CAPÍTULO 16
Leo observó atentamente a Ruth mientras intentaba que Santos hablara con ella. Una conversación breve, pero tiempo suficiente para que María se dejara caer en el asiento que Ruth había dejado libre.
—Buenas noches —dijo con una sonrisa de labios carnosos.
—Hola.
—¿Qué tal la comida?
—Deliciosa. Gracias por recomendarnos que la probáramos.
La conversación banal despertó su recelo.
Se inclinó hacia delante, y el escote de su blusa se abrió lo suficiente para que él viera que no llevaba sujetador.
—Me preguntaba si todavía necesitabas una guía. Mañana no tengo nada que hacer, por si quieres conocer la zona.
Leo no respondió de inmediato, fascinado por la expresión tensa de Ruth mientras regresaba a la mesa.
¿Podrían ser celos? Las chispas en sus ojos así lo indicaban.
Joder, sí. Era la primera vez, porque a Kylie nunca parecía importarle que una mujer le prestara atención, pero no había duda de que su Florecilla no estaba contenta.
Pero ella no tenía de qué preocuparse. Ruth era quien ocupaba sus pensamientos y quien le ponía la polla dura. Se levantó, y antes de que Ruth pudiera decir nada, sin previo aviso, dijo:
—María, me gustaría presentarte a mi esposa, Ruth.
Al oír la palabra «esposa», Ruth tropezó, pero no cayó porque Leo la atrapó y la atrajo hacia él.
—Veo que tu esposa se ha recuperado de su percance —declaró María con frialdad, recostándose en su asiento.
—Por poco. Primero una araña intentó atacarla y luego una serpiente en la letrina. Por suerte, la salvé de ambas, y ahora está mejor con algo de comida en el estómago.
Así, con naturalidad, le hizo saber a Ruth la mentira que había contado antes para explicar su estado de inconsciencia.
Ruth deslizó un brazo alrededor de la cintura de Leo y se pegó a él.
—Tú debes de ser María. Leo me ha dicho que eres guía de la zona.
—Ya no. En realidad estoy aquí de visita, con mi madre. Pero como Santos ya no ofrece excursiones, y tu marido parecía interesado en explorar, le ofrecí mis servicios.
—Qué amable de tu parte.
Ruth sonaba dulce, pero Leo captó el matiz.
—Al parecer, tu madre conoció a mi padre, el Dr. Octavius Warmstone.
—Así es. Bastante bien, de hecho. Pasaba muchas noches en nuestra casa.
La sonrisa feroz, junto con la insinuación, tensó a Leo.
Para su sorpresa, Ruth no se tensó. Al contrario, la diversión tiñó sus siguientes palabras.
—Curioso, no recuerdo que mencionara a nadie más que a una bruja en su diario.
María esbozó una sonrisa falsa y se rio.
—Seguro que no quería revelar mucho, teniendo en cuenta que estaba casado en aquel entonces.
Ruth se removió ligeramente contra Leo, pero mantuvo el tono amable.
—No felizmente, así que me alegra saber que encontró placer donde pudo. Aunque me sorprende.
—¿El qué? —preguntó María con cautela.
—Bueno, cabría pensar que habría usado a su amante como guía; al fin y al cabo, más tiempo a solas. Y sin embargo eligió a Santos en lugar de a ella. Supongo que solo servía para una cosa.
—La elección equivocada, por lo visto, o habría salido de la selva —escupió María.
Uf. La conversación se había puesto fea, y Leo se preparó para intervenir cuando Ruth se rio.
—Quizás lo habría hecho, pero al mismo tiempo, tu madre obviamente no sabía cómo guiarlo hacia lo que buscaba, así que, aunque es encantador que hayas ofrecido tus servicios, tendremos que rechazarlos.
—Entonces supongo que no van a explorar, ya que Santos no los llevará.
—Aunque Santos se ha negado, no te contrataría. Prefiero perderme en el bosque que confiar en alguien de tu calaña.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Significa que, a pesar de saber que Leo estaba casado, pensaste que era apropiado no solo acercarte a él sino exhibir descaradamente tus encantos femeninos. Deberías valorarte más. Un hombre que engañaría a su esposa porque tienes unos pechos bonitos no merece la pena.
Ruth negó con la cabeza.
Leo no habría podido asestar un golpe más certero ni queriendo. Las palabras de Ruth dieron en el blanco, y María se estremeció visiblemente antes de que su expresión se endureciera.
—Eres tan grosera como tu padre.
—Espera, ¿estás diciendo que rechazó a tu madre? Ya veo por qué. Nunca le fueron las reproducciones baratas.
Ruth dejó caer la mirada deliberadamente al pecho de María, y esa fue la gota que colmó el vaso.
La mujer se largó dando pisotones, y Ruth suspiró.
—Eso ha sido terrible por mi parte.
—Yo diría que entretenido. ¿Celosa?
Se puso rígida.
—No estoy celosa.
—Está bien. Como mi esposa, tenías todo el derecho de poner a esa fulana en su lugar.
Giró la cabeza para mirarlo de reojo.
—¿Esposa?
La comisura de su boca se elevó.
—Pensé que ayudaría a evitar atenciones no deseadas.
—Pues ha fallado. Esa descarada ha coqueteado contigo justo delante de mí.
—Me refería más a los hombres solteros. Y estoy de acuerdo en que ha fallado, porque no pueden quitarte los ojos de encima.
Arqueó una ceja.
—Hazte revisar la vista. No hay nadie mirándome.
¿Podía estar tan ciega? ¿No los veía bebiendo sus cervezas, con la mirada fija en cada uno de sus movimientos?
—Estás adorable cuando te pones celosa —dijo él en cambio.
Su boca formó una O.
Antes de que pudiera protestar, él le robó un beso.
—Creo que es hora de ir a la cama, esposa.
Ella se sonrojó, y a él le encantó.
Le encantó.
Una palabra que nunca creyó volver a usar ni sentir. Sin embargo, bastaron unos días con Ruth para descubrir que la vida aún tenía mucho que ofrecer.
La rodeó con el brazo mientras la acompañaba a la cabaña.
Ya dentro, ella carraspeó.
—Debería asearme antes de dormir.
—Iré contigo. Por si acaso.
Notó que ella quería discutir, pero se limitó a asentir. La siguió hasta la letrina y permaneció alerta mientras ella mojaba un paño de la bolsa y se lo pasaba por la cara y los brazos. Cuando vaciló, él murmuró:
—Deberías aprovechar para bañarte; quizá no tengamos otra oportunidad en un tiempo.
Ella se mordió el labio inferior.
—No puedo.
—¿Por qué no?
—Porque estás ahí delante.
—Así es, y no pienso moverme.
Le alzó la barbilla y le quitó el paño de la mano.
—Quítate la camiseta y terminemos de lavar ese delicioso cuerpo tuyo.
Ella lo miró fijamente antes de sujetar el dobladillo de la blusa y levantarla.
Sin discutir.
Sin esconderse.
Se quedó allí en sujetador, temblando ligeramente mientras él deslizaba el paño por sus hombros y lo bajaba por el valle entre sus pechos. Contuvo el aliento cuando él lo deslizó sobre su vientre.
—Date la vuelta —murmuró.
Ella giró, y él recorrió la piel suave de su espalda con el paño. El pulso de Ruth se aceleró con deseo. Cuando se volvió para mirarlo, él vio sus pezones endurecidos por la excitación.
Ella echó la cabeza hacia atrás cuando él inclinó la suya. Sus bocas se encontraron en un beso sensual que lo dejó mareado, pero no atontado. No iba a hacerle el amor a Ruth en un baño primitivo.
Le rodeó la cintura con un brazo y la guio de vuelta al interior.
El saco de dormir seguía extendido sobre la cama, y la recostó sobre él.
Solo tardó un segundo en quitarse la camiseta antes de unirse a ella, fundiendo sus labios con los de ella, mezclando sus alientos, frotando su piel contra la suya.
Sus pechos seguían sujetos en un sujetador deportivo, pero sus dedos hábiles —aunque faltos de práctica— se deshicieron del broche en un instante.
Ella jadeó cuando él atrapó un pezón erecto con la boca y succionó.
Ella le agarró el pelo mientras él jugaba con el pezón, rodeándolo con la lengua, tirando de él con los dientes.
Los pechos que acariciaba desbordaban su palma.
Llenos, redondeados, perfectos. Sus pezones grandes y oscuros, endurecidos bajo su tacto.
Cuando pasó la yema callosa del pulgar sobre la punta, ella se estremeció.
Se tendió entre sus piernas mientras jugaba; el calor del sexo de ella irradiaba incluso a través de los pantalones.
Un tesoro que ansiaba devorar, pero solo después de saciarse de aquellos pezones tensos.
Mientras succionaba y tiraba de los pezones, ella se aferraba a su cabeza, gimiendo y retorciéndose. Tan sensible a sus caricias.
Si no fuera su primera vez, le habría tentado juntar aquellos pechos llenos para formar una hendidura apretada. Imaginar la punta de su polla rozando los labios de ella mientras se deslizaba entre el valle de sus pechos lo hizo palpitar con fuerza.
Quizá la próxima vez.
Porque habría una próxima vez.
Ojalá tuviera la paciencia para tomarse las cosas con calma, pero había pasado tanto tiempo, y ella se retorcía y gemía de necesidad.
Solo tardó un momento en despojarla del resto de la ropa. Los pantalones se deslizaron por caderas curvas y muslos redondeados. Las bragas siguieron rápidamente. Mientras ella yacía sonrojada de placer, observándolo con los ojos entornados, él también se desnudó y se exhibió en toda su gloria.
Su polla se sacudió cuando ella se lamió los labios.
Era como si intentara matarlo. Se puso un condón a tientas —había encontrado uno en la mochila, gracias a Torre.
Como temía correrse demasiado rápido, no la penetró de inmediato. Se arrodilló entre sus piernas y comenzó a lamer su postre. La dulzura de su miel lo hizo tararear de placer. Verla retorcerse y aferrarse al saco de dormir solo lo hizo lamer más rápido.
Ella gimió cuando él le succionó el clítoris. Se arqueó cuando lo atrapó suavemente con los dientes. Se corrió cuando él siguió lamiendo y deslizó unos dedos en su sexo.
Las oleadas de su clímax le apretaron los dedos, y él siguió jugando con ella hasta que jadeó:
—Oh, Dios. Voy a correrme otra vez.
Esa fue su señal. Se colocó sobre su cuerpo, la punta de su polla separando los húmedos labios de su sexo. Primero la provocó, mojando la punta con su miel, deslizándola de un lado a otro contra su hendidura.
La más placentera de las torturas.
Lentamente, guio su miembro hacia el cálido canal, sintiendo cómo lo apretaba mientras se estiraba para acoger su grosor.
Cuando estuvo completamente dentro, hizo una pausa para disfrutar del pulso de su coño, del calor de ella.
Las caderas de Ruth se movieron, impacientes. Él obedeció, penetrando más hondo y retirándose a medias, solo para embestir de nuevo.
Mientras la embestía, ahuecó un pecho y le acarició la punta con el pulgar, observando su rostro. Los ojos cerrados. Los labios entreabiertos. La respiración entrecortada.
Sus cuerpos se mecían al unísono, atrapados en una danza erótica que amenazaba con llevarlo al límite.
Tenía que aguantar, solo un poco más. El balanceo y el roce se aceleraron.
Se tensaron.
Con un grito agudo, ella se corrió, sus músculos apretándose alrededor de su polla, y él no pudo aguantar más. Se corrió con ella.
Nada se había sentido jamás tan bien ni tan... perfecto.
Lo aterrorizaba.
¿Y si...?
Ella le acarició el rostro y lo besó, murmurando:
—Está bien. No voy a ir a ninguna parte.
Ella no podía prometer eso. Pero era demasiado tarde para arrepentirse. A pesar del miedo a perderla, Leo no podía alejarse.
Es mía.
Y lucharía contra la luna y las estrellas mismas si alguien intentaba quitársela.
—¿En qué estás pensando? —preguntó ella.
—Estoy pensando que deberíamos aprovechar esta cama mientras la tengamos —gruñó mientras los giraba para que ella quedara encima.
Su polla se endureció, y ella abrió los ojos de par en par.
—¿Ya?
Esbozó una media sonrisa.
—¿Olvidé mencionar que los Zodiacos tienen una resistencia increíble?
Se lo demostró. Le hizo el amor más despacio, tomándose su tiempo para explorar cada centímetro de su cuerpo. La hizo correrse tan fuerte que pensó que se había desmayado.
Al final se quedaron dormidos, acurrucados, en una noche sin sueños ni pesadillas. Habrían dormido hasta el amanecer de no ser por el golpe en la puerta.
Al oírlo, rodó de inmediato fuera de la cama, pistola en mano.
Se acercó de puntillas a la puerta y la entreabrió para ver a Santos de pie afuera, inquieto.
—¿Qué pasa? —susurró, más brusco de lo que el hombre merecía. En su defensa, Leo sabía que no iba a poder volver a la cama junto a la encantadora Ruth, desnuda entre las sábanas.
—Irse. Ahora. Malo viene.
Frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Extraños vienen. Tienen armas.
Arqueó las cejas.
—¿Dónde están?
—Junto agua. María habla ellos.
Santos logró transmitir un plan siniestro en esas pocas palabras.
Leo maldijo mientras se giraba y ladraba:
—Buttercup, tenemos que irnos.
—¿Qué?
Se espabiló y se incorporó a medias. A la tenue luz de la luna, con el pelo revuelto y el torso desnudo, estaba absolutamente perfecta.
Y en peligro.
—Parece que María nos ha vendido. Santos dice que hay unos tipos con armas junto al arroyo. Aunque odio hacer suposiciones...
—Lo más probable es que vengan a por nosotros.
Ruth pasó de medio dormida a completamente alerta y se levantó de la cama en toda su curvilínea gloria.
Su polla se endureció, lista y dispuesta, pero no había tiempo.
Se vistieron a toda prisa y salieron de la cabaña. Santos les hacía señas y echó a andar a paso rápido, guiándolos fuera del pueblo hacia la jungla.
Cuando oyeron los gritos a lo lejos, ya estaban muy lejos.