Los Pecados Del Conde (Serie "A La Caza De Un Noble" nº 2) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

La noche avanzó con la velocidad particular de las veladas que se convierten en algo distinto de lo que uno esperaba.

La tarjeta de baile se llenó con una prontitud que dejó a Eulalia sin aliento y a Angustias con la sensación permanente de haber sido confundida con otra persona.

Los caballeros se acercaban, solicitaban la danza con la formalidad requerida, y ella los aceptaba con una cortesía que tenía mucho de automatismo y poco de entusiasmo, mientras su prima le susurraba al oído los apellidos, las propiedades, el número aproximado de libras anuales de cada uno de ellos como si estuviera leyendo un catálogo de inversiones.

Bailó tres danzas seguidas. Pisó a uno de sus parejas solo una vez, lo cual consideró un triunfo personal.

Fue durante la cuarta danza, mientras giraba en la figura de una contradanza con un vizconde cuyo nombre ya había olvidado, cuando vio al conde al otro extremo del salón.

Bailaba con una joven de cabello dorado y porte impecable que Angustias identificó después como lady Adele Morton, hija de un duque y modelo de todo lo que la sociedad londinense consideraba deseable en una mujer de la temporada.

Esbelta, perfectamente proporcionada, con una sonrisa que manejaba con la precisión de alguien que ha practicado en el espejo.

Los dos hacían una figura en el baile que varias personas alrededor se tomaban la molestia de observar.

Angustias no entendió por qué eso le producía lo que le producía.

Era una incomodidad que empezaba en algún lugar del centro del pecho y se extendía hacia afuera como tinta en agua, y era irracional, y lo sabía, y aun así tuvo que apartar la vista con más deliberación de la que habría querido admitir.

Ese hombre es un mujeriego, se recordó. Un ser sin corazón que trata a las mujeres como accesorios de temporada. Y lo último que deberías hacer es mirarlo.

La contradanza terminó. Ella agradeció al vizconde y buscó la primera salida disponible.

*****

La terraza de los Cornwell era larga y estrecha, bordeada por macetones de laurel podado, y daba a un jardín que a esa hora de la noche era solo una sugerencia de formas oscuras y el olor húmedo de la tierra después de la lluvia de la tarde.

Las antorchas en los extremos de la balaustrada daban suficiente luz para no tropezar y poca para ser observada desde el interior, lo cual era exactamente lo que necesitaba.

Se apoyó en la barandilla de piedra y respiró el aire frío de octubre con el alivio físico de alguien que lleva horas conteniendo algo.

Londres olía diferente que Nueva York. Más antiguo.

Más denso. Había en el aire algo de carbón y de río, y debajo de todo eso, en un jardín como este, el olor terroso de las hojas que empezaban a pudrirse con elegancia en el otoño inglés, que era, en su experiencia, el otoño más civilizado del mundo por la simple razón de que resultaba hermoso incluso en su deterioro.

Oyó un movimiento detrás de ella.

Se giró con la rapidez de alguien que tiene los nervios cerca de la superficie, y la figura que emergía de las sombras junto a los macetones del extremo izquierdo la hizo retroceder un paso antes de identificarla.

—Oh. Es usted, lord Bexley.

— ¿La asusté?

—Sí. —Sin ambigüedades—. No esperaba ver a nadie escondido entre los arbustos.

El barón de Bexley tenía unos cuarenta años mal llevados y la complexión de un hombre que había sido atlético en algún momento de su juventud y había decidido suspender ese esfuerzo hace una década.

Su traje era bueno pero llevaba mal los hombros, y sus ojos castaños tenían una cualidad que Angustias no supo clasificar exactamente pero que la había puesto en guardia durante la contradanza que habían compartido una hora antes, cuando él había hecho preguntas que no eran de su incumbencia con una insistencia que no era de su incumbencia.

—Discúlpeme —dijo él, acercándose—. No pretendía dar esa impresión. Solo salí a tomar aire.

—No hay nada que disculpar. Fui yo quien se asustó sin razón. —Hizo un pequeño gesto hacia el interior del salón—. Creo que voy a volver adentro.

—Señorita Walton. —La voz era amable, razonablemente amable—. ¿Conoce la colección de cuadros que los Cornwell tienen en el salón lateral? La tienen abierta esta noche. Son piezas extraordinarias, pocas veces accesibles. Sería un honor mostrarle algunas.

Ella vaciló. El salón de baile, con su calor y su ruido y los caballeros que su prima insistía en catalogar por ingresos anuales, no era exactamente adonde quería volver. Y las pinturas, la posibilidad de mirar algo en silencio durante cinco minutos, tenían un atractivo real.

—No sé si sea lo más apropiado ir solos.

—Somos dos personas mirando arte —dijo él—. Es perfectamente inocente.

Lo pensó un momento más de lo que habría debido. Luego asintió.

Los cuadros eran, en efecto, extraordinarios.

El salón lateral estaba iluminado por una hilera de candelabros de pared que hacían exactamente lo que los cuadros necesitaban: una luz dorada y fija que sacaba los colores sin aplanarlos.

Había paisajes holandeses con cielos bajos y dramáticos, un retrato femenino del siglo anterior que llevaba los colores de Gainsborough en cada pincelada, y una escena de cacería que dominaba la pared del fondo con la arrogancia de algo que sabe que es lo más grande de la habitación.

—Son preciosos —dijo ella, deteniéndose frente al retrato.

—Se lo dije.

Lo que Angustias no veía era la expresión con la que él la miraba a ella.

Había algo en esos ojos que no era admiración artística.

Era evaluación, el tipo particular de cálculo que hacen los hombres que han decidido que una mujer les resulta útil y están determinando el mejor ángulo de acceso.

El cambio en ella esa noche lo había tomado por sorpresa.

Cuando había pensado en cortejarla, semanas antes, la había descartado mentalmente como un sacrificio necesario en nombre de sus deudas, la dote a cambio de soportar a una muchacha que se vestía de espantapájaros y rezaba en voz baja en los salones.

Pero esta noche era diferente. Esta noche otros hombres la miraban, y eso cambiaba el cálculo de manera fundamental.

Necesitaba actuar antes de que alguien se le adelantara.

La estrategia era simple. Si la encontraban a solas con él en una posición que exigiera explicaciones, la familia no tendría otra opción. Una joven americana en Londres sin el escudo de un nombre inglés era particularmente vulnerable a esa clase de aritmética social.

Se acercó dos pasos. Angustias seguía mirando el retrato.

—El artista tenía un dominio extraordinario de la luz —dijo ella—. ¿Sabe quién lo pintó?

No respondió. Y cuando ella se giró para preguntar por qué, él ya estaba demasiado cerca.

Lo que siguió duró menos de diez segundos y fue, en esos diez segundos, la experiencia más desagradable de su vida.

La mano de él en su brazo, la presión de su boca sobre la suya antes de que pudiera procesar lo que estaba ocurriendo, el olor a tabaco rancio y algo alcohólico que no era vino de mesa.

Ella forcejeó con la fuerza de alguien que no ha tenido que hacerlo nunca antes pero resulta que tiene esa fuerza de todas formas, y abrió la boca para gritar.

La puerta del salón se abrió de golpe.

No fue el grito lo que la abrió. Fue algo más rápido.

Isaac St. John cruzó el umbral con la velocidad contenida de quien ha evaluado la situación desde el pasillo y ha llegado a sus conclusiones antes de entrar.

Un movimiento. El barón salió despedido hacia la izquierda con la contundencia de un empuje que tenía toda la fuerza del brazo de un hombre que había servido en la marina.

Y entonces el brazo del conde rodeó la cintura de Angustias con una firmeza que no admitía discusión, y ella quedó contra su costado, aturdida, con el pulso desbocado en la garganta.

Detrás de Isaac entró la marquesa de Rochester.

Era una mujer de cincuenta años con la expresión permanente de alguien que acaba de descubrir algo que ya sospechaba y toma nota para futura referencia.

Sus ojos recorrieron la habitación: el barón, ligeramente desplazado hacia la pared, la joven americana en los brazos del conde de Beaufort, y el cuadro de Gainsborough que no había pedido ser testigo de nada de esto.

— ¿Qué está pasando aquí? —preguntó, con el tono de quien ya tiene una teoría.

Angustias abrió la boca.

El brazo de Isaac se apretó un milímetro.

—La señorita Walton —dijo él, con la calma de quien ha tomado una decisión irreversible hace exactamente tres segundos y la está ejecutando con toda la convicción que puede reunir—, acaba de aceptar mi propuesta de matrimonio.

El silencio duró lo que duran estas cosas.

— ¿Qué? —la palabra salió de ella antes de que pudiera atraparla, y él la miró de reojo con una expresión que decía, sin ninguna ambigüedad, cállate.

—Como puede ver, milady —continuó, dirigiéndose a la marquesa de Rochester con la cortesía impecable de alguien que controla la situación—, mi prometida está algo sofocada por la emoción. Es comprensible.

La marquesa los estudió a los dos durante un momento que se extendió lo suficiente para resultar incómodo.

—Muy bien. —No parecía del todo convencida, pero tampoco era la primera vez que veía situaciones irregulares en los salones de la sociedad londinense y sabía cuándo una historia necesitaba ser aceptada por el bien de todos—.

Aunque debo decir, lord Beaufort, que lo más correcto habría sido hablar primero con la familia de la señorita.

—Tiene usted toda la razón —dijo él—. Y tengo plena intención de remediar esa omisión mañana mismo.

La marquesa sonrió con cierta indulgencia que reservaba para los jóvenes que actuaban de manera impulsiva en nombre del sentimiento.

—Los jóvenes. —se llevó a Angustias del brazo hacia la puerta—. Vamos, querida. No debe estar aquí sola.