada cuando intentaba no derrumbarse. La cadena del ángel asomaba en su cuello, fina y dorada, sobre el encaje del escote.
Respiró hondo. Una vez. Dos.
Hoy no, se dijo. Hoy no le das eso.
Llamó a Juliette.
Bajó a casarse.