Capítulo 2 #3
Angustias la siguió porque no había alternativa, y porque el brazo de la marquesa de Rochester, que pesaba algo así como la opinión pública personificada, era más fácil de obedecer que de contradecir.
Salió del salón sin mirar atrás, aunque escuchó la puerta cerrarse detrás de ella y adivinó perfectamente lo que venía a continuación en ese cuarto.
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El barón de Bexley se limpió la comisura de la boca con el dorso de la mano. Estaba mirando al conde con los ojos de alguien que ha calculado sus opciones y no le gusta ninguna de ellas.
Isaac cruzó los brazos.
—Si se te ocurre abrir la boca —dijo, con una calma que era más amenazante que cualquier elevación de voz—, me encargaré de que toda la ciudad sepa exactamente cuánto debes y exactamente cómo pretendías arreglarlo. —Una pausa—. ¿Ha quedado claro?
El barón asintió. Tenía la expresión de alguien que está guardando algo para después, y Isaac lo notó y lo archivó.
—Bien.
Salió del salón con el paso de quien ha resuelto una situación y empieza a darse cuenta del tamaño completo de lo que acaba de crear en su lugar.
El panfleto del día siguiente dedicó tres párrafos a la noticia con el entusiasmo de quien sabe que tiene material excepcional: Isaac St. John, conde de Beaufort, el soltero más persistente y más imposible de la temporada, había anunciado su compromiso con la señorita Angustias Walton, heredera americana y sobrina de los respetables Walton de Upper Brook Street.
Los editores del periódico habían elegido sus palabras con el cuidado de quienes conocen el poder de la ambigüedad: sorpresivo, inesperado, apresurado.
Decían todo sin decir nada, que era exactamente cómo funcionaba ese tipo de periodismo.
Isaac lo leyó con la taza de café en la mano y el desayuno enfriándose frente a él.
El mayordomo apareció en el umbral del comedor con la expresión de alguien que tiene noticias que preferiría no dar.
—Milord. Hay un caballero de apellido Walton que solicita verlo. Dice ser primo de la señorita Angustias Walton, y ha informado que no se marchará hasta haber hablado con usted.
Isaac dejó el periódico sobre la mesa.
—Hazlo pasar, James.
Charles Walton era un hombre de unos treinta años con el aspecto de alguien que ha pasado la noche anterior sin dormir y la mañana siguiente sin desayunar, y que tiene la energía de la indignación justa para compensar ambas cosas.
Entró al comedor sin esperar a que lo invitaran a sentarse y se quedó de pie frente a la mesa con los pulgares en el chaleco y la mandíbula apretada.
—No soy hombre que ande con rodeos, milord.
—Eso ya lo veo. —Isaac indicó la silla frente a él—. Siéntese, por favor.
—Prefiero estar de pie. Vine aquí porque me parece una falta de educación inexcusable que haya anunciado algo tan serio como un compromiso matrimonial con mi prima sin hablar antes con su familia.
Quiero que me explique qué ocurrió exactamente anoche, porque lo que el periódico insinúa no cuadra con el hombre que usted es supuestamente.
—Con todo respeto, señor Walton, ¿qué es lo que supuestamente soy?
—Un hombre que no mira dos veces a una mujer como Angustias.
Isaac dejó la taza.
—Le ruego que no hable de ella de esa manera.
—Es la verdad y los dos lo sabemos. La quiero mucho, pero no soy ciego. ¿Qué es lo que realmente busca con esto? Porque si es la dote, puede decírselo directamente y ahorraremos tiempo.
—No necesito la dote de nadie. —Lo dijo sin énfasis, porque era simplemente un hecho—. Llevo tiempo interesado en la señorita Walton desde que la conocí, pero quería ir con calma. Lo que vi anoche me obligó a apresurar las cosas.
Hizo una pausa y le explicó lo sucedido con Bexley con la precisión escueta de quien da un informe: los motivos conocidos del barón, su situación financiera, el plan que había resultado evidente en retrospectiva, la intervención antes de que la marquesa de Rochester encontrara una escena que habría sido irrecuperable.
Omitió los detalles que no eran necesarios y no adornó los que sí lo eran.
Charles Walton escuchó sin interrumpir.
Cuando terminó, el primo de Angustias guardó silencio durante varios segundos, mirando el mantel con la expresión de quien está revisando sus conclusiones a la luz de nueva información.
—No me esperaba esto de Bexley.
—Él no se habría esperado el resultado de esta mañana tampoco. —Isaac recogió la taza—. Le pido que no le diga nada a su prima sobre los detalles del acuerdo con él. Hice un trato para que no desmintiera el compromiso, y prefiero que las cosas queden así.
— ¿Y su interés en ella es genuino?
La pregunta era directa. Isaac la miró a los ojos.
—Genuino —dijo.
Era, en su propia opinión, la declaración más honesta que había hecho en mucho tiempo sobre una mujer, y la hizo con la incomodidad específica de quien no está acostumbrado a ese tipo de honestidad y la está practicando en tiempo real.
Charles Walton se puso de pie. Recogió su sombrero de la silla donde lo había dejado.
—Muy bien. Hablaré con mi tío esta tarde. Pero le advierto que si hace daño a Angustias, tendrá que responder ante mí. Y ante toda la familia Walton. Que somos, si le interesa saberlo, bastante más numerosos de lo que parecemos.
—Lo tengo en cuenta.
El primo salió con la determinación con que había entrado.
Isaac se quedó mirando la ventana, donde los cabriolés de la mañana pasaban con el ruido sordo de los cascos sobre el adoquinado mojado, y pensó que había pasado la última hora explicando sus intenciones respecto a una mujer a quien hacía apenas dos meses consideraba una rareza irritante con peinado de solterona y demasiada camándula.
Y que, si era honesto consigo mismo, esa mujer con peinado diferente y sin camándula le había ocupado más espacio en el pensamiento esa noche que cualquier otra cosa.
Recogió el periódico. Lo dejó caer.
Tendría que ir a verla esa misma tarde.
La sola idea le produjo algo que no era exactamente entusiasmo y que tampoco, en ninguna interpretación honesta posible, era lo contrario.