Los Pecados Del Conde (Serie "A La Caza De Un Noble" nº 2) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Isaac la estaba mirando. No con la expresión de burla de siempre, sino con otra que ella no supo clasificar, porque era la primera vez que la veía en él. Sus ojos grises tenían algo que era, casi, atención real.

—No diga nada, por favor —dijo—. La culpa es mía.

Sonia los miraba a los dos con expresión cuidadosamente neutral. Ella había llegado a una conclusión interesante pero por el momento la guardaría para ella.

—Por favor, Angustias, quédate a cenar —dijo—. Y tú también, Isaac. Saben que disfruto mucho su compañía.

—Sus deseos son órdenes para mí, milady. —Él hizo una pequeña reverencia, tan ligera que en otro hombre habría sido irrespetuosa y en él resultaba, inexplicablemente, elegante.

Angustias exhaló por la nariz, miró el techo un instante brevísimo, y volvió a sentarse.

—Muy bien.

Llegó Robert a los pocos minutos, con el aspecto satisfecho de un hombre que ha pasado la tarde resolviendo asuntos que le gustan, y el salón cambió de tono con su entrada.

Era ese tipo de hombre cuya presencia calma las habitaciones sin que él haga nada en particular para conseguirlo: alto, de rostro abierto y generoso, con la misma facilidad para la sonrisa que tenía su esposa pero expresada de manera distinta, más tranquila, más asentada.

—Veo que han hecho algunas contrataciones de maestras —dijo, tomando la mano de Sonia y llevándosela a los labios con una naturalidad que a Angustias siempre le producía una especie de dolor dulce, el de observar algo hermoso que a uno no le pertenece.

—Hemos encontrado más mujeres dispuestas a enseñar que hombres —respondió Sonia—, lo cual no me sorprende en lo más mínimo. Pero me preocupa un poco que haya muchos jóvenes interesados en aprender los oficios de lacayo, de panadero, de otros más, y no tenga a nadie que pueda enseñárselos.

Isaac, que había tomado asiento en el sillón junto a la ventana con la copa de brandy que el mayordomo le había llevado con la eficiencia silenciosa de quien conoce bien las costumbres de su señor, inclinó la cabeza.

—Puedo ayudarte con eso. Conozco a un hombre que estuvo conmigo en el ejército y perdió una pierna. Trabaja hoy en día como panadero en la pastelería que inauguraron hace poco en Benton Square. El tío del dueño es amigo mío, y sé que cuando le explique de qué se trata, nos prestará su ayuda.

Angustias levantó los ojos de su taza.

— ¿Nos?

La pregunta salió antes de que pudiera detenerla. Él la miró, y en la comisura de su boca apareció algo que no llegaba a ser una sonrisa pero que se le parecía demasiado.

—Bueno. Si voy a hablar con mi amigo en nombre de este proyecto, eso me convierte en parte del grupo, ¿no es así?

Robert rio entre dientes—Ya veo que has sido atrapado en las redes de estas dos damas, Isaac.

—Aparentemente. —Él levantó la copa con gesto de resignación estudiada—. Aunque debo decir que hay peores trampas.

No miró a Angustias mientras lo decía. Ella tampoco lo miró a él.

Robert lo llamó al estudio con una mirada que no necesitó palabras, y los dos hombres se retiraron con la promesa de reunirse para la cena, dejando el salón más silencioso y, de alguna manera que Angustias no se detuvo a examinar, ligeramente menos interesante.

*****

La cena fue larga y más agradable de lo que ella habría admitido.

Sonia había dispuesto la mesa con su gusto habitual: el mantel de lino blanco, la vajilla de Wedgwood de bordes dorados, los candelabros de plata que lanzaban una luz dorada sobre la porcelana y sobre los rostros de los cuatro comensales.

El cocinero de los Willmington era un tesoro doméstico de primer orden, y el consomé, el salmón y el asado de cordero llegaron a la mesa con la puntualidad y la perfección que Robert consideraba su mayor triunfo como anfitrión.

La conversación fue ligera al principio: los asuntos del Parlamento, la próxima exposición en la Royal Academy, el último escándalo protagonizado por un lord cuyo nombre todos conocían pero nadie pronunció en voz alta.

Isaac tenía el don de hacer que las conversaciones de sobremesa resultaran entretenidas sin esfuerzo aparente; era ingenioso sin ser cruel, curioso sin ser indiscreto, y en la mesa de sus amigos desplegaba una versión de sí mismo que Angustias había empezado a sospechar que era más real que la que exhibía en los salones de la sociedad.

Lo cual era, consideró mientras llevaba la copa a sus labios, un dato completamente irrelevante para sus propósitos.

Terminada la cena, pasaron al salón contiguo, más pequeño y cálido, donde esperaban una copa de vino del Oporto para los caballeros y un licor de grosella para las damas, y donde Sonia, con el aplomo de una mujer que conoce perfectamente sus cartas, le pidió a Angustias que tocara algo en el piano.

El instrumento era un Broadwood de caoba oscura, magnífico, instalado en el ángulo más alejado del salón con la misma ostentación discreta que caracterizaba toda la casa. Angustias lo miró con el respeto de quien conoce bien tanto el instrumento como sus propias limitaciones.

—Vamos, señorita Walton —dijo Isaac desde su sillón, cruzando los tobillos con comodidad—. No haga que la marquesa le suplique. No sería de buena educación.

La miraba alzando una ceja. Era un reto, y los dos lo sabían, y la irritante verdad era que funcionaba.

Angustias se puso de pie, dejó la copa en la mesilla con más cuidado del que la situación requería, y cruzó el salón hasta el piano.

—Tocaré algo que escucho en la iglesia —anunció, con el tono de alguien que ha tomado una decisión y no admite discusión.

Robert y Sonia intercambiaron una mirada brevísima.

Ella comenzó a tocar.

La melodía era, objetivamente, hermosa. También era objetivamente lúgubre, de ese tipo de música sacra que evoca confesionarios y catedrales en invierno y otoños muy largos, y que en el ambiente íntimo de un salón privado adquiría la consistencia de un tapiz gris.

Angustias tocaba bien, con una técnica sólida y una concentración absoluta que transformaba su rostro: desaparecían la rigidez habitual, la precaución constante, y quedaba solo la música pasando a través de ella con una fluidez que era, para quien supiera verla, reveladora.

Isaac la observó durante treinta segundos. Luego se levantó del sillón sin hacer ruido.

Angustias no lo oyó acercarse. El suelo alfombrado y los zapatos bien sueltos de un hombre que, entre sus muchos talentos, tenía el de moverse sin llamar la atención cuando quería, conspiraron para mantenerla ignorante de su presencia hasta el momento en que sus dedos descendieron sobre las teclas agudas del piano y atacaron una melodía completamente distinta: una polca vivaz, descarada, absolutamente inapropiada para la música sacra con la que chocó de frente en el más improbable de los contrapuntos.

Angustias abrió los ojos. Miró sus manos. Miró las de él, que tocaban con una habilidad indiscutible y una expresión de diversión absolutamente sin remordimientos.

— ¿Pero qué cree que está haciendo? —exclamó, retirando los dedos del teclado como si este le quemara—. ¡Abusivo!

—No se lo tome a mal, señorita Walton. —Sus ojos no habían dejado las teclas, y en su voz había algo que era definitivamente diversión—. Solo quería añadir un poco de color a su tonada tan edificante.

Robert tenía la mano sobre la boca. Sus hombros se movían. Sonia lo miraba con la expresión de una mujer que ama a su esposo incluso cuando se comporta de manera exactamente igual que su mejor amigo.

Angustias se puso de pie tan rápido que el taburete del piano raspó el suelo con un sonido de protesta.

—Lo siento, Sonia —dijo, con la voz perfectamente controlada excepto en los bordes—. Pero necesito irme a casa inmediatamente.

—Querida, espera un momento —Sonia se levantó también, y salió detrás de ella al pasillo, mientras Robert se doblaba sobre el brazo del sillón y el conde de Beaufort lo seguía en la risa con la despreocupación de un hombre que ha obtenido exactamente el resultado que buscaba.

—Por Dios —dijo Robert, cuando pudo hablar—. Creí que iba a matarte.

—Es una posibilidad que no descarto. —Isaac cerró la tapa del piano con cuidado—. Tiene un genio notable para ser tan pequeña.

—Eres un desgraciado, Isaac. La pobre chica, cada vez que viene aquí y se te cruza en el camino, termina saliendo con tanta prisa que parece que el edificio estuviera en llamas.

—Me odia.

—Eso es discutible.

—Me mira como si fuera algo que encontró en la suela del zapato.

—Eso también es discutible. —Robert lo observó—. Lo que no es discutible es que tú te pasas el tiempo buscándola. ¿Cuántas veces has mencionado esta noche algo que ella dijo, o hizo, o dejó de hacer?

Isaac no respondió de inmediato. Cruzó el salón hasta la mesilla donde estaba su copa y la recogió.

—No tienes ningún sentido del humor —dijo finalmente.

—Tengo un sentido del humor excelente. Lo que no tengo es memoria corta.

Sonia regresó al cabo de unos minutos con la expresión de quien ha logrado convencer a alguien de algo que esa persona no quería hacer, y el pequeño triunfo le bailaba en los ojos.

—Se quedará a cenar —anunció—. Mañana.

— ¿Cómo lo has conseguido?

—Le he recordado que los planes para la escuela deben acordarse esta semana. Y que tú —miró a Isaac con la precisión de un bisturí— te has comprometido a ayudar.

—Lo cual es cierto.

—Y que por tanto ella tendrá que verte de todas formas, así que bien puede hacerlo aquí donde hay buena comida.

Isaac inclinó la cabeza. La lógica era impecable. La marquesa de Willmington era, en su opinión, una de las mujeres más inteligentes que conocía, lo cual era exactamente lo que hacía que resultara tan aterradora como aliada y como adversaria.

*****

Fue más tarde, cuando Sonia se retiró para dar unas instrucciones al ama de llaves y los dos hombres se quedaron solos en el estudio con una segunda copa y el fuego bajando en la chimenea, que Robert hizo la pregunta.

La había estado preparando toda la noche. Isaac lo conocía demasiado bien para no haberlo visto venir.

— ¿Te interesa?

— ¿Quién?