Capítulo 1 #3
Robert lo miró con la paciencia de un hombre que tiene toda la noche y no piensa desperdiciarla en evasivas.
—Angustias Walton, por supuesto.
Isaac giró la copa entre los dedos. El brandy atrapó la luz del fuego, ámbar y oro.
—No. —hubo una pausa que duró exactamente lo suficiente para ser, en sí misma, una respuesta distinta—. Esa mujer no se ha visto en un espejo.
—Qué bueno —dijo Robert, con el tono exacto de alguien que no lo cree en absoluto—. Porque es la única mujer en todo Londres con la que no tienes la más mínima oportunidad.
Algo cambió en el aire del estudio. Muy poco. Apenas suficiente para que alguien que conociera bien al conde lo notara.
— ¿Realmente crees eso?
—Lo creo, mi amigo. —Robert estiró las piernas hacia la chimenea—.
Angustias es una joven correcta, amable, con un sentido de la bondad que no es de salón, sino genuino.
Y es más inteligente de lo que cualquiera que se quede en la superficie llegaría a imaginar.
No se parece en nada a las mujeres que tú frecuentas.
—Entre las mujeres que frecuento —dijo Isaac, con la desenvoltura de quien habla de algo que le resulta indiferente y se esfuerza demasiado en que lo parezca— hay condesas, baronesas y al menos una duquesa.
—Lo sé. Y ninguna de ellas te habría mirado esta noche cómo te miró ella después del piano.
— ¿Cómo me miró?
Robert bebió su brandy.
—Como si la hubieras obligado a escuchar algo que no quería escuchar. Y lo peor de todo es que parte de eso era música.
Isaac soltó una carcajada breve, genuina, diferente de la que había desplegado en el salón. Robert lo conocía desde los quince años, y sabía distinguir entre las dos.
—Puede que no sea de moral ligera —dijo al fin—. Pero eso no la hace inalcanzable.
—En este caso particular —respondió Robert, recogiendo su copa y poniéndose de pie—, creo que sí. Y creo también que eso es exactamente lo que te resulta interesante.
Salió del estudio dejando a su amigo con la copa y la chimenea y una pregunta que no había formulado en voz alta porque no estaba seguro de querer escuchar la respuesta.
El carruaje de alquiler que llevó a Angustias de regreso a la casa de sus tíos en Upper Brook Street olía a cuero húmedo y a los cigarros del pasajero anterior, y el traqueteo de las ruedas sobre los adoquines de Mayfair era lo suficientemente rítmico como para invitar al pensamiento, aunque no a los pensamientos que ella hubiera elegido.
Su doncella viajaba en silencio frente a ella, con esa habilidad particular de las doncellas bien entrenadas para ser invisibles cuando se les requería.
Angustias miraba el desfile de fachadas iluminadas que pasaban por la ventanilla y no las veía.
Lo veía a él. Sus manos sobre el teclado, la música absurda y viva que había brotado de esos dedos sin el menor esfuerzo aparente, la expresión en su rostro cuando ella lo había mirado con furia y él no había mostrado ni un gramo de arrepentimiento.
Y luego, la otra expresión, la que había aparecido después, cuando se disculpó y la miró de una manera que no tenía nada que ver con la burla.
Era agotador, era el hombre más agotador que había conocido en su vida, y la parte más molesta del asunto era que no podía dejar de pensar en él.
Cuando entró a la casa su prima Eulalia bajó corriendo las escaleras con la urgencia de quien lleva horas esperando noticias.
—Querida, ¿cómo te fue?
—Bien. —Angustias entregó el chal a la doncella—. Aunque el conde de Beaufort estaba allí, como de costumbre, portándose de manera insoportable.
Eulalia abrió mucho los ojos.
—Ese hombre es de lo peor. Dicen que solo frecuenta a mujeres casadas o viudas, y que algún día lo encontrarán muerto a manos del esposo de alguna de ellas.
—Puede ser. —Angustias se quitó un guante y luego el otro con más energía de la necesaria—. Pero la verdad es que no me interesa. Ahora mismo me duelen los pies con estas zapatillas y lo único que quiero es irme a la cama.
—Por supuesto, ve tranquila. Mañana hablaremos mejor.
Subió las escaleras con el candelabro en la mano, y el corredor de la planta alta estaba fresco y olía a cera de abeja y a la leve fragancia de rosas secas que su tía ponía en los vasos de porcelana de los dormitorios.
Era un olor ordenado, doméstico, completamente diferente del que había impregnado el salón de los Willmington: maderas nobles y brandy caro y algo más, indescriptible, que ella asociaría siempre y a su pesar con el hombre que era una pesadilla para ella en tiempos de vigilia y, para su permanente incomodidad, en los de sueño también.
Su doncella la esperaba para ayudarla a quitarse el vestido.
— ¿Está bien, señorita?
—Perfectamente —dijo Angustias, que era la respuesta que siempre daba y raramente la verdadera.
Mientras la muchacha desabrochaba los veinte pequeños botones de la espalda del vestido, ella miraba la llama de la vela en el espejo del tocador y pensaba en todo lo que ya sabía del conde: que era un libertino de reputación bien ganada, que se burlaba de todo lo que a ella le parecía importante, que la miraba como si fuera una rareza de museo, que había entrado al salón de sus amigos esa noche como si el mundo entero fuera una extensión de su propia casa, y que había tocado esa polca ridícula y perfecta sin pedir permiso ni mostrar un instante de duda.
Y pensaba también, aunque con mucha menos comodidad, que cuando él había cambiado la mirada, esa última vez, antes de que ella saliera del salón, había algo en sus ojos grises que no había conseguido identificar todavía.
Lo intentó una vez más. No pudo. Luego solamente apagó la vela.