EPÍLOGO
Olivia se adaptó rápidamente a la vida en la Torre de Babel, y Leo se convirtió de la noche a la mañana en un padre entregado a su hija, lo que significaba que ella lo tenía comiendo de su mano.
No es que realmente la mimara —la Torre se encargaba de eso—, pero si ella decía: «¿Quieres jugar?
», él jugaba. Si quería un cuento, él leía.
¿Acurrucarse para ver una película de dibujos animados?
No sabía lo que se había estado perdiendo.
Aún mejor, Ruth se quedó.
No había estado seguro de que lo haría. Después de todo, con el asunto de la reliquia resuelto, no tenía razón para quedarse.
Sin embargo, había sido un cobarde y no había sacado el tema durante una semana tras su regreso.
En su defensa, ella tampoco lo mencionó.
Por el contrario, cuando Ruth no estaba con él o con Olivia —quien le había cogido cariño y se había abierto sobre su experiencia—, estaba en la biblioteca, generalmente hablando con alguien.
No guerreros, debería añadir. La Torre había elegido enviarle a algunos de los otros habitantes que solían pasar desapercibidos.
Al parecer, la Torre acogía a personas que no encajaban en la sociedad moderna —aquellos traumatizados por algún evento monstruoso, híbridos que no tenían suficiente humanidad para integrarse, los especialmente dotados que luchaban por sobrellevar la situación— y muchos de ellos tenían problemas que se beneficiaban de contar con una psicóloga residente.
Aun así, en cierto modo la había secuestrado de su antigua vida, por lo que finalmente abordó el tema después de que Olivia se fuera a la cama.
—Bueno, supongo que querrás volver a casa.
—¿Quieres que me vaya?
—¡No!
Ella arqueó una ceja.
—¿Te gustaría que me quedara?
—Sí.
—Bien.
Él frunció el ceño.
—¿Eso es todo? ¿Qué pasa con tu casa y tus cosas? ¿Tu consulta? ¿Tu vida?
—Mi casa no es un hogar. Puede alquilarse o venderse. En cuanto a mis pacientes, puedo derivarlos a otros terapeutas. Mi vida…
Hizo una pausa.
—Realmente no tenía una hasta que apareciste tú.
—¿Quieres quedarte?
Vaciló.
—¿Conmigo?
—Sí. Te quiero.
Lo declaró sin rodeos, y él la miró atónito.
—¿De verdad?
—Sé que es difícil de creer. Después de todo, me secuestraste, y roncas, pero te quiero a pesar de que somos completamente opuestos.
—Yo también te quiero —soltó.
—Lo sé.
—Pero todavía estoy hecho un desastre.
—Con razón. Los dos lo estamos, pero juntos, tú y yo podemos con todo.
—¿Con todo? —repitió con una sonrisa traviesa.
Así fue como logró que su Buttercup jugara al paintball... y perdió.
En su defensa, ella le enseñó las tetas, y mientras él se las quedaba mirando embobado, ella lo acribillió.
Luego se sintió tan mal que lo curó a besos.
La mejor derrota de su vida.
Capricornio sabía más o menos qué esperar cuando Aries lo llamó a su oficina. Sage ya estaba sentada en una silla, con las manos reposando sobre su vientre redondeado.
—Bueno, tenemos una misión para ti —comenzó a decir Aries.
—Joder, sí. Me toca hacer de Indiana Jones con el siguiente artefacto. ¡Yija! —Capricornio se frotó las manos.
—No exactamente —respondió Aries—. Parece que Cetus ya lo tiene en su poder. Tu trabajo es extraerlo de su base secreta en el Área 51.
Capricornio arqueó una ceja.
—Eh, ¿no es esa una vieja instalación militar? Lo que significa que no puedo teletransportarme dentro... ni fuera.
—Exacto. Además, estará vigilada hasta los dientes.
La información le hizo fruncir el ceño.
—Entonces, ¿cómo se supone que voy a recuperarlo? ¿Entramos con toda la pandilla?
—No, solo tú —declaró Aries.
Fue Sage quien murmuró a continuación:
—Me temo que, para que esta próxima tarea funcione, tendrás que dejarte capturar.
Se le cayó la mandíbula.
—¿Quieren que pierda a propósito?
La sola idea le hizo estremecerse.
—Es la única manera de ganar —respondió Sage—. La tuya es la tarea más importante, porque si fallas, el mundo muere contigo.
Sin presión.
Joder.