Capítulo 2
Juliette había empezado tres horas antes.
Eso era, en opinión de Angustias, una cantidad de tiempo indecente para dedicarle a la preparación de un cuerpo humano para un baile, pero su doncella tenía sus propias ideas sobre el asunto y las ejecutaba con la determinación silenciosa de un general preparando una campaña.
El cuarto olía a agua de rosas y a la pomada de albaricoque que Sonia le había enviado la semana anterior con una nota que decía: Úsala todas las noches y no preguntes, y las velas del tocador ardían en triple fila para que Juliette pudiera trabajar con la luz que el trabajo merecía.
El vestido esperaba sobre la cama como una promesa.
Era de seda de Lyon en color verde menta, con el corpiño bordado en hilo plateado siguiendo el patrón de pequeñas hojas que Sonia había elegido con la precisión de quien conoce exactamente lo que quiere conseguir.
El escote era cuadrado, recatado por los estándares de la temporada pero suficientemente generoso para resultar interesante, y la falda caía en capas amplias que prometían moverse bien en el baile.
No era el tipo de vestido que Angustias habría elegido nunca por sí misma.
Era demasiado hermoso. Demasiado visible.
Cuando Juliette terminó con el peinado y le pasó el espejo de mano para que pudiera ver la parte posterior, ella se quedó callada un momento.
La mujer que le devolvía la mirada desde el espejo del tocador no era la que esperaba encontrar.
Tenía el cabello recogido en una serie de rizos libres alrededor de la cara, con la mayor parte del volumen arriba, y dos mechones oscuros enmarcándole las mejillas de una manera que suavizaba la línea de su mandíbula y hacía que sus ojos parecieran más grandes.
Sonia había insistido en la crema que opacaba las pecas del puente de la nariz, y había funcionado con una eficiencia que resultaba casi irritante, porque Angustias no sabía muy bien si estar agradecida o molesta de que con tan poco se pudiera cambiar tanto.
La puerta se abrió sin anuncio y entró su prima Eulalia, que se detuvo en el umbral y se llevó la mano al pecho con un gesto teatral perfectamente sincero.
—Dios mío —dijo—. Angustias.
—No exageres.
—No exagero. —Cruzó el cuarto con rapidez y la tomó de los hombros para estudiarla mejor—. Vas a hacer que todos los hombres olviden cómo se llaman.
—Eso me parece improbable y además no es lo que quiero.
—Pues es lo que va a pasar. —Eulalia la soltó y rodeó la silla del tocador con ojo crítico—. Pero quítate esa camándula. No va con el vestido y ya me tiene aburrida.
Angustias bajó la vista hacia el rosario de nácar que llevaba en la muñeca, el mismo gesto de siempre, el de buscar algo familiar en territorio desconocido. Lo acarició un momento.
—Es que me da tranquilidad.
—Para eso está el coñac. La camándula, fuera.
Lo dejó sobre el tocador con la misma precaución con que habría dejado un ancla, y cuando se levantó de la silla y miró el reflejo completo en el espejo de cuerpo entero que estaba junto a la ventana, algo le ocurrió en el estómago que no supo nombrar del todo.
No era exactamente orgullo. Era algo más parecido a la sorpresa de encontrar un cuarto que no sabías que existía en una casa que creías conocer bien.
No tenía grandes esperanzas para esa noche.
Había asistido ya a suficientes bailes de la temporada para saber que los caballeros la detectaban con precisión de avezados cazadores y se apartaban con una eficiencia que habría resultado admirable si no fuera tan humillante.
Era torpe en la danza, lo sabía. Su madre jamás había permitido las clases de baile, considerando que el movimiento del cuerpo con otro cuerpo era territorio peligroso, y el resultado era que Angustias pisaba a sus parejas con una regularidad estadística que había adquirido cierta fama discreta en los salones de la temporada.
La dote ayudaba algo, pero no lo suficiente como para compensar el riesgo de los pies aplastados y el perfil de una joven que se vestía como si guardara luto y conversaba como un sacerdote retirado.
O así había sido hasta esta noche.
Recogió los guantes de encaje blanco de la mesilla y se los puso con calma deliberada.
Esta noche es solo una noche, se dijo. Y mañana todo sigue igual.
No lo creía, pero resultaba útil pensarlo.
*****
La casa de los Cornwell en Portland Place era una de las más grandes de la temporada, y esa noche estaba iluminada de tal manera que desde la calle parecía arder.
Las antorchas flanqueaban la entrada en doble fila, y los carruajes formaban una procesión que avanzaba con la lentitud ceremonial de algo importante.
Desde el interior de su propio carruaje, Angustias oyó la música antes de ver el edificio: un cuarteto de cuerdas que atacaba una contradanza con mucha energía.
Entraron al salón de baile y el calor les llegó primero, ese calor particular de trescientas personas reunidas bajo arañas de cristal que multiplicaban la luz de cientos de velas en todas las direcciones posibles.
Las damas llevaban sus mejores telas: muselinas bordadas, sedas en tonos pastel y joya, tules que flotaban con cada movimiento.
Los caballeros formaban una segunda paleta en azules, verdes y negros, con los chalecos blancos destellando bajo la luz como puntos de luz propios.
Eulalia la tomó del brazo y se inclinó hacia ella.
—Allí está lord Stanton. Voy a saludarlo. ¿Vienes?
—En un momento. Voy a buscar a Sonia.
Su prima asintió y se alejó con la satisfacción de alguien que tiene sus propios planes para la velada, y Angustias se quedó un instante quieta en el borde del salón, orientándose.
La música, el murmullo de conversaciones superpuestas, el roce de las telas contra el suelo de parqué, el aroma mezclado de agua de colonia cara y flores cortadas y el inevitable polvillo de arroz que flotaba en el aire de cualquier salón de baile londinense.
Tuvo que recordarse a sí misma respirar.
Divisó a Sonia al otro extremo del salón.
La reconoció por la manera de moverse, esa gracia particular suya que no era estudiada sino simplemente lo que era, y por el vestido azul zafiro que brillaba entre la multitud.
Estaba junto a Robert y a un grupo de personas que Angustias no identificó desde la distancia, pero lo que sí identificó fue el momento exacto en que Sonia la vio: los ojos de su amiga se abrieron, le dijo algo en voz baja a su esposo, y se disculpó del grupo con una celeridad que no tenía nada de discreta.
Venía hacia ella con una sonrisa que ocupaba toda la cara.
—Estás hermosa, querida. —la abrazó con la efusión de quien lleva tiempo esperando ver el resultado de un experimento muy cuidado—. Completamente hermosa.
—No pensé que pudiera ser tan diferente. —Las manos de Angustias encontraron las de su amiga por instinto—. Cuando me miro en el espejo no me reconozco, y eso me resulta más desconcertante de lo que esperaba.
—Eso es porque llevabas años sin mirarte de verdad. —Sonia la estudió con ojo crítico y satisfecho—. Yo no hice nada, te lo juro. Solo te dije que te quitaras de encima todo lo que no eras tú.
—La gente me mira de manera extraña.
—Lo que ven es lo que siempre estuvo ahí y tú te empeñabas en esconder. —Le tomó las manos, que Angustias ya estaba retorciendo sin darse cuenta—. Esta noche va a ir bien.
—No estoy muy segura de que eso sea lo que quiero.
—No importa lo que quieras. —Sonia sonrió—. Prepárate, porque aquí viene el primero.
Angustias se giró.
El conde de Beaufort cruzaba el salón hacia ellas con el andar de alguien que ha calculado exactamente el ángulo óptimo de aproximación y lo está ejecutando sin prisa.
Llevaba un traje de frac azul medianoche que hacía que sus ojos grises parecieran más claros de lo habitual, y el pañuelo del bolsillo superior era blanco con una precisión que resultaba casi ofensiva.
En los bailes, sin el contexto familiar del salón de los Willmington, imponía más.
Era el tipo de hombre al que el salón de baile le pertenecía naturalmente, y él lo sabía, y esa conciencia estaba en cada paso que daba.
Se detuvo frente a ellas y durante un instante, solo uno, sus ojos encontraron los de Angustias y se quedaron ahí.
Algo pasó por su expresión que no fue exactamente lo de siempre.
—Vaya, vaya. —la voz llegó un segundo después que la mirada, como si necesitara recomponerse—.
Desde el otro extremo del salón vi que lady Willmington hablaba con una hermosa joven y pensé que tenía que conocerla.
—Una pausa calculada—. Pero ahora que sé quién es, debo confesar que estoy sorprendido. Y me permito aclarar que gratamente.
Angustias sostuvo su mirada.
—Gracias, lord Beaufort. Me imagino que debe de haberle costado trabajo decir algo así.
Él inclinó la cabeza, y en la comisura de la boca apareció algo que no era exactamente una sonrisa pero se le parecía peligrosamente.
—En absoluto. Solo digo lo que veo. —Miró la pequeña tarjeta de baile que ella llevaba en la muñeca, donde los nombres de los caballeros que solicitaban danzas se anotaban con la gravedad de contratos menores—. Supongo que ya estará llena.
—Acabamos de llegar.
—Eso cambiará pronto —dijo Sonia, con el tono de alguien que ha organizado todo esto y lo sabe.
—Sin duda. —Él miró hacia el lado opuesto del salón con algo que podría haber sido distracción o podría haber sido lo contrario—. Debo hablar con alguien. Discúlpenme.
Y se fue. Con la misma eficiencia calculada con que había llegado. Las dos mujeres lo siguieron con la vista un momento.
—Bueno —dijo Angustias—. Al menos no estará en mi tarjeta de baile.
— ¿Y querías que lo estuviera?
—Oh, no. Para nada. —Demasiado rápido—. La persona con quien menos querría bailar en todo Londres es el conde de Beaufort y su ego descomunal.
Sonia sonrió hacia otro lado y no dijo nada, que era, en su experiencia, la respuesta más efectiva posible.