Los Pecados Del Conde (Serie "A La Caza De Un Noble" nº 2)
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Capítulo 1
Londres había amanecido con esa luz particular de octubre que no termina de decidirse entre la lluvia y el sol, y que los ingleses, en su sabiduría resignada, simplemente llaman «tiempo gris».
Las calles de Mayfair olían a carbón húmedo y a barro de adoquín, y los carruajes que avanzaban por Grosvenor Square levantaban pequeñas cortinas de lodo a su paso.
Era una mañana perfectamente inglesa, lo cual significaba que era perfectamente inhóspita para cualquiera que viniera del continente, y perfectamente normal para quienes habían nacido bajo ese cielo del color del peltre.
En el número catorce de Grosvenor Square, sin embargo, el salón principal de la recién estrenada marquesa de Willmington tenía la gracia suficiente para ignorar el estado del tiempo.
El fuego en la chimenea de mármol blanco crepitaba con generosidad, las cortinas de seda color marfil dejaban pasar apenas la luz suficiente para que el cuarto resultara acogedor sin ser sombrío, y sobre la mesa lacada de palisandro había un servicio de té de porcelana de Wedgwood del que emanaba un vapor fino y aromático.
Era el tipo de salón que hablaba con discreción de dinero, de gusto y de una mujer que sabía muy bien lo que hacía con ambas cosas.
Angustias Walton, sentada en el extremo más alejado del sofá de terciopelo azul celeste, no parecía notar nada de eso.
Tenía las manos cruzadas sobre el regazo con la firmeza de quien sostiene algo invisible pero importante, y su atención era para su amiga con esa calidad de presencia que pocas personas saben dar.
Escuchaba a Sonia hablar sobre su proyecto con la misma seriedad con que habría escuchado un sermón dominical, aunque, a decir verdad, la propuesta de la marquesa le resultaba considerablemente más emocionante que los sermones del reverendo Hutchins.
—He logrado hablar con mi modista —dijo Sonia, inclinándose un poco hacia adelante en su propio asiento, con esa expresión particular suya de cuando tenía un plan perfectamente armado y estaba por desplegarlo—.
Ella se ha comprometido a enseñar algunas horas a la semana durante los meses en que tenga menos movimiento en su almacén, y me ha recomendado a una buena amiga suya que ha quedado viuda y está en una situación un tanto apretada.
Parece que la mujer cose de manera exquisita y le interesa el salario que podemos ofrecerle.
—Eso es maravilloso —dijo Angustias, y lo decía en serio.
Sonia Ashford, marquesa de Willmington desde hacía apenas seis meses, era la clase de mujer que convertía la caridad en algo tangible y concreto, no en el vago filantropismo de salón que las damas de la sociedad practicaban entre un té y una partida de cartas—. ¿Y quién enseñará lectura y escritura?
Sonia la miró con esa sonrisa que Angustias ya conocía bien: la de alguien que acaba de tender una trampa muy elegante.
—Pues allí es donde entramos nosotras. Quería preguntarte qué disposición de tiempo tienes los lunes, miércoles y viernes. Tú podrías ayudarme con la lectura, mientras yo me encargo de la escritura hasta que podamos contratar a alguien que nos colabore y cobre poco.
—Me gusta la idea. Me aburro mucho aquí.
—La confesión se le escapó con más naturalidad de la que probablemente pretendía, y ella tocó su camándula, ese rosario de nácar que llevaba siempre colgado de la muñeca, con el gesto automático de quien busca tierra firme—.
Siempre estoy de reunión en reunión, de baile en baile, y quiero hacer algo más productivo.
Ayudar a las personas que no tienen tanto como nosotras me parece lo correcto.
Además, es propio de buenas cristianas ayudar al prójimo —añadió, aunque con un tono en el que Sonia había aprendido a detectar la diferencia entre convicción genuina y hábito materno.
Evitó rodar los ojos. Apenas.
—Ahora mismo no hay dinero para contratar profesores calificados —continuó Angustias, arrugando el entrecejo—. Así que tendríamos que ser nosotras quienes empezáramos.
—Exactamente. Y cuento con que sí.
Angustias asintió, y en ese pequeño gesto había algo que iba mucho más allá de aceptar un horario.
Llevaba cuatro meses en Londres bajo la tutela de sus tíos, enviada desde Nueva York con el encargo implícito y el encargo explícito, y ambos encargos eran el mismo: conseguir un marido adecuado antes de que terminara la temporada.
La idea le producía el mismo entusiasmo que la perspectiva de un baño en el Támesis en enero, pero este proyecto, este algo útil y real, era diferente.
Era, por primera vez en mucho tiempo, algo que ella quería.
Un golpe en la puerta interrumpió el hilo de sus pensamientos.
No era el golpe discreto del servicio, ese toque suave y casi apologético que los mayordomos bien entrenados practicaban. Era el golpe de alguien que entraba porque sabía que era bienvenido, y que no consideraba necesario aguardar a que lo confirmaran.
—Buenas tardes, hermosas damas.
La voz llegó antes que el hombre: grave, ligeramente perezosa, con el acento pulido de Eton y el tono de alguien que ha descubierto que el mundo, por lo general, responde bien a su presencia.
Angustias no necesitó voltearse para saber de quién se trataba.
Reconocería esa voz en medio de una tormenta.
La había aprendido a identificar con la misma precisión involuntaria con que se aprende el sonido de algo que resulta irritante de manera persistente.
Isaac St. John, conde de Beaufort, entró al salón como si el lugar fuera suyo.
Era, a pesar de todo, un hombre que imponía.
No por la altura, que era considerable, sino por algo más difícil de definir: la forma en que ocupaba el espacio, como si hubiera calculado con antelación exactamente cuánto necesitaba y lo hubiera reclamado sin prisa.
Su traje era de paño azul oscuro cortado con la precisión que solo ofrecían los mejores sastres de Savile Row, y llevaba el cabello negro peinado a la moda sin el menor indicio de esfuerzo visible, que era, precisamente, el mayor esfuerzo de todos.
Sus ojos grises recorrieron el salón con esa atención calma que tenían los hombres acostumbrados a evaluar situaciones, y se detuvieron un momento en Angustias con una expresión que ella habría descrito como burla apenas disimulada, si hubiera querido ser honesta.
No quería ser honesta sobre el conde de Beaufort. Era un ejercicio demasiado complicado.
— ¡Oh, Isaac! —Sonia se puso de pie con una sonrisa genuina—. Parece que me has leído el pensamiento. Entra, querido. Qué bueno verte.
Él tomó su mano y la besó con la galantería fácil de quien lo ha hecho un millar de veces sin que ninguna de ellas haya dejado de ser convincente.
—Cada día más hermosa, milady. ¿Qué está haciendo su esposo para merecer tal fortuna?
—Amarme —respondió Sonia con sencillez—. Y ya sabes lo que dicen: el amor embellece.
—Es una teoría difícil de refutar cuando la evidencia es tan contundente.
Luego giró la cabeza hacia el sofá y su mirada encontró la de Angustias, que lo estaba observando con la expresión de quien examina un insecto de especie conocida y no particularmente apreciada.
—Buenas tardes, mí estimada señorita Walton.
—Lord Beaufort —respondió ella, con el tono perfectamente calibrado de la cortesía mínima exigida por las circunstancias.
Él hizo una pequeña pausa, como si saboreara algo.
—Qué milagro verla en casa de los marqueses —dijo—. Debería uno marcar el calendario.
Angustias lo miró. Había en esas pocas palabras el mismo veneno suave y bien destilado de siempre: la alusión al hecho de que ella frecuentaba demasiado esa casa, de que su presencia era excesiva, de que resultaba, en alguna medida que él nunca terminaba de pronunciar del todo, impertinente.
—La marquesa me invitó —respondió, con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Y yo no suelo declinar las invitaciones de una buena amiga. Tampoco se me ocurriría imponer mi presencia donde no se me ha pedido. Pero supongo que cada uno tiene sus propios métodos.
El golpe fue pequeño y perfectamente colocado. Él la miró un instante, y algo cruzó por sus ojos grises que no era exactamente contrariedad, sino algo más interesante que eso.
—Me imagino que nunca haría algo así —dijo él, y la recorrió con la mirada de una manera que decía, sin decirlo, que no la consideraba capaz de imponer su presencia en ningún lugar.
Angustias se puso de pie.
El movimiento fue rápido, más rápido de lo que la decencia habría recomendado, y la camándula se balanceó contra su muñeca con un suave sonido de nácar.
—Sonia, creo que lo mejor será dejar lo que nos falta por hablar para otra ocasión.
— ¿Pero por qué? —Sonia la miró con alarma apenas disimulada—. Creí que te quedarías a cenar.
—Recordé que esta noche llega un tío y se vería mal que yo no estuviera.
El tío en cuestión llevaba en Londres desde la semana anterior, y Sonia lo sabía perfectamente.
También lo sabía Isaac, a juzgar por el movimiento casi imperceptible de la comisura de su boca.
Miró a Angustias con algo que podría haber sido remordimiento, si uno hubiera estado dispuesto a concederle ese crédito.
—Señorita Walton —dijo—. Si mi comentario la ha ofendido de alguna manera, le pido que me disculpe.
Ella abrió la boca. Cerró la boca. Las palabras que tenía preparadas, perfectamente correctas y perfectamente frías, se enredaron de alguna manera en el camino.
—No se preocupe, señor —dijo al fin—. Usted jamás lograría que yo me ofendiera por algo. No es tan importante.
Lo había dicho demasiado rápido. Con demasiada energía. Y en el momento en que las palabras cruzaron el aire del salón comprendió exactamente lo que había hecho: había revelado, con toda la claridad posible, que sí le importaba. Que le importaba mucho. Se llevó los dedos a los labios.
—Le ruego me perdone. No debí decir eso.