CAPÍTULO 20
Menudo día de mierda.
De todo lo que Leo esperaba encontrar cuando salió a buscar el artefacto, descubrir a su esposa muerta —que en realidad nunca había sido su esposa— y a su hija —que era aún más adorable en persona— jamás se le pasó por la cabeza.
Y sin embargo, había regresado con ella, una pequeña encantadora que sonreía radiante, sin complicaciones, a diferencia de Ruth.
Llegaron a la sala del portal, intactos y vivos, aunque sin el orbe. Aries y Sage los esperaban, por así decirlo.
Estaban junto al decimotercer estrado, mirándolo fijamente. Probablemente porque ya estaba lleno en dos terceras partes.
Olivia susurró:
—Solo queda una pieza.
Aries y Sage se acercaron a ellos, y el primero dijo:
—Sage dice que tuviste toda una aventura en la jungla.
—Ni que lo digas.
—Felicidades por encontrar a tu hija y sacar a todos con vida. Deja que te alivie la carga.
—Aries extendió las manos.
¿Era raro que Leo no quisiera soltar ni a Ruth ni a Olivia?
Su hija decidió por él y extendió los brazos, no hacia Aries, sino hacia Sage. Olivia pasó del agarre de Leo al de Sage y murmuró:
—Hola, tía Sage. Lo logré. Escapé.
—Sí, lo hiciste, pequeña magdalena. Estoy muy orgullosa de ti. Sabía que podías hacerlo.
Al oír aquello, la ira invadió a Leo de golpe.
—Sabías que estaba viva.
—Mantuvo la voz baja para no gritar y asustar a su hija.
—Sí.
—Sage ni siquiera tuvo la decencia de parecer avergonzada.
—¿Por qué no me lo dijiste? —gruñó él.
—Te juro que solo me enteré hace poco —afirmó Sage, con gesto apesadumbrado—. Solo me di cuenta de que Olivia estaba viva cuando me quedé embarazada.
—Se llevó la mano al vientre—.
—Quería decírtelo, pero todos los futuros mostraban que eso acababa en tragedia.
—Pero viste cómo su muerte me torturaba —exclamó él.
—No podía decírtelo, papi —ceceó Olivia—. Si lo hubieras sabido, me habrías buscado.
—Joder, claro que sí. Habría recorrido los confines de la Tierra para encontrarte.
—Y habrías muerto —afirmó Sage sin rodeos—. Esta era la única manera.
—Ahora estoy a salvo, papi. ¿No te alegras?
Ante la pregunta trémula de Olivia, su ira se desvaneció tan rápido como había llegado, dejando paso al dolor.
—Todo este tiempo, pensé que mis sueños eran solo ilusiones.
—Sueños que nunca me contaste —le reprendió Sage—. Si lo hubiera sabido desde el principio, quizás las cosas podrían haber sido diferentes.
¿Cómo iba a decirle a la gente que veía y hablaba con su hija muerta? Acomodó a Ruth en sus brazos.
—Supongo que viste lo que pasó en la jungla.
—Partes. —Sage frunció los labios—. Te vi rodeado de hombres armados liderados por Kylie, que trabaja para Cetus, por cierto.
—Me estás jodiendo. ¿Cuándo pasó eso?
—Antes de que siquiera os conocierais. Pero no me preguntes los detalles. El cómo y el porqué no están claros.
—Ella dijo que me conoció a propósito.
—Para que yo pudiera nacer —murmuró Olivia—. Querían a alguien como la tía Sage.
¿Ellos?
—¿Sabes quién da las órdenes? —preguntó Leo.
—El hombre malo.
—¿Te hizo daño?
—Leo lo cazaría y...
—No. Fue amable conmigo. Más amable que Kylie.
—Antes de que Leo pudiera decidir cómo matar a esa traidora manipuladora, Olivia torció los labios—.
—Ya no puede ser mala conmigo.
Sage articuló sin voz:
—Kylie está muerta.
—¿Otra vez?
—Leo no pudo evitar el sarcasmo. Luego, antes de decir algo desagradable sobre Kylie delante de Olivia, admitió su fracaso—.
—Ruth y yo encontramos la reliquia, pero desapareció cuando nos teletransportamos.
—No te preocupes por eso —dijo Aries—. Parece que encontró el camino hasta donde pertenecía.
—Dirigió la mirada al decimotercer estrado, parcialmente lleno.
—¿Qué pasará cuando encontremos el tercer artefacto? —preguntó Leo.
Aries se encogió de hombros.
—Ni idea.
—¿Deberíamos preocuparnos? Cetus parece bastante empeñado en hacerse con él.
—Ya lo tienen —anunció Sage con tono sombrío—. Pero con suerte, Capricornio logrará recuperarlo.
—¿Necesita ayuda?
—A Leo no le importaría vengarse de la compañía que le había causado tanto dolor y sufrimiento.
—No. Debe ir solo si el mundo ha de salvarse.
Leo habría hecho más preguntas, pero Olivia intervino:
—Tengo hambre.
—Vamos a ver qué tiene Torre para que comas. Sé que ya te ha preparado una habitación.
—Sage miró a Leo—.
—Notarás algunos cambios en tu apartamento.
Torre se estaba adaptando a su nueva inquilina.
—Me uniré a vosotras después de acostar a Ruth.
—No te apures, papi. La tía Sage y yo echaremos una siesta después de mi merienda —declaró su hija, haciendo que Sage arqueara las cejas.
La vidente esbozó una sonrisa.
—Me parece un buen plan, pequeña magdalena. ¿Vamos?
Aunque le dolía ver a Olivia alejarse, sentía el corazón ligero. Más ligero de lo que lo había sentido desde aquel día oscuro.
Su pequeña estaba en casa.
A salvo.
Y nunca jamás volvería a perderla.
Con Ruth acunada en sus brazos, la llevó a su habitación y se quedó parado al ver el espacio transformado. Había un sofá en lugar de sillones reclinables, lo bastante grande para tres. La mesa del comedor tenía una silla de más, pero lo más llamativo era el dormitorio independiente.
Leo acostó a Ruth en el colchón y estaba debatiéndose entre ir a buscar a Olivia, pese a que ella había dicho que iba a dormir la siesta, cuando las pestañas de Ruth aletearon.
—Leo —murmuró ella.
—Aquí estoy, Ranúnculo.
—Estamos en casa.
—Así es. Sanos y salvos. Olivia también.
—Oh, gracias a Dios. Fue aterrador. ¿Dónde está Olivia? —preguntó mientras se incorporaba y miraba alrededor.
—Merendando algo y luego echándose una siesta con Sage —frunció los labios antes de añadir—: Está a salvo, pero aun así me entra el pánico de pensar que lo soñé todo ahora que la he perdido de vista.
—Es normal. Te costará un tiempo hacerte a la idea de que ha vuelto a tu vida. Si te sientes tan intranquilo, ve a buscarla. Yo estaré bien.
Antes de que pudiera decidir si eso era ser demasiado sobreprotector, una neblina se formó en el aire y se disipó para mostrar a Olivia sentada a una mesa con Sage y Aries, comiendo sándwiches de mantequilla de cacahuete con mermelada y bebiendo zumo.
También vio el bostezo que casi le desencajó la mandíbula.
—Gracias, Torre —murmuró.
Ruth le puso la mano sobre la de él.
—Todo irá bien.
—¿Seguro? Acabo de descubrir que mi vida fue una mentira. Al menos la parte en la que estaba Kylie. Me utilizó —sus labios se torcieron—. Y nunca sospeché nada.
—Ni se te ocurra culparte por no haberte dado cuenta de que ella planeó toda vuestra relación. No podías haberlo sabido. Nadie lo habría sabido.
Él suspiró.
—Aun así me siento idiota.
—Sé lo que es eso. Tú, Torre, magia, reliquias y ruinas misteriosas. Toda mi visión del mundo ha cambiado.
—¿Para bien? —preguntó, conteniendo el aliento mientras esperaba la respuesta.
—Sí. Aunque podría prescindir de las cosas que dan miedo. Preferiría no volver a tener un arma apuntándome a la cabeza.
—Hablando de esa amenaza, ¿qué demonios fue eso en la selva? ¿Decirme que te dejara allí? —la reprendió.
—Vi una oportunidad para que rescataras a Olivia y salvaras la reliquia.
—¿A costa de tu vida?
Sus labios se curvaron.
—Sí, bueno, si te sirve de consuelo, ni yo sabía que llevaba una altruista dentro.
—No habría dejado que te mataran. Habría entregado la reliquia antes.
Ella le tomó el rostro entre las manos y le dio un beso suave, murmurando:
—Lo sé.
Al contacto de sus labios, lo invadió la necesidad. Necesidad de asegurarse de que ella había sobrevivido. Necesidad de sentirse vivo. Necesidad de esa conexión que solo sentía con ella.
Leo mantuvo sus labios unidos mientras le quitaba la ropa húmeda, revelando las curvas que pedían a gritos sus caricias. Mientras ella le tiraba de la camisa, él le acarició la piel suave.
Ella se estremeció.
—¿Tienes frío? —preguntó contra sus labios.
—Más bien impaciente —murmuró ella—. ¿Es raro que quiera sentirme cerca de ti?
—Para nada. Sobreviviste a algo muy duro. Los dos. Y ahora toca celebrarlo.
Con esas palabras, le fue dejando besos a lo largo de la mandíbula y luego por el cuello.
Ella respondió con jadeos y estremecimientos, retorciéndose entre las sábanas.
Él jugó con sus pechos, chupó los pezones erectos, acarició su peso antes de bajar más, dejando un rastro de besos hasta el vello que ocultaba su sexo.
Sus muslos se abrieron para él mientras se acomodaba entre ellos. Sopló cálido aliento contra sus labios íntimos, y Ruth suspiró. Sediento de saborearla, Leo hundió el rostro y su lengua lamió la miel adictiva que solo ella tenía. Todo en Ruth lo fascinaba.
Su aroma. Los sonidos que hacía. Cómo temblaba y respondía su cuerpo. Su miembro respondió hinchándose tanto que casi le dolía. Le metió un dedo mientras le lamía el clítoris, y supo por su respiración entrecortada y cómo se contraía por dentro que estaba cerca.
Aceleró el ritmo, le metió un segundo dedo y gruñó satisfecho al sentir cómo se le apretaban los músculos. Ella se corrió, con las caderas sacudiéndose salvajemente, pero él aguantó y siguió no solo prolongando su placer, sino llevándolo aún más alto.
Cuando ella gimió su nombre, «Leo», él se deslizó cuerpo arriba, deteniéndose solo para besarle cada pezón antes de apoderarse de su boca. Mientras se besaban, hundió el miembro en lo más profundo, con ganas de gritar ante la sensación resbaladiza de su sexo apretándolo.
Joder, qué bien se sentía en sus brazos, alrededor de su miembro, contra sus labios.
Ella le rodeó el cuello con los brazos y murmuró:
—¿No se suponía que tenía que estar yo arriba, ya que gané?
Oh, joder, sí. Los hizo rodar, manteniendo sus cuerpos íntimamente unidos. Ella jadeó y rio mientras extendía los dedos sobre su pecho.
Su sonrisa era puro deleite, y casi lo hizo correrse. Ella empezó a moverse contra él, girando las caderas, llevándolo profundo.
Tan profundo.
Su respiración se aceleró, al igual que su ritmo. Las manos de él en las caderas de ella la ayudaron a seguir moviéndose mientras el placer se apoderaba de ambos. Ella se apretó. Lo estrujó. Y cuando se corrió, lo exprimió con tanta fuerza que él no pudo evitar correrse también.
Se corrió dentro de la mujer que siempre había estado destinada a ser su compañera vinculada.
Mientras se desplomaban en un revoltijo de extremidades temblorosas, ella resopló:
—Se supone que el sexo no debería ser tan bueno.
Él se rio.
—Lo es cuando encuentras a la persona adecuada.
—Pero ¿por qué yo, de entre todas las personas del mundo? —preguntó.
—Porque eres la única estrella que brilla para mí —probablemente lo más ñoño y cursi que había dicho en su vida.
Sin embargo, ella no se rio. Respondió con voz suave:
—Me haces creer que el amor puede existir.
—Y tú me has dado una razón para vivir.
Sonó una campana y Leo se levantó de la cama.
—Creo que es nuestra señal para vestirnos.
Consiguieron estar presentables cuando llegó Sage, que llevaba a Olivia de la mano. A su hija le habían cambiado el monótono chándal gris por algo rosa y con volantes.
Al ver a Leo, Olivia se iluminó, chilló «¡Papi! ¡Mírame!» y echó a correr.
Nunca se había dejado caer tan rápido. Atrapó a su hija en un abrazo y la hizo girar, con el corazón a punto de estallarle.
—Hola, mi niña. ¿Qué tal la merienda y la siesta?
—Muy bien. La comida aquí está muy rica. Y mira. Tengo un vestido.
Olivia consiguió más que eso. El apartamento tenía una puerta nueva que daba a la habitación de ensueño de toda niña pequeña. Cama con dosel, un baúl de juguetes gigante y colores vivos por todas partes.
—¡Me encanta! —exclamó Olivia, dando vueltas sobre sí misma. Fue brincando mientras inspeccionaba su nuevo dormitorio hasta que se detuvo junto a una mesita infantil con sillas, sobre la que había un juego de té de porcelana con estampado de rosas blancas.
La hija de Leo miró a Ruth y preguntó tímidamente:
—¿Me enseñas a hacer una fiesta del té?
—Será un placer.
Y así fue como Leo acabó con una tiara en la cabeza, sentado en una silla diminuta, sujetando una tacita de té con el meñique —ya que los demás dedos no cabían por el asa— y tomando té —zumo de uva— con galletas.
Aquel guerrero nunca había sido más feliz.
Y se fue a la cama con una sonrisa. También se despertó con una. Pero eso fue culpa de Ruth. Tenía el miembro de él en la boca.
Vaya manera de empezar un día glorioso. Una vida gloriosa.