Capítulo 3 #2
Los días que siguieron transcurrieron con la velocidad improbable de las cosas que uno quisiera retrasar.
La boda se organizó con la eficiencia de quien sabe exactamente lo que quiere y lo que no quiere: sin pompa, sin doscientos invitados que llegaran a criticar el menú y el arreglo floral.
Una ceremonia breve en la iglesia de St. George, en Hanover Square, con la familia inmediata de ambos lados y no mucho más.
Sonia envió una nota desde la casa de campo lamentando no poder estar, con una posdata que decía: Cuéntamelo todo en cuanto puedas. Todo, Angustias.
Fue el único momento de esa semana en que ella tuvo que parpadear con más fuerza de lo ordinario.
Isaac la visitó una tarde de mediados de la semana siguiente con un ramo de flores que el lacayo subió por las escaleras primero, porque el ramo era demasiado grande para que cupiera sin escolta.
Eran rosas blancas y lilas azules recién cortadas, todavía con el frío del invernadero encima y ese olor específico de los jardines bajo cristal: tierra húmeda, pétalos abiertos, y una leve nota dulce que le llegó a Angustias antes de que él terminara de saludar.
Las olió sin decir nada durante un momento que él observó con una atención que prefirió no catalogar.
—Muchas gracias. Están preciosas.
—Supuse que te gustarían las flores. —Estaba de pie junto a la repisa de la chimenea, en un ángulo que le permitía verla bien sin que resultara obvio que lo hacía—. O eso, o te traía un libro de oraciones y no me pareció que fuera a ganarte mucho terreno.
—Un libro de oraciones también habría sido bienvenido. —la comisura de su boca se movió contra su voluntad—. Pero sí, las flores son lo que más me gusta que regalen. Mi madre dice que es un gusto frívolo.
—Tu madre dice muchas cosas que yo me tomaría con precaución.
Ella no respondió a eso, pero tampoco lo contradijo, y él tomó nota de ambas cosas.
—Tengo algo más. —Buscó en el bolsillo interior del frac y sacó una cajita pequeña, cuadrada, cubierta de terciopelo azul marino que había visto tiempos mejores—.
No es nada extraordinario. Perteneció a mi madre, y para ella tenía un valor que no era del tipo que se mide en libras. Pensé que tal vez tú querrías tenerlo.
Angustias tomó la cajita. La abrió.
Dentro, sobre una cama de seda blanca desgastada, descansaba una cadena de oro fino con un dije: un ángel en miniatura, con las alas abiertas, sosteniendo una rosa entre las manos.
El trabajo era delicado, del tipo que ya no se encontraba fácilmente, y el oro tenía ese brillo suave de las cosas que han pasado por muchas manos con cuidado a lo largo de muchos años.
Lo miró durante varios segundos sin decir nada.
—Es lo más hermoso que me han dado en la vida. —lo dijo en voz baja, porque era demasiado verdad para decirlo más alto.
Él no respondió. Cruzó el salón y se sentó en el sillón frente a ella. Luego se levantó de ese sillón, sin explicación, y se sentó en el sofá a su lado. Ella dio un pequeño respingo involuntario que no pudo disimular del todo.
—No te alejes —dijo él, con calma.
—Es que no creo que debamos estar tan cerca.
— ¿Por qué piensas eso?
—La gente podría pensar... —Se interrumpió, porque incluso mientras lo decía comprendía lo irrelevante que era el argumento.
—La gente ya sabe que vamos a casarnos. —Su voz descendió un tono, no de manera calculada sino con la naturalidad de quien habla en voz baja porque el espacio entre dos personas se ha reducido—. Lo único que pueden pensar es que deseamos estar juntos. Que queremos, tal vez, tomarnos de la mano.
Sus dedos encontraron los de ella sobre el regazo con una precisión que no tenía nada de accidental.
Las manos enguantadas hasta la muñeca, y en el punto donde el guante de cabritilla terminaba y la piel comenzaba, él trazó un círculo lento con el pulgar.
Era un gesto pequeñísimo. Era, en la experiencia muy limitada de Angustias con este tipo de cosas, el gesto más perturbador que le habían hecho en la vida.
Lo miraba como hipnotizada.
—Eres una mujer muy particular. —Su voz era la misma pero su tono no—. Me causas una curiosidad que no me resulta del todo cómoda de tener.
—No sé si eso es un cumplido o una queja.
—Tampoco yo. Pero es honesto.
Su mano libre se levantó y rozó su mejilla, apenas, con la yema de tres dedos.
Ella cerró los ojos sin haberlo decidido.
Las manos de él tenían las marcas callosas de quien monta a caballo y empuña cosas, no las manos perfectas y suaves que uno esperaría de un conde de salón, y sin embargo el contacto era extraordinariamente cuidadoso.
Lo que olía era agua de colonia cara y tabaco fino y debajo de eso algo más cálido y específico que el vestíbulo de Angustias no tenía vocabulario para clasificar.
La puerta del salón se abrió.
El mayordomo entró con el servicio del té, con la eficiencia impecable y el sentido de la oportunidad absolutamente fatal de alguien que cumple con su deber sin considerar que los deberes pueden colisionar entre sí.
Detrás venía un lacayo con la bandeja de galletas de avena.
Angustias se separó con una brusquedad que volcó casi la mesilla, y la cadena con el ángel tintineó suavemente al caer sobre el tapete.
Isaac miró al mayordomo.
El mayordomo miró la bandeja.
Nadie dijo nada.