Capítulo 3
La habitación de Angustias en Upper Brook Street medía exactamente doce pasos de largo si se andaban despacio y diez si uno estaba demasiado agitado para preocuparse por la precisión. Ella los conocía todos esa mañana.
Había dormido mal. El tipo de mal que no viene del insomnio sino de los sueños que interrumpen el sueño constantemente, fragmentos de la noche anterior que regresaban con la claridad inoportuna de las cosas que uno preferiría no recordar tan bien: el brazo del barón, el olor a tabaco rancio, el momento en que la puerta del salón se abrió de golpe y apareció el conde con esa calma que resultaba más perturbadora que cualquier alarma.
Y las palabras que siguieron. La señorita Walton acaba de aceptar mi propuesta de matrimonio.
Las mismas palabras que llevaba ocho horas repitiéndose en distintos tonos, con distinto énfasis, buscando el ángulo desde el que tuvieran algún sentido.
No lo encontraba.
Se detuvo frente a la ventana. La calle de abajo estaba animada con el tráfico ordinario de la mañana londinense: el lechero con su carro, dos señoras con sus doncellas, un carruaje que avanzaba demasiado rápido sobre los adoquines mojados.
Un día ordinario para todo el mundo excepto para ella, que había amanecido prometida a un hombre al que no había elegido, por obra de una cadena de circunstancias que se había iniciado con un barón de segunda categoría y una galería de cuadros.
Si hubiera dicho algo. Si simplemente hubiera abierto la boca antes de que la marquesa de Rochester entrara y el conde pronunciara esas palabras, nada de esto habría ocurrido.
Pero no lo había hecho. Y ahora el Morning Chronicle lo sabía, y la familia lo sabía, y muy seguramente toda la sociedad londinense lo sabía también, y ese era el problema particular de los errores que uno no comete sino que simplemente no impide: que resultan imposibles de distinguir de los que sí se cometen.
—Señorita.
Juliette asomó la cabeza por la puerta con la expresión de alguien que tiene una noticia y no está segura de cuándo es el mejor momento para darla.
—Abajo está el conde de Beaufort. Ha venido a verla.
El estómago se le contrajo. No era sorpresa, porque él había enviado una nota esa mañana temprano, antes de que ella terminara el desayuno, pidiéndole con una cortesía impecable que lo recibiera esa tarde.
Lo había leído tres veces y luego lo había dejado sobre la mesilla y había seguido sin desayunar.
—Dile que bajo en un momento.
Se miró en el espejo del tocador. No era vanidad, o no era solo vanidad: había algo en el hecho de enfrentarse a ese hombre en particular que hacía que uno quisiera al menos presentar un frente ordenado.
Se acomodó un mechón, se pellizcó levemente las mejillas, y bajó las escaleras con la resolución de alguien que va a una conversación incómoda y ha decidido al menos tener la postura correcta.
Él estaba de pie junto a la ventana del salón cuando ella entró, con las manos enlazadas a la espalda y la mirada en la calle de afuera.
El traje de paño gris oscuro lo hacía parecer más serio que de costumbre, y cuando se giró al oírla, sus ojos tenían una expresión que ella no le conocía bien todavía: algo que no era exactamente incomodidad pero que tampoco era la tranquilidad habitual.
—Buenas tardes, señorita Walton.
—Lord Beaufort. —Indicó la silla frente al sofá—. Por favor, siéntese.
Él esperó a que ella se sentara primero, lo cual era correcto y lo cual también era, en el contexto de todo lo demás, vagamente irritante.
—No podía dejar de venir a hablar con usted. —Se sentó, apoyó los codos sobre las rodillas, y la miró de frente—. Sé que esto es algo inesperado. Que ayer yo dije lo que dije y hoy todo el mundo lo sabe, y usted tiene todo el derecho del mundo a estar furiosa.
— ¿En qué pensaba usted, milord? —Las palabras salieron con más fuerza de la que pretendía—. ¿Cómo pudo hacerme algo así?
Él abrió la boca. La cerró. Luego:
—Yo no le hice nada. —Su voz era quieta, sin elevarse—. Lo único de lo que soy culpable es de actuar por instinto. No quería que ese hombre arruinara su reputación, y eso era exactamente lo que estaba intentando hacer. ¿O no es así?
Las mejillas de ella se encendieron al recordar. La mano en su brazo, la boca de Bexley, el forcejeo. Los pulmones se le cerraron un momento.
—Debo agradecerle eso —dijo, con la rigidez de quien hace un esfuerzo—. Pero habría preferido que se le hubiera ocurrido algo menos radical que un compromiso matrimonial.
— ¿Cree que no lo sé?
Fue demasiado brusco. Él mismo lo reconoció en el momento en que lo dijo, en el jadeo pequeño que ella soltó y en la manera en que sus manos se apretaron sobre el regazo.
—Le ruego que me perdone. —Hizo el movimiento de tomar su mano y se contuvo cuando ella se apartó un centímetro—. Eso no fue justo.
—No. —Una pausa—. Aunque en algún sentido tiene razón. Usted no me obligó a quedarme callada. Yo tomé esa decisión.
Era la primera vez que lo reconocía en voz alta, y a él le pareció que eso le costaba más de lo que quería mostrar.
—Eso no cambia que la situación sea mi responsabilidad.
—No. Pero cambia que yo sea únicamente una víctima de ella.
—Lo miró a los ojos—. Soy consciente de lo que soy, milord.
Sé que no tengo la apariencia de las mujeres que frecuenta usted, ni me visto de manera que llame la atención, ni tengo la moral disoluta que hace a esas damas tan entretenidas para hombres como usted. No me engaño respecto a eso.
Él la miraba con una expresión que fue cambiando mientras ella hablaba, de la atención a algo más agudo.
—Vaya, vaya. —La comisura de su boca se movió—. Así que la pequeña santurrona tiene garras.
—No soy ninguna santurrona. —Sus ojos se abrieron y había en ellos algo que no era solo indignación—. Soy una mujer decente, y hay una diferencia entre las dos cosas, aunque es obvio que usted no puede verla.
— ¿Y cuál es esa diferencia, exactamente?
—Se recostó en la silla con la calma de alguien que tiene todo el tiempo del mundo—.
Porque desde mi perspectiva, todo lo que le resulta agradable a cualquier persona es para usted materia de confesión.
Si bailó con demasiado entusiasmo, corre al sacerdote.
Si sonrió demasiado, también. Me pregunto cómo sobrevive a un día ordinario.
— ¡Es usted insufrible! —Se puso de pie—. Creo que lo más sensato es deshacer todo esto. Cada quien por su lado y que la vida siga.
— ¿Y no cree que ya lo habría hecho si pudiera?
Se detuvo.
Era la verdad, y los dos lo sabían. Deshacer el compromiso ahora, con la noticia en el periódico y la familia ya enterada, sería peor que el compromiso mismo.
El escándalo la seguiría durante años. Su madre lo sabría.
Su tía lo sabría. Toda la sociedad lo sabría, y construiría con ese material una historia que ninguno de los dos podría controlar.
—Lo que se me ocurre —dijo él, con el tono de alguien que ha pensado en esto—, es que ya que ninguno de los dos quiere esto, podemos acordar un arreglo que nos dé a ambos lo que necesitamos.
Ella se giró despacio.
—La escucho.
—Usted tendrá una vida cómoda. Lujos, libertad para hacer lo que quiera, sin que yo interfiera en sus asuntos. A cambio, usted no interferirá en los míos.
El estómago se le aflojó de una manera desagradable.
— ¿Qué asuntos son esos?
Él la miró con la tranquilidad de alguien que dice algo que sabe que va a doler y lo dice de todas formas porque no tiene alternativa.
—Yo soy un hombre con ciertos hábitos, señorita Walton. Seré su esposo delante del mundo. Dentro de las paredes de nuestra casa, cada uno vivirá su vida. Soy discreto. Nadie sabrá nada.
—Ni lo sueñe.
Las palabras salieron sin cálculo, desde algún lugar más hondo que la cortesía.
— ¿Perdón?
—Que no. —Cruzó los brazos—. Que podré no haberlo elegido, pero no permitiré que mi esposo, aunque sea en nombre, me humille de esa manera bajo mi propio techo. Lo que haga fuera es asunto suyo y de Dios, pero no meterá mujeres en casa. No permitiré eso.
Él la estudió durante un momento que se extendió lo suficiente para resultar incómodo.
—Muy bien. Entonces deshagamos el compromiso.
Se puso de pie.
— ¡No! —La palabra se le escapó antes de que pudiera pesarla—. Espere.
Él esperó. Con paciencia. Con esa paciencia particular suya que era casi peor que la impaciencia de otros hombres porque tenía demasiada conciencia de sí misma.
Angustias se sentó. Juntó las manos sobre el regazo y miró el punto entre sus pies donde el tapete de lana turca tenía un motivo en azul y oro.
Se obligó a pensar con claridad, sin el ruido de sus propios miedos interponiéndose.
Su madre. El escándalo. La carta que llegaría a Nueva York.
La expresión de Florencia Walton al enterarse, esa expresión que ella conocía tan bien y que siempre decía, sin decirlo, que tenía razón en todo lo que había predicho sobre su hija.
No. Eso no.
—Está bien. —Su voz sonó extraña incluso para ella—. Pero sin intimidad. Cada uno vive su vida, como usted dice, pero dentro de la casa se me respeta. Sin mujeres. Sin humillaciones.
—Acordado.
—Y quiero que me prometa algo más.
—Lo que pida.
Levantó la vista.
—Que cuando todo el mundo dé por hecho que ya somos marido y mujer, no me presionará para que sea su esposa en todos los sentidos. Que esa parte del acuerdo la respetará.
Isaac la miró durante un instante largo.
Había en sus ojos grises algo difícil de leer, y que podría haber sido cualquier cosa entre el acuerdo genuino y la convicción privada de que las cosas raramente terminan como se planean.
Era un hombre que conocía a las personas, y lo que veía en ella en ese momento era una mujer que pedía protección con las mismas palabras con que rechazaba la intimidad, y no estaba seguro de que ella supiera que eran la misma cosa.
—Le doy mi palabra.
No era exactamente lo mismo que una promesa. Pero era lo que había.